Un espacio de Libertad en Taringa, Reflexiones, Juegos, Cuentos, Música, Poemas, Artes Plásticas, Dibujos, Diseño, Fotografía, etc
Ver más- 3,697 Miembros
- 3,982 Temas
- 1,452 Seguidores
Girando Girondo (parte 2)
Los que visitaron mi primer post sabrán que prometí una segunda parte, bueno aquí está. Que lo disfruten!
Gracias amigos.

LINK AL POST: http://www.taringa.net/posts/arte/9847296/Girando-Girondo---Todo-Sobre-Oliverio-_Parte-2_.html


¿Qué había en la casa?
Muebles de la colonia, nubes, zonas fluviales, desvanes con astrolabios y pipas de opio, cajas de compases, alfombras persas y folletines de otro siglo. Faroles de barco, vías férreas que cruzaban la sala, piedras totémicas, inmensos roperos de caoba, arañas de murano, piezas diaguitas, un ombú en uno de los ángulos del comedor, y el ídolo polinésico, de madera negra como la puerta, presidiendo todo desde lo alto, sentado en
cuclillas, con un aire extrañamente meditativo para un dios nacido de las olas, y los tatuajes maoríes, dios del olvido, quizás, de una sabiduría remota extraída de la vanidad del mundo, dios de mirar solo un horizonte sumergido por la lejanía.
¿Qué quedó de todo aquello?
Un caserón vacío, transformado en una máscara, en una potestad destituida, saqueada, desoída en cada una de sus piedras, de sus secretos. Pero que aún guarda fantasmas de muebles y comidas, fantasmas de vinos que cruzaron ardientemente
tantas almas apasionadas, fantasmas de conversaciones y músicas, fantasmas de amores que nacieron allí, de dioses que se cruzaron allí para siempre, de gentes blancas por el alba que salieron de allí y levitaron sobre la acera hasta desaparecer, fantasmas de amistades y de celos y de divinidades arcaicas de una América, borrada por los siglos. Tantas cosas que emigraron de su núcleo, partieron, guiadas hacia nunca por el albatros que, noche tras noche, levantaba vuelo desde lo alto de un armario.
¿Cuál era su disposición?
Se abría la pequeña puerta negra y una escalinata se precipitaba al encuentro del visitante, desde el pedestal mismo del Espantapájaros, instalado allá arriba, el monóculo en la mano, el cara de pato, el cara de cocodrilo, exigiendo reverencias, contraseñas, su alto sombrero de copa hasta el techo. Describo el Espantapájaros: un señor de levita negra y pantalón de rayas negras y rojas, dos metros de alto, tal vez hecho en cartón o en papiros sagrados o con algún otro imponderable elemento. Había sido paseado por la ciudad en una carroza fúnebre anunciando la aparición de Espantapájaros, uno de los textos capitales de toda la poesía argentina.
¿Qué ambiente había en ese lugar?
Los invitados debían pasar ante la mirada insobornable de una mujer de Spilimbergo. Después Oliverio aparecía. Descendía por la gran escalinata de
madera, o surgía de un patio de Figari o llegaba escoltado por un león con cabeza de viuda, cubierta con un tul, precedido por la pareja de negros venecianos, o sencillamente, salía al encuentro de sus amigos mientras daba dos vueltas de carnero. Mostraba los dientes, se atusaba la barba, se instalaba luego en la mesa redonda, todo confluía entonces hacia su hipnótica personalidad, hacia su desencanto inagotablemente vital, hacia su elocuencia extraordinaria.
Pero no era Oliverio sino Oliverio y Norah, una constelación única en el cielo de la amistad y el espíritu. ¡Norah Lange!
Imposible pensar a Oliverio sin Norah. Existía entre ambos una unidad total, una manera de identificarse mutuamente, de acompañarse, de responderse uno al otro a cada gesto, comoesos pájaros que vuelan y cambian de rumbo al unísono, comunicándose por vibraciones. Norah, una criatura también llena de fervor por la vida, de una bondad sin límites, se acercaba uno a ella y siempre la encontraba en lo más profundo de su ser, sin una sombra en su transparencia absoluta. Y tampoco era Norah sola. Eran sus cuatro hermanas, esa familia Langeque llevaría una novela describirla.
