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En la pared (cuento propio: séptima parte)

Debo advertirles que este cuento es violento y explícito, además de que aborda un tema muy delicado, por lo que les pido que dejen a su criterio el leerlo o no.
EN LA PARED
-Séptima parte-
-Séptima parte-
III. Sotana.
-I-
Lo último que el Padre Javier habrá de recordar de la noche anterior, será haber hablado con el sacristán, para encomendarle dejar todo limpio y preparado para la misa de seis del día siguiente, sólo unos minutos antes de recoger la Biblia del púlpito y entrar en su habitación. Entonces no sospechaba que adentro y sobre su cama habría de encontrar una cruz rústica de madera, con una inscripción en su costado: De profundis clamavi ad te (desde lo más profundo llamé por ti). Pero antes de que pudiera salir para preguntar por el origen de ese objeto, sintió un fuerte golpe en la cabeza, acompañado por un ensordecedor zumbido que lo obligó a tambalearse hasta perder el sentido.
Pero ahora, que recobra el conocimiento, se ve completamente desnudo, atado de pies y manos con varios cordeles de cuero a la vieja silla de madera en la que acostumbraba meditar. No puede moverse, ni pedir ayuda con un grito, pues sus labios están cocidos con algún tipo de hilo de alambre, salvo que ese saborcito metálico sea provocado por la sangre que se filtra por entre las comisuras de su boca, hasta llegar a la lengua.
Su vista aún es borrosa, no sólo por el fuerte golpe que recibiera sino por la escasa luz que se alcanza a colar por el ventanal de la habitación. Moviendo su cabeza hacia adelante y atrás, trata de aflojar las ataduras sin obtener resultado. Cuando sin darle tiempo para nada, alguien por detrás lo sujeta firmemente de los cabellos.
–No hagas tanto ruido. ¿No sabes quién murió hace sólo unas semanas? ¿Verdad? –le dice una voz profunda y calmada.
El sacerdote ignora de qué le hablan, pero no puede esconder su nerviosismo y trata de mover los ojos más allá de sus capacidades, con la idea de ver a su agresor aunque sea sólo un poco.
¿Quién puede estar atormentándolo de esa manera? ¿Quién puede estar cometiendo la osadía de amenazar a un servidor de la Iglesia? ¿Quién puede estar detrás de semejante “blasfemia”?
–Hace unas semanas murió Sebastián –le dice la voz pausada, sin soltarle los cabellos y acercándose a su oído.
– ¿Recuerdas a Sebastián? ¿No? –le dice al tiempo que el sacerdote toma un respiro profundo y centra su mirada en la pared que tiene en frente, casi como si en ella se le estuviera proyectando una película.
Palabra por palabra, su nerviosismo va cediendo su lugar al terror, aunque ya no lo tienen sujeto del pelo.
Con pasos pequeños y sin ninguna prisa, su agresor camina pesadamente sin dejar de darle la espalda. Trae puesta una sotana de monje con una capucha que cubre su rostro. Camina con los pies descalzos, y con cada paso va dejando un pequeño hilillo de sangre en el suelo.
El padre no ha dejado de verlo y aquel sujeto lo sabe. Puede sentir su mirada y oler su miedo. Hasta que se detiene a tan sólo unos cuantos pasos de la pared.
– ¡No te bastó con traicionar su confianza y arruinar su vida, tanto fuera como dentro del seminario! –le dice el agresor ya con un tono mucho más severo.
El padre no sabe qué hacer, salvo bajar la barbilla contra su pecho mientras cierra los párpados con toda la fuerza que aún tiene en el cuerpo, como si al hacerlo aquel hombre fuera a esfumarse, o él despertara de su pesadilla.
Pero sabe bien que cerrar los ojos y hacer cómo que no pasa nada no habrá de funcionar esta vez. Es más, tal vez se pregunta si esa táctica le ha funcionado en algún momento. Su estado, la presencia de aquel individuo y el hecho de que después de algunos años de lo ocurrido traiga consigo “ese nombre”, le revela que negar las cosas no cambia lo sucedido.
Por más que cierre los ojos su agresor no deja de estar parado frente a él. Así como el nombre de “Sebastián” no ha dejado de resonar en sus oídos desde el momento mismo en que le informaron de su muerte.
Ante la oscuridad que envuelve el rostro de su agresor y sintiendo en sus huesos el frío acero de sus palabras, no puede más que aceptar que son sus propias manos las que están manchadas de sangre.
Tras casi un minuto de silencio, el extraño de la capucha se pone frente a él y lo vuelve a sujetar por los cabellos mientras le exige que alce la mirada e intente descubrir su identidad. El Padre solloza y tímidamente entre abre uno de los ojos.
– ¿Qué es lo que ves? –le pregunta la voz.
Pero él no puede ver nada, es casi como si debajo de esa capucha no hubiera rostro alguno, sólo la oscuridad y el frío aliento que transpira.
Moviendo su cabeza de un lado a otro, el sacerdote responde lo que ha visto y el encapuchado lo suelta.
–Veo que aún no sabes quién soy –le dice mientras da un par de pasos atrás y mete su mano en la bolsa izquierda de su sotana.

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8 comentarios
Gracias Amor.
Gracias.
Ya mero, gracias.
Gracias.
Gracias.