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Megapost (Mi Trabajo/Arte)

Megapost (Mi Trabajo/Arte)

Buenas noches amigos taringueros.

Para comentarles un poco sobre mi, soy arquitecto y tengo 27 años. En mi tiempo libre me dedico desarrollar mi pasión, que es escribir cuentos y relatos. Busco algún día poder abocarme únicamente al arte de la literatura, mientras tanto, sigo leyendo constantemente, escribiendo y trabajando muy duro para poder realizarlo. En este post voy a publicar algo de mi trabajo de estos últimos años.

Antes, una imagen donde podrán pasarse para conocer mi página de facebook y blog. Si me buscan, encontrarán un logo como el que aparece en la cabecera de este post. Además dejo el link de ambas páginas, muchas gracias. Cualquier clase de apoyo es bienvenido. Uno busca fuerzas de alguna manera para seguir adelante en esta eterna búsqueda.

https://www.facebook.com/Tundrario-562094517162617/
http://tundrario.com/


Literatura


Sin más preámbulos, algunos de mis textos. Dejen cargar porque están acompañados por ilustraciones.


cuentos cortos

En el mundo del futbol podemos nombrar una amplia diversidad de personajes. Entre los más distinguidos dentro de cada institución aparece el entrenador, más conocido como el director técnico. Entre ellos, destacamos un grupo reducido de quiénes tienen o han tenido la dicha de preparar a Lionel Messi.

Obtenemos una extensa pluralidad de ideas y de estrategias en todos ellos, concluyendo en eternos debates futbolísticos. Al margen de lo mencionado, todos coinciden en un por lo menos razonable concepto: Que la pelota pase por el mejor jugador del mundo el mayor tiempo posible.

Ésta afirmación resulta bastante sencilla. Sería sensato tomarla a la ligera y continuar con nuestras actividades cotidianas o bien podríamos detenernos un momento para analizarla con mayor profundidad.

¿Por qué? ¿Por qué Lionel Messi debe tener la pelota el mayor tiempo posible?. No hace falta aclarar que con sus cualidades técnicas conseguiría marcar la diferencia y lograr con solo algunos de sus movimientos una jugada extraordinaria, que en el mejor de los casos finalice con lo más anhelado dentro de un campo de juego: el gol.

Nuevamente cabría la posibilidad de dar por terminado éste aparentemente ridículo análisis, pero si nos atrevemos un poco y decidimos ser más minuciosos, a lo mejor lograríamos una idea un poco más interesante.

Veamos:

Cuando el mejor jugador del mundo controla el balón, comienzan a percibirse indiscretas reacciones en el público. Primeramente, quiénes usan la misma camiseta que viste éste personaje, ya sea dentro del estadio o en sus hogares, comienzan a experimentar dos efectos. Por un lado tienden a pararse, y por otro, a levantar la voz, a gritar.

Siendo más específicos y considerando éstas dos cuestiones:
Pararse: Estamos hablando de un acto tan inexplicable como primitivo. Pararse significa presentir el advenimiento de una situación inesperada y maravillosa. Significa en este caso esperar algo grande de alguien que en un campo de juego repleto de aficionados es capaz de resolver de una manera infinitamente superior al imaginario de cualquier individuo que lo está observando cómodamente desde su sofá.

Por otro lado, gritar. Gritar no es menos genuino que pararse, y se refiere a una expresión de euforia, en éste caso acompañada de alegría. Es sentirse partícipe de lo que está ocurriendo. Es la representación de la excitación y la felicidad consumada en las ansias de lo que está por suceder.

Lo curioso es que en el momento en que el punto tangencial del esférico hace contacto con el zapato de éste hombre, también encontramos otras emociones o expresiones de ellas a través del cuerpo directamente opuestas a las nombradas anteriormente.

Podemos destacar que quiénes visten la camiseta del rival de turno de ésta celebridad del deporte, ya sea dentro del estadio o en sus propios hogares, tienden amargamente a sentarse y a callar.

Sentarse: Se sienta quién se achica, tanto emocional como literalmente lo hace su cuerpo disminuyendo su propio volumen. Se retrae quien siente el peligro, quien sabe que algo decididamente malo está por suceder, y que no es capaz de detenerlo.

