Por la democracia, por la vida y por la paz. Por la reivindicación a Alem, Yrigoyen, Lebensonh, Larralde, Balbin, Illia y Alfonsin. "Doctrina para que nos conozcan, conducta para que nos crean". Web: Corera.com.ar
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República Bolivariana (crónica de mi viaje a Venezuela)
El aeropuerto de por si es una gran síntesis de lo que veré en Venezuela.
Siguiendo un ochentoso pasillo -no por alguna decoración original, sino porque el aeropuerto parece no haber sufrido cambios desde esa década- llego al sector de migraciones, un gran recinto similar al de un banco con diversas filas, con la diferencia que aquí no hay ningún cartel que indique a cual de las filas se debe ir.
Esto no quiere decir, por supuesto, que no haya ningún tipo de cartelería en este lugar. Al frente mio hay una gigantrografía de Chávez rodeado por el pueblo mientras que a mi espalda hay otra gigantografía que asegura Independencia para Siempre con una silueta de sudamérica cuya parte superior se fusina con la de un luchador alzando una espada sobre su caballo.
A mi izquierda obvservo las casillas de Migraciones, que me dan una mejor visión de la Venezuela real. Militares fuertemente armados -que no dejaré de ver en toda mi estadía- cuidan la puerta de salida y al lado de ellos otro cartel -esta vez de tamaño un poco más normal- anuncia que el máximo monto de dólares con el que se puede entrar al país (sin pagar altos impuestos) es de US$1.000.
De hecho, dentro de las instalaciones del aeropuerto cualquier intento de pagar con dólares será temerosamente rechazado por lo vendedores. Una limitación sin sentido que nadie sabe explicar en un país donde el dolar paralelo está al doble que el oficial. Causa o efecto, lo cierto es que esto crea un círculo vicioso.
El resto de mi estadía en el aeropuerto, para abordar un vuelo de cabotaje, será caótico. Sin carteles que indiquen hacia donde ir, y con guardias que solo intervienen para pedir severamente -con un tono tal que pareciera que uno estuviese entrometiendose en una base militar secreta- que deje el changuito porta-valijas, no se tarda mucho en perderse.
Finalmente (luego de que me mandasen a esperar el avión sin antes embarcar las valijas) me explican que el sector internacional está separado del de cabotaje, y que para ir a este último hay que cruzar una suerte de puente/pasillo interno. Este sector, con un ventanal que da hacia Caracas y escaleras mecánicas planas -sin mucho sentido tampoco, porque no dejan transitarlas con equipaje- constituyen el único sector del aeropuerto que aparenta ser (minimamente) moderno.
Una vez terminado un corto (y vertiginoso) vuelo, llego a la Isla Margarita, el principal destino turístico del país, y que por lo tanto debería estar más cuidado que el resto del país. Antes de salir de este aeropuerto local -curiosamente más moderno y mejor mantenido que el anterior- no puedo evitar mirar los titulares de los diarios locales en un local del freeshop.
Uno de ellos dice algo así como "Polémico ministro argentino visitará el país" en referencia al viaje de Julio De Vido para discutir acuerdos energéticos. Es inevitable la sonrisa irónica frente a este titular. ¿Será esta la tan referenciada integración lationamericana?
El viaje del aeropuerto al hotel (en el otro extremo de la isla) es en penumbras y casi no se puede observar nada. Las casi 8 horas de avión no se ven minimizadas por la -inédita en el mundo- diferencia de una hora y media. (En el resto del mundo las diferencias horarias son por bloques enteros de una o más horas)
En este viaje en penumbras se ve apenas la ruta y una parte de la banquina que el micro llega a ilimunar. Parece un viaje en medio de un descampado, pero al día siguiente descubriré que esa zona estaba poblada, más no iluminada.
Efectivamente, al día siguiente vuelvo a pasar por aquí, esta vez con un taxi -del hotel, por que los otros "no son seguros"- que advierte de los peligros de los arbolitos que ofrecen cambiar dólares a casi 10 bolívares fuertes (la cotización oficial es de 4,30 Bs.F) y la conveniencia de cambiar en el hotel. (Donde, por cierto, tampoco respetan el tipo de cambio oficial)
Las casas que veo a mi alrededor comparten muchas cosas en común. Son todas coloridas, destaraladas, viejas, con barrotes y en evidente mal estado. Casi ninguna tiene más de un piso, y los barrotes de estilo colonial (cuando no directamente rejas) son por una cuestión de seguridad.
Este paisaje, descubro los día siguientes, se repite en todo el interior de la Isla y solo cambia en las dos principales ciudades. La Asunción (capital histórica) y Porlamar (ciudad turística donde está el aeropuerto)
En ambas ciudades, con excepción del casco histórico de La Asunción y de los 2 o 3 centros comerciales de la isla, se observa la misma postal: infraestructura vieja, transito muy colapsado, edificios despintados y viejos micros clandestinos -que parecen sacados de la India- con sus destinos pintados desproligamente sobre el parabrisas.
