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Los límites de la realidad

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Escultura. Se inaugura hoy la muestra del artista que, sin pasar por ninguna escuela de arte, logró con sus obras una extraordinaria conexión con el público y renovó la escultura contemporánea.

Los límites de la realidad

Uno la observa con todo detalle. La mira a los ojos un buen rato y luego un minuto más, de perfil. Camina despacio una vuelta completa a su alrededor sin sacarle la mirada de encima. Examina su gesto, su aspecto cansado, sus pecas suaves en la piel de la cara. No tiene el tamaño de un ser humano real. Y su inmovilidad es aún más sospechosa que su pequeñez. Pero por un instante uno llega a creer que esa mujer quieta que lleva un bebé en el pecho y bolsas cargadas de compras que le tensan los brazos, por fin se cansará de tener la vista fija en algún punto frente a ella, girará el cuello hacia uno y le preguntará por qué la mira tanto. Hasta ese punto llega la conexión que el espectador sentirá frente a algunas de las nueve esculturas que integran la muestra del australiano Ron Mueck que a partir de hoy y hasta el 23 de febrero puede recorrerse en la Fundación Proa.

escultura

Nueve esculturas de Ron Mueck, créalo, no son pocas: el espacio de Proa, que es amplio y se distribuye en varias salas en dos plantas, está perfectamente lleno con ellas. Las obras que Mueck crea en su pequeño taller de Londres tomándose todo el tiempo necesario para llegar a la perfección se sienten cómodas y ganan potencia en los espacios despejados. Toman el espacio.

Por otro lado, Mueck ha realizado en toda su vida de artista unas 35 obras, de manera que las exhibidas ahora en Proa son casi un tercio de su producción. Y tres son nuevas, producidas especialmente para esta muestra que ya visitaron 300.000 personas en la Fondation Cartier pour l’art contemporain, de París, entre el 16 de abril y el 27 de octubre y que tras su paso por Buenos Aires se exhibirá en el Museo de Arte Moderno de Río de Janeiro.

La muestra fue concebida por la Fondation Cartier, con la curaduría de su director, Hervé Chandès y de su curadora asociada, Grazia Quaroni, y su diseño expositivo estuvo a cargo del Ron Mueck Studio. Como es habitual cada vez que expone, el artista viajó a Buenos Aires con su asistente, Charles Clarke, para el montaje de la muestra. Pero –como también es habitual– regresó inmediatamente a Londres y no estará presente en la inauguración. Mueck es un artista que no da entrevistas a los medios, no da charlas en museos ni en universidades, no se lo ve en inauguraciones. Simplemente no se siente cómodo en esas situaciones. El lugar que prefiere es el taller, el estudio donde produce sus esculturas. Siente que eso es lo que sabe hacer y lo que disfruta. Ama su trabajo. “Está mucho más cerca de la humildad que del narcisismo, le gusta el trabajo discreto”, cuenta su asistente Charles Clarke.

Ese apego al taller se ve claramente en la película documental Still Life: Ron Mueck at Work (Naturaleza muerta: Ron Mueck trabajando), que el fotógrafo Gautier Leblond filmó para que acompañe esta muestra y que puede verse en el auditorio de Proa. Leblond instaló su cámara en un rincón del pequeño taller de Londres y durante meses registró el trabajo de Mueck en la creación de las tres nuevas esculturas que hizo especialmente para esta exposición. Lo que se ve en casi sesenta minutos de película es la rutina de trabajo de un artista totalmente despreocupado de la cámara. “Lo que me fascinó durante la película –relató Leblond en una entrevista– fue la actitud meditativa de su trabajo. Hace los mismos gestos cientos de veces durante varios días, pero nunca pierde el placer, nunca lo vi aburrirse. Y como es un perfeccionista, no abandona hasta que el gesto final es preciso. Hasta que sus piezas no salen del taller no deja de trabajar en ellas. Se ocupa de ellas, de la fabricación, de lo artesanal. Es como una esencia. Hay momentos en la película, como cuando se ocupa del cabello de la muchacha, en que parece estar con una hija. Gestos muy cariñosos, delicados. Realmente le importan sus trabajos. Eso realmente me golpeó.” Lo que también se ve en el documental es el proceso técnico de la fabricación. Y es revelador. ¿Cómo logra la magia de crear estas figuras perfectamente reales? No hay grandes secretos ni misterios: mucho trabajo paciente. El artista realiza un primer estudio de arcilla que le permite decidir la escala final de la pieza. Sobre un segundo o un tercer estudio de arcilla con el tamaño definitivo, Mueck precisa detalles como la textura porosa de la piel y las arrugas. En la película se ve cómo trabaja dando forma a las esculturas de arcilla con las manos. Muchas veces, después de examinar los resultados, desecha una parte del trabajo y comienza de nuevo. Encima de la arcilla aplica varias capas de resina de poliéster y fibra de vidrio que absorben los detalles y forman una capa rígida. Más recientemente sustituyó la fibra de vidrio por un material más flexible y blando, de silicona. En general, logra el cabello con pelo de caballo. Cuando la cobertura se seca, Mueck y su equipo de ayudantes la retiran y lavan los restos de arcilla de su interior. Entonces aplica una pintura que se adhiere al material sintético en lugar de cubrirlo, logrando así el efecto traslúcido de la piel. Dada la escala de sus esculturas, también se fabrica en el taller la ropa, los zapatos, los objetos que llevan los personajes.

