La batalla de San Lorenzo

La batalla de San Lorenzo

San Lorenzo fue más que una anécdota, San Martín terminó con el control que tenía el enemigo sobre las corrientes fluviales, batalla que se combinó con las victorias de Belgrano en Tucumán y Salta para evitar que la Revolución sufriera una derrota gravísima

El 3 de febrero podría ser un problema de las maestras para la recordación de efemérides, si no fuera que –salvo en algunos lugares de la Patagonia- no hay clases. Ese día, el calendario recuerda dos batallas: San Lorenzo y Caseros.

Claro que no fueron la misma cosa. San Lorenzo fue una victoria de quienes luchaban por la independencia de esta parte de América. Y fue una batalla, aunque en algunos libros se lo llama combate.

Algunos que saben, dicen que se llama batalla a las que por la cantidad de efectivos que lucharon o por su importancia militar merecieron ese nombre. Como en San Lorenzo, 3 de febrero de 1813, sólo pelearon unos 120 granaderos contra 250 realistas, se lo suele considerar un combate. Se le reconoce importancia por ser el primero que libró San Martín -y los granaderos- en la Guerra por la independencia. Además, se lo suele reconstruir en exhibiciones por la espectacularidad de la carga de caballería sobre los godos que desembarcaban.

Sin embargo, San Lorenzo fue más que una anécdota. Si miramos el mapa de la fecha, vemos que se combinó con las victorias de Belgrano en Tucumán y Salta para evitar que la Revolución sufriera una derrota gravísima.

En mayo de 1810, toda la fuerza naval del virreinato se pronunció contra la Junta de Buenos Aires y se hizo fuerte en el puerto de Montevideo. Aprovechando que los realistas habían mantenido el control del mejor puerto natural del Plata, a fines de 1812 iniciaron una serie de desembarcos y saqueos en las costas del Paraná.

San Martín, con sus recién creados granaderos a caballo, fue enviado a patrullar la zona. Tenía una misión concreta que cumplir, y la cumplió: terminar con el control que tenía el enemigo sobre las corrientes fluviales. Calculando el camino que recorrería una flotilla salida recientemente de la capital oriental, se instaló cerca del convento franciscano de San Carlos, a unas cinco leguas al norte de Rosario.

Con el apoyo de los frailes, que como ocurría con la mayoría del clero regular simpatizaba con la revolución, pudo atacar al desembarco enemigo en un movimiento de pinzas de dos columnas que aparecieron sorpresivamente a ambos lados del convento.

El triunfo fue completo, pese a que estuvo a punto de costar la vida del jefe. Sabido es que el caballo del San Martín cayó bajo el fuego enemigo, y el correntino Juan Bautista Cabral impidió que fuera muerto por los infantes españoles.

Más allá del heroísmo de Cabral y del talento del coronel, San Lorenzo fue un triunfo que puso fin a las correrías realistas en las costas del Paraná.

Belgrano, que desobedeció al Triunvirato y se quedó en Tucumán para vencer al general Tristán, no lo hizo sólo porque se lo pidieron los tucumanos y lo inspiró la Virgen de la Merced. Él sabía que si los realistas ocupaban Tucumán, estos habrían bajado de la montaña a la llanura, y les habría resultado sencillo avanzar hacia Buenos Aires. Con la ayuda de los desembarcos que las tropas de Montevideo realizaban sobre el litoral.

Detenidos los realistas en la costa oriental del Plata y en el Alto Perú, la actual Bolivia, la revolución pudo rehacerse. Más adelante, mientras Güemes y sus gauchos defendían la frontera norte, el Ejército de los Andes cruzaba los Andes, vencía en Maipú, e iniciaba la etapa final de la liberación continental en el mismo centro realista del Perú

Por eso San Lorenzo fue una batalla y su importancia no estuvo en el bautismo de fuego de los granaderos, ni en la espectacularidad de la carga de caballería. San Lorenzo, con Tucumán y Salta salvaron a la Revolución.

Caseros, en 1852, fue otra cosa. Pero eso es otra historia.

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