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[I] Ideas que han movido al mundo Copérnico, Bruno y Galile
Ideas que han movido al mundo Copérnico, Bruno y Galileo.
La Historia de Copérnico, Bruno, Galileo.
Nicolás Copérnico
Hace unos 469 años, el 24 de mayo de 1543, un canónigo de la catedral de Frauenburg, en Polonia, anciano de setenta años, está moribundo. Rodea el lecho un grupo de amigos que espera el fin de aquel hombre muy querido y famoso en todo el mundo, e insigne al mismo tiempo como eclesiástico, médico, jurista, científico, matemático y, sobre todo, astrónomo. Los amigos esperan, además, otra cosa: un libro, un libro que trae a grandes prisas el mensajero de un impresor de la lejana Núremberg. Podemos imaginarnos la escena: el ruido de los cascos de un caballo que golpean los guijarros de la calle, rumores y revuelos en el vestíbulo, y en seguida Osiander, extraño amigo del enfermo, que entra nerviosamente en la habitación con un pequeño volumen entre las manos, mostrando con orgullo la dedicatoria nada menos que al papa Paulo III. Abre el libro, y en la portada lee, con su voz de timbre clerical, las palabras latinas:
De revolutionibus Orbium Coelestium.
Nicolaus Copernicus
Inmediatamente, con la expresión de quien acabase de cometer un pecado, Osiander deja el libro.
El anciano sonríe. Acerca de las revoluciones de los cuerpos celestes. Hacía más de treinta años que había escrito ese libro. Tenía entonces cuarenta, y desde entonces venía dudando si publicarlo, aunque desde joven estaba convencido de la demoledora verdad que en el exponía. Convicción solitaria y única. Se había dado cuenta de que publicar aquella verdad era lanzar un reto a toda la tradición que venía siendo aceptada como verdad inconmovible desde hacia catorce siglos: era la cárcel, el tormento quizá, la elección entre retractarse o morir en la hoguera como un hereje. Por eso había dudado; se contento con seguir observando cuidadosamente las estrellas a través del agujero que había practicado en la pared de su habitación, situada en lo alto de la torre catedralicia. Añadió un hecho a otro, un cálculo a otro calculo, y en ocasiones se arriesgaba a susurrar su verdad secreta al oído de ciertas personas escogidas. Hasta algunas de éstas se habían reído ante la fantástica idea de que la tierra y todos los planetas se mueven alrededor del sol, opuesta al hecho evidente de que el sol y los planetas se mueven alrededor de la tierra. Todo comprobaba este hecho indudable. Lo veían los ojos de los hombres; Aristóteles y Ptolomeo de Alejandría, príncipe de los astrónomos, cuyos libros gozaban de secular autoridad, lo afirmaban; y lo mismo la Biblia, pues ¿no había ordenado Josué al sol que se detuviese en su marcha? Y sobre todo, la Iglesia sostenía la doctrina de que el mundo ocupa el centro del universo, habiendo sido creado por Dios para morada de su criatura predilecta, el Hombre.
En una ocasión, Copérnico se había arriesgado a publicar un breve bosquejo de su teoría, la cual fue recibida de modo muy curioso. El papa León X la encontró muy divertida, y la corte papal, atraída siempre por las teorías originales, prestó durante algún tiempo su atención a ésta, que gozó de cierta boga intelectual. Pero nadie la tomo en serio ni la consideró verdadera.
Después, Copérnico tuvo otras muchas cosas en que ocuparse: sus deberes de canónigo de la catedral, de médico ilustre, de economista capaz de proyectar, a petición del duque, una moneda nueva. Posteriormente, una vez muerto el obispo que era tío suyo y le quería y ayudaba, y nombrado para sucederle Dantico, Copérnico hubo de hacer frente a la enemistad, las censuras y la persecución por las faltas más insignificantes. El anciano moribundo pensaba en los siete años que había pasado bajo la autoridad de Dantico; en Retico, el profesor protestante de la universidad de Wittenberg, que había ido a estudiar astronomía con él y había permanecido allí tres años, en vez de los tres meses que se había propuesto. Después había llegado Osiander, hombre curioso y astuto, que le sugirió a Copérnico la idea de publicar el libro con un prefacio en el que dijese, como había dicho el papa León X, que se trataba solamente de una teoría fantástica, pero que podía ser interesante, como ejercicio, para los matemáticos y los astrónomos. Copérnico rechazó aquella vergonzosa transacción. La verdad o el silencio. Finalmente Osiander aceptó este punto de vista y comenzó a gestionar la publicación del libro.
