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Cronicas motoqueras, puertas que se cierran y no abren nunca

Hay puertas que indefectiblemente se cierran para siempre.
Algunas que simplemente cerramos a propósito, hay otras que nos cierran otros, y hay algunas que solo se cierran en silencio; sin eco y sin ruido. Algunas se cierran solo porque no conducen a ningún lado y otras porque las cerramos para sentirnos seguros y tranquilos. A veces es solo el paso del tiempo y otras veces la inmediatez de lo presente.
Solo de algo estoy seguro, aquellas puertas cerradas seguramente nunca vuelvan a ser abiertas otra vez.

No me sobran los momentos de libertad absoluta. Para ser claros, creo que a nadie le sobran. Vivimos corriendo de aquí para allá con y sin sentido muchas veces. Marcados como en una “ejecución” por el reloj de rigor. A veces el tiempo, al que consideramos de nuestro lado, nos corre de atrás comiéndonos la cabeza y sin darnos cuenta, nos fumamos un día entero si ni siquiera chistar. Los días, como las olas del mar, van y vienen y ni siquiera en ese frenesí nos dan un mínimo resquicio de libertad, aunque nos guste creer lo contario y así, al final nos encontramos con los bolsillos vacíos, como a la salida del casino. Creemos que porque miramos algo de televisión, solos a la noche o que cuando salimos a divertirnos somos libres, pero dentro muy dentro sabemos que no es así. Vacaciones, cenas, fiestas, solo placebo para el alma presa.
Son solo momentos, pero escasean, como la buena voluntad. Y aun así jamás son momentos absolutos.

Pero cada sábado por la mañana, antes de entrar a trabajar, bien temprano tipo siete, encuentro un huequito pequeño de libertad y lo aprovecho bien a fondo.
Es un hueco de libertad de quince minutos o a lo sumo veinte. No más. Son suficientes..
Soy como un lobo viejo, que se escapa unos minutos de la tranquilidad durmiente y caliente de la jauría y se manda al bosque helado solo, para recorrerlo en silencio. Para redescubrir sus viejas huellas ya caminadas.
La calle siempre vacía, y especialmente en invierno cuando se torna sumamente gris y acogedora, como un bosque escarchado. Me meto en la bruma, en mi bruma…y soy feliz.
Generalmente, me tomo un café mañanero en silencio, y desayuno un cigarrillo negro.
Tipo siete y media, me empiezo a desnudar de las cosas de la semana y me preparo para salir al bosque.
El sábado, no llevo ni el celular, ni el manojo de llaves enorme, ni billetera, es mas ni siquiera me pongo el casco.
Me sumerjo en mi pequeño huequito de brisa casi sin equipaje.
Ni siquiera agarro la moto negra y roja que uso para trabajar, la moto tipo “cross” o como la bautizaron algunos amigos la “motochorra”, por el aspecto aguerrido y el motor picante.
Agarro a la “petisa”, la moto de paseo, la negrita, tipo chopera. Incomoda para trabajar pero mucho mas agradable para viajar, para que el viento te deje marcas bien profundas en la cara..
Bien livianito, arrastro lentamente y en silencio la moto a la calle para no despertar a nadie, ni siquiera al perro, que de todas maneras intuye mi escapada y me da la despedida de rigor antes de volver a tumbarse junto a las maderas ardiendo.
Y ahí voy, como aquel lobo viejo. Ligero de equipaje, dispuestos a disfrutar al máximo aquel momento pleno de libertad.
¿Cuantos pueden decir lo mismo?
Recorro lentamente, muy lentamente las calles húmedas, mudas y claroscuras.
Solo el ronroneo de la “petisa” se escucha en el mundo, voy solo con mis pensamientos.
Árboles helados, deshechos, pajonales y pequeños laguitos congelados.
Paseo libre entre los barrenderos que me conocen y saludan, y zigzagueo a algún que otro tambaleante sobreviviente de la noche y surfeo en un asfalto frío.
El viento fresco me rejuvenece, el silencio me abriga y hasta el rocío seguramente contaminado, me parece agradable.
Son solo quince o veinte minutos, pero absolutamente libres, míos.
A veces paro un instante frente al viejo edificio de un amigo que ya no esta, otras cruzo frente a la casa de aquella vieja novia que tanto me marcó y otras simplemente me dejo llevar por recovecos de la mente o de la calle, y serpenteo sin sentido un rato.
Nada especial, aunque bastante especial.
Solo un momento de absoluta libertad.