Finalmente, callar. El silencio es el fiel reflejo de una de las emociones más indeseables para cualquier ser vivo, sea racional o no. Estamos hablando del miedo. Es aquí donde me permito discernir las posibles variantes de su origen.

La causa podría ser el sentir una inmensa amenaza, rendirse ante quién todo lo puede. Tal vez sea que se percatan de lo que éste mortal es capaz de hacer, y que nada podrá alterarlo. Posiblemente sea que ellos lo conocen, y les duela porque también saben amarlo; y fantasean en reiterados sueños con ponerle su camiseta.

Tal vez, el pánico se produzca al observar a sus adversarios, a quienes desearían ver deslucidos con rostros frustrados repletos de congoja. Porque esas sensaciones se han convertido en propias y son los otros quiénes justamente en ese preciso momento experimentan lo contrario, la euforia, el júbilo, y para colmo se han vuelto aún más fuertes: Ahora se paran, y también gritan.

Es entonces cuando el estadio, las personas, sus emociones y sus propias almas se convierten. Convirtiendo a millones de los suyos, los que se agrandan, y a millones de los otros, los que se achican.

Lionel Messi debe tener la pelota el mayor tiempo posible, finalmente coincidí, y esto no se lo adjudico a su técnica superlativa jamás vista. Se lo otorgo a una razón infinitamente superior, una razón acorde a su juego. Sucede que cuando este hombre toca la pelota el clima cambia, el aire se seca, y los murmullos ensordecen. Con esto le alcanza para transformar completamente cualquier partido, y sin darse cuenta, el mundo entero.


textos

Camina Fernando y sueña, o al revés. Recorre la Feria de las Imaginaciones Sensatas y pregunta. Pregunta qué significa la sensatez en las imaginaciones y busca también allí coherencia. Recorre la feria al ritmo de algunos sueños y con alegría se permite vagar. Su paso abandona lentamente lo rítmico y se convierte en un sueño. Comienza a ser juzgado por personas sensatas pero no las escucha. Se acerca a un vendedor de coherencia y señala, deme eso que está ahí, ¿Eso qué?, ¿Qué está señalando?, ¡Eso que está ahí! Su dedo parece señalar el pecho del vendedor, y el mismo permanece inmóvil. Fernando en un ataque de ira salta por encima del tablón que funciona como mostrador del comercio y lo toma por el cuello. Le dije que me lo de, se ve que no entiende.

trabajo

Anoche pasó algo que tal vez no recuerdes. En un viejo hospital, o tal vez unas oficinas del Estado nos saludamos. Yo estaba listo para hacer unos trámites y al parecer vos también. Nos saludamos rápido y colocaste con suavidad tu mano en mi mejilla, como cuando las mujeres buscan generar alguna especie de sensación en el hombre, y efectivamente la generan. Entonces lo hiciste, y yo me excité pero conservé la coherencia y el temple. Traté de darme vuelta como para continuar con una conversación o al menos para naturalizar la escena pero tu mano seguía en mi mejilla. Se había quedado ahí acariciándome muy suavemente. Yo me estremecí y comencé a caminar despacio por un pasillo ancho repleto de gente. Gente algo angustiada, de color piel desaturado, casi gris. El suelo era un alisado de cemento con un brillo desgastado de los pasos de las personas que hacen trámites. Vos me seguías, estabas al lado mío, me mirabas sonriendo y deseándome, y yo ardía. Quise evitar el momento incómodo y giré en un descanso para llamar el ascensor. Vos seguías a mi lado y te recostaste contra la pared con cara de beso, con un gesto corporal que me invitaba a besarte, y yo me acerqué pero no pude, el ascensor estaba detrás de mí y había llegado. Una especie de control magnético me atrajo hacia atrás y subí al ascensor, y subí varios pisos y seguí pensando en tu cara de beso, en tu cuerpo invitando al mío contra la pared.

arte

Por alguna curiosa razón que no tendría mucho sentido reflexionar, me encuentro aquí escribiendo una confesión:
Detesto que hablen mal de los colectiveros.

Cada vez que me encuentro en una conversación donde se toca el tema, no puedo evitar sentirme incómodo. En vez de participar, opto por el silencio y simulo no escuchar la lista de anécdotas que todos guardan para generalizarlos y repudiarlos en forma conjunta. “Son todos unos hijos de puta” algunos afirman, “Lo hacen a propósito”, otro clásico.

