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Ernesto Sábato. Sobre Heroes y Tumbas: Pasaje

Ahora les quería traer un fragmento del libro "Sobre Heroes y Tumbas" de Ernesto Sabato.
Quizás sea por la emoción que todavía tengo debido a que es mi primer libro que leo de él, pero hay unos pasajes del libro que me gustaría compartir. Quizás sea por su forma de ver algunas cosas que me atrajeron tanto, de como un tema se va a otro con mucha facilidad. No sé.
El que tenga un momentito que le eche un ojo

Capítulo II
“Explicarme a mí cómo es Alejandra, se dijo Bruno, cómo es su cara, cómo
son los pliegues de su boca.” Y pensó que eran precisamente aquellos pliegues
desdeñosos y cierto tenebroso brillo de sus ojos lo que sobre todo distinguía el
rostro de Alejandra del rostro de Georgina, a quien de verdad él había amado.
Porque ahora lo comprendía, había sido a ella a quien verdaderamente quiso,
pues cuando creyó enamorarse de Alejandra era a la madre de Alejandra a quien
buscaba, como esos monjes medievales que intentaban descifrar el texto
primitivo debajo de las restauraciones, debajo de las palabras borradas y
sustituidas. Y esa insensatez había sido la causa de tristes desencuentros con
Alejandra, experimentando a veces la misma sensación que podría sentirse al
llegar, después de muchísimos años de ausencia, a la casa de la infancia y, al
intentar abrir una puerta en la noche, encontrarse con una pared. Claro que su
cara era casi la misma que la de Georgina: su mismo pelo negro con reflejos
rojizos, sus ojos grisverdosos, su misma boca grande, sus mismos pómulos
mongólicos, su misma piel mate y pálida. Pero aquel “casi” era atroz, y tanto
más cuanto más sutil e imperceptible porque de ese modo el engaño era más
profundo y doloroso. Ya que no bastan —pensaba— los huesos y la carne para
construir un rostro, y es por eso que es infinitamente menos físico que el cuerpo:
está calificado por la mirada, por el rictus de la boca, por las arrugas, por todo
ese conjunto de sutiles atributos con que el alma se revela a través de la carne.
Razón por la cual, en el instante mismo en que alguien muere, su cuerpo se
transforma bruscamente en algo distinto, tan distinto como para que podamos
decir “no parece la misma persona”, no obstante tener los mismos huesos y la
misma materia que un segundo antes, un segundo antes de ese misterioso
momento en que el alma se retira del cuerpo y en que éste queda tan muerto
como queda una casa cuando se retiran para siempre los seres que la habitan y,
sobre todo, que sufrieron y se amaron en ella. Pues no son las paredes, ni el
techo, ni el piso lo que individualiza la casa sino esos seres que la viven con sus
conversaciones, sus risas, con sus amores y odios; seres que impregnan la casa
de algo inmaterial pero profundo, de algo tan poco material como es la sonrisa
en un rostro, aunque sea mediante objetos físicos como alfombras, libros o
colores. Pues los cuadros que vemos sobre las paredes, los colores con que han
sido pintadas las puertas y ventanas, el diseño de las alfombras, las flores que
encontramos en los cuartos, los discos y libros, aunque objetos materiales (como
también pertenecen a la carne los labios y las cejas), son, sin embargo,
manifestaciones del alma; ya que el alma no puede manifestarse a nuestros ojos
materiales sino por medio de la materia, y eso es una precariedad del alma pero
también una curiosa sutileza.
Capítulo V
La “esperanza” de volver a verla (reflexionó Bruno con melancólica ironía). Y
también se dijo: ¿no serán todas las esperanzas de los hombres tan grotescas
como éstas? Ya que, dada la índole del mundo, tenemos esperanzas en
acontecimientos que, de producirse sólo nos proporcionarían frustración y
amargura; motivo por el cual los pesimistas se reclutan entre los ex
esperanzados, puesto que para tener una visión negra del mundo hay que haber
creído antes en él y en sus posibilidades. Y todavía resulta más curioso y
paradojal que los pesimistas, una vez que resultaron desilusionados, no son
constantes y sistemáticamente desesperanzados, sino que, en cierto modo,
parecen dispuestos a renovar su esperanza a cada instante aunque lo disimulen
debajo de su negra envoltura de amargados universales, en virtud de una suerte
de pudor metafísico; como si el pesimismo, para mantenerse fuerte y siempre
vigoroso, necesitase de vez en cuando un nuevo impulso producido por una
nueva y brutal desilusión.
