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Salud Publica y Salud Mental

Acá les dejo una breve monografia que realice para un seminario, de la carrera de Psicología (U.N.C).
Si bien tiene cuestiones teóricas, posee una reflexión para pensar la salud mental dentro del marco capitalista.


Al final les dejo un link sin desperdicios, sobre la experiencia realizada en San Luis por el Dr. Jorge Luis Pellegrini, a quien tuve el agrado de tener como profesor durante el trascurso del seminario que les mencione.Tal experiencia tiene que ver con la desaparición de los manicomios y el abordaje de la "locura" a partir de la transformación del Hospital de Salud Mental.






“Si uno va a la iglesia y habla con Dios, eso se llama rezar. Si sale uno de la iglesia y le dice al policía de la esquina que Dios ha hablado con uno, eso es Esquizofrenia”. Thomas Szasz.



Introducción:


En la presente monografía se intentará hacer una lectura crítica de la situación de la Salud Publica en la Argentina y de la Salud Mental en particular, abordando el tema del uso y abuso de psicofármacos como otra forma, además del manicomio, de “opresión” y de intento de paliar el malestar subjetivo de los enfermos. Se tendrá en cuenta, para tal análisis, las políticas de Estado y las situaciones sociohistóricas que siempre enmarcan y determinan los modos de abordar las distintas problemáticas en el campo de la Salud.


Desarrollo:


