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El juego de pelota


Hernán Cortes lanzo la pelota al suelo. Y así el emperador Carlos y sus numerosos cortesanos asistieron a un prodigio jamás visto: la pelota reboto y voló por los aires.

Europa no conocía esa pelota mágica, pero en México y en Centroamérica se usaba el caucho, desde siempre, y el juego de pelota tenía más de 3000 años de edad.

En el juego, ceremonia sagrada, combatían los trece cielos de arriba contra los nueve mundos de abajo, y la pelota, brincona, volandera, iba y venía entre la luz y la oscuridad.

La muerte era la recompensa del triunfador. El que vencía, moría. Él se ofrecía a los dioses, para que no se apagara el sol en el cielo y siguiera lloviendo la lluvia sobre la tierra.


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Las otras armas

¿Cómo pudo Francisco Pizarro, 168 soldados, vencer a los 80000 hombres del ejercito de Atahualpa en el Perú, sin que su tropa sufriera ni una sola baja?

Los invasores, Cortes, Pizarro, supieron explotar hábilmente la división de los invadidos, desgarrados por los odios y las guerras, y con promesas jamás cumplidas pudieron multiplicar sus ejércitos contra los centros de poder de los aztecas y de los incas.

Además, los conquistadores atacaban con armas que América no conocía.

La pólvora, el acero y los caballos eran incomprensibles novedades. Nada podían los garrotes indígenas contra los cañones y los arcabuces, las lanzas y las espadas; ni las corazas de paño contra las armaduras de acero; ni los indios de a pie contra esos guerreros de seis patas que eran la suma del jinete y su caballo. Y no eran menos desconocidas las enfermedades, las viruela, el sarampión, la gripe, el tifus, la peste bubónica y otras involuntarias aliadas de las tropas invasoras.

Y por si todo eso fuera poco, los indios ignoraban las costumbres de la Civilización.

Cuando Atahualpa, rey de los incas, se acercó a dar la bienvenida a sus raros visitantes.

Pizarro lo metió preso y prometió liberarlo a cambio del mayor rescate jamás exigido en un secuestro. Pizarro cobro el rescate y desnuco a su prisionero.



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Fundación de la guerra bacteriológica

Mortífero fue, para América, el abrazo de Europa. Murieron nueve de cada diez nativos.
Los guerreros más chiquitos fueron los más feroces. Los virus y las bacterias venían, como los conquistadores, desde otras tierras, otras aguas, otros aires; y los indios no tenían defensas contra ese ejército que avanzaba, invisible, tras las tropas.

Los numerosos pobladores de las islas del Caribe desaparecieron de este mundo, sin dejar ni la memoria de sus nombres, y las pestes mataron a muchos más que los muchos muertos por esclavitud o suicidio.

La viruela mato al rey azteca Cuitláhuac y al rey inca Huayna Cápac, y en la ciudad de México fueron tantas sus víctimas que, para cubrirlas, hubo que voltearles las casas encima.

El primer gobernador de Massachusetts, John Winthrop, decía que la viruela había sido enviada por Dios para limpiar el terreno a sus elegidos. Los indios se habían equivocado de domicilio. Los colonos del norte ayudaron al Altísimo regalando a los indios, en más de una ocasión, mantas infectadas con viruela:

-Para extirpar esa raza execrable- explico, en 1763 el comandante si Jeffrey Amherst.


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En otros mapas, la misma historia


Casi 300 años después del desembarco de Colon en América, el capitán James Cook navego los misteriosos mares del sur del oriente, clavo la bandera británica en Australia y Nueva Zelanda, y abrió paso a la conquista de las infinitas islas de Oceanía.

Por su color blanco, los nativos creyeron que esos navegantes eran muertos regresados al mundo de los vivos. Y por sus actos, supieron que volvían para vengarse.

Y se repitió la historia.

Como en América, los recién llegados se apoderaron de los campos fértiles y de las fuentes de agua y echaron al desierto a quienes allí vivían.

Y los sometieron al trabajo forzado, como en América, y les prohibieron la memoria y las costumbres.

Como en América, los misioneros cristianos pulverizaron o quemaron las efigies paganas de piedra o madera. Unas pocas se salvaron y fueron enviadas a Europa, previa amputación de los penes, para dar testimonio de la guerra contra la idolatría. El dios Rao, que ahora se exhibe en el Louvre, llego a Paris con una etiqueta que lo definía así: ídolo de la impureza, del vicio y de la pasión desvergonzada.

