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Cuentos cortos para pensar.

Bueno les traigo un post para que piensen un poquito estos grandes escritores, (en especial Chejov que es mi favorito), nos traen estos cuentos cortos, que nos hacen reflexionar sobre la vida....





ALGO MALO VA A SUCEDER (GABRIEL GARCIA MARQUEZ)

Imagínese usted un pueblo muy pequeño donde hay una señora vieja que tiene dos hijos, uno de 19 y una hija de 14.

Está sirviéndoles el desayuno y tiene una expresión de preocupación. Los hijos le preguntan qué le pasa y ella les responde:

"No sé, pero he amanecido con el presentimiento de que algo muy grave va a sucederle a este pueblo".

El hijo se va a jugar al billar, y en el momento en que va a tirar una carambola sencillísima, el otro jugador le dice:

-"Te apuesto un peso a que no la hacés".

Todos se ríen. Él se ríe. Tira la carambola y no la hace. Paga su peso y todos le preguntan qué pasó, si era una carambola sencilla.

Y él contesta: "es cierto, pero me he quedado preocupado de una cosa que me dijo mi madre esta mañana sobre algo grave que va a suceder a este pueblo".

Todos se ríen de él, y el que se ha ganado su peso regresa a su casa, donde está con su mamá, feliz con su peso y le dice :

-Le gané este peso a Dámaso en la forma más sencilla porque es un tonto.

-¿Y por qué es un tonto?

-Porque no pudo hacer una carambola sencillísima según el preocupado con la idea de que su mamá amaneció hoy con el presentimiento de que algo muy grave va a suceder en este pueblo.

Y su madre le dice:

-No te burlés de los presentimientos de los viejos porque a veces salen.

Una pariente que estaba oyendo esto va a comprar carne. Ella le dice al carnicero: "Déme un kilo de carne", y en el momento que la está cortando, le dice: "Mejor córteme dos, porque andan diciendo que algo grave va a pasar y lo mejor es estar preparado".

El carnicero despacha su carne y cuando llega otra señora a comprar un kilo de carne, le dice: "mejor lleve dos porque hasta aquí llega la gente diciendo que algo muy grave va a pasar, y se están preparando y comprando cosas".

Entonces la vieja responde: "Tengo varios hijos, mejor deme cuatro kilos..."

Se lleva los cuatro kilos, y para no hacer largo el cuento, diré que el carnicero en media hora agota la carne, mata a otra vaca, se vende toda y se va esparciendo el rumor de que algo grave va a pasar.

Llega el momento en que todo el mundo en el pueblo, está esperando que pase algo. Se paralizan las actividades y de pronto a las dos de la tarde alguien dice:

-¿Se ha dado cuenta del calor que está haciendo?

-¡Pero si en este pueblo siempre ha hecho calor!

-Sin embargo -dice uno-, a esta hora nunca ha hecho tanto calor.

-Pero a las dos de la tarde es cuando hace más calor.

-Sí, pero no tanto calor como hoy.

Al pueblo, todos alerta, y a la plaza desierta, baja de pronto un pajarito y se corre la voz:

"Hay un pajarito en la plaza". Y viene todo el mundo espantado a ver el pajarito.

-Pero señores, dice uno, siempre ha habido pajaritos que bajan aquí.

-Sí, pero nunca a esta hora.

Llega un momento de tal tensión para los habitantes del pueblo, que todos están desesperados por irse y no tienen el valor de hacerlo.

"Yo sí soy muy macho -grita uno- Yo me voy". Agarra sus muebles, sus hijos, sus animales, los mete en una carreta y atraviesa la calle central donde todo el pueblo lo ve.

Hasta que todos dicen: "Si este se atreve, pues nosotros también nos vamos". Y empiezan a desmantelar literalmente el pueblo. Se llevan las cosas, los animales, todo.

Y uno de los últimos que abandona el pueblo, dice: "Que no venga la desgracia a caer sobre lo que queda de nuestra casa", y entonces la incendia y otros incendian también sus casas.

Huyen en un tremendo y verdadero pánico, como en un éxodo de guerra, y en medio de ellos va la señora que tuvo el presagio, le dice a su hijo que está a su lado:

¿Vistes m'hijo, que algo muy grave iba a suceder en este pueblo?