¿Cómo eran las reuniones allí?
Nunca más he vivido nada semejante. El genio, el afecto de Oliverio y Norah creaban un clima tan especial que cada uno de sus amigos, ante ellos, ponía en juego lo mejor de sí mismo. Formaban una especie de tribu, de sociedad de iniciados. Estaban los viejos amigos de la juventud, que lentamente iban desapareciendo. Después otros más jóvenes llegaron.
¿Quiénes eran?
No muchos, un grupo de poetas y una pintora: Marta Pelufo. Los poetas: E. Bayley, C. Latorre, J. Llinás, F. Madariaga, E. Molina, Olga Orozco, A. Pellegrini, M. Trejo, A. Vanasco. Aparte de ellos, había allí siempre una mujer cuya presencia era como una brasa, como una permanente incitación a la poesía y el sueño, sin que ella hubiera escrito nunca una línea: Lila Mora, volaba sobre nuestras cabezas, se fundía al brillo de las cosas, a todos los brillos de la imaginación y de la gracia.
¿Y qué más?
El clima de esa casa se dilataba en direcciones imprevistas. De tanto en tanto un tren irrumpía de improviso a través de los comensales. Los huacos de las vitrinas crecían. Enormes personajes incaicos, de torsos desnudos, color canela, con voces de tambor y de piedra se sentaban a la mesa, crepitaban.
En el extremo de una sala, un labrado barco chino conducía, por la corriente de un río bordeado de flores, un prostíbulo flotante en donde un grupo de geishas de marfil tañían extraños instrumentos y cantaban con voces de insomnio. Allí, también, en esa casa, un grupo de negros se retorcía en un patio de Figari. Y las ranas. ¡Las ranas!
¿Qué eran?
Uno las descubría de pronto en una escena que se repetía eternamente en la locura o el infierno. Parecían gente. A veces jugaban al billar y fumaban enormes cigarros, gozaban de un momento de solaz. De pronto se precipitaban a un torbellino de furia, empuñaban cuchillos y pistolas, rompían la araña, rodaban bajo la mesa.
¿Qué eran?
Ranas embalsamadas en posturas humanas, dentro de dos cajas como escenarios, empotradas en el muro. A Neruda le fascinaba. Al morir Oliverio trató infructuosamente de conseguirlas.
¿Qué más?
Terminemos. Con una extraña cabeza de hipocampo la Mujer Aérea se posaba en la cumbre de la gran escalera que conducía a la planta alta. Ahora que lo pienso, creo que era la mujer del Espantapájaros. Tocaba el piano, hacía funcionar el organito italiano donde aparecía un obeso rey desnudo con un cetro en forma de espiral, que giraba con la música. Oliverio la había pintado en una especie de tapiz. Recuerdo siempre también a la triste muchacha de Kisling, que solo sonreía desde tan lejos con algunas notas de acordeón que solía tocar Norah.
¿Qué había en el piso de arriba?
El increíble cuarto de Norah, donde ella escribía, algo como una cueva de piratas repleta de tesoros inauditos, de maravillas de toda especie, botellas antiguas, talismanes, retablos, fotografías, barcos en botellas, jaulas con colibríes artificiales que cantaban y descifraban el porvenir, chapas de calles porteñas, todo abigarrado, insensato, envuelto en la más radiante atmósfera de poesía.
Vitrinas con cerámicas de Arte Precolombino del Perú
¿Qué más?
Terminemos. A veces, en plena reunión, solían cruzar por esos ambientes esas enormes burbujas con una pareja desnuda que se ven en los Paraísos del Bosco. Los asistentes guardaban silencio hasta que desaparecían perdiéndose de vista en dirección al río. Casi era la señal de que la reunión había concluido. Entonces los últimos invitados se retiraban, pasaban de nuevo ante el Espatapájaros, guiados hasta la puerta por la pareja de negros venecianos que portaban antorchas
Enrique Molina
Fuente: http://www.girondo-lange.com.ar