Como en América, pocos nativos sobrevivieron. Los que no cayeron por extenuación o bala, fueron aniquilados por pestes desconocidas, contra las cuales no tenían defensas.



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Endemoniados

Vendrán a enseñar el miedo.

Vendrán a castrar el sol.


Los profetas mayas habían anunciado, en Yucatán, este tiempo de la humillación.

Y fue en Yucatán, en 1562, que fray Diego de Landa arrojo al fuego, en larga ceremonia, los libros de los indios.

Y escribió el exorcista:

Hallamosles gran número de libros de estas sus letras, y porque no tenían cosa en que no hubiese superstición y falsedades del Demonio, se los quemamos todos.

El olor a azufre se sentía de lejos. Los mayas merecían el fuego por preguntones, por curiosos, por perseguir el paso de los días en el tiempo y el paso de los astros en los trece cielos.

Entre muchas otras demonias, habían creado el calendario más preciso de cuantos existen o han existido, y habían sabido predecir mejor que nadie los eclipses de sol y de la luna, y habían descubierto la cifra cero tiempo antes que los árabes tuvieran la gentileza de llevar esa novedad a Europa.




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Matando bosques murieron

Había cada vez más bocas y menos comida. Cada vez menos bosques y más desiertos. Demasiada lluvia, o lluvia ninguna.

Atados con cuerdas, los campesinos rascaban en vano las paredes desolladas de las montañas. El maíz no encontraba agua ni tierra donde alzar sus hojas. La tierra, sin árboles que la retuvieran, teñía de rojo las aguas del rio y se perdía en el viento.

Al cabo de 3000 años de historia, cayo la noche sobre los reinos mayas.

Pero los días mayas siguieron caminando, en las piernas de las comunidades campesinas en el sur de Mexico. Las comunidades se mudaron a otros parajes y sobrevivieron, casi en secreto, sin pirámides de piedra ni pirámides de poder: sin más rey que el sol de cada dia.




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Los reinos sin rey

Según los historiadores, y según casi todos los demás, la civilización maya desapareció hace siglos.

Después, la nada.

La nada: la realidad comunitaria, nacida del silencio y en el silencio vivida, no ha despertado admiración ni curiosidad.

Asombro si despertó, al menos en tiempos de la conquista española. Los nuevos señores estaban desconcertados: estos indios sin rey habían perdido la costumbre de obedecer.

Fray Tomas de la Torre contaba, en 1545, que los tzotziles de Zinacatán ponían a uno a dirigir la guerra y cuando no lo hacía bien, quitabanlo y ponían otro.

En la guerra y en la paz, la comunidad elegía la autoridad, que era, entre todos, quien mejor sabia escuchar.

Mucho azote y mucha horca gasto el poder colonial para obligar a los mayas al pago de tributos y al trabajo forzado. En Chiapas, en 1551, el magistrado Tomas López comprobaba que se negaban a la servidumbre, y reprobaba:

-Es gente que tanto trabaja cuanto ha menester y no más.

Y un siglo y medio después, en Totonicapán, el corregidor Fuentes y Guzmán no tenía más remedio que reconocer que el nuevo despotismo no había avanzado mucho. Los indios seguian viviendo sin superior cabeza a quien obedecer, y todo entre ellos son juntas, platicas, consejos y misterios, y solo dudas para los nuestros.



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Tu pasado te condena


El maíz, planta sagrada de los mayas, fue bautizado con diversos nombres en Europa.

Los nombres inventaban geografías: lo llamaron grano turco, grano árabe, grano de Egipto o grano de la India. Estos errores no contribuyeron para nada a salvarlo de la desconfianza ni del desprecio.

Cuando se supo de donde venía, no fue bienvenido. Lo destinaron a los cerdos. El maíz rendía más que el trigo y crecía más rápido, aguantaba la sequía y daba buen alimento; pero no era digno de las bocas cristianas.

La papa también fue fruto prohibido en Europa. La condenaba como al maíz, su origen americano. Para peor, la papa era una raíz criada al fondo de la tierra, donde el infierno tiene sus cuevas. Los médicos sabían que producía lepra y sífilis.