LO TIMÓ

En tiempos de antaño, en Inglaterra, los delincuentes condenados a la pena de muerte gozaban del derecho a vender en vida sus cadáveres a los anatomistas y los fisiólogos. El dinero obtenido de esta forma, aquéllos se lo daban a sus familias o se lo bebían. Uno de ellos, pescado en un crimen horrible, llamó a su lugar a un científico médico y, tras negociar con él hasta el hartazgo, le vendió su propia persona por dos guineas. Pero al recibir el dinero él, de pronto, se empezó a carcajear…
-¿De qué se ríe? -se asombró el médico.

-¡Usted me compró a mí, como un hombre que debe ser colgado -dijo el delincuente carcajeándose-, pero yo lo timé a usted! ¡Yo voy a ser quemado! ¡Ja-já!

FIN

LA PERRA CARA

El maduro oficial de infantería Dubov y el voluntario Knaps, sentados uno junto a otro, bebían unas copas.
-¡Magnífico perro!... -decía Dubov mostrando a Knaps a su perro Milka-. ¡Un perro extraordinario!... ¡Fíjese, fíjese bien en el morro que tiene!... ¡Lo que valdrá sólo el morro!... Si lo viera un aficionado, tan sólo por el morro pagaría doscientos rublos. ¿No lo cree usted?... Si no es así, es que no entiende nada de esto.

-Sí que entiendo, pero...

-Es setter. ¡Setter inglés de pura raza! Para el acecho es asombroso, y como olfato... ¡Dios mío!... ¡Qué olfato el suyo! ¿ Sabe cuánto pagué por mi Milka cuando no era más que un cachorro?... ¡Cien rublos! ¡Soberbio perro! ¡Ven acá..., Milka bribón, Milka bonito!... ¡Ven acá, perrito..., chuchito mío...!

Dubov atrajo a Milka hacia sí y lo besó entre las orejas. A sus ojos asomaban lágrimas.

-¡No te entregaré a nadie..., hermoso mío..., tunante! ¿Verdad que me quieres, Milka? Me quieres..., ¿no? Bueno, ¡márchate ya! -exclamó de pronto el teniente-. ¡Me has puesto las patas sucias en el uniforme! ¡Pues sí, Knaps!... ¡Ciento cincuenta rublos pagué por el cachorro! ¡Desde luego ya se ve que los vale! ¡Lo único que siento es no tener tiempo para ir de caza! ¡Y un perro sin hacer nada se muere!... ¡Le falta... sobre qué utilizar la inteligencia!... ¡Cómpremelo, Knaps! ¡Me lo agradecerá usted toda la vida! Si no dispone de mucho dinero, se lo dejaré por la mitad de su precio... ¡Lléveselo por cincuenta rublos!... ¡Róbeme ...!

-No, querido -suspiró Knaps-. Si su Milka hubiera sido macho, quizá lo comprara, pero...

-¿Que Milka no es macho? -se asombró el teniente-. Pero ¿qué está usted diciendo, Knaps?... ¿Que Milka no es macho? ¡Ja, ja!... Entonces, ¿qué es según usted? ¿Perra? ¡Ja, ja!... ¡Qué chiquillo! Todavía no sabe distinguir un perro de una perra!

-Me está usted hablando como si yo fuera ciego o una criatura -se ofendió Knaps-. ¡Claro que es perra!

-¡A lo mejor también le parece a usted que yo soy una señora!... ¡Vaya, vaya.... Knaps! ¡Y decir que ha cursado usted estudios técnicos!... No, alma mía. Este es un auténtico perro de pura casta. ¡Es capaz de dar ciento y raya a cualquier otro perro, y usted me sale con que no es perro! ¡Ja, ja...!

-Perdóneme, Mijail Ivanovich, pero me toma usted sencillamente por tonto. ¡Hasta me ofende!

-Bueno, bueno... Pues nada, entonces... No lo compre si no quiere... ¡A usted es imposible hacerle comprender nada! ¡Pronto empezará usted a decir. que en vez de rabo tiene una pata!... Pero nada ... ¡A usted es a quien quería yo hacer el favor! ¡Vajrameev!... ¡Trae coñac!

El ordenanza trajo más coñac. Los dos amigos llenaron sus vasos y quedaron pensativos. Transcurrió media hora en silencio.