Jorge Luis Borges

Es innegable que la eficacia de Girondo me asusta. Desde los arrabales de mi verso he llegado a su obra, desde ese largo verso mío donde hay puestas de sol y vereditas y una vaga niña que es clara junto a una balaustrada celeste. Lo he mirado tan hábil, tan apto para desgajarse de un tranvía en plena largada y para renacer sano y salvo entre una amenaza de Klaxon y un apartarse de viandantes, que me he sentido provinciano junto a él. Antes de empezar estas líneas, he debido asomarme al patio y cerciorarme, en busca de ánimo, de que su cielo rectangular y la luna siempre estaban conmigo.
Girondo es un violento. Mira largamente las cosas y de golpe les tira un manotón. Luego las estruja, las guarda. No hay aventura en ello, pues el golpe nunca se frustra. A lo largo de las cincuenta y cinco páginas de su libro, he atestiguado la inevitabilidad implacable de su afanosa puntería. Sus procedimientos son muchos, pero hay dos o tres predilectos que quiero destacar. Sé que esas trazas son instintivas en él, pero pretendo inteligirlas.
Girondo impone a las pasiones del ánimo una manifestación visual inmediata, afán que da cierta pobreza a su estilo (pobreza heroica y voluntaria, entiéndase bien), pero esto le consigue relieve. La antecedencia de ese método parece estar en la caricatura y señaladamente en los dibujos del biógrafo. Copiaré un par de ejemplos:
“El cantor tartamudea una copla que lo desinfla nueve kilos” (Juerga)
“A vista de ojo, los hoteleros engordan ante la perspectiva de doblar la tarifa” (Semana Santa.) (Vísperas)
Esa antigua metáfora que anima y alza las cosas inanimadas – la que grabó en la Eneida lo del río indignado contra el puente (ponte indignatus araxes) y prodigiosamente escribió las figuras bíblicas de: “Se alegrará la tierra desierta, dará saltos la soledad y florecerá como azucena” – toma prestigio bajo su pluma. Ante los ojos de Girondo, ante su desvainado mirar, que yo dije una vez, las cosas dialoguizan, mienten, se influyen. Hasta la propia quietación de las cosas es activa para él y ejerce una casualidad.

se acarician, se besan, se desnudan,
se respiran, se acuestan, se olfatean,
se penetran, se chupan, se desnudan,
se adormecen, despiertan, se iluminan,
se codician, se palpan, se fascinan,
se mastican, se gustan, se babean,
se confunden, se acoplan, se disgregan,
se aletargan, fallecen, se reintegran,
se distienden, se enarcan, se menean,
se retuercen, se estiran, se caldean,
se estrangulan, se aprietan, se estremecen,
se tantean, se juntan, desfallecen,
se repelen, se enerven, se apetecen,
se acometen, se enlazan, se entrechocan,
se agazapan, apresan, se dislocan,
se perforan, se incrustan, se acribillan,
se remachan, se injertan, se atornillan,
se desmayan, reviven, resplandecen,
se contemplan, se inflaman, se enloquecen,
se derriten, se sueldan, se calcinan,
se desgarran, se muerden, se asesinan,
resucitan, se buscan, se refriegan,
se rehuyen, se evaden y se entregan.

Continuación:
“Y después de hacer todo lo que hacen, se levantan, se bañan, entalcan, se perfuman, se peinan, se visten, y así progresivamente van volviendo a ser lo que no son.”
por Julio Cortázar
.
- 4Calificación
- 2Seguidores
- 245Visitas
- 1Favoritos
Global
Argentina
Chile
Colombia
España
México
Perú
Uruguay
Venezuela
9 comentarios
Muy bueno
jajaj en realidad esta el post donde ahi si comentaron (segun me acuerdo)
Puede ser, pero yo utilicé el buscador interno de LiberArte...
Esto se siente al leer a Girondo...
Yo creí que era un tema nuevo; pero ya ve, es intemporal y fantástico. Gracias
"En Mar del Plata. Me entero de que ha muerto Oliverio Girondo. Borges, que lo conocía mejor que yo, lo menospreciaba. Para él era la personificación de muchas cosas desagradables: un escritor que ignoraba su oficio, a cuyas obras un español informado suministraba puntuación; un escritor por decisión, no por Minerva o musa; un fanfarrón; un fiestero; un borracho; un ciudadano de tendencias políticas erróneas, partidario de los nazis en la guerra, y a quien el peronismo no pareció molestarle. Norah Lange, la mujer de Girondo, alcoholizada y colérica, me vio con malos ojos, como la influencia que apartó a Borges de su casa. Nada más injusto: yo carecía de opinión sobre ellos. No aplaudí su nazismo: nada más. El de la opinión y el desprecio era Borges."
es que bueno... pobre Jorge Luis... Le hicieron la mujer loco (norah lange). hay que entenderlo tambien.. (aww)
(ESTE GATO SIEMPRE BUSCANDO QUILOMBO
Ji ji ji