En Irlanda, si una mujer embarazada la comía en la noche, en la mañana paria un monstruo. Hasta fines del siglo dieciocho, la papa estaba destinada a los presos, a los locos y a los moribundos.

Después, esta raíz maldita salvo del hambre a los europeos. Pero ni así la gente dejo de preguntarse:

-Si la papa y el maíz no son cosa del Diablo, ¿Por qué la Biblia no los menciona?




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Tu futuro te condena


Siglos antes de que naciera la cocaína, ya la coca fue hoja del Diablo.

Como los indios andinos la mascaban en sus ceremonias paganas, la iglesia incluyo la coca entre las idolatrías a extirpar. Pero las plantaciones, lejos de desaparecer, se multiplicaron por cincuenta desde que se descubrió que la coca era imprescindible.

Ella enmascaraba la extenuación y el hambre de la multitud de indios que arrancaban plata a las tripas del Cerro Rico de Potosí.

Algún tiempo después, también los señores de la colonia se acostumbraron a la coca.

Convertida en te, curaba indigestiones y resfríos, aliviaba dolores, daba bríos y evitaba el mal de altura.

Hoy en dia, la coca sigue siendo sagrada para los indios de los Andes y buen remedio para cualquiera. Pero los aviones exterminan los plantíos, para que la coca no se convierta en cocaína.

Sin embargo, los automóviles matan mucha más gente que la cocaína y a nadie se le ocurre prohibir la rueda.


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Ananá

El ananá, o abacaxi, que los españoles llamaron piña, tuvo mejor suerte.

Aunque venia de América, este manjar de alta finura fue cultivado en los invernaderos del rey de Inglaterra y del rey de Francia, y fue celebrado por todas las bocas que tuvieron el privilegio de probarlo.

Y siglos después, cuando ya las maquinas lo despojaban de su penacho y lo desnudaban y le arrancaban los ojos y el corazón y lo despedazaban para meterlo en latas a un ritmo de 100 frutas por minuto, Oscar Niemeyer le ofreció, en Brasilia, el homenaje que merecía.

El ananá se convirtió en catedral.



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Don Quijote

Marco Polo había dictado su libro de las maravillas en la cárcel de Génova.

Exactamente 300 años después, Miguel de Cervantes, preso por deudas, engendro Don Quijote de la Mancha en la cárcel de Sevilla.

Y esa fue otra aventura de la libertad, nacida en prisión.

Metido en su armadura de latón, montado en su rocín hambriento, don Quijote parecía destinado al perpetuo ridículo. Este loquito se creía personaje de novela de caballería y creía que las novelas de caballería eran libros de historia.

Pero los lectores, que desde hace siglos nos reímos de él, nos reímos con él. Una escoba es un caballo para el niño que juega, mientras el juego dura, y mientras dura la lectura compartimos las estrafalarias desventuras de don Quijote y las hacemos nuestras.

Tan nuestras las hacemos que convertimos en héroe al antihéroe, y hasta le atribuimos lo que no es suyo. Ladran, Sancho, señal que cabalgamos es la frase que los políticos citan con más frecuencias Don Quijote jamás le dijo.

El caballero de la triste figura llevaba más de tres siglos y medio de malandanzas por los caminos del mundo, cuando el Che Guevara escribió la última carta a sus padres. Para decir adiós, no eligió una cita de Marx.

Escribió: Otra vez siento bajo mis talones el costillar de Rocinante. Vuelvo al camino con mi adarga al brazo.

Navega el navegante, aunque sepa que jamás tocara las estrellas que lo guían.




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Derecho laboral

Rocinante, el corcel de Don Quijote, era puro hueso:

-metafísico estáis.

-es que no cómo.


Rocinante rumiaba sus quejas, mientras Sancho Panza alzaba la voz contra la explotación del escudero por el caballero. Él se quejaba del pago que recibía por su mano de obra, no más que palos, hambres, intemperies y promesas, y exigía un salario decoroso en dinero contante y sonante.

A don Quijote le resultaban despreciables esas expresiones de grosero materialismo.

Invocando a sus colegas de la caballería andante, el hidalgo caballero sentenciaba:

-jamás los escuderos estuvieron a salario, sino a merced.