Y el mismo Martín (pensaba mirándolo, ahí, delante de él), el mismo
Martín, pesimista en cierne como corresponde a todo ser purísimo y preparado a
18esperar Grandes Cosas de los hombres en particular y de la Humanidad en
general, ¿no había intentado ya suicidarse a causa de esa especie de albañal que
era su madre? ¿No revelaba ya eso que había esperado algo distinto y
seguramente maravilloso de aquella mujer? Pero (y eso todavía era más
asombroso) ¿no había vuelto, después de semejante desastre, a tener fe en las
mujeres al encontrarse con Alejandra?
Ahí estaba ahora aquel pequeño desamparado, uno de los tantos en aquella
ciudad de desamparados. Porque Buenos Aires era una ciudad en que pululaban,
como por otra parte sucedía en todas las gigantescas y espantosas babilonias.
Lo que pasa (pensó) es que a primera vista no se los advierte, o porque por
lo menos resulta que buena parte de ellos no lo parecen a primera vista, o
porque en muchos casos no lo quieren parecer. Y porque, al revés, grandes
cantidades de seres que pretenden serlo contribuyen a confundir aun más el
problema y hacer que uno crea al final que no hay desamparados verdaderos.
Porque, claro, si a un hombre le faltan las piernas o los dos brazos, todos
sabemos, o creemos saber, que ese hombre es un desvalido. Y en ese mismo
instante ese hombre empieza a serlo menos, pues lo hemos advertido y sufrimos
por él, le compramos peines inútiles o fotos de colores de Carlitos Gardel. Y
entonces, ese mutilado al que le faltan las piernas o los dos brazos deja de ser
parcial o totalmente la clase de desamparado total en que estamos pensando,
hasta el punto de que lleguemos a sentir luego un oscuro sentimiento de rencor,
quizá por los infinitos desamparados absolutos que en ese mismo instante (por
no tener la audacia o la seguridad y hasta el espíritu de agresión de los
vendedores de peines y de retratos en colores) sufren en silencio y con dignidad
suprema su suerte de auténticos desdichados.
Como esos hombres silenciosos y solitarios que a nadie piden nada y con
nadie hablan, sentados y pensativos en los bancos de las grandes plazas y
parques de la ciudad: algunos, viejos (los más obviamente desvalidos, hasta el
punto de que ya nos deben preocupar menos y por las mismas razones que los
vendedores de peines), esos viejos con bastones de jubilados que ven pasar el
mundo como un recuerdo, esos viejos que meditan y a su manera acaso
replantean los grandes problemas que los pensadores poderosos plantearon sobre
el sentido general de la existencia, sobre el porqué y el para qué de todo:
casamientos, hijos, barcos de guerra, luchas políticas, dinero, reyes y carreras de
caballos o de autos; esos viejos que indefinidamente miran o parecen mirar a las
palomas que comen granitos de avena o de maíz, o a los activísimos gorriones,
o, en general, a los diferentes tipos de pájaros que descienden sobre la plaza o
viven en los árboles de los grandes parques. En virtud de ese notable atributo
que tiene el universo de independencia y superposición: de modo que mientras
un banquero se propone realizar la más formidable operación con divisas fuertes
que se haya hecho en el Río de la Plata (hundiendo de paso al Consorcio X o la
temible Sociedad Anónima Y) un pajarito, a cien pasos de distancia de la
Poderosa Oficina, anda a saltitos sobre el césped del Parque Colón, buscando
19aquí alguna pajita para su nido, algún grano perdido de trigo o de avena, algún
gusanito de interés alimenticio para él o para sus pichones; mientras en otro
estrato aún más insignificante y en cierto modo más ajeno a todo (no ya al
Grandioso Banquero sino al exiguo bastón de jubilado), seres más minúsculos,
más anónimos y secretos, viven una existencia independiente y en ocasiones
hasta activísima: gusanos, hormigas (no sólo las grandes y negras, sino las
rojizas chiquitas y aun otras más pequeñas que son casi invisibles) y cantidades
de otros bichitos más insignificantes, de colores variados y de costumbres muy
diversas. Todos esos seres viven en mundos distintos, ajenos los unos a los
otros, excepto cuando se producen las Grandes Catástrofes, cuando los
Hombres, armados de Fumigadores y Palas, emprenden la Lucha contra las
Hormigas (lucha, dicho sea de paso, absolutamente inútil, ya que siempre
termina con el triunfo de las hormigas), o cuando los Banqueros desencadenan
sus Guerras por el Petróleo; de modo que los infinitos bichitos que hasta ese
momento vivían sobre las vastas praderas verdes o en los apacibles submundos
de los parques, son aniquilados por bombas y gases; mientras que otros más
afortunados, de las razas invariablemente vencedoras de los Gusanos, hacen su
agosto y prosperan con enorme rapidez, al mismo tiempo que medran, allá
arriba, los Proveedores y Fabricantes de Armamentos.