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Ese trabajo callado y paciente de Mueck que no se detiene hasta que logra exactamente la perfecta imagen que buscaba está en las nueve esculturas de la muestra. La que recibe al espectador es “Mask II” (2002). El rostro que reposa dormido es el de Ron Mueck. Con un poco menos de realismo que en sus últimas obras debido a que cuando la hizo trabajaba con fibra de vidrio –que luego reemplazó por silicona–, en esa cara se ven las arrugas alrededor de los ojos, las pestañas, la tensión de los músculos, las pequeñas imperfecciones de la piel, la barba crecida, la mejilla aplastada contra la cama. La obra no está colgada en la pared para que el espectador pueda ver el reverso hueco y entienda que se trata de una máscara, lo que podría entenderse como una reflexión del artista sobre su propio trabajo de escultor realista: esta máscara –podríamos arriesgarnos a leer– es mi rostro pero al mismo tiempo no lo es, es una máscara; y está durmiendo, es la imagen de mi rostro en estado de sueño profundo, y de inconciencia, cuando la razón se ha retirado y mis pensamientos, sensaciones y emociones se ocultan detrás de los párpados. Hay en esa máscara –que es un rostro y que no lo es– algo de límite que el espectador no puede franquear ni siquiera mirándola por su reverso. Una frontera entre la razón y el inconsciente, entre lo que aparece y lo que se esconde, entre lo público y lo íntimo, entre la realidad y la irrealidad, entre la presentación y la representación. Ninguna imagen es la verdad entera.

La siguiente obra en el recorrido es una de las tres esculturas nuevas, “Young Couple” (Pareja joven), 2013. La dos figuras de pequeña escala parecen unidas por una gran proximidad. Los dos están tomados de la mano y el chico está diciéndole algo en voz baja a ella. Pero hay algo indefinible que no termina de ser amoroso. Y que se confirma cuando uno rodea la escultura y ve que en realidad él está aferrándola por la muñeca para atraerla y que la mano de ella está en un gesto de tensión y resistencia. No hay más información. Eso es lo que se ve y a partir de eso el espectador puede construir su historia. O ir aún más allá y arriesgar la hipótesis de que los personajes de la siguiente escultura –también nueva–, “Couple under an Umbrella” (Pareja debajo de una sombrilla), 2013, quizá sean los mismos que los de la pareja joven, 50 años más tarde. Desde luego, no hay cómo saberlo, ni tiene importancia. Pero sí es interesante ver en estas dos parejas, la joven y la anciana, el interés de Mueck en temas como la comunicación entre dos personas, la vida, la juventud, el paso del tiempo, la edad y sus marcas en el cuerpo. Es increíble la íntima conexión que se advierte en la pareja de viejos bajo la sombrilla y, al mismo tiempo, la soledad de cada uno de ellos en esa situación. Uno puede imaginar, si quiere, que en esa pareja hay un antiguo desacuerdo, que acaban de tener una discusión profunda, pero que ninguna discusión puede ya terminar con la relación. Toda la información que hay es la que se ve: la forma en que se tocan sus cuerpos, la forma en que ella lo mira y la mirada de él perdida en sus adentros. Y un detalle que estimula la imaginación: ella lleva alianza, él no. Pero más allá del relato que uno pueda construir mirando a esta pareja, produce una admiración sin límite la perfección del trabajo del escultor, desde la composición hasta la representación de la gravedad en la carne de esos cuerpos. El apoyo del peso de la mujer en las manos sobre el suelo, el peso del hombre distribuido en la espalda y los pies, y cada detalle de los metros y metros de piel en la que el tiempo hizo lo suyo.