Y prometía que Sancho Panza iba a ser gobernador del primer reino que su amo conquistara, y recibiría título de conde o de marques.

Pero el plebeyo quería una relación laboral estable y con salario seguro.

Han pasado 400 años. En eso estamos todavía…



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Morir de medico


A principios del siglo diecinueve, Francia compraba, cada año, más de 30 millones de sanguijuelas vivas.

Desde hacía muchos siglos, los médicos sangraban a los pacientes, por sanguijuelas o tajo, para liberar al cuerpo de la sangre mala. La sangría era el remedio que se aplicaba contra la neumonía, la melancolía, el reumatismo, la apoplejía, los huesos rotos, los nervios deshechos y el dolor de cabeza.

La sangría debilitaba a los pacientes. Jamás se registró la menor evidencia de que hacia bien, pero la Ciencia la aplico como curalotodo durante 2500 años, hasta bien entrado el siglo XX.

Esta terapia infalible hizo más estragos que todas las pestes juntas.

-Murió pero curado- se podía decir.




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Moliere


Y por si el azote de las pestes fuera poco castigo, el miedo a la enfermedad se convirtió en una nueva enfermedad.

En Inglaterra, los médicos atendían pacientes que se creían frágiles como cacharros de barro y se apartaban de la gente por no chocar y romperse; y en Francia, Moliere dedico al enfermo imaginarlo la última de las obras que creo, dirigió y actuó.

Burlándose de sus propias manías y obsesiones, Moliere se tomaba el pelo. El representaba al personaje principal: hundido en los almohadones de su sillón, envuelto en pieles, el gorro hasta las orejas, se sometía a continuas sangrías, purgas y lavativas, recetadas por los médicos que le diagnosticaban brodipepsia, dispepsia, apepsia, lientería, disentería, hidropesía, hipocondría, hipocresía…..

Hacía poco que la obra había sido estrenada, y con éxito, cuando una tarde todo el elenco le suplico que suspendiera la función. Moliere estaba muy enfermo, enfermo de veras y no por fiebre de la imaginación. Respiraba poco, tosía mucho, y apenas si podía hablar y caminar.

¿Suspender la función? Ni se tomó el trabajo de contestar. Sus compañeros lo estaban invitando a traicionar el reino donde había nacido y sido, desde el dia aquel en que dejo de ser quien era y se convirtió en Moliere para divertir a la buena gente.

Y esa noche, el enfermo imaginario hizo reír más que nunca al público que llenaba la sala. Y la risa, por Moliere escrita y actuada, lo alzo por encima de sus penurias y de su pánico de morir, y gracias a la risa, que de todo se reía, esa noche hizo el mejor trabajo de su vida.

Tosió hasta romperse el pecho, pero no olvido ni una palabra de sus largos parlamentos, y cuando vomito sangre y cayó al suelo el público creyó, o supo, que la muerte era parte de la obra, y lo ovaciono mientras el telón caía con él.



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Fundación de la anestesia

El carnaval de Venecia duraba cuatro meses, cuando duraba poco.

De todas partes venían saltimbanquis, músicos, teatreros, titiriteros, putas, magos, adivinos y mercaderes que ofrecían el filtro del amor, la pócima de la fortuna y el elixir de la larga vida.
Y de todas venían los sacamuelas y los sufrientes de la boca que santa Apolonia no había podido curar.

Ellos llegaban en un grito hasta los portales de San Marcos, donde los sacamuelas esperaban, tenaza en mano, acompañados por sus anestesistas.

Los anestesistas no dormían a los pacientes: los divertían. No les daban adormidera, ni mandrágora, ni opio: les daban chistes y piruetas. Y tan milagrosas eran sus gracias, que el dolor se olvidaba de doler.

Los anestesistas eran monos y enanos, vestidos de carnaval.



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Fundación de la vacuna

A principios del siglo dieciocho, la viruela mataba medio millón de europeos por año.

Por entonces, , la mujer del embajador ingles en Estambul, intento difundir en Europa un viejo método preventivo, que se aplicaba en Turquía: un toquecito de pus variólica inmunizaba contra la peste asesina.

Pero la gente se burló de esta mujer metida a científica, que traía supercherías de tierras paganas.