Quizá prefiera callar porque me aburriría explicar mis fundamentos, o tal vez será que en vez de fundamentos sencillamente tengo una razón:

Fue hace ya unos años cuando una tarde de sábado me encontró bajo el sol en la esquina de la Av. Lope de Vega y Av. Álvarez Jonte . Yo estaba precisamente en la parada del colectivo esperando su llegada, mientras revisaba en mis bolsillos tener al menos 80 centavos que me permitieran viajar hasta la Av. Beiró.

En ese momento detecté que solamente tenía 75 centavos, lo que indicaba que debía cruzar y dirigirme hasta el kiosco de enfrente para comprar un chocolate que salía $1 con mi billete de $2, como hacía muy a menudo.

Pero no había tiempo para todo esto, el codiciado transporte ya estaba a la vista y se dirigía exactamente hacia donde yo me encontraba a toda velocidad. Debía tomar una medida al respecto, y tenía que ser rápido: Decidí subir; y dije con toda naturalidad:

- Setenta y cinco.
- ¿Hasta dónde vas? – Devolvió de forma letal.

La situación se ponía un poco incómoda, y ante la posibilidad de ser descubierto, opté por ser honesto pasando por distraído:

- Hasta la Av. Beiró – dije confiando en la buena voluntad del chofer.
- Hasta allá es ochenta – repuso mientras su dedo acusador hacía click en el “aparatito”.

De pronto me encontré con 75 centavos en el bolsillo frente a una máquina que me exigía 80. Parecía inevitable mi regreso a la esquina de la Av. Álvarez Jonte y Av. Lope de Vega, donde debía cruzar y dirigirme hasta el kiosco de enfrente para comprar un chocolate de $1 con mi billete de $2.

Ya vencido, decidí jugar mi última carta y con total franqueza dije:

- La verdad es que solo tengo setenta y cinco centavos.
Mis palabras le parecieron divertidas. Se lo notó animoso, y casi disfrutando la situación con euforia dijo:
- ¡Me hubieras avisado antes!

De pronto lo observé revolver su bolsillo y luego abrió su mano ofreciéndome una moneda de 5 centavos. Sin entender por completo lo que estaba pasando, dejé de mirar su mano para buscar una respuesta en su rostro. Fue allí cuando algo mágico sucedió: El chofer ya no era el mismo. Ahora sus pesados cachetes, su amplia papada, y todos sus músculos faciales se habían desplazado de manera estratégica dibujando una auténtica y maravillosa sonrisa.

De pronto algún cable cósmico nos conectó y trasladó ese gesto tal cual a mi cara. Ahora nos encontrábamos los dos sonriendo. Fue ahí nomás, como hacen los hombres, cuando decidimos cerrar un trato, el cual tácitamente resolvimos que cada uno sellaría con su sonrisa.

Él con la suya me dejó pasar al colectivo, y yo con la mía le juré en silencio que nunca hablaría mal de los colectiveros.


relatos

Se me acercó y estaba hermosa. La alcancé hasta donde pude y esperaba su saludo. Estaba hermosa. No me lo esperaba realmente, y mira que muchas veces espero muchas cosas cuando no las hay. A veces cuando me atiende una doctora o una dentista pienso por dentro que ojalá que sea una mujer siniestra, que ojalá me desee, que se saque la ropa, pero no, nunca pasa che. Pero esa vez era distinto, ni valía la pena pensar nada, de hecho ya me había rechazado. Lo mismo de siempre, era acercarme ahí abajo del puente, y había una remisería que daba algo de pena, o en realidad lástima, que no es lo mismo. Ella se bajaba ahí porque vivía muy lejos y se tomaba el remis a casa, ¿Y yo?, y yo nada, lo de siempre. Ponía algún tango, ponía algo que me guste para atravesar la ciudad en la noche, y tal vez llorar, y tal vez recordar con nostalgia el pasado, o pensar con ardor en el futuro, siempre y cuando suceda en ese mismo momento. Y así como si nada se bajó, yo tranquilo acomodé un poco las cosas y de repente volvió. Volvió, apoyó sus manos en el asiento de acompañante, y su rodilla derecha también. Se me acercó demasiado, y yo claro, qué iba a hacer. Petrificado. Así me besó, su lengua hermosa, su lengua buena, su cuerpo angelical deseaba el mío. Y se bajó, y yo nada, qué iba a hacer. Se fue nomás a la remisería y no volvimos a hablar. En realidad yo quise, le hablé por diferentes vías pero nada, ella era eso, el beso más hermoso e inesperado que jamás me dieron en la vida y nada más.