El último sábado había dormido extrañamente bien y profundo, y hasta soñé.
En el sueño, estábamos mi primo y yo, en la casa de mis abuelos maternos. Una casona inmensa y misteriosa para nosotros. Un laberinto de de habitaciones mágicas, secretas y prohibidas. Cuadros, fotos, pequeños adornos a miles. Fotos viejas, algún pergamino en un idioma lejano e incomprensible y baúles llenos de caramelos, siempre listos para sus nietos. La vieja heladera Siam, cargada exageradamente de fiambres y comida, huellas de la guerra. Placares con corchos, alambres, sogas, pilas usadas, tijeras grandes y pequeñas, hilos de coser, “cositos de la pizza” y mil pequeñeces más, que vaya uno a saber por que mis abuelos acaparaban sin razón. En todas las piezas una radio sonando en AM una tal “radio Colonia” y los ignorados por nosotros “patines para los pisos de mármol” deambulando huérfanos de nuestros juveniles movimientos. Un piso siempre reluciente, un patio, para nosotros en esa época enorme, hoy casi mediano.
En el sueño, mi primo, aquel que nunca más vi, y yo éramos adultos.
Estábamos esperando en la casa vacía, no se que cosa. Charlábamos en la cocina, frente al viejo televisor “Aurora Grundig” adorado por mi abuelo, sentados alrededor de la mesa, con el reglamentario mantel beige a cuadraditos plastificado y un nylon encima..
El resto de la casa vacía y llena. Al cabo de un par de horas, recuerdo que mi primo me servia unos vaso de vino sacados del pingüino de mi abuelo y recargados con soda, sacado de un sifón a gas que cada tanto cargábamos, y nos reíamos del desastre de aquel proceso que misteriosamente aprendimos a hacer con solo mirar a mi abuelo.
Y nos divertía muchísimo.
Paseábamos por el patio abandonado y frío, por las habitaciones vacías, por el comedor aun reluciente y hurgábamos buscando entre las cositas que había en los cajones infinitos. No recuerdo bien, pero como hacíamos de chicos siempre nos llevábamos algo.
Hasta usábamos los patines con los que mi abuela nos esclavizaba.
Al rato. Alguien entraba. Una pequeña muchedumbre desconocida, divagaban por la casa, nos saludaban, aunque para nosotros eran extraños. Sonaban animados
Nosotros en silencio y mirándonos, saludábamos.
Lo último que recuerdo son un par de abrazos y la puerta cerrándose.
Cerrándose frente a nuestras narices para siempre.
Y ahí nomás me desperté casi entre sollozos, con un nudo en la garganta.

Por fuera, la casa estaba igual a la que recordaba. Las paredes exteriores llenas de una piedritas verdes y grises brillosas con un dibujo ininteligible y borroso. Algo más arreglada, pero definitivamente igual.
Mismas ventanas, mismas rejas despintadas, mismo arbolito deshilachado en la puerta.
Algunas baldosas extra, del piso rotas. Y unos charcos barrosos y desparejos. El mismo kiosco-ventana al lado, y dos o tres persianas del primer piso aun conservaban las roturas originales. Hasta el postigo de la puerta lucia aún manchado y quemado por ese petardo que hicimos estallar dentro de la botella un año nuevo. Y que me costo tres puntos en la frente.
La misma puerta. Cerrada para siempre frente a mí.
Como siempre me arrimé al costado.
Me bajé de la moto y en silencio me quedé un rato mirando vacio la silueta fantasmal de esa casa que me era tan familiar y ahora se desvanecía.
Amagué con volver a la moto, pero una atracción imantada me hizo acercarme y sentarme en el pequeño escalón que medio rajado sobresalía, igual que antaño.
Solo y en silencio me quedé un buen rato, intentando reconocer olores olvidados, siluetas y formas conocidas, intentando recuperar el tiempo. Solo y en silencio.
Habrán pasado cinco o seis minutos cuando recordé que el hueco de libertad pronto se cerraría. El pasadizo se terminaría.
Eché un par de miradas mas a mí alrededor, suspire emocionado y húmedo, y partí a trabajar.
Es allí donde por fin comprendí.

Algunas puertas se cierran para siempre, solo el recuerdo queda y aún así se desvanece como el humo y quizás, solo quizás…. regresa en forma de sueños.


Puertas que se cierran y no abren nunca más.

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