Pero, excepto en esos tiempos de intercambio y de confusión, resulta
milagroso que tantas especies de seres puedan nacer, desenvolverse y morir sin
conocerse, sin odiarse ni estimarse, en las mismas regiones del universo; como
esos múltiples mensajes telefónicos que, según dicen, pueden enviarse por un
solo cable sin mezclarse ni entorpecerse, gracias a ingeniosos mecanismos.
De modo (pensaba Bruno) que tenemos en primer término a los hombres
sentados y pensativos de las plazas y parques. Algunos miran el suelo y se
distraen por minutos y hasta por horas con las numerosas y anónimas
actividades de los animalitos ya mencionados: examinando las hormigas,
considerando sus diversas especies, calculando qué cargas son capaces de
transportar, de qué manera colaboran entre dos o tres de ellas para trabajos de
mayor dificultad, etc. A veces, con un palito, con una ramita seca de esas que
fácilmente se encuentran en el suelo en los parques, esos hombres se entretienen
en apartar a las hormigas de sus afanosas trayectorias, logran que alguna más
atolondrada suba al palito y luego corra hasta la punta, donde, después de
pequeñas acrobacias cautelosas, vuelve para atrás y corre hasta el extremo
opuesto; siguiendo así, en inútiles idas y venidas, hasta que el hombre solitario
se cansa del juego y, por piedad, o más generalmente por aburrimiento, deja el
palito en el suelo, ocasión en que la hormiga se apresura a buscar a sus
compañeras, mantiene una breve y agitada conversación con las primeras que
encuentra para explicar su retardo o para enterarse de la Marcha General del
Trabajo en su ausencia, y en seguida reanuda su tarea, reincorporándose a la
larga y enérgica fila egipcia. Mientras el hombre solitario y pensativo retorna a
su meditación general y un poco errabunda que no fija demasiado su atención en
20nada: mirando ya un árbol, ya un chico que juega por ahí y rememorando,
gracias a ese niño, remotos y ahora increíbles días de la Selva Negra o de una
callejuela de Pontevedra que baja hacia el sur; mientras sus ojos se nublan un
poco más, acentuando ese brillo lacrimoso que tienen los ojos de los ancianos y
que nunca se sabrá si se debe a causas puramente fisiológicas o si, de alguna
manera, es consecuencia del recuerdo, la nostalgia, el sentimiento de frustración
o la idea de la muerte, o de esa vaga pero irresistible melancolía que siempre
nos suscita a los hombres la palabra FIN colocada al término de una historia que
nos ha apasionado por su misterio y su tristeza. Lo que es lo mismo que decir la
historia de cualquier hombre, pues ¿qué ser humano existe cuya historia no sea
en definitiva triste o misteriosa?
Pero no siempre los hombres sentados y pensativos son viejos o jubilados.
A veces son hombres relativamente jóvenes, individuos de treinta o cuarenta
años. Y, cosa curiosa y digna de ser meditada (pensaba Bruno), resultan más
patéticos y desvalidos cuando más jóvenes son. Porque ¿qué puede haber de más
pavoroso que un muchacho sentado y pensativo en un banco de plaza, agobiado
por sus pensamientos, callado y ajeno al mundo que lo rodea? En ocasiones, el
hombre o muchacho es un marinero; en otras es acaso un emigrado que querría
volver a su patria y no puede; muchas veces son seres que han sido abandonados
por la mujer que querían; otras, seres sin capacidad para la vida, o que han
dejado su casa para siempre o meditan sobre su soledad y su futuro. O puede ser
un muchachito como el propio Martín, que empieza a ver con horror que el
absoluto no existe.
O también puede ser un hombre que ha perdido a su hijo y que, de vuelta
del cementerio, se encuentra solo y siente que ahora su existencia carece de
sentido, reflexionando que mientras tanto hay hombres que ríen o son felices por
ahí (aunque sea momentáneamente felices), niños que juegan en el parque, allí
mismo (los está viendo), en tanto que su propio hijo está ya bajo tierra, en un
ataúd pequeño adecuado a la pequeñez de su cuerpo que quizá, por fin, había
dejado de luchar contra un enemigo atroz y desproporcionado. Y ese hombre
sentado y pensativo medita nuevamente, o por primera vez, en el sentido general
del mundo, pues no alcanza a comprender por qué su niño ha tenido que morir
de semejante manera, por qué ha de pagar alguna remota culpa de otros con
sufrimientos inmensos, angustiado su pequeño corazón por la asfixia o la
parálisis, luchando desesperadamente, sin saber por qué, contra las sombras
negras que comienzan a abatirse sobre él.