Textos cortos

No pocas personas conocen la maravillosa historia de Osvaldo Ruiz Romero, el poeta de Andalucía.

Sabedor los más complejos fraudes amorosos, ha dedicado toda su vida a estudiar las diversas formas de cautivar a una mujer. Ha escrito múltiples poesías nutridas de la más ferviente pasión, expresada a través de hermosas rimas.

Tras recorrer un largo camino, logró conseguir una verdad absoluta en su búsqueda, la del misterio. Según sus conjeturas, solo con una personalidad intrigante podría despertar el amor más intenso de una mujer sin perderlo jamás. Se lanzaba en su conquista, y una vez alcanzado el objetivo, las abandonaba.

En la noche caminaba por las calles de Sevilla buscando inspiración, referenciando sus pensamientos en su musa provisoria. Obsesionado con su propio amor, solo podía renovar su vehemencia pasional alternando a la dama en cuestión.

Osvaldo ostentaba un secreto llamativo, jamás había besado a una mujer. Claro está que podría haberlo hecho en un sinfín de ocasiones, pero no era precisamente lo que él buscaba. Se alimentaba del amor ajeno, y solo así podría conservarlo. Creía que en el beso sepultaría su particular enigma para convertirse en un ser terrenal, cuestión que lo atemorizaba hondamente.

Numerosos testigos lo vieron por las playas de Huelva y Cádiz observando el atardecer. Sumido en la imagen de una sola mujer, utilizaba su lápiz para dedicarle sus más profundos sentimientos. En Málaga y Granada las gitanas lo recuerdan con nostalgia. Sus ramas de romero eran aceptadas por Osvaldo, quien lo compensaba con alguna maravillosa y sincera poesía.

El poeta siempre marchaba en soledad. Lo acompañaba el amor de sus mujeres, como él prefería llamarlas. No importaba si eran adolescentes, ancianas o si estaban casadas. Ruiz Romero sentía un intenso amor por ellas y se limitaba simplemente a alcanzarles una de sus magistrales obras.

Mucho sufría nuestro héroe andaluz. Su mayor deseo era llevar a cabo aquel beso no correspondido que coronase su amor eterno. Utilizaba esta melancolía como un modo de vida, que le sirviera además como herramienta secreta para volcar sus desgarradas y magníficas palabras en cualquier trozo de papel que encontraba por los barrios de Córdoba.

Algunos reían al verlo pasar completamente ebrio, sumido en la pena de vidas inconclusas, de una ambición tan grande como imposible. Ciertos hombres ridiculizaban su sensibilidad sin querer creer que tal vez su propia mujer estaba hipnotizada por aquel desgraciado. La figura del hombre solitario también despertaba la más profunda pena, nadie podía comprender si cargaba con algún viejo trauma infantil o si simplemente sufría de una extraña demencia depresiva.

Remitiéndonos a la pura realidad encontramos un dato estadístico muy ilustrativo, el cual indica que absolutamente todas las mujeres de Andalucía guardan en su mesita de luz una nota con las palabras que alguna vez les dedicó el poeta. Otro dato no menor proviene del rumor. Se dice que cuando aquellas mujeres se encuentran solas recurren al pequeño escrito para llevarlo a su pecho, y así poder cerrar los ojos regocijándose en un suspiro y recordando al grandísimo Osvaldo Ruiz Romero.


Megapost (Mi Trabajo/Arte)

El joven cansado busca fuerzas, se propone diversas disciplinas agotado por la propia necesidad de la supervivencia. La tentación de lo frívolo está al alcance pero no logra seducirlo por completo. Se cuestiona cómo subsistir sin expresiones genuinas, sin gritos del alma que se pierden en espacios oscuros.

