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Soda en Temperley

26/10/1985 en el Estadio Temperley

Soda en Temperley


Una historia sobre aquel día:

"Estoy inquieto. Sumo toca a diez cuadras de mi casa. El ticket del festival, en el que figuran además los nombres de otras bandas que comparten el escenario –Soda Stereo, Virus, Autobús y La Torre–, tiene un dibujo de estrellas que ilustra la reunión como espacial. Al menos eso me parece a mí. Con una tipografía más chica, sobre un costado, dice “Taller 4”, el local donde se imprimió y no un grupo telonero, como creí al principio. Se trata de una fiesta de dos días, diez horas de rock por jornada, con las bandas más encumbradas de la escena local. Lomas Rock es un gran acontecimiento musical para la zona sur del Gran Buenos Aires. Igual que La Falda o Chateau Rock, referencias inevitables de nombres cortos y contundentes.
Me levanto temprano, como pocas veces, aunque sólo tengo que hacer dos cosas durante el día: pasar a buscar a Elio con mi hermano Kanu y, luego, ir a ver a Sumo. Salgo de mi casa al mediodía: me detengo a los veinte segundos porque Elio vive casi al lado: nuestras casas están sobre la misma calle, separadas por un quiosco. Toco el portero eléctrico, no contesta, como siempre; como nunca, sale enseguida, repitiendo su ritual de bajar la explanada de su casa masticando algo. Nos hace una seña con el brazo derecho para que entremos.
–Hagamos rápido, no quiero llegar tarde –le digo mientras entramos en su cuarto. Sobre la puerta de su dormitorio aún se conserva firme la calcomanía que los militares diseñaron en el 76 con motivo de la inauguración del túnel subferroviario que dividió a la ciudad en dos, un souvenir que muchos amigos teníamos en nuestras casas: “Yo inauguré el Bajo Nivel de Temperley”, dice sobre el fondo del plano de la obra. Leo la frase en voz alta, incrédulo ante tanta torpeza. Aunque no les faltó nada de razón.
–Hoy, con el recital de Sumo, inauguramos el alto nivel de Temperley –dice Elio.
Salimos enseguida y nos vamos caminando por Pasco hasta 9 de Julio y Dorrego: allí está la cancha de Temperley. Para llegar, claro, cruzamos el mamotreto de cemento del que hablábamos en la habitación de Elio. En el trayecto, además, vemos promocionado el show sobre el asfalto de algunas esquinas con pintura roja, aún fresca: «“Lomas Rock” ‘85», así, con comillas. Es el mismo isologo que tiene el ticket, pero hecho con la técnica del stencil.
No hay mucha gente en los alrededores. Apenas llegamos, entramos. El escenario está montado contra la tribuna popular que da a la avenida 9 de Julio, la local. Desde allí, el público también tiene acceso al campo. La primera banda en tocar es Sumo.
Cuando pisamos el mismo césped donde juegan al fútbol, Elio señala con el índice hacia el borde del círculo central mientras caminamos y pregunta: “¿Desde acá pateó Aldape en el gol a Talleres?”. “Más o menos ahí”, marco levantando el mentón con las manos en los bolsillos. Hacía menos de quince días Sumo había hecho un show excepcional en una fecha del festival Rock & Pop en la cancha de Vélez Sársfield. Fue el día que Luca dijo “Hola, yo vivo en el Abasto y me dicen la Nina Hagen criolla” y entró con una peluca brillante. Fue una noche violenta: la gente se tiraba barro entre sí y se cagó a trompadas con la policía. “Pappo, ¿a dónde estás ahora que te necesitamos?”, dijo Luca buscando respuestas.

