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Arráncame la vida
Arráncame la vida
Grieguis - Alejandra Zabala
Grieguis - Alejandra Zabala
Duelen los meniscos, las ampollas y los golpes. Duele el estómago, los juanetes y la cabeza. Duele que te olviden y que no se les haga una mueca de tristeza en la cara cuando dicen tu nombre. Duele que inventen historias para distraerte. Duele que te mientan.
Cuando nos conocimos sentí una atracción animal por él, nunca me había pasado nada parecido. Cada vez que lo tenía cerca sentía como mi pelvis se retorcía de dolor. Quería ser penetrada, quería que me arrancara la ropa sin decirme nada. Me quedaba petrificada, cuando estábamos juntos, tratando de que no notara lo que me pasaba. Fantaseaba con que me arrastrara hacia la pared más cercana, metiera la mano debajo de mi pollera y me gritara barbaridades.
Soporté dos salidas formales. La primera fua una salida al cine. Vimos una comedia que, junto al balde de pochoclos, ayudó a mantenernos distantes. No recuerdo la película, ni los actores, ni el cine, ni nada. Sólo recuerdo la taquicardia y la transpiración. La segunda fue un almuerzo de domingo en un restaurante con terracita. No sé que comí pero me cayó muy mal, el estómago se me prendió fuego. Inventé una excusa y me fui antes del postre.
Joaquín es el hombre más bello que conocí. Tierno, simpático y elegante, aunque lo único que me importaba era que me sacara la ropa y me penetrara con crueldad. Un hombre de ojos azules intensos, no celestes, azules. Una sonrisa repleta de dientes y unas manos suaves. Como de músico, diría mi madre. Abogado, soltero y muy sexy.
La tercera salida fue un sábado a la noche. Yo no estaba convencida de que a él se le prendiera fuego el alma como a mí, pero lo sospechaba. Todo mi energía estaba ocupada en ocultar mis emociones, por eso dudaba. Estaba convencida de que podíamos dejarnos llevar y terminar en la cama. Desde el viernes todo fue una agonía: tener ropa puesta, comer, dormir, pensar, trabajar, todo, todo. Transpirar y alucinar eran las únicas cosas que podía hacer a granel.
Fantaseaba con una esquina de Almagro o de Caballito pero pensaba que él, como era todo un caballero, iba a preferir un lugar más privado. A mí me daba lo mismo, con tal que de una vez metiera su mano debajo de mi pollera. ¿Pollera o vestido? Pantalón: descartado, muy complicado para que te arrinconen y te quiten los fantasmas de un manotazo. Definitivamente: vestido escotado y liviano. Un vestido que dejara a la vista mis pezones y que cayera con gracia sobre mi abundante cadera. No me importaba nada el rollo debajo del busto ni la panza chata, todo había desaparecido cuando él me rozó por primera vez.. Me sentí poderosa y hermosa.
Arreglé la casa, limpié en detalle, cambié las sábanas y perfumé hasta el último rincón. Todo debía estar perfecto. Me ocupé de cada uno de los ambientes. En la cocina hasta limpié el cajón de los cubiertos y los lustré con alcohol, los cuchillos quedaron brillantes.
Joaquín llegó a las 9 de la noche, puntual, como siempre. Trajo un ramo de rosas blancas. Me emocioné sólo hasta que lo besé en la mejilla para agradecérselas. Ahí sentí el primer latigazo en el vientre. Alcancé a apretar los dientes y a tragarme un quejido.
- ¿Te sentís bien? - dijo.
- Por supuesto. Estoy de maravillas. ¿Adonde vamos?
- Yo pensé que quizás te gustaría pedir sushi y quedarnos acá en tu casa…
- Es una buena idea, contesté - indicándole que pasara. Me detuve un segundo, apenas cerré la puerta tras él: - ¿Vos sabés donde pedir sushi?
Me miró, sonrió y sacó un volante del bolsillo. Me mostró todos los dientes y sentí el segundo latigazo, esta vez en la pelvis, que me forzó a inclinarme hacia adelante.
- ¿Te sentís bien? - insistió.
- Tengo que confesarte que me ponés un poco nerviosa.
- ¿Eso es bueno o malo?
- Depende.
Fui hacia él y lo abracé, torcí la cabeza con la intención de atraparlo entre mi oreja y mi hombro, y logré rozarle el cuello con la nariz. Se me escapó la lengua de la boca, pero no llegué a lamerle el cuello.
- ¿Me deseás? - le pregunté al oído.
- ¡Tenés unos pechos hermosos! - dijo.
Suspiré tan fuerte que Joaquín me agarró de la cintura y me empujó con suavidad, mientras me preguntaba si quería comer antes o después. Gruñí un después y susurré, “cocina, cocina”. Me hizo rodear su cintura con mis piernas y me llevó colgada de su pelvis.
- ¿Me deseás?
- ¡Me volvés loco!
Me apoyó contra la mesada de la cocina y me metió la mano dentro de la bombacha. Ahogué el grito de dolor y le mordí la oreja, rebuznó y me penetró con un dedo. Con desesperación le volví a preguntar a los gritos.
- ¿Me deseás? ¿Me deseás?
- Sí, mi amor, te deseo con toda mi alma.
Me pasó la lengua por la oreja con desesperación, yo le tomé la cara con las manos y lamí el perfume de su cuello. Lo atraje hasta apoyar mi vagina empapada contra él.
Mientras bajaba hasta mis pechos abrí el cajón de los cubiertos y agarré la cuchilla de mango azul. Con la otra mano lo agarré del pelo de la nuca y le tiré la cabeza hacia atrás. Apoyé mi vagina bien fuerte contra su mano y le clavé el cuchillo con toda mi fuerza debajo de las costillas. Sentí algo caliente en la mano, un ruido a tela desgarrada y empujé con más fuerza hacia el ombligo. Joaquín me miraba con los ojos enormes y la boca abierta. Tiré con fuerza de la cuchilla pero no salía, le solté el pelo y agarré el mango con las dos manos. Cuando salió, volví a clavarla con más fuerza en el ombligo.Me hervían las manos. Joaquín seguía parado frente a mí, mudo. Lo besé. Le besé la boca, aflojándose, como nunca besé a nadie. Me siento dentro de él.
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2 respuestas
Muy bueno, aunque no me gusta la novela rosa
rosa?
gracias