Conoce su cuerpo y su equilibrio. Pronto se sentirá fuerte para volver a luchar contra sí mismo. Lo estimula obtener una victoria que significará también su propia derrota. A tientas avanza en un tiempo ajeno que no puede dominar. ¿No será demasiado? Se pregunta y no se responde. Se pregunta y reflexiona si conseguirá respuestas, se cuestiona sus propias cuestiones abriendo ramas cognitivas que se acercan al infinito.

¿Qué es el tiempo? Debes conocer a tu enemigo, se exige. Cómo combatirlo sin conocerlo, dilemas exquisitos de una mente siniestra. Retrocede unos pasos en esas ramas de pensamiento hasta alcanzar alguna que se caracterice por su firmeza. La encuentra a lo lejos con un golpe de vista hacia el horizonte. No es allí a donde quiere dirigirse. Avanza nuevamente hacia lo desconocido aterrado pero con velocidad.

Pronto deberá saltar hacia el vacío. Su cuerpo no concibe otra solución o tal vez su techo de emociones es inalcanzable. Se siente agotado y fracasa constantemente en la búsqueda de un conocimiento superador. Se miente rozando verdades en algún olvidado punto tangencial, se vuelve violento y sacude sus brazos. Su estructura se derrumba lentamente en alguna región desconocida por el tiempo y espacio.

Espera una solución externa y milagrosa que su interior ha perdido junto con su energía debilitada. Se pregunta a donde deberá dirigirse para encontrarse a sí mismo. Estudia mapas en forma meticulosa y no halla su espíritu en ninguna parte, teme no encontrarlo jamás. Sabe que el miedo no existe pero lo siente, y lo siente cerca. Las noches son largas y los días vanos.

Su entorno muere y las ideas geniales lo aburren. Tal vez su cobardía sea tan infinita como sus preguntas, tal vez su árbol cognitivo no tiene raíces, tal vez está exhausto de enlistar reflexiones. Mañana será otro día, mañana deberá sobrevivir, se despertará sin desear lo que ocurrirá a continuación y tendrá miedo.

Será tiempo entonces de ser fuerte, de tolerar con entereza el abatimiento de lo esquivo y sofisticado. Pronunciará palabras que le resultan hermosas para refugiarse en la belleza, su único resguardo coherente en éste mar de causas y consecuencias, de decisiones sin sentido en un tiempo que continúa siendo más grande que su propio árbol cognitivo.


Literatura

Rojas armaduras se anuncian con vehemencia tras los montes y se dirigen al centro del valle con el fin de exhibir su presencia en el campo de batalla. Se trata de la extraordinaria Tropa de los Escritores Desesperados. Marchan con penas y sueños, llevan consigo libros y cuadernos. Algunos recitan poesías y otros cantan con voces desgarradas.

Se presentan como hombres voraces repletos de ígneas energías. A su alrededor se engendra un aura incontrolable de fuerzas que logran conmover a algunos curiosos espectadores ubicados en las cercanías, ansiosos por observar la cruzada más trascendental de la historia humana.

Dicha tropa ha recorrido miles de kilómetros a pie con sus corazones abiertos a sensaciones extremas. Vuelcan a continuación sus aventuras en sus viejos cuadernos. Sus vidas signadas por la desesperación han perdido el control. Se dejan trasladar por una idea utópica para poder alimentar su inspiración artística. Unos la encuentran en la carencia de recursos, algunos logran alinear todos sus sentidos en el transcurso de largas caminatas, otros todavía no la han encontrado pero están convencidos de que ese será por siempre el camino conveniente.

Los escritores desesperados son hombres sensibles y fuertes. No dudan y tampoco se dejan amedrentar. Sencillamente perciben la concentración de la plenitud absoluta en algunas imágenes o profundas reflexiones.

Su marcha genera miedo y por su parte saben concebirlo. Sienten temor ante la idea de perder la vida y están dispuestos a entregarla por una causa justa. Sus ojos parecen desorbitados a raíz de la intensa desesperación que se transforma en furia. Los espectadores retroceden y desean huir.

Cabe destacar, finalmente, que la reconocida Tropa de los Escritores Desesperados lo puede absolutamente todo.

Del otro lado del valle logran visualizarse blancas túnicas ondeándose en perfecta armonía con los vientos preponderantes de la montaña. Su caminata hacia el eje del enfrentamiento es paciente y firme. Se trata sin lugar a dudas de la solemne Tropa de los Escritores Sosegados.