Ahora -meditaba el moribundo- la verdad ya está dicha, y yo, el autor… Podemos figurarnos la lenta sonrisa con que se deslizó por la puerta de la muerte el día en que le llevaron el libro, libre ya de las torturas de la inquisición; de las burlas de los supuestos sabios, aferrados a los viejos errores; del furor de la Iglesia. Por lo menos había vivido lo bastante para poder leer la portada:
De Revolutionibus Orbium Coelestium.
Lo que no vio Copérnico fue el pérfido prefacio que Osiander le había puesto: el prefacio que él se había negado a hacer en nombre de su nueva y grande verdad.
Así salió al mundo el libro que estaba destinado a cambiar nuestra concepción del universo y del lugar que el hombre ocupa en él.
Con los conocimientos que Copérnico nos dio por primera vez en esas páginas, nos parece increíble hoy que los hombres no entendiesen los movimientos de las estrellas. Algunos griegos antiguos entre ellos Platón, ya habían dicho cosas que insinuaban la verdad. Un pensador muy atrevido, llamado Filolao, creía que la tierra y los planetas se movían en torno de un fuego central. Después, las tinieblas se cerraron sobre este problema. En el siglo II a.C., Ptolomeo de Alejandría, ciudad que era entonces el primer centro intelectual del mundo, recogió en su libro, titulado Almagesto, las ideas corrientes en su tiempo sobre astronomía.
Durante mil trescientos años, este libro fue, para los hombres de la iglesia y los eruditos, la Biblia de la astronomía. Situaba a la tierra en el centro del universo y afirmaba que el sol y los planetas giraban en torno de ella. El Almagesto fue traducido a muchos idiomas, incluso el árabe;
Y si las tablas de Ptolomeo no correspondían a los movimientos de las estrellas tal como los hombres los veían, se hacían tablas nuevas para registrar las diferencias.
Al encontrarse delante de aquellas confusas tablas de ciclos y epiciclos, se cuenta que Alfonso el Sabio, rey de Castilla, dijo: “Señor, si yo hubiera estado presente en el momento en que hiciste la creación, hubiera podido darte algún buen consejo.”
Pasaron más de doscientos años, y Nicolás Copérnico nació en Thorn, en Polonia. Era una época de ideas atrevidas, y el suyo fue el pensamiento más grande y más atrevido de la época.
Con sus estudios en la universidad de Cracovia y los que hizo durante diez años en las italianas de Bolonia y Padua, llego a dominar muchas disciplinas: medicina, derecho, economía, ciencias naturales, matemáticas, arte, idiomas; pero la que sobre todo le atraía era la astronomía. Supongamos, pensó, que la tierra gira como un trompo. Las gentes se rieron de aquella idea descabellada: si fuera cierta, sentirían girar a la tierra, y además serian lanzados al espacio. Copérnico siguió trabajando en su teoría con la ayuda de toscos instrumentos, pues aun no había sido inventado el telescopio. Su tío el obispo consiguió que lo nombrasen clérigo de su diócesis, lo que permitió al brillante joven sabio dedicarse libremente a sus estudios. A los treinta y nueve años ya tenía escrito su libro, y como hemos visto, las dudas ante las amenazas de la Iglesia lo mantuvieron inédito otros treinta años. Pero al morir el autor, su verdad se hizo pública.
Giordano Bruno
Fue otra inteligencia poderosa, mas valiente que la de Copérnico, la que, a costa de ola libertad y de la vida, puso en circulación aquella verdad.
Giordano Bruno nació en Nápoles siete años después de la muerte de Copérnico. Era fraile dominico; pero a la edad de veinticuatro años huyo de su monasterio por miedo a una acusación de herejía. Estuvo en Roma, Venecia, Padua, Touluse, otra vez en Paris, Oxford, Marburgo, Wittenberg, Franckfort y de nuevo en Venecia. De ciudad en ciudad, iba exponiendo sus ideas y provocando en todas partes la cólera de la Iglesia. Entre sus ideas heréticas, las principales eran las ideas astronómicas.