El problema de la atención en Salud Mental proviene desde hace siglos atrás y por lo tanto no resulta un problema nuevo. José Ingenieros (2005) relata las condiciones paupérrimas en que se trataba la locura, ya en el siglo XIV, con hospitales que no tenían ni médicos ni boticas, con lo cual la mayoría de los enfermos debían ser tratados a domicilio, aumentando de esta forma la atención por parte de curanderos; también relata las condiciones infrahumanas que acontecían en el Hospital General de Hombres y el Hospital General de Mujeres, ambos a principio del siglo XIX, y funcionando como un verdadero depósito de alienados, donde los locos no eran atendidos sino “gobernados” por un capataz, el cual los golpeaba si desobedecían, se los encerraba en calabozos, celdas, utilizaban cadenas, cepos, etc, es decir, todo tipo de dispositivo de encierro que se justificaba a través de la idea de “peligrosidad”. Por otro lado, es importante remarcar que siempre las circunstancias económicas y sociales son determinantes de muchas decisiones que se toman en el plano de las políticas de Salud Pública en general, pues como bien señalaba Ingenieros (2005) en la época de Rivadavia hubo grandes innovaciones en la administración sanitaria, basadas en la idea de asistencia pública como deber de solidaridad social, ideas que fueron olvidadas una vez que comenzó la tiranía de Rosas, donde todos los servicios públicos quedaron desamparados, no solo hospitales sino también escuelas y cárceles, pues para el gobierno de Rosas era conveniente disminuir los gastos del Tesoro Público y que tales instituciones se mantuvieran con la escasez de socorros que la ciudad podía proporcionar. Es posible entender, por lo tanto, que los problemas en Salud Mental tienen que ver fundamentalmente con el deterioro que se viene produciendo en el campo de la Salud Publica en general, con las demandas en salud y con las formas de atender tales demandas. Actualmente estamos inmersos en un contexto capitalista donde las leyes de la oferta y la demanda son las que rigen en todos los ámbitos, y la salud no es la excepción, pues ésta se ha convertido en un producto más a adquirir: la salud se convirtió en un servicio, quien tiene plata accede a ella. Tal forma de concebir a la salud, ya no como un derecho colectivo que debiera garantizar el Estado, involucra a aseguradoras y laboratorios, quienes son básicamente los únicos beneficiados en esta forma perversa de atender la salud en general, y la salud mental en particular.
La Salud Pública en Argentina tuvo épocas muy favorables y que tendían a la atención de toda la población, sin exclusión de quienes no tenían los recursos para la asistencia, tal es la época en la que el Dr. Ramón Carrillo funda el Sistema de Salud Pública en 1946, sentando las bases de toda una red de servicios que hasta el momento no había. De este modo, la salud pública pasaba a formar parte de toda la población, basada en tres principios: equidad, gratuidad y universalidad. Y dentro del campo específico de la Salud Mental hay tres hechos que son determinantes durante el año 1957, a saber: la creación del Instituto Nacional de Salud Mental, la creación del Servicio de Psicopatología en el Hospital de Lanús (fundado por el Dr. Goldemberg) y la creación de la carrera de Psicología de la UBA. Tales hechos afirman la necesidad de tratar la salud mental afuera del manicomio, tratando las enfermedades psíquicas de la comunidad y abordando también tareas de prevención, sumando a otros actores como los Psicólogos, y no solo los Psiquiatras.
Retomando la asistencia de la Salud Mental, es la política y el gobierno de turno quienes determinan las formas de asistencia y las maneras de abordar las demandas; en la época de los `90 comienza una política neoliberal basada en el recorte del gasto público, la privatización, la focalización del gasto social público con el objetivo de remercantilizar el bienestar social (Laurell, 1992); actualmente la salud mental responde a dicha lógica de mercado, pues solo pueden atenderse los locos que tienen la plata para pagar una internación o comprar un psicofármaco, y es ahí donde está la ganancia de los laboratorios y de los tratamientos en el manicomio, utilizando la polimedicación sin tener en cuenta paralelamente una trabajo de psicoterapia y descuidando por completo el contexto social del que el enfermo emerge, es decir, descuidando qué es lo que lo enferma. Es importante buscar un enfoque de acción que incluya una Gestalt básica, como lo es la ecología en que se mueve el individuo que está funcionando como emergente del conflicto (Fiasché, 2003)
Cuando no es el chaleco de fuerza, es el chaleco “químico”, con el cual se busca medicalizar el padecimiento de los enfermos, por ello es que, como plantea Basaglia (1999), en las instituciones manicomiales no hay cuidado sino “custodia” del paciente, y no hay ideología de cura sino “ideología de castigo”, castigo para el que es diferente. En ese marco, se hace necesario pensar la Salud Mental y la transformación del modo de atender a sus demandas teniendo en cuenta las políticas que determinan la estructura social del momento, pues es imposible pensar en una transformación descontextualizada; al respecto Basaglia (1999) opina que “el enfermo tiene en su interior toda la problemática social, que está íntimamente ligada con la lógica del sistema social en que vive”, la locura nos revela cuestiones sociales que están presentes pero de las cuales no se habla y es necesario tenerlas presentes a la hora de transformar los modos de abordar la locura, y siguiendo a Basaglia, la idea de cambiar la institución, es también lograr que “la locura sea un problema de todos”, y que el loco sea aceptado, ya no siendo alguien diferente. En ese sentido el desafío es poder oponerse al poder que ha adquirido en este último tiempo el sector privado y luchar para que el Estado se haga cargo de la salud como el derecho colectivo al que todos debemos poder acceder, recuperando los tres principios de la Salud Pública, y no que la salud sea un servicio al cual solo acceden los que tienen plata o recurso económico.
Todo ello sirve para pensar en la importancia de que el Estado intervenga con políticas públicas adecuadas que respondan a las necesidades de la población, específicamente en este caso con la población que padece una enfermedad mental. Sin políticas pensadas para el bienestar y la salud del pueblo, lo único que aparece son lógicas lucrativas, tal como señala Enrique Capella (Comunicación personal, 10 de junio de 2011) la “pastilla” para el estilo de vida y para aliviar los malestares de la vida actual, como una solución mágica o respuesta inmediata…la medicalización de la vida cotidiana . Tal situación, al igual que el manicomio, no responde a las necesidades del paciente; al respecto Basaglia (1999) opina: “es solamente en el momento en que confío en el enfermo y que éste confía en mi, cuando puedo utilizar cualquier técnica, cuando puedo utilizar fármacos, porque pienso que son un medio terapéutico para el enfermo, pero cuando utilizo fármacos sólo porque son funcionales para la institución, no curo a nadie”. Esa es la idea de pensar el uso racional de fármacos, utilizándolos para corregir o disminuir los síntomas en una primera instancia, para luego abordar a esa persona desde una psicoterapia, con acompañamiento terapéutico, estableciendo redes sociales y todo aquello que sirva para conectarlo nuevamente con la realidad (Enrique Capella, comunicación personal, 10 de junio de 2011). Es decir, el mal uso o abuso de los psicofármacos sólo sirve para la opresión, para ocultar lo que la locura devela.
Finalmente, he citado al principio del trabajo la frase de Thomas Szasz (1999) porque sirve para pensar en aquellos “pacientes involuntarios” que son colocados en ese rol, siendo tratados como si realmente estuvieran enfermos, en ese sentido Szasz habla de enfermedades funcionales porque con el diagnóstico y tratamientos se oculta lo que realmente son: prisioneros. Similarmente, Basaglia (1999) dirà que los diagnósticos no pueden utilizarse para la opresión del prójimo, ni utilizar lo diferente para imponer la desigualdad. Es importante tomar estas consideraciones y actuar con prácticas que tiendan a la emancipación de los sujetos, actuando para favorecer la salud y reforzar los aspectos más sanos de tales personas y la comunidad en general.


Bibliografía:


Basaglia, F. (1999) Razón, locura y sociedad. Ed. Siglo Veintiuno.
Fiasché, A. (2003) Hacia una psicopatología de la pobreza. Ed. Madres de Plaza de Mayo.
Ingenieros, J. (2005) La locura en la Argentina. Ed. Buena vista.
Laurell, A.C (1992) Estado y políticas sociales en el neoliberalismo. Fundación F. Ebert.






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