Marchan en completo silencio sin atisbos de deseo. Sus espíritus purificados han alcanzado una profundidad indescriptible. Llevan sus cuadernos consigo y se inspiran en la paz absoluta. Sus textos fluyen como agua a partir de una intensa conexión sencillamente mística.

El enfrentamiento se ha vuelto inevitable y dichos escritores han asumido la responsabilidad de participar activamente. No conversan y da la sensación que meditan mientras avanzan. Sus ojos fríos solo pueden generar la sumisión absoluta ante semejante exhibición de conocimiento. Los espectadores reciben en su pecho un sorprendente aura de paz y sometimiento. Ante tal presencia se vuelve imposible sentir miedo o la intención de huir. A partir de la quietud de sus músculos, sólo pueden percibir la pérdida total del habla y permanecen petrificados.

Cabe destacar, finalmente, que la reconocida Tropa de los Escritores Sosegados, lo sabe absolutamente todo.

Está todo listo entonces, solo resta observar la batalla, que será sin lugar a dudas la más noble y extraordinaria de las batallas de la historia humana.


cuentos cortos

En Occidente no aprendemos más. Ahora todos deseamos simplemente ser felices, pero ahí tenemos justamente el problema, lo “deseamos”. Con la llegada de nuevas generaciones, ahora los chicos quieren viajar, encontrar su espíritu y sentirse plenos. Atrás quedaron las pretensiones económicas y trabajar todo el día por un salario digno, atrás quedó la cultura del trabajo y el sacrificio para llevar adelante vidas miserables.

Los jóvenes parecemos traer un pensamiento interesante pero aún así no estamos todavía desligados de las viejas concepciones. Ser feliz se ha convertido en un deseo, en un anhelo tan fuerte y tóxico como lo puede ser el económico o cualquier otro. Ahora uno no puede realizar actividades enriquecedoras sin preguntarse ¿Lo estoy logrando?, ¿Estaré siendo feliz en este momento?

Tal vez no vale la pena hacerse esas preguntas, y tal vez no hay que proponerse ser feliz. Aquello a que llamamos plenitud, no existe en el pensamiento sino en la ausencia del mismo. Podremos alcanzarlo únicamente en la más profunda concentración, que puede lograrse mediante la meditación o a través del arte, o de cualquier cosa. Entonces, ¿Está sobrestimada la felicidad? Quizá. Probablemente debamos olvidarla, y en una de esas, como quien no es llamado, aparezca sola.


textos

En los últimos días se han dado a conocer diversos artículos botánicos que corresponden al estudio de un nuevo género de seres vivos fotosintéticos pertenecientes a la familia de las oleáceas. Se trata de un vegetal robusto, de hojas delgadas, con unas bellísimas flores que ostentan un aroma asombrosamente atractivo. Quienes se abocan a estudiar el tema han bautizado oficialmente a esta especie con el nombre “Adaeum”, comúnmente conocida como “Ada”.

Algunos expertos declaran que el origen de este género no logra quedar del todo claro, y las investigaciones correspondientes buscan conservarse en confidencialidad. Es entonces que la incertidumbre se ha instalado en el ambiente profesional inmediatamente, dando lugar a la aparición de algunos rumores.

Un grupo de estudiantes de la Universidad Estatal de Kioto asegura que dicha flor proviene de una de las míticas Islas Tundrarias ubicada en un sector desconocido del Océano Índico.

Se cree que este último año uno de los Señores Tundrarios ha viajado al continente asiático para consolidar las relaciones diplomáticas con China, y de esta forma conservar la vigencia de algunos tratados de primera importancia. Al realizar este viaje se dice que llevó consigo una flor Ada como obsequio al Primer Ministro chino, respondiendo en principio a una estrecha relación, y por otro lado como inédita exhibición internacional de la flora de aquella isla.

Lo interesante, de todos modos, son los efectos de dicha flor. Al olerla, se cree que uno logra ser atrapado por un súbito aire de paz absoluta. Aquella sensación de libertad, confianza y erradicación del deseo, que suele ser efímero y se acerca a nosotros con una naturaleza esquiva y casi caprichosa, puede controlarse en el instante en que uno las huele.


trabajo

Ella entró en mi departamento y se me acercó cubriendo su rostro. Yo le quería decir que la amaba y buscaba su boca. Ella reía y me esquivaba mientras besaba mi cuello y besaba mis hombros. Yo reía pero no podía verla, algo nervioso trataba de quitar el pelo de sus ojos y ella no lo permitía.