Bruno las desarrolló y sacó de ellas nuevas consecuencias. Para él, el hombre no era más que un puntito en un universo infinito que comprende un número infinito de mundos, y arroja esta idea a la faz de la Iglesia con toda la furia de su alma heroica. Lo pagó caro. En Venecia, fue delatado y la Inquisición lo aprehendió. Durante seis años estuvo encerrado en los calabazos de Roma, mientras teólogos y frailes trataban en vano de hacerlo retractarse. Pero no era Bruno hombre que negase la verdad que le era conocida, ni por los tormentos físicos ni por la misma muerte.
Fue fiel a sus creencias hasta el fin. El 17 de febrero de 1600 pagó en la hoguera el precio de sus ideas, y cuando le presentaron un crucifijo para que lo besara a través de las llamas, volvió la cabeza.
“vosotros que me juzgáis, tenéis mas miedo que yo, que soy el condenado”,
Dijo a sus jueces; y nos dejó un testamento de valentía moral en sus últimas palabras, tan elevadas como las de Sócrates:
“Luché. Eso ya es mucho. La victoria esta en las manos del destino. Sea lo que sea de mí, una cosa por lo menos no me negarán las edades futuras, venza quien venza: que no temí morir, ni cedí en firmeza a ninguno de mis semejantes, y preferí morir anónimamente a vivir con cobardía”
Así murió el valeroso Bruno por la verdad que Copérnico había descubierto. Pero ni la hoguera ni la cruz han podido matar nunca a la verdad.
Galileo Galilei
Galileo, el hombre experimentador que busco la verdad de la naturaleza detrás de las cosas, ya era, a su vez, un defensor de la misma idea. La noticia de la muerte de Bruno le atemorizo algo; pero cuando, cuatro años más tarde, fue el primero en descubrir una estrella nueva, su popularidad como astrónomo creció extraordinariamente. En 1608, un constructor holandés de instrumentos hizo el primer telescopio, e inmediatamente Galileo empezó a usar el nuevo instrumento, a pesar de que la Iglesia sostenía que era una invención del demonio destinada a producir visiones que tentasen a los hombres. La Iglesia, pues, lo prohibió, y los astrónomos ortodoxos se negaron a usarlo; pero Galileo persistió. Copérnico había dicho que el planeta Venus debe tener fases como la luna, y Galileo las descubrió con el telescopio. El estudio de las manchas del sol le hizo ve que también el sol gira. Vio los anillos de Saturno y los satélites de Júpiter y otras mil maravillas.
En 1616 el colegio de Cardenales condenó solemnemente la teoría de Copérnico como herética. Galileo prometió no enseñarla; pero al ser elegido un nuevo papa, quizá mas tolerante que el anterior, escribió un hábil dialogo entre la teoría ptolomeica y la copernicana, en el que fingía querer demostrar lo absurdo de la teoría herética. La verdad se transparentaba con demasiada claridad a través del subterfugio; y el hombre de ciencia, que ya andaba cerca de los setenta años, fue procesado por la inquisición.
Lo hicieron retractarse, y cuenta la leyenda que, después de la retractación, murmuró: “E pur si muove” (Y, sin embargo, se mueve). Durante nueve años Galileo, ciego y desamparado, estuvo preso, y al poco tiempo murió.
La verdad sigue moviéndose, de una mente en otra, a pesar de las excomuniones y de los edictos, a pesar de los tormentos, la cárcel y el martirio. Tycho Brahe, astrónomo danés, quiso restablecer en parte el viejo sistema ptolemaico: pero Tycho Brahe ya había enseñado la ciencia astronómica a Képler, y al alborear el siglo XVII, siglo de la ilustración y progreso, Képler, demostrando que los planetas se movían en órbitas elípticas, dio a los que dudaban la respuesta definitiva. La idea de que la tierra se mueve fue, al fin, aceptada por todo el mundo.
“Pobre inteligencia es la que piensa como la multitud, porque es multitud: la verdad no cambia, sean cualesquiera las opiniones del vulgo y el asentamiento de los muchos.”
Giordano Bruno.
Fuente: Horacio Shipp. Ideas que han movido al mundo.
