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La letra con sangre entra

ICONOS > LA VERDADERA HISTORIA DE LA A REDONDA

La letra con sangre entra

Desde su nacimiento, en los años ’60, en el círculo de Jóvenes Libertarios de París, pasando por su expansión hacia los anarquistas de Milán que la impusieron en los años ’70 hasta su apropiación por el punk anglosajón y, más tarde, su conversión en elemento de diseño y marca registrada, el libro La A Redonda hace una historia visual y oral del avatar político de la letra A que se convirtió en el símbolo más popular de los últimos cincuenta años.




Por Juan Pablo Bertazza

La aparición del movimiento de los “Indignados”, nacido al calor de la decadencia que azota al viejo mundo, tuvo acaso su momento más patético cuando algunos de ellos intentaron robarle su perro lazarillo a Josep Maria Llop, el único diputado no vidente del Parlament catalán, al grito de “A que os damos miedo” y “os mataremos”. Lo cierto es que el movimiento autodenominado mediáticamente 15M generó de este lado del océano sensaciones contradictorias: la identificación con lo que fue el apócrifo pero térmicamente sensacional apocalipsis del 2001, por un lado, y cierta reticencia por el otro. Más allá de apoyar absolutamente su inicitavia, es indudable que algo de todo eso genera cierta sensación de sospecha: tal vez la carencia de fundamentación política (no pertenecer a ningún partido es, según ellos, su gran estandarte), la dependencia casi absoluta en su génesis y crecimiento de las redes sociales y hasta ese nombre que parece sacado de una canción de Pereza, Estopa o Joaquín Sabina en sus peores momentos. En definitiva, asombra el contraste entre esta juventud decidida pero algo light –y en ocasiones, como el ejemplo del principio, caprichosa– y las potentes y vitales ideas anarquistas de sus antecesores que, a su vez, regaron nuestras tierras durante las oleadas inmigratorias. Algo que se plasma, por ejemplo, en la carencia de un símbolo gráfico de lucha.




El símbolo por excelencia del anarquismo –mucho más que la bandera negra, el gato negro y los demás– es, a propósito, la a redonda, cuya historia acaba de aparecer en un libro ilustrado que cuenta, además, con el testimonio y la voz de escritores, semiólogos, periodistas, actores, diseñadores y hasta tatuadores vinculados íntimamente con su crecimiento. Un libro, además, que se atreve a plantarse a Wikipedia, criticándole que intenta atribuirle un nacimiento mítico a un símbolo relativamente reciente, cuya creación fue casi casi una sorpresa. Ni Revolución española, ni la Anarquía es orden de Pierre-Joseph Proudhon: la tiene, en realidad, dos fechas de nacimiento como aquellas personas que son inscriptas en dos oportunidades, o las personas que vuelven a nacer luego de haber estado al borde de la muerte: París, 1964; Milán, 1966.