Yo no sabía si estaba soñando pero nunca amé tanto como aquel día. Su sonrisa era oscura y me hacía ver pequeño. Ella era lo que siempre había imaginado, y hacia ella dirigía todo el amor que jamás supe concebir. Quise explicarle lo que sentía con palabras pero sonaba exagerado, traté también de ser paciente y generar distancia pero no podía.

Busqué mi orgullo y no lo encontraba. Me acercaba a ella y la deseaba cada vez más. Quería que fuese mía, quería que me ame como yo la amaba o más todavía. Quise convertirme en su razón de existir, su energía para enfrentar cada día. Quería que me enseñe su rostro, quería besarla en la boca.

Yo no sabía si estaba soñando pero nunca amé tanto como aquel día.


arte

En un jardín de armónicas proporciones se celebraba un cumpleaños. Los invitados asistieron con ánimos de agasajo y el anfitrión manifestaba moderadamente su dicha.

Mientras se entablaban diversos debates, dos hombres extraños se vieron atraídos inmediatamente al descubrir una asombrosa afinidad en sus pensamientos. El diálogo se desarrollaba naturalmente entre todos los presentes al mismo tiempo que ellos compartían sus conocimientos con entusiasmo.

Espontáneamente decidieron apartarse y continuaron intercambiando conceptos. Finalmente acordaron un encuentro privado, donde se imaginaron proponiendo algunos análisis sobre los temas más remotos.

La semana posterior se llevó a cabo la cita, la cual resultó agradable en un principio. Ambos reían y se asombraban al encontrar tantas coincidencias en sus ideas. Compartían las mismas percepciones musicales y literarias, lo mismo sucedía cuando debatían sobre valores filosóficos y existenciales.

El diálogo avanzaba a una velocidad desmedida. Sumergidos en un mar de excitación, continuaron por confesar intimidades, sus actitudes más retorcidas y algunas perversiones.

Lentamente la conversación se tornó extraña. Se vieron prácticamente idénticos, y continuaron por proyectarse mutuamente. De pronto cada uno descubría el potencial y las virtudes ajenas. Podían también apreciar las más íntimas reflexiones, las cuales venían inmediatamente acompañadas por sus propios miedos.

En ese instante se concentraron en la más profunda introspección sin ignorar que el otro también lo haría. Se miraron fijamente con pánico. Ambos se examinaban en forma juiciosa y aterradora. Frente a sí mismos hallaban a su peor amenaza.

Sin decir una palabra se levantaron conjuntamente. Se miraron a los ojos comprendiendo la situación de manera clara, se dieron la mano con énfasis y jamás volvieron a verse.


relatos

Un hombre se desvanece en una silla. Reflexiona en una forma tan intensa que comienza a sudar. Sofocado ante la presencia de la verdad final, se incorpora.

Es consciente del tiempo y percibe el acercamiento del siguiente paso vital. Con muecas de nerviosismo dirige su mirada a un elemento estático. Lo observa con miedo y le jura que lo seguirá haciendo. No sentirá otra cosa, simplemente fundirá sus pensamientos.

Cierra sus ojos y su interior se disipa. Se sumerge en el recorrido de su sangre, la que trae consigo la calma infinita. Su cuerpo no existe, sus fluidos se pierden. Sin saberlo, se siente capaz de cumplir su juramento y descansa placenteramente.

Una acción inesperada lo inquieta. Aturdido observa a su alrededor. El escenario lo acusa de convertirse nuevamente en víctima de su propia falta de coraje. El elemento estático estaba allí, también él.


Textos cortos

Análisis de las Artes 01: “Arquitectura in Situ”

El periodista francés Hugo Fontaine suele escribir algunas notas para la reconocida revista semanal “Exprimant”, donde por lo general se detiene en curiosidades sobre el pensamiento humano, las artes, o variados estudios culturales que se encarga de estudiar personalmente.

