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Caspar D. Friedrich : En los límites del silencio

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Caspar D. Friedrich : En los límites del silencio

Caspar D. Friedrich : En los límites del silencio


El literato alemán Heinrich von Kleist describió la paradoja trágica que implica constituirse en la única chispa de vida en el vasto reino de la muerte, el centro solitario del más solitario círculo. Precisamente ese estado interior es el que se expresa de las pinturas de Caspar David Friedrich: manifiestos visuales de los anhelos humanos de trascendencia y su ansia de infinitos.
El renombrado cuadro del pintor alemán Caspar David Friedrich (1774-1840) El viajero contemplando un mar de nubes está fechado en 1818. Se trata de un óleo que mide 74,8 centímetros de alto por 94,8 centímetros de ancho y se conserva en el Kunsthalle de Hamburgo (Alemania).

alemania

(El caminante sobre el mar de nubes (1818))

La obra contiene dos elementos contrapuestos de cuya armonía surge su belleza plástica y su verdad conceptual: son la realidad objetiva, universal de la naturaleza, y las reflexiones y sentimientos del personaje que la contempla; con este último, por contigüidad espacial y continuidad psicológica, se identifica el espectador. Muestra un grandioso paisaje de montaña al atardecer, un entorno de amplios horizontes y espacios luminosos visto desde el saliente de unas masas rocosas. Por debajo se contemplan las nubes y los bancos de niebla que envuelven el abrupto paraje. El lugar es, según parece, un hermoso valle de la Suiza sajona. Un caminante, de espaldas, vestido con un traje alemán tradicional, apoyado en su bastón, ha hecho un alto en el camino y observa ensimismado la vasta extensión natural que se muestra a sus sentidos.

Friedrich fue, además de pintor, filósofo. Se ha identificado la dualidad naturaleza-hombre de sus composiciones paisajísticas (un motivo recurrente) con la contraposición simbólica, arquetípica, entre el cuerpo y alma, lo terreno y lo espiritual, el reino de la necesidad y el reino de la libertad. Esta contraposición, buscada expresamente en la obra, también puede ser interpretada con total corrección en términos de la filosofía romántica postkantiana: el yo y el no-yo del sistema idealista de Fichte o la naturaleza y el espíritu en la filosofía de Hegel.

El cuadro está penetrado por la categoría estética de lo sublime, desarrollada, entre otros, por la filosofía del arte de importantes pensadores (Burke, Kant, Schopenhauer) y escritores (Victor Hugo o Lord Byron); se trata de un sentimiento extremo, distinto a la belleza, en el que los afectos y las facultades del hombre se tensan hasta el límite de sus posibilidades y finalmente, o bien se anonadan en un éxtasis intenso pero improductivo o bien se alimentan del fuego sagrado de las “verdades eternas”.

¿Quién es el caminante y en qué está pensando? Algunas expertas interpretaciones, basadas en la biografía del artista, lo identifican con un combatiente caído durante las guerras napoleónicas. La guerra de liberación alemana contra Napoleón culminó con la Batalla de las Naciones en Leipzig en 1813. Al año siguiente, Friedrich participa en una exposición conmemorativa de la victoria con su obra El cazador en el bosque. El sentido del cuadro, en esta visión preñada de nacionalismo (y, por tanto, de ideología alemana) se convierte en un homenaje al honor militar y al amor a la patria.

Otra interpretación, posiblemente más certera, en todo caso más sugerente, lo identifica con el propio autor y, por extensión, con el anónimo espectador, símbolo de los atributos del hombre. En esta versión hay que imaginarse, a partir del aura de misticismo que rodea la obra, que el caminante (la vida no es sino un viaje) reflexiona sobre la idea panteísta de un Dios infinito que está en todos los seres, consecuencia de su amor por existir, y del cual la naturaleza y el hombre son dos de sus innumerables máscaras. Pero esta posición panteísta no supone un final o cierre del sistema (al estilo de Spinoza), sino el inicio de una interminable reflexión dialéctica (al estilo de Hegel) cuyo punto de partida son las contraposiciones entre el hombre, la naturaleza y Dios. Las obras de Friedrich no son meras representaciones paisajistas, sino profundas especulaciones metafísicas que sólo el sentimiento de la naturaleza puede poner en movimiento.

Para terminar, es demasiado tópica la visión del cuadro como un símbolo de la insignificancia del hombre frente a la inmensidad del cosmos. El protagonista domina el paisaje en primer plano; la idea de dominio se acentúa con su situación en el centro y su postura imponente con el cielo a sus pies; el tamaño relativo de la figura es equiparable al de las cumbres del fondo... Es notable que el cuadro fuera utilizado como portada del libro de Dumas El Conde de Montecristo, uno de los personajes más dominantes de la literatura universal.