-¡Y después de todo..., vamos a suponer que fuera perra!... -interrumpió el silencio el teniente mirando sombrío la botella-. ¿Qué importancia tendría eso?... ¡Mejor para usted!... Le daría cachorros, cada cachorro no valdría menos de veinticinco rublos. ¡Se los compraría cualquiera, encantado! ¡No sé por qué le gustan tanto los perros! ¡Son mil veces mejor las perras! El género femenino es más adicto y más agradecido... Pero bueno, en fin..., si tanto miedo tiene usted al género femenino, ¡quédese con ella por veinticinco rublos!

-No, querido. No le pienso dar ni una kopeka. En primer lugar, no necesito perro, y, en segundo, no tengo dinero.

-Eso podía usted haberlo dicho antes... ¡Milka! ¡Largo de aquí!

El ordenanza sirvió una tortilla. Los amigos se pusieron a comerla y la terminaron en silencio.

-¡Es usted un buen muchacho, Knaps! ¡Un muchacho cabal! -dijo el teniente, limpiándose los labios-. ¡Qué diablos! ¡Me da lástima dejarle así! ¿Sabe usted una cosa?... ¡Llévese la perra gratis!

-Pero ¿para qué la quiero yo, querido? -dijo Knaps con un suspiro-. Y además, ¿quién me la iba a cuidar?

-¡Bueno, pues nada, entonces!..., ¡nada!.... ¡qué diablos! ¿Que no la quiere usted?... ¡Pues no se la lleva! Pero ¿adónde va usted?... ¡Quédese un ratito más!

Knaps se levantó desperezándose y cogió su gorro.

-Ya es hora de marchar. Adiós -dijo, bostezando.

-Espere, entonces. Le acompañaré.

Dubov y Knaps se pusieron los abrigos y salieron a la calle. Anduvieron en silencio los cien primeros pasos.

-¿No se le ocurre a quién podría yo dar la perra? ¿No tiene usted a nadie entre sus conocidos...? La perra, como ha visto usted, es bonísima..., y de raza..., pero yo no la necesito para nada.

-No se me ocurre, querido. En realidad, ¿qué conocimientos tengo yo aquí?...

Hasta llegar a la misma casa de Knaps, caminaron los amigos sin pronunciar palabra. Sólo cuando al abrir la puerta de la verja Knaps estrechó la mano a Dubov, éste tosió y con alguna vacilación dijo:

-¿Sabe usted si los perreros de la localidad aceptan perros?

-Es posible que los acepten, pero con seguridad no se lo puedo decir.

-Mañana la mandaré allá con Vajrameev. ¡Al diablo con la perra! Por mí, que la desuellen..., ¡maldita, asquerosa perra! ¡Por si fuera poco que ensucie las habitaciones, ayer en la cocina se zampó toda la carne!... ¡Canalla! ¡Y si siquiera fuera de buena raza!... ¡Pero no es más que una mezcla de perro callejero y de cerdo! ¡Buenas noches!

-Adiós -dijo Knaps.

La puerta de la verja se cerró y el teniente quedó solo.



EL TELÉFONO

“Operadora. ¿Puedo ayudarlo?”, dice una voz de mujer.

“Comuníqueme con el Hotel Slavyansky Bazaar”.

“Conectando”.

Después de tres minutos escucho un repique... Pego el auricular a mi oreja y oigo un sonido de un carácter todavía indeterminado; como el viento soplando, u hojas secas dispersándose por el piso... Alguien parece estar susurrando.

“¿Tiene habitaciones disponibles?”, le pregunto.

“Nadie está en casa”, replica vacilante una pequeña voz infantil. “Mami y papi fueron a ver a Serpahima Petrovna y Louisa Frantevna ha contraído gripe”.

“¿Y quien eres tú? ¿Eres del Hotel Slavyansky Bazaar?”

“Soy Seryozha. Mi papi es doctor. Ve a las personas por la mañana”.

“Ah. Escucha, dulzura, no necesito un doctor. Quiero el Slavyansky Bazaar”.

“¿Qué Bazaar?” (Risa) “¡Ahora sé quien eres. Eres Pavel Andreich. Nos llegó carta de Katya!” (Risa). “Ella va a casarse con un oficial. ¿Cuándo vas comprarme algunos pantalones?”

Cerré el teléfono y después de diez minutos intenté de nuevo.

“Con el Slavyansky Bazaar”.

“¡Al fin!” replica una voz ronca, grave. “¿Está Fuchs contigo?”

“¿Quien en la tierra es Fuchs? Yo quiero el Hotel Slavyansky Bazaar”.