–¡Holaaaa! –se escucha fuerte la voz de Luca, que aparece último, luego de que el resto de la banda quedara frente a sus propios instrumentos ubicados en el lugar pautado por la puesta en escena. El escenario permanece sin luces encendidas. De afuera, un aroma a masa hojaldrada frita invade el aire y cruza por el campo sin destino.
–¡Holaaaa! –repite. Su saludo se extiende unos segundos y rebota en los edificios que están pegados a las vías, a diez cuadras de la cancha, pero que se ven desde el campo por encima de las tribunas.
–¡Holaaaa! –grita de nuevo, justo cuando un técnico de audio levanta el volumen de su micrófono. El piso retumba. De inmediato, se encienden unas luces blancas que reposan sobre una parrilla en la parte superior del escenario. Luca se caga de risa. Viste una remera blanca, unos pantalones color cemento que le quedan grandes y zapatillas. Sobre la frente, fijas, se mantienen impertérritas las gafas de sol, que en lugar de cristales tienen una plantilla acanalada con un dibujo de unas gaviotas volando sobre un horizonte verde y azul. Entre la multitud sobresalen las remeras negras estampadas con el nombre “Soda Stereo”, el grupo que más tarde cerrará la jornada del sábado.
Los acordes de “Regtest”, un tema que se repite en la apertura de varios shows, también conocido como “El reggae cordobés”, dan comienzo al espectáculo. La versión que tocan es igual a la del disco, pero bastaste menos lenta que la que yo tenía en unos rares tapes que compré en la disquería El Atril, en la Capital Federal. Allí la versión está ralentizada y la voz de Luca suena melosa.

Play I some music,
I hope I don’t come on too strong.
You can’t refuse it,
but you know you might be wrong.
You could call it reggae,
You couldn’t call it rock and roll.
Come on, get ready,
‘cos there’s a big ball going to roll.
You’d better get up, brother up,
brother up, brother up, yeah!
Don’t you go too far!

A diferencia de otros grupos nacionales, de los títulos de los temas de Sumo se conocen varias versiones. Así, el público pide a los gritos el mismo tema con distintos nombres. Algunos gritan “¡Basura blanca!”, otros “White trash!”. En voz más baja, alguien finge gritar y pide “Teléfonos sonando en habitaciones vacías”. Tal vez ninguno sepa que se trata de la misma canción. Pero ¿qué importa? “Una noche en New York City” era el título original de “La rubia tarada”, que así aparece en el álbum Divididos por la felicidad. Pero ya se sabe: los temas que la mayoría quiere escuchar se tocan sobre el final del show, como sucedió en Vélez, donde Luca se puso la misma peluca que usa acá. Brillante e invasora como las guirnaldas que adornan los árboles de navidad, le llega hasta los hombros. Desde adelante, un joven de pelo largo subido al lomo de otro grita: “Lucassss, cantate algo de Vox Deiiiii”. “Shooo, sho no canto canciones de Vox Dei. Yo canto canciones de Sui Generis, pibe, ¿no-te-dis-te-cuen-ta-de-que-soy-Ni-to-Mes-tre?”, contesta Luca, como si ensayara castellano en el recital. Diego Arnedo, el bajista, mira de frente al público con cara seria. En ese instante unas luces color azul iluminan los cuerpos de los músicos, que parecen absorbidos por el destello. Así suena “Mejor no hablar de ciertas cosas”, el único tema del primer disco que no es factoría completa de Sumo.
Aquel chiste de Vox Dei y Nitro Mestre es uno más de los muchos que Luca hace sobre sus colegas del rock nacional. “¿Viste que el gordo de Los Fabulosos Cadillacs me imita?”, dijo en un reportaje en una revista. Suena “Debede”, descubro a unos cinco metros al flaco Feta, un amigo. Me acerco para saludarlo, me arrebata con un abrazo. Está con otros amigos.
–Es el Pepe, fanático del café en vaso –me dice riendo Feta mientras me presenta a uno ellos. Pepe tiene pelo castaño corto, está peinado con raya a la izquierda y su pelo se entrevera con sus cejas de igual color. Es igual a Vincent Spano, el actor que trabaja en Rumble Fish, la película de Francis Ford Coppola. Pepe toma un sorbo de su vaso blanco, similar a los que hay en las fiestas de cumpleaños. Aprovecha para saludarme con el mismo movimiento. Luego rodea con las manos el calor del plástico.
Nos ponemos a hablar con Feta en el momento calmo del show: cuando Sumo toca reggaes. “No good” es el primero de esa lista. “Este tema está dedicado a la madre de mi novia. Y a todas las madres de las novias de la Argentina”, dice Luca. Le siguen otros dos: “Rolando” y “Reggae de paz y amor”.

Oh, oh, oh, peace and love.
Moving up, fighting it all back, stabbing
gonna get you down tonight in Babylon town, yeah
‘cause if you fall on your face is no disgrace,
no one’s to help you anyhow, nowhere.