En las paredes de esta decadente zona se pueden observar prolijas pintadas oficialistas, con el nombre de Chávez y sus candidatos, además de consignas tales como ¡Fuerzas Armadas y pueblo unidos!, esta última escrita con asombrosa prolijidad sobre un puente.
La postal de Venezuela, en cuanto a desarrollo urbano, es muy parecida a la de Cuba, para sorpresa mía que esperaba encontrar una situación más cercana al (para nada perfecto) resto de latinoamerica.
Las consignas revolucionarias suenan huecas. Chávez gobierna hace 13 años y la situación del país es la de un pueblo viviendo tranquilamente en la decadencia. La promocionada ayuda social es más circo que pan.
En toda mi estadía lo único que vi al respecto son 6 casas sencillas a medio hacer a la vera de la ruta, abuandante propaganda oficial, y a Chávez en una cadena nacional de cuatro horas, donde integrantes de distintas comunidades iban pasando al micrófono para agradecerle 'al comandante' por haberles traido alguna solución.
Soluciones que nunca pasaban de haber conseguido alguna pensión, o refaccionado algún servicio de agua potable, pero siempre a niveles de comunidades pequeñas. Realmente parecía una ceremonia donde los que viven en la pobreza extrema le agradecen al Rey exaltandolo por haberles dado un poco de pan.
El colmo llega cuando una mujer le susurra a su hijo de cerca de 10 años -a la vista de las cámaras- un agredecimiento a Chávez por haberles dado una casa, teniendo que el niño que consultarle a su madre que decir cada dos palabras.
Así, lo que no tienen nada, esperan pacientemente, en medio de sus casas destruidas, de la infraestructura atrasada, y de los constantes cortes de luz y agua, que el Comandante les de algo.
Realmente llama la atención, y pido disculpas si soy reiterativo, la pésima situación social del país. Acá no hay un populismo a lo peronista donde el Estado gasta millones para mantener feliz a los pobres sin sacarlos de la pobreza, sino un país -que si bien está lleno de vida y lo hace notar- está colapasado hace años y parece conformarse con poco.
Chávez, quizá, con su discurso anti-imperialista y su hipócrita alusión a Bolivar logre hacer mecha en cierto nacionalismo bobo del pueblo, potenciado por la arrogancia propia de los habitantes de nuestra región. Un fenómeno que recuerda, curiosamente, al provocado por Galtieri al recuperar militarmente las Islas Malvinas.
En la televisión -cuando no hay cadenas nacionales de 4 horas que lo obligan a sintonizar la señal oficial- el único canal crítico del gobierno es Globovisión.
Este canal, lejos de ser un monopolio mediático, solo es dueño de este medio que divide su transmisión entre noticias, deportes, y porgramas de interes general y que es perseguido por el Gobierno hace años (un accionista fue encarcelado y obligado a exiliarse y Chavez amenazó varias veces con apropiarse del canal).
Aquí es el único lugar donde se puden escuchar otras voces. Los opositores denuncian que el Gobierno regala el petroleo, que no lo usa como motor de desarollo e industrialización, alertan sobre el estancamiento del país y dicen -no sin razón- que la política exterior de Chávez es controproducente para un país petrolero como Venezuela (cuyo principal cliente es Estados Unidos) y sostienen que un modelo como el de Brasil -de integración con el continente y de relación normal con las potencias mundiales, sin perjuicio de los intereses nacionales- es el más adecuado para el país.
En el debate realizado la semana pasada entre todos los pre-candidatos opositores (que acordaron ir todos a internas abiertas y apoyar al ganador) surguieron matizes en cuestiones como la ayuda social, o si PDVSA debe ser privada o estatal. Sin embargo, las opiniones por lo general iban de centro-izquierda (hacer realmente eficiente la ayuda social y mantener PDVSA estatal) a otras de centro (que el rol del Estado debe evaluarse según cada caso) sin que se haya escuchado realmente alguna postura fuertemente conservadora, sino que el elenco va del liberalismo de centro a la centro-izquierda.
Todos, algunos más que otros, condenan la ola de expropiaciones de Chávez (que, por cierto, es aplicada a individuales o a opositores más que a empresas extranjeras usureras, que operan sin ningún tipo de problema en Venezuela)
Sobre esto último, se podría decir muy acertadamente que el petroleo es a Venezuela lo que la Soja a Argenina. En mi estadía vi casi la misma cantidad de estaciones de servicio de la British Petroleum que de PDVSA.
La industria venezolana practicamente no existe. Menos los productos básicos como el agua mineral o la sacarina, casi todo es importado. El shampoo del hotel es argentino y las Lays mexicanas. Como si fuese poco, muchos productos importados superan en número a su equivalente fabricado en el país.
Increiblemente el gobierno prioriza los acuerdos comerciales con sus aliados extranjeros que el fomento a la industria nacional.
Así, el país se encuentra virtualmente estancado por un gobierno que no tiene interes ni nececidad en desarollarlo.
El socialismo de Chávez no pasa realmente del mero discurso, ya que en lo interno no es más que un régimen autoritario mantenido a base del petroleo y de la resignación de su pueblo.
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2 respuestas
Siempre genial jony, segui asi!
Buena cronica