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Aventura Subterránea - Cuento Propio

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Aventura Subterránea


"La luz se hacía cada vez más grande en el asfalto y sentía el temblor de la bestia [...] en su nuca"


A pedido del público les traigo un nuevo relato. Esta vez le toca el turno a "Aventura Subterránea", una historia que esconde una trama en torno a la regresión y lo infinito. Nuestro personaje, un joven sordo que se dirige a la biblioteca nacional, se pierde en las profundidades de la ciudad y comienza una aventura que no se imagina. El final del relato sorprende al lector, y lo lleva a un viaje por los subsuelos de la calle porteña.


Juan se reincorporó luego de haberse llevado puesto al oficial que se encontraba parado frente a las vías del subte. Juan era un joven que sufría de sordera y había venido desde un país vecino a visitar a unos parientes en la metrópoli porteña. Se iba a quedar por unos días antes de que comience la actividad escolar. Antes de pasar por la casa de sus tíos tenía pensado ir a la biblioteca nacional a retirar unos libros que le había pedido su tío. No era la primera vez que Juan viajaba en el subterráneo, de hecho ya lo había hecho en otras oportunidades cuando había tenido que acompañar a su tío al medico o hacer trámites. Conocía la rutina del viaje como la palma de su mano. Cuando se tropezó con el oficial, Juan hizo un gesto con su anatomía indicando que se había caído sin querer.
- No se preocupe caballero a veces pasa. ¿Qué va a hacer?- El policía había notado la discapacidad del muchacho y muy amablemente le preguntó haciendo gestos con sus manos.- ¿Quiere que lo ayude?
A lo que Juan contestó haciendo un gesto de negación con su cabeza. El muchacho estaba ahora sentado apoyado contra la pared mirando en dirección al túnel de donde iba a venir la formación. Se quedo mirando fijamente por un rato hasta que las luces delanteras del vagón lo alumbraron de lejos y se paró de un salto. Entró mirando su asiento de reojo y se abalanzo hacia él. De todas formas no había mucha gente, y había muchos asientos que se encontraban vacíos. Estaba cansado ya que no había dormido bien las noches anteriores y ahora la somnolencia lo amenazaba a cada rato. Tenía miedo de dormirse y pasarse de estación.
Sin embargo, no bien pasó las primeras dos estaciones que Juan ya se encontraba recostado contra el respaldo dormido placidamente. Fue en ese transcurso que Juan estaba en un viaje sueño profundo que por los parlantes se avisó que la próxima estación sería la del final del recorrido debido a que la formación entraría a la sala de reparaciones por un desperfecto en el motor. La poca gente que se encontraba en ese vagón bajó sin inmutarse siquiera mientras Juan seguía durmiendo. Fue cuando sintió un brusco movimiento que abrió los ojos y miró a su alrededor. Estaba todo oscuro, no había gente, y el vagón ya no estaba en movimiento. Se desesperó e intento buscar a alguien en la oscuridad, pero no había nadie. Miró por la ventana hacia fuera y llegó a ver que había una continuación del recorrido de las vías que seguía indefinidamente y a lo lejos se perdía en una curva estrecha. Se tomo de los bastones de acero y comenzó a circular de un vagón a otro hasta que llegó a la sala del maquinista. Entró, y con la luz del celular alumbró el interior de la sala. Había una bandeja con muchos botones y palancas frente al asiento donde se suponía que debía sentarse el conductor de la formación. Juan se acerco y miró una palanca que sobresalía por las demás ya que era de un fuerte color rojo alarmante. La accionó con fuerza, y sintió un fuerte temblor. Sin darse cuenta había activado la apertura de puertas de emergencia. Volvió al vagón que conectaba con la sala del conductor y vio que las puertas ahora estaban abiertas. Bajo dando un salto al pavimento, y ahora yacía en medio de las vías del subterráneo.
