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Los pobres son feos
(Foto: Urko Suaya)
Michel Foucault lo había entendido. Mientras los hippies y las feministas de los años 60 y los años 70 del siglo XX anunciaban revoluciones sensoriales y corporales a partir de rupturas respecto a las morales establecidas en el occidente industrial, Foucault comprendió que todas esas “liberaciones sexuales” no eran más que nuevos envoltorios para alimentar los mismos viejos mecanismos de poder. Las feministas quemaban sus sostenes y los hippies se revolcaban sin ropas en el barro; Foucault ponía distancia, sonreía con cinismo: “¡Desnúdese, pero sea delgado, bonito, bronceado!”.
Sigue siendo un mandato poderoso: desnudarse, siempre y cuando uno sea delgado, bonito y bronceado. Pero los mecanismos de poder requieren nuevos envoltorios, y si quemar sostenes ya no asusta a nadie, siempre queda la moralina edificante de las consignas políticamente correctas: ¡Desnúdese, aunque no sea delgado, ni bonito, ni bronceado!
Pero los pobres son feos. No hace falta pedirles que se desnuden, no hace falta pedirles que hagan nada. Ahora se les dice: sean lo que son. Ahora se les conceden preguntas retóricas: ¿Quién determina qué es bello? ¿Quién determina qué es delgado? ¿Quién determina qué es atractivo? Sabés, si la muñeca Barbie fuese una persona real, mediría 1.82, pesaría 49 kilos, sus medidas serían 96-45-83 y su cabeza parecería reducida por un jíbaro.
Mismos juegos, mismas reglas. Los pobres son feos. Les faltan dientes, tienen la piel manchada y cuarteada, algunos son muy gordos y otros son muy flacos; tienen enfermedades horribles que les provocan llagas, pústulas, marcas; tienen cicatrices, uñas sucias, espaldas encorvadas, tatuajes horribles. Cada vez que alguien dice que los feos y los gordos y los miserables también son bonitos, que son tan bonitos como aquellos que tienen acceso a los medios materiales y simbólicos para aproximarse a los estándares de belleza de la época, para aproximarse al cuerpo socializado que sostiene un ideal de perfección que se abraza, idealiza y rechaza pero que jamás se ignora o se desconoce, cada vez que se les recuerda que son lo que son y que está bien que así sea, que son hermosos y que deben mostrarse al mundo así como son (desnudarse, sonreír en la televisión, dejarse fotografiar, convertirse en lección moralizante en un muro de red social), el lazo en el cuello se ajusta más y los mecanismos de poder aceitan sus engranajes.
Los pobres no son lindos. Son feos y sus cuerpos son taras, y cada vez que decís lo contrario, estás diciendo que no importan las desigualdades en el acceso a los bienes materiales y simbólicos, que no importan las mil formas de exclusión, de desprecio, de miseria y de sometimiento; que no importan todos esos procesos sociales e históricos esencialmente injustos que producen cuerpos bellos y cuerpos que no son bellos pero, cuidado, no hay nada de qué avergonzarse; que todo es lo mismo, que todos somos hijos de Dios, que todos somos hermosos.
Los pobres son feos, y si afirmar lo contrario sólo fuese condescendencia y tilinguería, sería tolerable. Pero es algo distinto, algo mucho más estructural y menos percibido: un lazo en el cuello, un mecanismo de poder. Foucault lo había entendido. El resto, en general no.
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