Carta desesperadamente triste por el planeta Marte

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Como parte de una humanidad, habituada a destruir casi todo lo conocido, y tal vez más ya que cada día desaparecen especies de la es que ni siquiera sospechamos su forma, no debería entristecerme. Pero hoy no puedo dejar de llorar por la extinción de un solo plumazo de toda una especie (un manotazo duro, un golpe helado, escribió una vez Miguel Hernández. Pero no tengo su talento aunque si su dolor).

Hoy la guadaña de algún dios demasiado sabio o por completo incompetente, decidió llevarse la civilización marciana, y con ella temo que se hayan ido para siempre los últimos dragones, los monstruos al final de la escalera y lo poco que quedaba del chico que vivía dentro mío.

A lo mejor, a vos que leés esto de paso, te parece una tontería que un tipo grande escriba estas cosas, pero no puedo dejar de temblar pensando en las ruinas que el viento marciano terminó de cubrir de arena, ni puedo dejar de escuchar el llanto de millones de seres morenos de ojos amarillos mientras Montag intenta -una vez más en vano- salvarlos del fuego.

Pero creo que más que por ellos lloro por mi, que no amaba tanto a Glenda pero soñaba con Ceci y solía dormir entre las alas del tío Einar. Y no me consuela creer que el rayo este ahora sentado en el Pequod a la diestra de Poe, ni que me haya enseñado a soñar.

Se nos fue Ray, el hombre, el poeta, el soñador más cruel de todos porque nos hizo creer en sus sueños mecanografiados a doble espacio; se nos murió Bradbury, el último marciano.

Poco valen estas líneas, lo justo para frenar apenas el dolor de no poder volver a buscar en el cielo el tercer planeta sin un nudo en el corazón, esperando ver alguna señal en ese cielo ahora tan lejano que diga ‘Estamos acá… seguimos acá. No vengan, así somos felices’.

'La muerte es un asunto solitario' escribió una vez este que fue (es) algo más que un maestro en algo más que la escritura, pero hoy dudo si nos somos nosotros los que estamos solos y cada vez más pobres.

91 años me sabe a poco cuando se trata del cuidador de las pesadillas, del astronauta de la melancolía, del que me consolaba ante la página en blanco, cuando se trata de mi amigo Doug.

No sé, nunca había sentido esta tristeza, tan distinta a cualquier otra, que no me deja siquiera escribir.

Perdón taringuero si sentís que perdiste el tiempo con estas líneas, pero para que por lo menos te lleves algo te dejo una canción que Silvio Rodríguez le dedicó hace mucho.

No te pido nada más, solo que si lo ves por ahí me escribas para contarme que no es verdad que se murió y que en los pueblos de Marte todavía corren canales repletos de vino del estío.




link: http://grooveshark.com/songWidget.swf?songIDs=26743924&style=metal&p=0

Cayó una estrella

(Silvio Rodríguez)
A Ray Bradbury,
por su «Calidoscopio».

Cayó una estrella
—una hebra de diamante por el cielo—
y un niño la encontró
y se le vio reír
y pidió para diez
y pidió para mil
cien mil
y todos…

Cayó una estrella.
Cayó un destello,
cayó un cabello,
cayó una sonrisa
de plata en la brisa,
cayó una canción.

(1980)

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