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31, número equivocado

31, número equivocado


Experimentaba con cierto estupor el canto incesante de aves atolondradas que circulaban alrededor de aquella pequeña embarcación a la que estaba condenado. Una suave brisa acariciaba mi piel pálida como cuando mi madre me sujetaba de niño y me regalaba caricias y besos que quedaban impresos hasta finalizar el día. El viento soplaba, transformando la nave en una minúscula hamaca, el vaivén originaba agradables regresiones, recuerdos de mi niñez difíciles de olvidar ya que de una forma indescriptible se hicieron parte de todo mí ser. Cada célula de mi cuerpo sintetizaba amor, ese sentimiento heredado de mis padres, con tan solo pensar en ellos, mis ojos actuaban automáticamente, no recibían órdenes y como si tomaran conciencia de sí mismos, creaban lágrimas a borbotones que se mezclaban con las aguas cálidas de aquel exorbitante mar.

Alcé la vista, me di cuenta que seguía viajando sin destino alguno. No sabía dónde me encontraba, las horas y los días eran desconocidos, parecía que el tiempo y la luz de ese bello día jamás se extinguirían. El sol, aquel astro luminoso nunca se escondía, vivía un presente que hasta ese momento parecía inmortal.
El paisaje sin contener tantos matices, olía a pino, era algo no solo agradable a la vista sino también al olfato. El mar era diferente a lo que conocemos, su color, un violáceo cristalino, permitía observar extrañas criaturas inundadas de luces y colores que se asemejaban a un gran árbol de navidad. Mi atuendo blanco le proporcionaba un tono más que claro a aquella obra de arte. Notaba una cierta liviandad en mi cuerpo, como si se hubiera transformado en una pluma perteneciente a una de mis compañeras de viaje. La hambruna se había esfumado como cualquier sentimiento negativo. Solo me llenaban recuerdos, imágenes de mis padres, luego, todo estaba en blanco.

Sobre el antebrazo derecho, de un color rojo carmesí, podía divisar un número tatuado en mi transparente piel, era el número 31. No comprendía su significado y muchos menos su origen.
Hundido en un sinfín de dudas, el viaje hacia lo desconocido continuaba. Sin instrumentos que ayudaran a conocer mi posición, solo podía esperar un milagro, para mi tranquilidad me encontraba en una embarcación que parecía poseer un entendimiento inteligente, conocía el rumbo, el destino de tan arduo viaje, por el contrario, mi mente lo desconocía, y una vez más el temor y la incertidumbre se adueñaron de mi ser.
En forma abrupta, una presión en mi pecho llamó mi atención, una corriente de energía circulaba por todo mi cuerpo, atravesando mi corazón de norte a sur, súbitamente todo comenzó a vibrar, átomo a átomo, elevándome unos metros hacia arriba, unos segundos después descendí, agotado y con el alma desgarrada, me derrumbé.

Al recomponerme, observé petrificado una especie de isla con abundante vegetación, y con seres que a simple vista se asemejaban a humanos. Con aquella “inteligencia” nos dirigimos allí.
A la distancia podía divisar una fila de personas que al parecer esperaban mi llegada. Con mucha ansiedad anhelaba ese momento, deseaba saber que estaba sucediendo.
La nave disminuyó la velocidad hasta tocar tierra, una pequeña puerta se abrió y permitió el descenso de una diminuta escalera, esa sería mi salida de aquella nave tan sorprendente.
Caminé unos pasos hasta chocar con una de las personas de la fila. Una mujer joven, treintañera para ser exacto, dueña de una silueta prominente, que no entorpecía bajo ninguna circunstancia a su admirable belleza, se acercó y tomó mi mano. Quedé estupefacto al contemplar sobre su antebrazo derecho un número similar al que yo tenía, pero con distinta numeración, ella llevaba el 30.

Al verme se dio cuenta que no podía expresar palabra alguna. Mis ojos habían quedado fijos en esa especie de tatuaje. Al oír su voz suave y delicada, volví en sí, sus labios de color púrpura se movían hipnotizándome con cada movimiento. Desconocía su nombre al igual que el mío. Decidimos llamarnos por los números que teníamos impresos. La número 30 me preguntaba quién era, que hacía aquí. Lamentablemente no disponía de alguna respuesta satisfactoria para esas preguntas. Nadie sabía nada, donde estábamos, que hacíamos, solo éramos 31 personas compartiendo un lugar extraño y desconocido a la vez, partícipes de un gran interrogante.
La mezcla de ansiedad y miedo hicieron que me calmara y me sentara cerca de aquellos desconocidos. Estaba desconsolado, mi fe convertida en añicos y mi cabeza inflamada de preguntas sin respuestas, provocaron en mí, un sobresalto de energía, cortocircuitando mi acalorada mente. En forma brusca lancé un grito de desesperación: < ¡¿Por qué?! ¡¿Dónde estoy?! > En ese momento, los dueños de los números prestaron atención a las vociferaciones sin alarmarse, nadie se acercó y sin expresar sentimientos adversos, me permitieron desahogarme hasta la última lágrima y como si hubiera quedado deshidratado, nuevamente, mi cuerpo se desplomó.