En abril de 1964, en el Bulletin des Jeunes Libertaires aparece un proyecto de signo gráfico que un reducido grupo de JL propone al conjunto del movimiento anarquista con un texto de explicación y todo: “Nos hemos inspirado en dos motivos fundamentales: facilitar y hacer más eficaz la realización de pintadas y carteles, además de garantizar una presencia más amplia a los ojos de la gente, gracias a un trazo común a todas las expresiones públicas del movimiento anarquista, un método práctico para reducir al mínimo los tiempos de escritura, evitando la necesidad de poner una firma demasiado larga para nuestros lemas y, por otro, elegir un símbolo lo suficientemente genérico como para poder ser adoptado por todos los anarquistas”. Con influencias tanto del símbolo antinuclear como del símbolo de la paz, aprovechando el acuerdo entre casi todas las lenguas que tienen como inicial común del anarquismo la letra A, primer aliento del alfabeto, junto a ese círculo fácilmente recordable pero que, al mismo tiempo, representaba un atractivo desafío motriz, había nacido con este símbolo una paradoja: el movimiento que descreía de cualquier principio, de cualquier referencia y vector que no fuera el mismo hombre individual y autónomo, ahora tenía su emblema claramente identificable. René Darras fue el autor material y Tomás Ibáñez, un hijo de exiliados catalanes de la Guerra Civil que, a la sazón, tenía veinte años y desempeñó un papel relevante en el Mayo Francés, fue el autor intelectual: “Yo planteé al grupo de Jeunes Libertaires de París la idea de crear un símbolo que no estuviese asociado con ninguna de las organizaciones anarquistas existentes y que pudiese ser utilizado indistintamente por todas ellas a modo de una firma común. Fueron varias las propuestas que surgieron en la discusión y, finalmente, la nos pareció la más atractiva, pero nadie en aquel momento podía, ni siquiera, entrever cuál iba a ser el éxito de esa propuesta”. Sin embargo, ese éxito al que alude uno de sus fundadores no fue tan inmediato; más allá de algunas pintadas aisladas en el metro parisiense, la permanecía de pie, pero sin pena ni gloria. Hasta que en 1966 el símbolo fue tomado por un grupo muy cercano al de los jóvenes libertarios parisienses, la Gioventú Libertaria de Milán. Entonces la A comienza su carrera metéorica a principio de los años ‘70, en Italia, y posteriormente en el resto del mundo. Una fama irreversible y aún vigente que tuvo dos grandes propulsores, ciertamente indirectos y discutibles, pero propulsores al fin: el Mayo francés –aunque prácticamente no hay registros de que ahí estuviera inscripta en graffiti y stencils, colaboró por la intensidad con la que expandió el imaginario libertario a nivel mundial– y la cultura punk, pata sajona que le faltaba a este símbolo que, a partir de finales de los ‘70 y de la década del ‘80, empezó a sufrir una variación que le depararía aun más fama: la que rompe y desborda su círculo de contención, una exacerbación que divide las aguas entre los purists: algunos lo entienden como una necesaria actualización, otros como una herejía (el término es contradictorio pero deliberado) imperdonable. Hoy por hoy, tras haber decorado activamente en las paredes y los muros de la historia reciente, la se convirtió también en una herramienta cool de diseño, un elemento de mercancía como la foto del Che, volviéndose incluso una marca registrada, un asunto de copyright, por ejemplo, de una colección de films pornos llamada Anarchy Films, o de la línea Anarchy de Converse All Star.

Paradójicamente, el de la A redondeada es el símbolo que más coherencia mostró con respecto a los postulados no siempre uniformes del anarquismo, transgrediendo y yendo más allá, incluso, de sus propios principios que eran, básicamente, carecer de los mismos.




Algunos de los testimonios incluidos en La A Redonda



Por Maurizio Maggiani

(escritor)


En toda mi vida nunca he pintado una en una pared, nunca. Porque no me salía bien el círculo. Cuando todavía pensaba que valía la pena expresar un pensamiento sobre una pared porque así alguien lo leería y reflexionaría sobre el mismo –y esta es una de las certezas que ya no poseo– se usaba la pintura con lata y pincel. Con este instrumento no era fácil hacer un buen círculo redondo: era necesario tener mano izquierda, era necesario ser pintor. Si la anarquía es orden, la es el modo más simple y bello de plasmarla. Eso pensaba yo, y estaba equivocado naturalmente. Pero la anarquía no se puede decir, como no se puede contener en un número la superficie de un círculo, sino es en una aproximación simplificadora. Ahora ya sé cómo están las cosas y no estoy tan contento. Ahora que para escribir estas líneas he mirado en Internet a ver qué se dice en el vasto mundo sobre la , me doy cuenta de que ha sido una buena idea gráfica, una cuestión de funcionalidad, una solución que no está nada mal para trazar una concisa pintada realizada de prisa.


Por Amedeo Bertolo

(economista agrario, fundador en 1971 de la revista mensual revista anarchica, uno de los padres de la )


Ninguno de nosotros en la Gioventú Libertaria se esperaba gran cosa. O quizá sí: el único que hizo alguna objeción a la adopción del símbolo lo hizo argumentando que era demasiado simple y por tanto “falsificable”. Cualquiera habría podido firmar así cualquier cosa. Temía por tanto un éxito excesivo para potenciales usos distorsionados o en cualquier modo no deseados. El símbolo me parece todavía muy eficaz, ya sea como signo de revuelta antiautoritaria, ya sea como “firma” de los múltiples anarquismos contemporáneos.


