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Escrito contra Marx [Otro Fragmento]

Mijail Bakunin, 1872.


En fin, por perfecto que sea, desde el punto de vista de la conservación de la censura y de la policía, el Estado no puede estar seguro de su existencia en tanto no cuente, para defenderse contra los enemigos del interior, contra el descontento de los pueblos, con una fuerza armada. El Estado, esto es, el gobierno de arriba hacia debajo de una inmensa cantidad de hombres muy diversos desde el punto de vista de su grado de cultura, de la naturaleza del país o las localidades donde habitan, de su posición, de sus ocupaciones, de sus intereses y de sus aspiraciones, por una minoría cualquiera, aunque esta minoría fuera elegida mil veces por el sufragio universal y controlada en sus actos por instituciones populares; a menos que esté dotada de la omnisciencia, la omnipresencia y la omnipotencia que los teólogos atribuyen a su Dios, es imposible que pueda conocer, prever las necesidades, ni satisfacer, con igual justicia, los intereses más legítimos, más urgentes de todo el mundo. Siempre habrá descontentos, porque siempre habrá sacrificados.

Por otra parte, el Estado, como la Iglesia, por su naturaleza misma, es un gran sacrificador de hombres vivos
. Es un ente arbitrario, en el seno del cual todos los intereses vivos, tanto individuales como locales, se encuentran, chocan, se destruyen mutuamente, se absorben en esa abstracción que se llama interés común, bien público, salud pública, y donde todas las voluntades reales se anulan en esta otra abstracción que lleva el nombre de voluntad popular. De allí resulta que esta autodenominada voluntad del pueblo no es nunca otra cosa que el sacrificio y la negación de todas las voluntades de las poblaciones; de la misma manera que el llamado bien público no es otra cosa que el sacrificio de sus intereses. Pero para que esta abstracción omnímoda pueda imponerse a millones de hombres es necesario que sea representada y sostenida por un ser real, por una fuerza viva cualquiera, y bien, ese ser, esa fuerza, siempre han existido. En la Iglesia, se llama clero, y en el Estado, clase dominante o gobernante.

En el Estado de Marx, se nos dice, no habrá clase privilegiada. Todos serán iguales, no solamente desde el punto de vista jurídico y político, sino también desde el punto de vista económico. Al menos esto es lo que se promete, aunque dudo mucho que, de la manera en la cual se lo toma, y con el camino que se quiere seguir, se pueda cumplir esa promesa algún día. No habrá, pues, clases, sino un gobierno y, fijaos bien, un gobierno excesivamente complicado, que no se contentará con gobernar y administrar a las masas políticamente, como lo hacen todos los gobiernos actualmente, sino que incluso las administrará económicamente, concentrando en sus manos la producción y la justa distribución de las riquezas, el cultivo de la tierra, el establecimiento y desarrollo de las fábricas, la organización y la dirección del comercio, en fin, la aplicación del capital a la producción por un único banquero, el Estado. Todo esto exigirá una ciencia inmensa y muchas cabezas privilegiadas en este Gobierno. Será el reino de la inteligencia científica, el más aristocrático, el más despótico, el más arrogante y el más despreciativo de todos los regímenes. Habrá una nueva clase, una jerarquía nueva de sabios reales y ficticios, y el mundo se dividirá en una minoría dominante en nombre de la ciencia, y una inmensa mayoría ignorante. Y entonces, cuidado con las masas ignorantes.

Un régimen tal no dejará de provocar muy serios descontentos en esta masa, y, para contentarla, el gobierno iluminador de Marx tendrá necesidad de una fuerza armada no menos importante. Pues el gobierno debe ser muy fuerte, dice Engels, para mantener en el orden a esos millones de analfabetos cuyo levantamiento brutal podría destruirlo y trastocarlo todo, hasta un gobierno dirigido por cerebros de gran inteligencia.

Como podéis ver, a través de todas las frases y todas las promesas democráticas y socialistas del programa de Marx, se reencuentra en su Estado todo aquello que constituye la propia naturaleza despótica y brutal de todos los Estados, sea cual sea la forma de su gobierno. A fin de cuentas, el Estado popular, tan recomendado por Marx, y el Estado aristocrático-monárquico, mantenido con tanta habilidad como fuerza por Bismarck, se identifican completamente por la naturaleza de su objeto tanto interior como exterior. En el exterior, es el mismo despliegue de la fuerza militar, es decir, la conquista; en el interior el mismo empleo de esta fuerza armada, último argumento de todos los poderes políticos amenazados, contra las masas que, fatigadas de creer, de esperar, de resignarse y de obedecer siempre, se rebelan.