Setenta años después, un médico inglés, Edward Jenner, inoculo al hijo de su jardinero, un niño de 8 años, la llamada viruela de las vacas, que diezmaba los establos pero poco daño hacia a los humanos.

Y después le aplico la viruela mortífera. Al niño no le paso nada.

Así nació la vacuna, que debe su existencia a un niño de la servidumbre, convertido en conejo de laboratorio, y debe su nombre a la palabra latina vacca.




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Pasquines

La palabra pasquín, libelo, escrito injurioso, proviene de una estatua de Roma. En el pecho o en la espalda de ese personaje de mármol, llamado Pasquino, manos anónimas escribían sus homenajes a los Papas.

• Sobre Alejandro VI:

Alejandro vende los clavos y vende a Jesús crucificado.
Tiene derecho: el los había comprado


• Sobre León X:

Ha muerto el décimo León,
Que siempre dio su afecto
Al canalla y al bufón,
Tirano sucio, deshonesto, infecto.


• Sobre Paulo IV, el inquisidor:

Hijos, menos juicio
Y más fe, manda el Santo Oficio,
Y de razones nada, desde luego,
Que contra la razón existe el fuego,
Y guarden la lengua bien guardada,
Porque el papa Paulo le gusta asada
.

• Y así hablo la estatua de Pasquino al papa Pio V, que mando a la hoguera a más de un sospechoso de escribir pasquines:

La horca, el fuego lento
Y todos tus tormentos
No me asustan, buen Pio.
Puedes mandarme a quemar
Pero no me harás callar,
De piedra soy. Me rio
Y te desafío.




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Teresa

Teresa de Ávila había entrado al convento para salvarse del infierno conyugal. Más valía ser esclava de Dios que sierva de macho.

Pero San Pablo había otorgado tres derechos a las mujeres: obedecer, servir y callar. Y el representante de Su Santidad el Papa condeno a Teresa por ser fémina inquieta y andariega, desobediente y contumaz, que a título de devoción inventa malas doctrinas contra San Pablo, que mando que las mujeres no enseñasen.

Teresa había fundado en España varios conventos donde las monjas dictaban clases y tenían autoridad, y mucho importaba la virtud y nada el linaje, y a ninguna se le exigía limpieza de sangre.

En 1576, fue denunciada ante la inquisición, porque su abuelo decía ser cristiano viejo pero era judío converso y porque sus trances místicos eran obra del Diablo metido en cuerpo de mujer.

Cuatro siglos después, Francisco Franco se apodero del brazo derecho de Teresa, para defenderse del Diablo en su lecho de agonía. Por esas vueltas raras de la vida, por entonces.

Teresa ya era santa y modelo de la mujer ibérica y sus pedazos habían sido enviados a varias iglesias de España, salvo un pie que fue a parar a Roma…



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Juana


Como Teresa de Ávila, Juana Inés de la Cruz se hizo monja para evitar la jaula del matrimonio.

Pero también en el convento su talento ofendía. ¿Tenía cerebro de hombre esta cabeza de mujer? ¿Por qué escribía con letra de hombre? ¿Para qué quería pensar, si guisaba tan bien? Y ella, burlona, respondía:

-¿Qué podemos saber las mujeres, sino filosofías de cocina?

Como Teresa, Juana no solo escribía, sino que, para más escándalo, escribía indudablemente bien.

En siglos diferentes, y en diferentes orillas de la misma mar, Juana, la mexicana, y Teresa, la española, defendían por hablado y por escrito a la despreciada mitad del mundo.

Como Teresa, Juana fue amenazada por la Inquisición. Y la iglesia, su iglesia, la persiguió, por cantar a lo humano tanto o más que a lo divino, y por obedecer poco y preguntar demasiado.

Con sangre, y no con tinta, Juana firmo su arrepentimiento. Y juro por siempre silencio. Y muda murió.


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Extraido del libro "Espejos" de Eduardo Galeano





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1 comentario - Pequeños relatos historicos

YnnurB
Excelente, terribles historias.....
Me saco el sombrero mi amigo....
Sale el combo... (reco+10)
gpatera +1
Gracias, estas historias realmente no tienen desperdicio. Galeano la tiene muy clara!!. De futbol (No Comments!)
YnnurB
@gpatera jajaj futbol??? que futbol?? jajaj
yo sigo el ajedres....