Feta había visto a Sumo en Villa Gesell durante el verano. Por intermedio de unos amigos, se enteró de que andaba dando vueltas un grupo de rock que promocionaba sus shows en la ciudad balnearia con actings en la calle. “Había un tipo vestido con un overol (Roberto Pettinato, el saxofonista) y una pancarta que le colgaba de los hombros anunciando un show con letras garabateadas; un pelado (Luca Prodan) con la ropa toda rota, acento extranjero y cara de pícaro: se cagaba de risa todo el tiempo. En Gesell había punks y heavy metals, hippies, gauchos, empresarios, policías, maestras, pobres y chetos. ¡Bah!, había de todo menos gente como esta”, resume el flaco. “A la noche, el dueño del bar, que era amigo del padre de un amigo –como suele ser casi todo en estos pagos–, nos hizo pasar por una puerta lateral. ¡Entramos gratis al primer recital de Sumo de nuestras vidas! El lugar era chico y estaba vacío; si éramos diez, era mucho. Mirá ahora. Luca cantaba mientras un ovejero alemán le ladraba constantemente a un metro de distancia.
”–Ey, ¿este pagó? –le preguntó Luca al dueño del boliche. En ese instante le habló al perro. Ahhh, entonces, si querés ver el recital, vas a tener que hacer un sorete para pagar la entrada –le ordenó.”
“Sumo embriaga con su música” es el título de una nota que llevo en la billetera. Es del Diario Popular y fue intervenido con frases de Elio en color rojo. Se lo muestro a Feta, se lo pasa luego a los amigos, que le echan una mirada con gestos aprobatorios.
Es posible que sea la banda más peculiar del momento dentro de la música nacional (sí: claro). Sus fans (¿cuáles, boló?) sostienen que su música tiene mucho de new wave (¿sí?), otros le encuentran algo de tecno (la policía les encontró drogas también). Lo cierto es que ellos, los integrantes del conjunto nacional Sumo, prefieren decir (todo lo contrario, ¡como siempre!) que tienen influencias del jazz (sí, Miles Davis le manda partituras a Pettinato), reggae (sí, Bob Marley les mandaba…) y algo (¿algo?) de rock. Divididos por la felicidad es el título de su más reciente placa (¿placa es disco?, ¿disco es cultura?) y en ella se puede apreciar un grupo que según la crítica local (¿cómo?) puede tener gran proyección en el mercado europeo (de San Telmo) y (en la feria) americano. Al decir de un crítico: “Sumo es pura (¡si es pura, mejor!) música para embriagarse…”.
El Lomas Rock continúa. El mini-set de reggae, parece, tendrá un extra. Luca le pregunta antes a sus compañeros: “¿Vamos a hacer uno más?”. Detrás de un bafle, un joven vestido con una remera negra mira atento su reloj. Después de Sumo llegarán otras bandas y el cierre es de Soda Stereo, nada menos. Más de la mitad del público aquí presente vino a verlos a ellos. Para cuando llegue ese momento, debe ser de día: la cancha no tiene iluminación.
“Andrea del Boca shora, Luisa Kuliok shora, María de los Ángeles Medrano shora. Chicaaaaaaas: ‘No woman, no cry’.” Luca se prepara para cantar el tema que hizo notable a Bob Marley.
–Mirá –me dice Feta mientras deja su cigarrillo estacionado en la boca para poder usar sus manos libremente. Abre su walkman Philips. Adentro hay un casete blanco. Es Corpiños en la madrugada, el material que precedió a Divididos por la felicidad, editado por la banda en forma independiente–. Lo ofrecieron en Gesell cuando terminó el show en Paddock –recuerda.
“A dos australes el casete, a dos el casete.” Es un casete blanco con letras celestes.
–¡Qué buen walkman! ¿Te lo compraste afuera?
–¡Qué afuera! Esto se hace acá, loco, en Argentina. ¿No viste el pasacasete que tiene el Nono en la casa?
–No –digo incrédulo.
–Es también Philips, viene con micrófono –dice mientras hace un gesto con el mate en la mano.
–¿No vino el Raya?
–Al Raya no le gusta el rock argentino –contesta Feta.
–Pero esto es Sumo, no es rock argentino. Luca es italiano.
–Raya tiene en una parte de la cabeza a The Police y en la otra, a XTC. Primero a XTC y después a The Police.
–Como en las giras, ¡XTC, teloneros de The Police! –exclamo.
–XTC, Squeeze, The Buzzcocks, The Specials, The Beat, ni la new wave se salva de The Police –me dice Feta.
–Y… van creando un movimiento, ¿no?
–Sí, sobre todo en el banco.