La Historia de Copérnico, Bruno, Galileo.
Nicolás Copérnico
Hace unos 469 años, el 24 de mayo de 1543, un canónigo de la catedral de Frauenburg, en Polonia, anciano de setenta años, está moribundo. Rodea el lecho un grupo de amigos que espera el fin de aquel hombre muy querido y famoso en todo el mundo, e insigne al mismo tiempo como eclesiástico, médico, jurista, científico, matemático y, sobre todo, astrónomo. Los amigos esperan, además, otra cosa: un libro, un libro que trae a grandes prisas el mensajero de un impresor de la lejana Núremberg. Podemos imaginarnos la escena: el ruido de los cascos de un caballo que golpean los guijarros de la calle, rumores y revuelos en el vestíbulo, y en seguida Osiander, extraño amigo del enfermo, que entra nerviosamente en la habitación con un pequeño volumen entre las manos, mostrando con orgullo la dedicatoria nada menos que al papa Paulo III. Abre el libro, y en la portada lee, con su voz de timbre clerical, las palabras latinas:
De revolutionibus Orbium Coelestium.
Nicolaus Copernicus
Inmediatamente, con la expresión de quien acabase de cometer un pecado, Osiander deja el libro.
El anciano sonríe. Acerca de las revoluciones de los cuerpos celestes. Hacía más de treinta años que había escrito ese libro. Tenía entonces cuarenta, y desde entonces venía dudando si publicarlo, aunque desde joven estaba convencido de la demoledora verdad que en el exponía. Convicción solitaria y única. Se había dado cuenta de que publicar aquella verdad era lanzar un reto a toda la tradición que venía siendo aceptada como verdad inconmovible desde hacia catorce siglos: era la cárcel, el tormento quizá, la elección entre retractarse o morir en la hoguera como un hereje. Por eso había dudado; se contento con seguir observando cuidadosamente las estrellas a través del agujero que había practicado en la pared de su habitación, situada en lo alto de la torre catedralicia. Añadió un hecho a otro, un cálculo a otro calculo, y en ocasiones se arriesgaba a susurrar su verdad secreta al oído de ciertas personas escogidas. Hasta algunas de éstas se habían reído ante la fantástica idea de que la tierra y todos los planetas se mueven alrededor del sol, opuesta al hecho evidente de que el sol y los planetas se mueven alrededor de la tierra. Todo comprobaba este hecho indudable. Lo veían los ojos de los hombres; Aristóteles y Ptolomeo de Alejandría, príncipe de los astrónomos, cuyos libros gozaban de secular autoridad, lo afirmaban; y lo mismo la Biblia, pues ¿no había ordenado Josué al sol que se detuviese en su marcha? Y sobre todo, la Iglesia sostenía la doctrina de que el mundo ocupa el centro del universo, habiendo sido creado por Dios para morada de su criatura predilecta, el Hombre.
En una ocasión, Copérnico se había arriesgado a publicar un breve bosquejo de su teoría, la cual fue recibida de modo muy curioso. El papa León X la encontró muy divertida, y la corte papal, atraída siempre por las teorías originales, prestó durante algún tiempo su atención a ésta, que gozó de cierta boga intelectual. Pero nadie la tomo en serio ni la consideró verdadera.
Después, Copérnico tuvo otras muchas cosas en que ocuparse: sus deberes de canónigo de la catedral, de médico ilustre, de economista capaz de proyectar, a petición del duque, una moneda nueva. Posteriormente, una vez muerto el obispo que era tío suyo y le quería y ayudaba, y nombrado para sucederle Dantico, Copérnico hubo de hacer frente a la enemistad, las censuras y la persecución por las faltas más insignificantes. El anciano moribundo pensaba en los siete años que había pasado bajo la autoridad de Dantico; en Retico, el profesor protestante de la universidad de Wittenberg, que había ido a estudiar astronomía con él y había permanecido allí tres años, en vez de los tres meses que se había propuesto. Después había llegado Osiander, hombre curioso y astuto, que le sugirió a Copérnico la idea de publicar el libro con un prefacio en el que dijese, como había dicho el papa León X, que se trataba solamente de una teoría fantástica, pero que podía ser interesante, como ejercicio, para los matemáticos y los astrónomos. Copérnico rechazó aquella vergonzosa transacción. La verdad o el silencio. Finalmente Osiander aceptó este punto de vista y comenzó a gestionar la publicación del libro.