Dejemos ahora las consideraciones generales sobre el Estado, y profundicemos más en la política real, nacional, de Marx. Como Bismarck, es un patriota alemán. Quiere la grandeza y el poderío de Alemania como Estado. Nadie podrá por otra parte calificar de crimen el amor a su país y a su pueblo, y ya que él está tan profundamente convencido de que el Estado es la condición sine qua non de la prosperidad del uno de la emancipación del otro, se encontrará natural que desee que Alemania se organice en Estado y necesariamente en Estado muy grande y muy fuerte, ya que los Estados débiles y pequeños corren siempre el riesgo de ser engullidos. En consecuencia Marx, como patriota perspicaz y ardiente, debe querer el poderío y la grandeza de Alemania como Estado.

Pero, por otro lado, Marx es un socialista célebre, y uno de los principales iniciadores de la Internacional. No se contenta con trabajar por la emancipación del proletariado en Alemania únicamente; tiene el honor y considera un deber trabajar al mismo tiempo por la emancipación del proletariado de todos los países, lo que hace que se encuentre en plena contradicción consigo mismo. Como patriota alemán, desea la grandeza y el poderío, es decir, el dominio de Alemania, pero como socialista de la Internacional debe querer la emancipación de todos los pueblos del mundo. ¿Cómo resolver esta contradicción?
No hay más que un medio: proclamar, y luego de haberse persuadido a sí mismo, se entiende, la grandeza y el poderío de Alemania como Estado es la condición suprema de la emancipación de todo el mundo, que el triunfo nacional y político de Alemania es el triunfo de la humanidad, y que todo lo que sea contrario al advenimiento de esta nueva gran potencia omnívora es enemigo de la humanidad. Una vez, establecida esta convicción, no sólo está permitido, sino que lo exige la más santa de las causas, hacer servir a la Internacional, comprendidas en ella todas las federaciones de los otros países, como un medio muy poderoso, muy cómodo, muy popular sobre todo, tendiente a la edificación del gran Estado pangermánico. Y es esto precisamente lo que Marx está intentando hacer, tanto por las deliberaciones de la Conferencia que se había reunido en septiembre de 1871 en Londres, como por las resoluciones votadas por sus amigos alemanes y franceses en el Congreso de La Haya. Si no ha tenido más éxito, no es seguramente por falta de grandes esfuerzos ni de mucha habilidad de su parte, sino probablemente porque la idea fundamental que le inspira es falsa y su realización es imposible.

Esta identificación de la causa de la humanidad con la de la gran patria germánica no es una idea absolutamente nueva. Ha sido explícitamente expresada por primera vez, si no me equivoco, por el gran filósofo y patriota alemán Fitche en una serie de clases que dictó en Berlín después de la batalla de Jena, por así decir bajo la bayoneta de los soldados franceses que tenían su guarnición en la capital de Prusia y que, embriagados con todas sus victorias e ignorantes como conviene a los bravos generales, oficiales y soldados de Francia, se preocupaban poco de lo que pudiera decir un profesor alemán.

Fitche había sido expulsado poco tiempo antes de la universidad de Jena, bajo el muy ilustrado gobierno del duque de Sajonia-Weimar, el amigo de Goethe, a causa de su profesión de fe revolucionaria y atea. Pues bien, fue a este hombre a quien Stein y Hardenberg, los dos nuevos ministros del rey Federico Guillermo III de Prusia, en el momento en que Prusia, completamente conquistada y respirando sólo por la gracia de su vencedor, se había visto hundida en una miseria mucho más abrumadora que aquella en que se encontrará Francia en 1870 y 1871, fue ese hombre a quien el gobierno de Prusia, ciertamente más inspirado de lo que lo estuviera el del señor Thiers, ha recurrido para levantar, para rehacer la energía moral de la juventud prusiana y alemana.

¡Hecho sorprendente y digno de permanecer en la memoria de las naciones! La verdadera grandeza de Prusia, su potencia nueva, datan de la catástrofe de Jena. Es verdad que muchas causas anteriores, tanto prusianas como alemanas, la habían preparado. Entre las causas exclusivamente prusianas, es necesario citar, en primer lugar, la política perseverante y tortuosa de esta casa de Branderburgo que, continuamente durante tres siglos, de padres a hijos, ha perseguido un solo fin: el de la creación de una gran potencia alemana fundada en parte sobre la servidumbre de las poblaciones eslavas que eran los habitantes primitivos de actual reino de Prusia, y una parte, de las cuales ha conservado sus tratados, sus costumbres y hasta su lengua eslava, a pesar de todos los esfuerzos que se han hecho para germanizarlas. En principio vasallos de la corona de Polonia, los duques de Prusia acabaron por desposeer a su antiguo soberano. Primero se independizaron de él, luego comenzaron a arrancarle una a una sus provincias, finalmente se proclamaron reyes, y de la mano de su poderoso sucesor Federico el Grande, en concierto con Rusia y Austria, dieron por fin el golpe de gracia a esta desdichada Polonia, en otros tiempos soberana...
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