Luca anuncia otro tema: “¿Vieron que hay músicos que les dedican temas a sus familiares? ¡Qué estupidez! Bueno, yo también caí en la trampa. Este tema lo compuse por mi abuela. A mi abuela se la fumaron en pipa. No, de verdá, de verdá, boló. Se la fumaron en un pueblo de Afganistán. La mataron, la quemaron y después se la fumaron. Este hueso es lo único que la familia pudo recuperar”, dice con un fémur gigante en la mano derecha.

Kaya, oh, oh Kaya.
Let me tell you about something
bigger than a big bamboo,
and me and you,
and the fat guru.
Let me tell you about something
bigger than a big bamboo,
and me and you,
and the fat guru.
Kaya, oh, oh Kaya.

Elio, a mi lado, toma fotos sin parar. Cuando el show pasa los cincuenta minutos, mi hermano dice: “Debe estar por terminar”. Como se trata de un festival con varias bandas, cada una no puede superar la hora de espectáculo.
Para el final, los clásicos: “Next week”, “Fuck you”. Antes de empezar “La rubia tarada”, Luca saluda a la gente con su mano y empieza a cantar…

O mamá, papá y mamá, papá o mamá y papá.
O mamá, papá y mamááááá, ¡yeah!
Caras conchetas, miradas berretas
y hombres encajados en Fiorucci.
Oigo “Dame, quiero” y “No te metas”,
“¿Te gustó el nuevo Bertolucci?”.
La rubia tarada, bronceada, aburrida,
me dice: “¿Por qué te pelaste?”.
Yo: “Por el asco que da tu sociedad.
¿Por el pelo de hoy, cuánto gastasteeeeeeeeeeeeeeee?”.
Un pseudo punkito, con el acento finito,
quiere hacer el chico malo.
Tuerce la boca, se arregla el pelito,
se toma un trago y vuelve a Belgrano.
¡Basta! Me voy rumbo a la puerta
y después a un boliche a la esquina
a tomar una ginebra con gente despierta.
¡Esta sí que es Argentinaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaa!

Luca se ríe y entona: “O mamá, papá y mamá, papá o mamá y papá, come on, baby!”. A la vez, mueve los dedos alrededor del micrófono como si se tratara de un acto de magia. Todos los integrantes del grupo se acercan a sus respectivos micrófonos luego de que Luca grita: “¡Una nocheeeeee en New York Cityyyyyy!”. Sacan todas las fuerzas de sus pechos con un grito animal, colectivo, que mutila el sonido de los instrumentos: “¡Ra-pa-pa-para, arú-urá, arú-urá!”.
Fin del show.

Una vez ausentes, en el fondo del escenario cobra protagonismo un pedazo de cielo celeste, apenas intervenido por un cable que cuelga de la estructura tubular que sostiene el escenario.
Con una rapidez asombrosa, diez personas vestidas con remeras negras empiezan a desarmar todos los equipos. El escenario pronto parece abandonado. El festival continúa con una banda llamada Autobús, pero mucha gente ni se da cuenta; cerca del final alguien descubre en el campo una cabeza calva cruzada por la flexibilidad de unos anteojos negros. ¿Luca está mirando el show con una botella de agua mineral en la mano? Se le acercan por decenas. El pelado se les escapa como si jugara a la mancha. El público se desparrama y algunos huyen hacia la platea pensando que se trata de una pelea: allí se creen protegidos. Los que ya estaban ahí, alzan sus cabezas para ubicar la escena. Se van levantando de a tres o de a cuatro, en un instante son más de cincuenta los que miran y no encuentran nada. Otros, ajenos a todo lo que sucede, corren como si dieran una vuelta olímpica durante varios minutos. El señor pelado busca una salida: el túnel que lleva al vestuario parece un camino, pero está lejos. Ahora la encuentra. Durante treinta segundos pareció una estrella fugaz con una gran cola de gente detrás."

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4 comentarios

@luz031288
Ey mi familia es de alla!
@FranStereo
Pensar que yo vivo a 15 minutos en tren de ahí
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