Monje junto al mar


Dentro de la obra de Caspar D. Friedrich, destaca sobremanera el óleo titulado, Monje junto al mar, el cual elaboró a lo largo de los años 1808 y 1810. A continuación comentaremos algunas observaciones acerca de esta pintura, en el marco de la visión estética y existencial de su autor.

El horizonte espiritual

Monje junto al mar no comparte las características de las pinturas a las cuales se conoce habitualmente como “marinas”.Esto se explica, acaso, porque la transición del siglo XVIII al XIX generó un cambio de paradigma en lo referente a la vinculación del ser humano con su entorno natural. De tal suerte que la tradición paisajística, casi siempre menospreciada en sus alcances estéticos, por este desplazamiento de sentido, devino un recurso privilegiado para que los creativos expresaran su tortuosa fascinación por el cosmos y sus enigmas.

Pintura

El mar de hielo (1823-1824)


Friedrich logró en Monje junto al mar, expresar, de cara a la laica sociedad de su tiempo, no apta ya para las ortodoxias del arte cristiano, una poderosa intuición de la divinidad. Esta sensibilidad acerca del hondo misterio de las cosas, es más proclive en la Europa nórdica, alejada un tanto de la tradición católica. Con este paisaje, Friedrich, supo tocar la experiencia religiosa particular de esta región del mundo, inclinada a la imaginación, la abstracción y la introspección.

Friedrich destaca precisamente, por su manera de abordar una pintura religiosa, independiente y original, sin apelar a los cánones establecidos desde Roma. Los motivos que tenía este autor para proceder de tal manera, fueron más vivenciales que estéticos. Friedrich alguna vez comentó que Roma no le atraía, ya que para él era más grato vivir en el silencio, estar totalmente solo para contemplar la naturaleza y religarse con ella, con las nubes libres y las rocas en su persistente ser. Así pues, Friedrich precisaba de la soledad para alcanzar la plenitud de su experiencia de vida.

Caspar David Friedrich

monje frente al mar(1809)


Espejo de soledad

En Monje junto al mar se logra una valiosa conjunción entre sentimiento, estructura y tema. El autor maneja un planteamiento elemental de enfoques horizontales que se difuminan sabiamente cuando la mirada del espectador asciende, impulsada por la vertical presencia del monje, hacia el cielo transparente e ilimitado. A diferencia de la escuela paisajística convencional, fundamentada en enfoques de estratos vinculados por algún objeto diagonal y generosa en pintorescos detalles, Friedrich no nos ofrece más que una dimensión árida, monótona y sofocante de vacío. Y sin embargo, este firmamento desolado que contempla el monje, expresa más en su abandono, que cualquier otro elemento posible, cual si fuese un espejo inmenso en donde la diminuta figura del monje pudiera contemplar su interior solitario, sediento de eternidad.

el viajero

(La abadía en el bosque de robles (1808-1810))

El silente llamado del vacío

Una muestra del poderoso efecto que logró Friedrich en Monje junto al mar, se puede comprobar en la anécdota siguiente:

El mencionado poeta Heinrich von Kleist contempló la obra de Caspar D. Friedrich en 1810, en una exposición de la Academia de Berlín. Tanto Monje junto al mar como la sublime Abadía en el robledal (1809) le impresionaron grandemente. Kleist escribió acerca de esta experiencia estética, que, todo cuanto hubiera esperado de la visualización de esta obra, lo identificó en la relación entre él mismo como contemplador y el cuadro.

Como si Kleist se hubiera hermanado a tal grado con el monje contemplador- tan lejano, tan pequeño- que ante la inmensidad inalcanzable del panorama vislumbrado, ese cosmos silencioso y vacío, percibiese en su interior el sordo dolor inherente a la realidad, una conciencia de la limitación particular de lo humano que, paradójicamente, se torna en su particular esencia.

Kleist ante Monje junto al mar, pensando en aquel firmamento desolado, sintió la vivencia de “que ha sido necesario llegar hasta allí, que deberíamos retroceder, que desearíamos ir más lejos, que allí carecemos de todo lo necesario para vivir”.

Un año después, Kleist se suicidaría.

monje frente al mar

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4 comentarios - Caspar D. Friedrich : En los límites del silencio

@badabach
un post deslumbrante, Kleist contemplando la obra de Friedrich, dos titanes del espíritu romántico.
reco con todas las ganas!