La escritura hospitalaria de Julio Cortázar

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La escritura hospitalaria de Julio Cortázar

En los bolsillos siempre llevaba un cordel, que luego se convertía en juguete. Julio Cortázar había nacido bajo el signo de quien se queda al margen de la “consecución de fines útiles”, de la costumbre, viviendo la realidad desde el otro lado. Nunca se rigió por las leyes, prefería las excepciones. Enfermizo empedernido, le atacaban las enfermedades, el asma y las roturas de huesos. Era frágil como una paloma. Eso le hizo pasar mucho tiempo en cama… la lectura y la escritura fueron sus grandes descubrimientos, y así le dio vuelta a la página.

Julio recuerda en el programa A fondo, conducido por Joaquín Serrano, que su madre le contó que había empezado a escribir una novela a los ocho o nueve años, “que ella guarda celosamente a pesar de mis desesperadas tentativas por quemarla”. Leía tanto que algún médico llegó a recomendarle leer menos durante cinco o seis meses y salir a tomar un poco más de sol.

Pero para él escribir era divertirse, y leer era organizar la vida. Poco a poco, el niño que fue víctima, de grande pasó de largo las enfermedades y los miramientos.

De ahí nacieron héroes inestables como Johnny Carter, el perseguidor; Horacio Oliveira, el memorable intelectual decadente de Rayuela, y una serie de personajes de segundo orden que adornaron sus numerosos cuentos, como Pablito, el enfermo que se enamora de la enfermera Cora, o el mismo Lucas, en los relatos autobiográficos del libro que lleva su nombre.

Sin embargo, el personaje principal, cuando se trata de hospitales, es el mismo Cortázar, y lo registró en Un tal Lucas, libro que contiene dos relatos hospitalarios. En el primero, el enfermo es Lucas, que se divierte exigiendo a las enfermeras la colocación de un sillón y otros muebles donde pondrá una margarita, flor de la que se deshace al final del relato porque no es de su agrado; y en el segundo texto, Lucas se adentra en un viaje en la ciudad para encontrar algunos enseres necesarios que solicita Sandra, llamada también Osita.

Osita, asombrosa coincidencia o no, en Los autonautas de la cosmopista, es Carol Dunlop, la tercera esposa de Cortázar, quien también sufriría los estragos de la mala salud. Ella murió apenas unos meses después de haber terminado el viaje de 33 días que hizo la pareja desde París a Marsella, obligando a Cortázar a terminar el libro por su cuenta.

Jorge Enrique Adoum, en Desencuentros con Julio relata que en septiembre de 1982 una universidad en España quiso rendirle un homenaje a Cortázar entregándole una medalla, pero “Julio no pudo asistir atado como estaba a la cama de hospital de su mujer”.

De esos días, Cortázar complementa la historia diciendo que la “Osita empezó a declinar, víctima de un mal que creímos pasajero porque en ella la voluntad de la vida era más fuerte que todos los pronósticos, y yo compartía su coraje como siempre compartí su luz, su sonrisa, su enamorada vivencia del sol, del mar y de la esperanza en un futuro más hermoso.”

La muerte de Carol solo es la punta del ovillo que desataría una polémica internacional, porque dos años después Julio Cortázar murió de leucemia, esa es la versión oficial. Aunque en el libro de Los autonautas, la Osita escribe que: “Contrariamente a la mayoría de los animales de la especie, el Lobo blanco presenta una brecha en sus defensas inmunológicas, por la cual pasa el mundo”. Cristina Peri Rossi dice que esa brecha se debe a que Cortázar murió de sida. Pero eso ya no importa, porque no cambiará en nada el curso de la historia. El último round del escritor.

Eso sucedió un 12 de febrero. Dos meses antes Cortázar fue un huésped semanal de los hospitales. Estaba “malhumorado harto de venir arrastrando tres años de alergias y seis meses de leucemia y otros trastornos”. Adoum le preguntó cómo estaba, Julio respondió “mal como de costumbre”. Hasta que ese día de febrero, a las 5 de la mañana inició su regreso solitario a la nada. "Desde esa hora estuvo muriéndose hasta que al mediodía un doctor le inyectó un veneno para que no siga sufriendo".

La estadía de Cortázar en el hospital recuerda la de Pablo Morán, del cuento La señorita Cora. El detalle de los procedimientos y lo descripción de los síntomas, el proceder de las enfermeras, permite entrever que el narrador es muy versado en asuntos hospitalarios.

En ese tiempo Cortázar no sospechaba ni de su larga enfermedad ni su dolorosa agonía. Escribía de lo que vivía, veía y pensaba de la realidad, a la que siempre vio como un juego de niños pero trató con seriedad. Por eso, Vargas Llosa dice que “no es coincidencial que su novela más ambiciosa llevara como título Rayuela”.

En este libro nuevamente aparece el escritor con sus manías, sus miedos y sus debilidades. Cortázar ha escrito el desenlace durante varias semanas en un estado febril, casi alucinado, sin saber siquiera si es de día o de noche, llevando al límite su cordura. En el final de Rayuela aparece el laberinto de cuerdas, que confinó a Horacio Oliveira en un refugio mental, por la inseguridad que representaba el mundo. Los mismos piolines que el escritor coleccionaba para hacer juguetes, esta vez se transformaron en las armas secretas para llegar al cielo. Cortázar ya sabía el precio, y no dudó en poner el punto final para convertirse en su obra maestra.

Publicado en Ache, revista de Literatura y Cine, #1

Fuente: http://www.arteparatontos.blogspot.com

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