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Caín

La primera noche que siguió al crimen que cometiera contra su hermano, Caín quiso descansar, y así lo hizo. Se arrebujó en una piel de cabra y durmió. Soñó que volaba, como las aves, y su vuelo era bueno. Vieron sus ojos la tierra, allá abajo, y deseó arrojarle una piedra. Su mano poseía mano de piedra, quitóse entonces la mano y dejó que cayera sobre los campos. Cuando su mano golpeó sobre la tierra, un gran resplandor borró el sol, y como empujado por un trueno empezó a crecer un gigantesco hongo de humo, sangre y llanto. Escuchó su voz pronunciando una palabra desconocida: “Hiroshima”. Caín despertó sobresaltado y empapado en sudor.

“Sigo creyendo que el mío fue uno de los mayores aportes a la paz” (Paul W. Tibbets, piloto del B-29 de la Fuerza Aérea de EE.UU que arrojó la bomba atómica sobre un blanco poblado. Hiroshima, 6 de agosto de 1945).

“Los rayos térmicos atravesaron todas las capas de la piel: tanto la grasa como los fluidos del cuerpo se evaporaron y dañaron los intestinos. La piel se desprendía como la cáscara de una papa hervida” (Historia Cínica proporcionada por el Hiroshima Genbaku Irioshi).

El amanecer fue rojizo y desapacible. Caín se irguió y contempló el llano vacío. Temió a un sueño y lo desechó. Tenía hambre y sed. Cuando la luz del sol fue pareja sobre la tierra, Caín apretaba un pájaro en su mano. Lo apoyó sobre la húmeda arenilla, y hundiendo sus poderosos dedos en la pechuga del ave, desgarró la carne emplumada. Comió de ella cuanto pudo y dejó los restos dispersos.

Eligió un punto cualquiera del horizonte y echó a andar en el desierto. Caín, a poco de reiniciar su camino, divisó en la lejanía algo que parecía un campamento extenso, reverberando entre el polvo.

Encontrándose ya a pocos metros alcanzó a ver un cartel de hierro negro y oxidado, arriba, como frontispicio, en el que se leía: arbeit macht frei (El trabajo os hará libres).

Las construcciones pobres, de madera, traían olores a carne podrida. Una enorme mancha de ratas se movía con celeridad, chillando, arrastrando un dedo humano o la oreja de un niño. Aterrorizado, sin comprender, Caín lanzó un alarido. Y su grito pareció reavivar el chillido de las ratas. Temblando, su mirada reparó en un cartel que decía: Auschwitz.

“Un SS alza a un pequeño por los pies y lo arroja al aire mientras otro tira sobre ese blanco viviente. Más allá, un SS arranca un bebé de los brazos de su madre y lo desgarra en dos, sujetándolo de una pierna y manteniendo la otra bajo su pie.” (Testimonio de un sobreviviente del campo de exterminio de Auschwitz.)

Caín grita, teme la noche que llegará, que ya se insinúa detrás de las piedras.

Hace frío, Caín se envuelve en la piel de cabra. Penosamente se duerme. Sueña con hombres amarrados y sus ojos tapiados por trapos sanguinolentos. Todo es oscuro. Se escuchan gemidos, los trae el viento de la madrugada, hay ayes y respiraciones agónicas. Hay sombras que se mueven. De esas sombras brotan truenos, fuego y más dolor. Los hombres maniatados gritan, se retuercen y caen. Caín trata de alejarse de la escena, pero no puede. Entonces logra palabras desconocidas para él. Dice: Margarita Belén. El 17 de mayo de 2011 fue un luminoso día de Justicia. Ocho responsables directos de la Masacre de Margarita Belén fueron condenados a cadena perpetua en cárcel común. Se esperaron 35 años. La Historia y la Justicia suelen ser pacientes. Aún faltan hallarse cuatro fusilados desaparecidos e identificar a la totalidad de los genocidas que integraron el grupo.

Miguel Angel Molfino

Escritor y periodista chaqueño. Su último libro es Monstruos perfectos.

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