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Sombras (cuento propio: segunda parte)

SOMBRAS
-Segunda parte-
-Segunda parte-
-IV-
Isabel se sentía culpable y prefería estar sola en la habitación de nuestro hijo que en cualquier otra parte, o conmigo. Dejó de hablarme y la convivencia se volvió prácticamente imposible. Renunció al trabajo, y apenas comía o dormía. Yo estaba preocupado por Omar, pero aún más me alarmaba ella. Me resultaba insoportable ver cómo la piedra angular de mi familia se desmoronaba como la sal ante el agua. Ella siempre había sido la más centrada y fuerte de los dos. Cada vez que surgía un problema o imprevisto, lo discutíamos, a veces a gritos, pero lo resolvíamos juntos. Lo que había entre los tres era más fuerte que cualquier obstáculo, pero esta vez parecía muy distinto.
De repente, un día que llegué del trabajo, encontré a Isabel esperándome en la puerta. Me abrazó como creí que nunca más volvería a hacerlo y empezó a llorar. Traté de consolarla, pero ella seguía temblando. Entonces me susurró al oído:
–Quiero enseñarte algo. Sé que no estoy loca. Aunque ya no estoy segura de nada.
Y remató con algo que contrajo mi corazón.
–Sé quién se llevó a nuestro hijo.
Entramos a la casa y sin dejar que soltara el portafolio o me quitara el saco, me llevó a la habitación de Omar. Se sentó a los pies de la cama, en frente del televisor y me invitó a hacer lo mismo. Encendió el aparato, hizo lo propio con el reproductor de video e introdujo una de las cintas que les había tomado a los dos mientras jugaban.
–No te hagas más daño, ¡por favor! Pronto encontraremos a Omar y volveremos a estar juntos los tres. Ya lo verás –dije, pero ella no me prestó atención. Sólo echó a andar la cinta y con la sola mirada me indicó que la viera.
En la grabación pude ver a los dos jugando, dos o tres semanas antes de la desaparición de Omar. Recreaban la cuarta campaña de Morelos cuando sonó el teléfono. Entonces se ve que yo dejo de sujetar la cámara, para contestar, pero no la apago para que ésta siguiera grabando el juego. La llamada era de mi suegra, por lo que le grito a Isabel que su mamá está al teléfono. Ella deja de jugar con nuestro hijo para atenderla y él sigue jugando solo sobre la cama. Yo vuelvo con él, recojo y apago la cámara.
–Entonces, ¿qué viste? –inquirió Isabel.
–Nada, sólo a ti y a Omar jugando. ¿Qué más querías que viera?
Pero esa no era la respuesta que ella esperaba escuchar, por lo que rebobinó la cinta y volvió a echarla a andar.
–Fíjate bien. Después de que sueltas la cámara y la dejas filmando, yo sigo con Omar hasta que me llamas. No lo veas sólo a él, o a mí, observa lo demás –señaló, pero yo seguía sin entender qué es lo que quería que viera.
Para mí no había nada más ahí.
Ya molesta, Isabel señaló con su dedo índice a la pantalla, donde sólo se veía la cabecera de la cama un poco borrosa.
–Ni siquiera parpadees y fíjate bien en esa distorsión –dijo y yo acaté sus instrucciones.
Entonces lo vi con claridad. Aquello que veía borroso era algo más que un problema de enfoque, o una falla en la lente de la cámara, porque hay un momento de la grabación en que se alcanza a ver una figura humanoide, pero sin facciones, una silueta como una sombra proyectada cuando hay muy poca luz.
La piel se me erizó, pero aún conservaba la lógica.
–Puede ser que la grabación la haya realizado sobre una cinta ya usada. No sería la primera vez –traté de argumentarle, pero ella, sin decir nada, me pidió que siguiera viendo la pantalla.
En ese momento, justo antes de que se viera cómo regreso a recoger y apagar la cámara, aquella silueta difusa se para de la cama y se va, no sin desacomodar las almohadas y dejar marcada su presencia en las sábanas.
Podía sentir como si una corriente eléctrica recorriera mi espina dorsal, piernas, brazos y nuca.
–Eso no es todo –añadió mi esposa, cuando desconectó de súbito el televisor.
Entonces lo que vi en la pantalla apagada me heló la sangre, e hizo que experimentara un miedo que creía olvidado en los capítulos de mi infancia. En el cristal de la “tele” no sólo pude ver el reflejo de Isabel y el mío, sino al menos media docena de siluetas recostadas en la cama, con ojos brillantes y viendo hacia el monitor. Cuando volteé la mirada, no había nada atrás de nosotros, ni en el cristal cuando volví a verlo otra vez.
– ¿Qué… qué fue… eso? –le pregunté tartamudeando.
–No lo sé, pero creo que son la causa de las desapariciones masivas –dijo muy segura de sí misma.
Ella no acostumbraba hablar a la ligera, o sacar conclusiones apresuradas, por lo que su dicho no lo vi como una excepción a la norma.
Esa vez pasamos la noche en la misma habitación, sin poder dormir y con todas las luces de la casa encendidas, hasta que salió el sol. No sabíamos si eso habría de ahuyentar a las sombras o atraería más su atención, pero preferimos la incertidumbre a la seguridad de vernos rodeados de un manto de oscuridad.

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14 comentarios
Muchas gracias.
Eres muy amable, gracias.
Gracias.
Jajaja, gracias Andy.
Muchas gracias.
Gracias.
Simplemente Espectacular
Muchas gracias.
Jajaja ¿También a ti te ha ocurrido?
Gracias.
Me gustaría leerla.