Y ese hombre sí que es un desamparado. Y, cosa singular, puede no ser
pobre, hasta es posible que sea rico, y hasta podría ser el Gran Banquero que
planeaba la formidable Operación con divisas fuertes, a la que se habrá referido
antes con desdén e ironía. Desdén e ironía (ahora le era fácil entender) que,
como siempre, resultaban excesivos y en definitiva injustos. Pues no hay
hombre que en última instancia merezca el desdén y la ironía; ya que, tarde o
temprano, con divisas fuertes o no, lo alcanzan las desgracias, las muertes de sus
21hijos, o hermanos, su propia vejez y su propia soledad ante la muerte.
Resultando finalmente más inválido que nadie; por la misma razón que es más
indefenso el hombre de armas que es sorprendido sin su cota de malla que el
insignificante hombre de paz que, por no haberla tenido nunca, tampoco siente
nunca su carencia.[
/i]
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Hermoso libro... lo recuerdo con mucho cariño en mis noches tucumanas escuchando charly y leyendolo.
El pasaje es genial.. Ya q lo estas leyendo pasate otros. Yo tenía unos apuntes con frases de este libro pero los perdí
Sin duda, uno de los libros que mas me ha marcado. Fue un antes y un después en mi vida, claro, acompañado de muchas otras cosas. ¡No recordaba este pasaje! En mi memoria quedaron grabados varios, y sobre otros escribí o simplemente los anote. Bellísima novela, plagada de pasajes sublimes como este.
Que lindo!!
Recién ahora lo estoy empezando a leer, por lo que muchos pasajes como este no pude rescatar :S
Pero hay alguno que otro que vale poner. Ahora pongo alguno que otro más (:
A mi de entrada me gustó, veré que onda ahora !
Hermosisimo.... adoro este libro... queria poner un pasaje que me gusta mucho ( de entre tantos) Ya lo terminaste de leer? no quiere arruinarte ninguna parte
Mira, todavía no lo terminé de leer. Recién lo empiezo.Si querés, pone un pasaje pero que no sea revelador de algo
maravilloso tu aporte !!!
Gracias!!! (:
hola!!
les dejo la dire de una página web que contiene un trabajo realizado sobre el libro "Sobre héroes y tumbas". Entre los meses de Junio y Julio hicimos una muestra en el Centro Cultural Borges, una intervención fotográfica, sonora y sensorial dirigida básicamente a ciegos, ya que eran fotos con relieve y sonidos montados. En la página está la itinerancia de la muestra para quienes les interese.
http://www.sobreheroesytumbas.com.ar/
Disculpen muchachos, hay gustos y gustos; ami de este libro solo me gusto el tercer capitulo
"Inventario sobre ciegos" o algo asi.
Es muy bueno de verdad pero el resto no me gusto nada de nada! me aburrio.
Yo ahora estoy leyendo el Informe sobre Ciegos y verdaderamente es muy atrapante pero, a mi los anteriores dos capítulos me fascinaron ya que, no solo se encarga de contar la historia de los dos personajes cuya relación se va deteriorando notoriamente a lo largo del libro sino que, hay muchos pasajes del libro donde el escritor se va y se va y se va por las ramas como por eje: cuando cuenta esa cuadra del centro de Buenos Aires, donde de noche era un desierto y no había vida alguna; desierto en el cual "dormía" el dinero de todas aquellas personas después de cada jornada donde, desde la mañana temprano prevalece en esas calles el ruido, el apuro, la confusión y las maldiciones de todas aquellas personas que entraron y salieron de esa puerta, que una vez al entrar tendrán que soportar ese peso generado del banco al cual debes de someterte;un ambiente muerto, producido por ese aire frío y sin vida del aire acondicionado que predomina dentro de cada habitación del banco y además de ese intento de poner cuadros pintorescos que en realidad dan un aspecto mas patético al edificio. Barrio en el cual cual dentro de esos edificios son el símbolo del auto sometimiento del hombre por el propio hombre hacia ese negocio, sometimiento por el cual varias veces es generado por miedo, miedo a perder ese loco billete, que por mas absurdo que parezca, ese billete es usado para conseguir nuestros bienes mas indispensables para la vida: comida y agua pura (la cual últimamente puse en duda la idea del agua pura, si no es la misma, en muchos lugares, la que esta embotellada o la que sale de la misma canilla).
No sé, a mi me encanta por el momento.