Rápidamente se le vino a la mente que podía ser presa fácil de un accidente de cualquier tipo. Siguió caminando hasta el final del corredor donde el camino se dividía en dos direcciones. Se dejo llevar por la intuición y camino hasta ver un cartel que decía: “Peligro: Zona Electrificada”. Su cara se tornó pálida por unos segundos. No tenía salida. Volvió por donde había venido, y tomó el otro camino. No tuvo tiempo a pensar si este camino igual que el anterior estaría también electrificado. Una luz fuerte y cálida lo sorprendió por la espalda. Se dio vuelta y llegó a ver lo que sería el tren delantero de una formación que se dirigía hacia él a toda velocidad. Juan no lo pensó dos veces y se encaminó a hacia el camino que tenia delante a toda velocidad. No miró hacia atrás en ningún momento, porque sabía que eso lo iba a desconcentrar. Tenía que correr como nunca lo había hecho en su vida. La luz del tren se hacía cada vez más grande en el asfalto y sentía el temblor de la bestia subterránea en su nuca. Una especie de cuaderno sobre el pavimento hizo que Juan perdiera el equilibrio y tropezara con las manos hacia a su cara. Tomó el cuaderno sin entender que hacia allí. Sabía que tenía poco tiempo, y no se iba a quedar allí tirado sin hacer nada, esperando que el tren lo pasara por encima. Se levantó de un salto y comenzó a correr sosteniendo el cuaderno con su mano, con más fuerza todavía. Poco a poco iba perdiendo el rastro de la formación. Siguió así hasta que vio un pequeño hueco al costado de las vías que sobresalía y se abalanzo sobre el mismo.
Estaba a salvo. Tomó el cuaderno con sus dos manos y lo abrió. Allí yacía escrito en letras grandes: “Falta poco, no te rindas.” No entendía porque alguien habría escrito algo así en un libro y encontrarlo en medio de las vías del subterráneo. Siguió por ese corredor que daba a un enorme paredón gris. Del techo colgaba una escalera muy oxidada que llegaba hasta el piso. Juan se tomó fuertemente de los barrotes y subió lentamente. Cuando llegó al extremo de la misma, se topó con una rejilla de metal que abrió de un fuerte golpe con el puño. Ahora estaba en un cuarto más oscuro y con cierto olor a viejo. Empezó a tantear en la oscuridad con sus manos hasta que con la yema de sus dedos sintió algo de firmeza. Lo tomó y se dio cuenta que era un libro. Y no era el único. Había decenas, cientos, miles de ellos. Comenzó a recorrer un pasillo bien ancho, y empezó a ver cientos de estantes altísimos con libros en ellos. Estaba en la biblioteca nacional. Era de noche, y obviamente ya había cerrado el lugar. Sin embargo, Juan había logrado entrar por un pasadizo oculto debajo de la tierra, donde ahora pasaban las vías del subterráneo. No podía creer donde estaba. Y lo había logrado él solo, sin la ayuda de nadie. Trató de buscar el libro que le había pedido su tío pero no estaba. Por un momento se sintió triste porque había hecho todo eso para luego encontrarse de que no estaba el libro que él se quería llevar. Salió de la biblioteca por la puerta de atrás y se dirigió a la casa de sus tíos con la mano en los bolsillos y la mirada perdida.
Tocó la puerta varias veces y la puerta se abrió después de un rato. La sala estaba bien iluminada y sobre la mesa del comedor principal había un libro que le resultaba conocido. Se acerco al borde de la mesa y lo miró con detenimiento. Era el libro que le había pedido su tío y que no había podido encontrar en la biblioteca. En la tapa del libro había una imagen de un chico corriendo y detrás una formación de subterráneo. En la primera página decía: Este libro esta dedicado a Juan. Y en la siguiente hoja, el título del libro: “Aventura Subterránea”.



Espero que lo hayan disfrutado tanto como yo lo hice escribiendo


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