“Estás hablando con el Slavyansky Bazaar. ¡Eso es maravilloso! Podemos concluir todos nuestros negocios hoy. Estaré aquí. Hazme un favor y ordéname una porción de esturión condimentado con especias. Todavía no he almorzado”.

“Phhh. ¡Sabrá Dios lo que está pasando!”, pensé, y una vez más abandoné el teléfono. “Quizás no sepa realmente cómo usar un teléfono y me esté confundiendo. Espera un minuto. Déjame pensar cuidadosamente la manera de hacerlo. Primero hay que darle la vuelta a esta cosa, luego se descuelga este objeto y se coloca en la oreja... Luego... ¿Qué es lo siguiente?. Tienes que colgar esta cosa en este lado y luego debes darle la vuelta al discado tres veces. Me parece que es justo lo que he estado haciendo.

Disco otra vez. No hay repuesta. Marco con una especie de furia, aún arriesgándome a romper el aparato.

“¿Con quien hablo?” Le grito al teléfono. “Hable más fuerte”.

“Timothi Vaksin e hijos. Manufacturas de...”

“Gracias, muchas gracias. No necesito ninguno de sus productos”.

“¿Es Sitchov? Mitchell ya nos dijo que...”

Cuelgo y una vez más me someto a una revisión cuidadosa. ¿Puedo estar haciendo todo en forma incorrecta? Leo las instrucciones otra vez, me fumo un cigarrillo y trato luego nuevamente. No hay respuesta.

“Supongo que los teléfonos del Slavyansky Bazaar deben estar fuera de servicio”, pienso dentro de mí. “Trataré en cambio con La Ermita”.

Leo cuidadosamente las instrucciones sobre cómo obtener mejores resultados con el cuadro telefónico, y luego disco.

“Comuníqueme con La Ermita”. Disparo al máximo de mi voz: “LA ER-MI-TA”

Se van cinco minutos. Diez minutos. Mi resistencia está cercana al punto de ruptura, luego súbitamente, ¡hurra! Escucho que repica.

“¿Quien está ahí?”

“Es el cuadro telefónico”.

“¡Prrrrr! Deme La Ermita.¡Por el bien de Cristo!”

“¿Fereynah?”

“LA ER-MI-TA”.

“Tratando de conectarlo”.

Por fin parece que mis sufrimientos está llegando a su final. Estoy a punto de sudar.

Suena la campanilla. Me acerco la bocina y chillando dentro de ella: “¿Tiene una habitación sencilla?”

“Mami y papi fueron a ver a Serpahima Petrovna y Louisa Frantevna ha contraído gripe. Nadie está en casa.”

“¿Eres Seryozha?”

“Soy yo- ¿Quien está ahí?” (Risa). “¿Pavel Andreich? ¿Por qué no viniste ayer en la tarde?” (Risa) “Papi nos dio un farol chino. Lo puso en el sombrero de Mami y pretendió ser Avdotya Nikolaevna...”

Repentinamente, la voz de Seryozha desaparece y desciende el silencio. Me quito el auricular y disco durante tres minutos sin parar, hasta que mis dedos me empiezan a doler. Disparo dentro de la máquina: “¡Con La Ermita! El restaurante de la plaza Trubniy. ¿Puede oírme o no?”

“Ciertamente puedo escucharlo, señor. Pero esta no es La Ermita. Este es el Slavyansky Bazaar.”

“Es realmente el Slavyansky Bazaar?

“En efecto, señor. El Slavyansky Bazaar a sus órdenes”.

“Vaya. No puedo entenderlo. ¿Tiene habitaciones disponibles?”

“Verificaré para usted en un momento, señor”.

Pasa un minuto. Pasan varios minutos. A través del auricular pasa un ligero sonido lluvioso.

“Dígame. ¿Tiene habitaciones libres o no?”

“¿Qué es lo que desea exactamente?” Me pregunta una voz de mujer.

“¿Es el Slavyansky Bazaar?”

“Esta es la centralita. ¿Como puedo ayudarlo?”

(Continuación ad infinitum.)

FIN



Si le han gustado los cuentos de Chejov, aca les dejo el link= http://www.ciudadseva.com/textos/cuentos/rus/chejov/ac.htm DEJEN PUNTITOS!!!

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2 comentarios - Cuentos cortos para pensar.

@crisandroid
buen post de los cuentos grasias