Al despabilarme, me recompuse, y sin fuerza alguna me volví a sentar cerca de aquellos seres.
Mis padres eran mi sostén en ese momento, los extrañaba, quería abrazarlos. De soslayo observé el movimiento de una figura, un anciano de aproximadamente 75 años de edad y con el número 29 se acercó y se colocó a mi lado.
El anciano me miró fijamente, sus ojos penetrantes hacían eco en mi cabeza y sin titubeos, con una voz grave imponente, comenzó a hablar: < ¿Número 31? Mmm, tú no deberías estar aquí, según tengo entendido, el viaje de ida es para 31 personas, pero la numeración que llevas no te pertenece, tal vez tu “nave” ser averió y tomó otro recorrido, suele suceder, ahora es momento de que regreses, algún día volverás y podrás emprender este gran viaje, pero espera tu turno, no seas impaciente. >

Cuando finalizó el shockeante monólogo, solo atiné a observarlo, mi mente en blanco no procesaba, en ese momento quedé boquiabierto, totalmente perplejo ante semejante palabrerío tan desconcertante y sin sentido para mí. El anciano se puso de pie, y con una sonrisa benevolente se alejó uniéndose al resto de los números.
La ausencia de datos creaba desvaríos difíciles de conllevar. Inútilmente me acerqué a los desconocidos seres, y sin ánimos de ofender les pregunté porque no podía viajar con ellos. Al unísono todos voltearon la mirada y con una paz inquietante respondieron: < No eres bienvenido, espera tu turno >. Volví a escuchar esas palabras, y sin vacilar, volvieron la mirada hacia ese inmenso mar y en un silencio pasmoso me alejé, sin oponerme a ese mensaje tan incomprensible de aquellos 30 individuos.
Al cabo de unos segundos, no podía calcular el tiempo exacto ya que en esa isla parecía no existir, una embarcación de un tamaño colosal, cinco veces superior a mi insignificante navío, se presentó imponente, de un color dorado majestuoso, como si hubiera sido fabricada en el cielo y cada ángel hubiera puesto un poco de su magia en él.

Otra vez mi persona se hizo presa del desconcierto. Maravillado con tal espectáculo, mis ojos no querían cerrarse, tenía pánico de perderme aquel extraordinario evento, tal vez encontraría la razón de esta vivencia, y por fin mis dudas se despejarían.
Los números se reunieron, se tomaron de las manos, y juntos comenzaron a avanzar hacia esa gran nave.
En ese momento, deslumbrado, me convertí en un espectador, algo que no percibía me retenía en ese lugar. De pie, y con mucha angustia los veía partir, mientras me quedaba solo en esa extraña y silenciosa isla.
Inesperadamente el último pasajero era el anciano, el número 29. Antes de pisar los últimos escalones, su mirada desnudó mi alma casi palpándola y con un tono paternal, expresó unas palabras más que conmovedoras: < Hijo mío, por favor, ten cuidado, disfruta cada momento de tu vida, no la desperdicies, ya sabes lo que pasará, limpia tu mente de dudas y desconfianza, se feliz y cuídalos. > Luego de un guiño condescendiente subió a su destino, un destino que pronto descubrirían.
La nave desapareció de mi vista sin dejar rastros, las aves me habían abandonado, y solo una pequeña porción de tierra se convertiría en mi entrañable compañera.

Un sonido ensordecedor se propagó por todo el lugar, una mixtura de colores rojos y azules con ruidos a sirenas me dominaron hasta hacerme arrodillar. No intuía de qué se trataba este asunto. Un fuerte dolor en mi pecho fue el protagonista de ese momento, nuevamente recordaba ese hecho en la nave cuando esa extraña electricidad me elevó por los aires. El número se había evaporado, y sin meditar, cerré los ojos y harto de esta odisea, me dejé llevar.
Una luz me encandilaba, sirenas rojas, médicos, policías, corriendo de aquí para allá, una lluvia que no cesaba, era un gran diluvio. Me encontraba inmóvil sobre el asfalto, mis padres tan aturdidos como yo, detrás de los médicos, no conseguían reducir la zozobra y el llanto desconmensurado. Un rostro alegre y lleno de esperanza me tranquilizaba y me afirmaba que todo estaba bien, mientras sostenía los electrodos del desfibrilador manual.

Tomé una respiración profunda, y con ayuda de mis padres, de a poco, me pude reincorporar. Los sujeté y abracé con las pocas fuerzas que conservaba, como si no lo hubiera hecho en años. Las lágrimas no concluían y sin pensarlo nos convertimos en el milagro de aquel drama inesperado.
Luego de un breve descanso, los médicos decidieron colocarme en una camilla para trasladarme al hospital más cercano, en este caso, era el Aberdeen en la ciudad de New Glasgow, Canadá. Todo se disipó, el miedo se había desvanecido como el número, era el fin de esa pesadilla, un mal sueño, una ilusión óptica sin sentido alguno, algo generado por mi cerebro ante tan terrible contusión.
Al llegar a la ambulancia, una voz trepidante femenina rompió con todos los esquemas de mi torturada imaginación.

< ¡Philips!, espera, nuevos datos recién confirmados. >
< Si enfermera, la escucho. >
< Los fallecidos son 30, pero si contamos por dos a la mujer embarazada, son 31 personas que sufrieron este terrible accidente automovilístico. >
< Ok enfermera, pase el parte, nos encontraremos en el hospital. Gracias. >
< De nada Philips, ten cuidado. Adiós. >

Las puertas de la ambulancia se cerraban ante un ser impregnado de asombro, y una vez más las sospechas se manifestaban convirtiéndome en el actor principal de esta encrucijada.


Autoría propia


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