Ahora -meditaba el moribundo- la verdad ya está dicha, y yo, el autor… Podemos figurarnos la lenta sonrisa con que se deslizó por la puerta de la muerte el día en que le llevaron el libro, libre ya de las torturas de la inquisición; de las burlas de los supuestos sabios, aferrados a los viejos errores; del furor de la Iglesia. Por lo menos había vivido lo bastante para poder leer la portada:
De Revolutionibus Orbium Coelestium.
Lo que no vio Copérnico fue el pérfido prefacio que Osiander le había puesto: el prefacio que él se había negado a hacer en nombre de su nueva y grande verdad.
Así salió al mundo el libro que estaba destinado a cambiar nuestra concepción del universo y del lugar que el hombre ocupa en él.
Con los conocimientos que Copérnico nos dio por primera vez en esas páginas, nos parece increíble hoy que los hombres no entendiesen los movimientos de las estrellas. Algunos griegos antiguos entre ellos Platón, ya habían dicho cosas que insinuaban la verdad. Un pensador muy atrevido, llamado Filolao, creía que la tierra y los planetas se movían en torno de un fuego central. Después, las tinieblas se cerraron sobre este problema. En el siglo II a.C., Ptolomeo de Alejandría, ciudad que era entonces el primer centro intelectual del mundo, recogió en su libro, titulado Almagesto, las ideas corrientes en su tiempo sobre astronomía.
Durante mil trescientos años, este libro fue, para los hombres de la iglesia y los eruditos, la Biblia de la astronomía. Situaba a la tierra en el centro del universo y afirmaba que el sol y los planetas giraban en torno de ella. El Almagesto fue traducido a muchos idiomas, incluso el árabe;
Y si las tablas de Ptolomeo no correspondían a los movimientos de las estrellas tal como los hombres los veían, se hacían tablas nuevas para registrar las diferencias.
Al encontrarse delante de aquellas confusas tablas de ciclos y epiciclos, se cuenta que Alfonso el Sabio, rey de Castilla, dijo: “Señor, si yo hubiera estado presente en el momento en que hiciste la creación, hubiera podido darte algún buen consejo.”
Pasaron más de doscientos años, y Nicolás Copérnico nació en Thorn, en Polonia. Era una época de ideas atrevidas, y el suyo fue el pensamiento más grande y más atrevido de la época.
Con sus estudios en la universidad de Cracovia y los que hizo durante diez años en las italianas de Bolonia y Padua, llego a dominar muchas disciplinas: medicina, derecho, economía, ciencias naturales, matemáticas, arte, idiomas; pero la que sobre todo le atraía era la astronomía. Supongamos, pensó, que la tierra gira como un trompo. Las gentes se rieron de aquella idea descabellada: si fuera cierta, sentirían girar a la tierra, y además serian lanzados al espacio. Copérnico siguió trabajando en su teoría con la ayuda de toscos instrumentos, pues aun no había sido inventado el telescopio. Su tío el obispo consiguió que lo nombrasen clérigo de su diócesis, lo que permitió al brillante joven sabio dedicarse libremente a sus estudios. A los treinta y nueve años ya tenía escrito su libro, y como hemos visto, las dudas ante las amenazas de la Iglesia lo mantuvieron inédito otros treinta años. Pero al morir el autor, su verdad se hizo pública.
Giordano Bruno
Fue otra inteligencia poderosa, mas valiente que la de Copérnico, la que, a costa de ola libertad y de la vida, puso en circulación aquella verdad.
Giordano Bruno nació en Nápoles siete años después de la muerte de Copérnico. Era fraile dominico; pero a la edad de veinticuatro años huyo de su monasterio por miedo a una acusación de herejía. Estuvo en Roma, Venecia, Padua, Touluse, otra vez en Paris, Oxford, Marburgo, Wittenberg, Franckfort y de nuevo en Venecia. De ciudad en ciudad, iba exponiendo sus ideas y provocando en todas partes la cólera de la Iglesia. Entre sus ideas heréticas, las principales eran las ideas astronómicas.