En esta y/o en las demás esculturas de la muestra es imposible no verse uno mismo. Todos somos o hemos sido uno de estos personajes; todos hemos vivido, al menos, algunos de estos momentos. ¿Acaso alguien no buscó desesperadamente cuando bebé la mirada de la madre? ¿Alguien no vivió el momento de descubrir una herida o un signo del paso del tiempo en su cuerpo? ¿Alguien no sintió la frustración de saber que la comunicación real con otra persona siempre tiene un resquicio de ilusión? “Todos pueden encontrar un momento de su vida que se corresponde con una escultura de Ron –reflexiona Gautier Leblond en un video al que se puede acceder en el sitio web de la Fondation Cartier–. Nos sentimos mirados frente a sus esculturas. A veces casi se siente que te estás mirando a vos mismo mirando sus esculturas, eso es lo que las hace fascinantes. Las obras de Mueck conmueven no tanto por su realismo o por su escala, sino porque indagan profundamente en el ser humano.

Hay tres momentos de belleza muy presentes en las obras de Ron Mueck: el de las obras mismas, el del artista haciéndolas con la dedicación y la paciencia que sólo se tiene con los hijos y, quizá el más importante: el de la interacción del espectador con la obra. Es bello ver a una persona mirando a los ojos a una obra de arte, tratando de descubrir si también es un ser humano o por qué no lo es. Qué es lo que lo iguala y qué es lo que lo diferencia de ese montón de resina, qué es lo que ese montón de resina le puede revelar sobre la existencia.

De diferentes maneras más o menos visibles, en tres de las nueve obras de la exposición se puede advertir referencias a la crucifixión de Cristo. La primera de ellas es “Youth” (Juventud), la escultura más pequeña de la muestra, en la que hay una clara referencia a la pintura de Caravaggio “La incredulidad de Santo Tomás”, en la que Cristo ha resucitado y le ofrece a Santo Tomás, que no lo cree, que meta su dedo en la herida. En la escultura de Mueck, un joven afroamericano se levanta la remera y aunque sus ojos la ven, no da crédito a su herida, igual y en el mismo lugar del torso que la de Cristo. De cualquier forma, esa referencia está para quien quiera o pueda verla en esta escultura, pero no es un tributo a Caravaggio. La pintura del artista barroco es para Mueck un input para empezar su escultura. Sin embargo, tiene un significado personal importante para él, que se quedó con una copia de artista de las cuatro que realizó.

Las otras dos obras vinculadas con la crucifixión están en la misma sala de la planta superior. Una de ellas, “Drift” (A la deriva), de 2009, es –según explica la curadora Grazia Quaroni– la única que no es una escultura sino una instalación ya que no está sola en el espacio y el espectador no la puede rodear. Es la figura a escala reducida de un hombre en traje de baño acostado sobre una colchoneta inflable, con los brazos un poco extendidos y está instalado en una inmensa pared vacía de color azul celeste. La sala está en semipenumbra. Sólo se ilumina la figura del hombre y la pared con una luz muy específica que es parte de la instalación. El hombre está colocado sobre la pared de tal modo que sus pies quedan aproximadamente a la altura de los ojos del público. La primera impresión es la de una imagen pop de un hombre relajado, tomando sol en una piscina. Pero poco a poco esa imagen puede empezar a desvanecerse para dar paso al recuerdo de la imagen de Cristo en el altar de una iglesia.

Por último, en un rincón de la misma sala, “Still Life” (Naturaleza muerta), de 2009, es un clásico de la historia del arte que, entre otros, ha pintado Rembrandt. Un pollo colgando de las patas. Claro que ahora es una escultura enorme, de más de dos metros de alto y con una piel que parece realmente la piel de un pollo. Y es tan raro como inquietante: obviamente es algo no humano, pero tiene algo de cadáver. En la muerte de ese pollo hay algo que lo humaniza y más aún, algo que de alguna manera evoca también la crucifixión y, más precisamente, el martirio de San Pedro, crucificado cabeza abajo. Pero si el espectador no vincula al pollo colgado con nada de eso, la escultura no pierde nada de su belleza ni su capacidad de conmover. La historia de cómo surgió esta obra en la imaginación de Mueck puede ser ilustrativa de lo azaroso que puede ser el proceso creativo de este artista. Durante una residencia que hizo en Puerto Vallarta, México, vio en un mercado los pollos colgados, algo bastante poco probable en Londres. La imagen lo impresionó y ese mismo día dibujó un boceto que finalmente fue ganando precisión, hasta convertirse en esta maravillosa escultura a gran escala.

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