Por Roberto Freak Antoni

(músico de Sui Genesis)


Punkrock y anarquía son una pareja natural, amantes destinados a poseerse recíprocamente desde los albores de su existencia. No sorprende en absoluto que una de las canciones más significativas de los Sex Pistols, sea justamente “Anarchy in the UK”, con aquellas rimas dispersas entre los textos que hacen armonizar “anarquista” incluso con “anticristo” para desquiciar un lugar común que quiere hacer de Cristo –en realidad uno de los espíritus más libres y anarcoides de todos los tiempos– el depositario de la más rígida moral impuesta a los hombres por la iglesia de turno.


Por Fulvio Abbate

(escritor)


Se trata de un símbolo “euclídeo”, incluso “leonardesco”, donde la simetría se muestra en toda su esencia, brilla como, justamente, una lección magistral de geometría, es más, es la simetría hecha signo, cuerpo gráfico. Y esto mucho más allá de cualquier obstáculo ideológico, sí, más allá de la iconografía libertaria que en otros lugares se confía a la antorcha decimonónica. En este sentido, si la cosa no pudiera parecer una referencia teológica, se podría decir que en la es posible incluso entrever el alfa y el omega, el inicio y la consumación del todo.


Por Nicoletta Vallorani

(escritora)


El signo, a veces, llega antes que el sentido. Es un gesto del corazón, no es necesario tener que explicarlo. “A” es el primer signo. La letra que señala el principio. El número 1. Un punto de partida. El acto de nacer. El momento desde el cual se comienza. Todo puede suceder.

Potencialidad infinita, por tanto infinita libertad.

El signo no es una necesidad primaria, sino la consecuencia del deseo de dar un nombre. Escribir es (debería ser) un acto de libertad. Para ser sinceros: buena parte de la vida debería ser un acto de libertad. Se pasa de la A a la Z de la vida sin nada en medio, saltándose la secuencia desordenada de gestos libres que deberían ser su sentido. Así, el signo que debería haber sido consecuencia del deseo de dar un nombre se convierte en una armadura vacía: el caballo inexistente armado para batallas que no son las suyas.

Así tenemos todas las partes: la A, el círculo, los colores. El signo llega antes que el sentido. Que es el de la libertad, precisamente: el único sentido posible.


Por Marco Rovelli

(escritor y músico)


Como para apretar los tiempos, para tomar un atajo, si el anillo debe cerrarse, que se cierre cuanto antes. De todas maneras, aquel anillo deberá ser derribado y entonces qué importa si no es verdaderamente un círculo. Lo que cuenta de aquel anillo imperfecto es lo que derriba. Es aquella A que lo abate desde abajo, incrustándose con la punta en su vacío, y lo traspasa, emergiendo por arriba. Y entonces la A sí que es perfecta. Es la A el vector del movimiento, la figura perfecta del asalto al cielo.

La , por tanto, es una etapa –un puro tránsito–, a nada remite, pero dibuja la voluntad de “acabar definitivamente” y a la vez de “comenzar de cero”. Designa el lugar del puro (re)comienzo: el círculo es el éxtasis de la nada, y la A que lo supera el éxtasis de la creación.


Por Goffredo Fofi

(crítico literario y cinematográfico)


En una de las más grandes novelas del siglo XIX, La letra escarlata de Nathaniel Hawthorne, escrutador concreto y metafísico de la “innata depravación del alma humana”, la joven Hester Prynne es obligada a llevar sobre el pecho de la letra A que designa su infamia (A de adúltera), bordada por ella misma. Estamos en el Boston del siglo XVII, el de los padres fundadores de América expulsados de la Gran Bretaña natal por las persecuciones políticas y religiosas. La A de adulterio es, según la visión hawthorniana, también la A de América: el pecado original del Nuevo Mundo, de la Tierra Prometida. De algún modo, la aspiración de la A que nos gusta ha estado presente en los mejores, pero no en aquellos que han confundido los valores de fondo de la Anarquía con el rechazo de toda moral, de hecho aproximándose, en una extrema reivindicación individualista, al extremismo del capital y del poder que, según se solía decir, son de por sí anárquicos. La apuesta es más abierta y más necesaria que nunca.

Fuente: http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/radar/9-7174-2011-07-17.html
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1 respuesta

@grungemania dijo Hace más de 10 meses:

excelente gracias

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