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Traficantes y toxicómanos.

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TRAFICANTES Y TOXICÓMANOS

Con los estupefacientes ocurre lo que con todo lo prohibido: cuando mayores son las restricciones opuestas por la moral o la ley para su circulación, mayores son también los métodos ideados para burlar esos convencionalismos. Estos productos eufóricos, perseguidos con la mayor saña por las autoridades de todo el mundo y por las vastas organizaciones represoras de su tráfico, alcanzan precios verdaderamente fantásticos en el comercio clandestino, porque su adquisición legal no es posible más que por medio de una severa autorización sanitaria. El cuerpo médico de todos los países sabe a lo que se exponen sus individuos cuando firman una receta sin que se pueda justificar su necesidad. Hasta tal punto llegan estas medidas que a cualquier ciudadano le es más fácil que al médico —aunque más costoso también— procurarse la droga que necesita su vicio o exige su negocio.
A los traficantes e eufóricos les interesa más que nada que se les persiga, que se les acorrale; a no ser por estas dificultades, ¿qué podría valer un frasquito de cincuenta gramos de cocaína, que en los laboratorios alemanes de Merck o en los búlgaros de Kotchieff no vale más de diez pesetas? Pero gracias a esa persecución, la misma cantidad puede alcanzar un precio superior a 2.500 pesetas. En unas docenas de frascos que decomisó la policía de Barcelona, hubieran obtenido los traficantes más de medio millón de pesetas. El servicio lo realizaron dos agentes: Franquero y Laguardia, dos verdaderos detectives, cultos, sagacísimos, enamorados de su peligroso oficio hasta la abnegación, pese a los míseros sueldos de la Policía española, la mejor, indudablemente, del mundo, y la peor retribuida también.
El tráfico y las toxicomanías recibirían un golpe de muerte si se autorizase el libre comercio y consumo sin restricciones: esta medida es posible que produjese resultados más positivos que a persecución que se afirma sobre la base del desconocimiento de la psicología del toxicómano. Desde la abolición de la Ley seca en Norteamérica, las asistencias en casos de alcoholismo se han reducido en un 62,8 por ciento, según demuestra una estadística reciente. Del mismo modo, durante la vigencia de la ley Volstead, personas que en su vida bebieron alcohol fueron condenadas por el delito de embriaguez numerosas veces: la restricción hizo más alcohólicos y criminales que todas las tabernas que hoy funcionan legalmente.

Ángel Martín de Lucenay, en Los venenos eufóricos, Barcelona, Ed. Cisne, 1936, págs. 75-76.

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