Bruno las desarrolló y sacó de ellas nuevas consecuencias. Para él, el hombre no era más que un puntito en un universo infinito que comprende un número infinito de mundos, y arroja esta idea a la faz de la Iglesia con toda la furia de su alma heroica. Lo pagó caro. En Venecia, fue delatado y la Inquisición lo aprehendió. Durante seis años estuvo encerrado en los calabazos de Roma, mientras teólogos y frailes trataban en vano de hacerlo retractarse. Pero no era Bruno hombre que negase la verdad que le era conocida, ni por los tormentos físicos ni por la misma muerte.
Fue fiel a sus creencias hasta el fin. El 17 de febrero de 1600 pagó en la hoguera el precio de sus ideas, y cuando le presentaron un crucifijo para que lo besara a través de las llamas, volvió la cabeza.
“vosotros que me juzgáis, tenéis mas miedo que yo, que soy el condenado”,
Dijo a sus jueces; y nos dejó un testamento de valentía moral en sus últimas palabras, tan elevadas como las de Sócrates:
“Luché. Eso ya es mucho. La victoria esta en las manos del destino. Sea lo que sea de mí, una cosa por lo menos no me negarán las edades futuras, venza quien venza: que no temí morir, ni cedí en firmeza a ninguno de mis semejantes, y preferí morir anónimamente a vivir con cobardía”
Así murió el valeroso Bruno por la verdad que Copérnico había descubierto. Pero ni la hoguera ni la cruz han podido matar nunca a la verdad.
Galileo Galilei
Galileo, el hombre experimentador que busco la verdad de la naturaleza detrás de las cosas, ya era, a su vez, un defensor de la misma idea. La noticia de la muerte de Bruno le atemorizo algo; pero cuando, cuatro años más tarde, fue el primero en descubrir una estrella nueva, su popularidad como astrónomo creció extraordinariamente. En 1608, un constructor holandés de instrumentos hizo el primer telescopio, e inmediatamente Galileo empezó a usar el nuevo instrumento, a pesar de que la Iglesia sostenía que era una invención del demonio destinada a producir visiones que tentasen a los hombres. La Iglesia, pues, lo prohibió, y los astrónomos ortodoxos se negaron a usarlo; pero Galileo persistió. Copérnico había dicho que el planeta Venus debe tener fases como la luna, y Galileo las descubrió con el telescopio. El estudio de las manchas del sol le hizo ve que también el sol gira. Vio los anillos de Saturno y los satélites de Júpiter y otras mil maravillas.
En 1616 el colegio de Cardenales condenó solemnemente la teoría de Copérnico como herética. Galileo prometió no enseñarla; pero al ser elegido un nuevo papa, quizá mas tolerante que el anterior, escribió un hábil dialogo entre la teoría ptolomeica y la copernicana, en el que fingía querer demostrar lo absurdo de la teoría herética. La verdad se transparentaba con demasiada claridad a través del subterfugio; y el hombre de ciencia, que ya andaba cerca de los setenta años, fue procesado por la inquisición.
Lo hicieron retractarse, y cuenta la leyenda que, después de la retractación, murmuró: “E pur si muove” (Y, sin embargo, se mueve). Durante nueve años Galileo, ciego y desamparado, estuvo preso, y al poco tiempo murió.
La verdad sigue moviéndose, de una mente en otra, a pesar de las excomuniones y de los edictos, a pesar de los tormentos, la cárcel y el martirio. Tycho Brahe, astrónomo danés, quiso restablecer en parte el viejo sistema ptolemaico: pero Tycho Brahe ya había enseñado la ciencia astronómica a Képler, y al alborear el siglo XVII, siglo de la ilustración y progreso, Képler, demostrando que los planetas se movían en órbitas elípticas, dio a los que dudaban la respuesta definitiva. La idea de que la tierra se mueve fue, al fin, aceptada por todo el mundo.
“Pobre inteligencia es la que piensa como la multitud, porque es multitud: la verdad no cambia, sean cualesquiera las opiniones del vulgo y el asentamiento de los muchos.”
Giordano Bruno.
Fuente: Horacio Shipp. Ideas que han movido al mundo.
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5 comentarios
Gracias, mil disculpas. Ahora lo leo bien.
Gracias.