La última semana escribió la siguiente nota:

“Hoy descubrí un bonito detalle que me llenó de emoción. Esto sucedió mientras administraba en mi ordenador diversas obras de arte en sus respectivas carpetas. Me resulta en principio muy sencillo descargar discos de música y guardarlos en una carpeta que lleve el nombre de su artista. Lo mismo ocurre cuando estudio algunas pinturas o esculturas.

La particularidad quedó expuesta en el momento que repasaba algunas características de ciertas obras de arquitectura. No supe y todavía no se si acomodarlas en el sector que corresponde a “artistas” o en el que corresponde a “ciudades” y entonces reflexioné. ¿Dónde debo colocar la imagen de la Torre Eiffel, por ejemplo?, ¿Será donde guardo los trabajos de Alexandre Eiffel?, ¿O será más bien donde guardo las imágenes de París?

Qué romántico resultó el descubrimiento. Será entonces que la arquitectura es el único arte que una vez finalizado, es entregado por el artista a una ciudad, a un espacio, para nunca más pertenecerle.”


Megapost (Mi Trabajo/Arte)

Estuve buscando mi voz,
la encontré en la noche,
la encontré vagando,
la encontré rezando de rodillas
suplicando por los que más tienen
y porque el mundo se haga trizas.

También me busqué a mi mismo,
me encontré en la noche,
me encontré vagando,
me encontré pidiendo con dinero
lo que ya había conseguido
cuando todo era casero.

Hice de fiera cuando hablaba sucio
rodeado de estepa de un gris negruzco
y en ese entonces cuando fui llamado
por sirenas de algún lejano siglo pasado.

Quiero un poco de aquel hambre
que nadie sepa del desmadre.
Porque cuando aún no estábamos juntos
siempre nos manchábamos con sangre.


Literatura

¿Qué le estará sucediendo a la humanidad mientras yo leo este libro?, ¿Y si es interesante?, ¿Habrá noticias nuevas?, ¿Qué estará pasando allá afuera mientras miro una película o mientras escucho una canción?, ¿Estará mi teléfono alertándome de alguna nueva notificación?, ¿Le habrá gustado a alguien la foto que subí por la mañana?, ¿Tiene sentido?, ¿Tiene sentido acaso esta historia literaria en la que estoy sumergido?, ¿Podré definitivamente trabajar mi concentración y abocarme a la contemplación profunda y absoluta de la belleza?, ¿Y la televisión?, Creo que necesito una dosis de realidad temporal que me conecte con el resto de la humanidad ahora mismo, ya no puedo estar solo, mi cerebro se demora demasiado en generar ideas estimulantes, ¡Necesito algo que esté sucediendo ahora mismo!, ¡Lo necesito ya mismo!, ¡¿No ves que no puedo esperar más?!, ¡Dame mi teléfono!, ¡Dame el control remoto!, ¡Ya mismo revisaré el teléfono!, ¡Ya mismo encenderé el televisor!, ¡Quiero saber qué está pasando!. Aaaahh… Aaaaahhhh… que bien, si… que bien, si..., ufff, menos mal, mejor así, lo necesitaba.. así está mejor, definitivamente, menos mal, Ahhh.. gracias, gracias. Perdón, lo necesitaba… Menos mal.

cuentos cortos

En la noche camina y en dicho período temporal de ausencia lumínica natural alinea sus sentidos el extraordinario escritor de tangos Attilio Olivetti. Fuma tabaco y reflexiona mientras una débil percepción paranoica interrumpe súbitamente sus cavilaciones. Reconoce o cree reconocer una impertinente sombra que atraviesa la calle y lo acecha.

Acelera su paso el poeta porteño cuestionando en principio la existencia de la oscura silueta, y en segundo lugar, repasa con aprensión el estado de salud de su capacidad de raciocinio.

De reojo contempla a su alrededor y la sombra lo persigue. Se estremece Don Attilio y se hace preguntas. Da la vuelta a la esquina y aquella perversa lobreguez sigue sus pasos. La escena parece ficticia y continúa siendo viable, pero aún el más animoso supuesto no logra mermar el profundo padecimiento del escritor de tangos.

Attilio encuentra entre sus perturbados pensamientos una posible solución. Se dirige velozmente al Barrio de la Plena Oscuridad con la esperanza de confundir a su acosador y encontrar entonces la salvación. Corre con sinceridad y suda como no lo hacía en mucho tiempo.

Una vez alcanzado su destino, la negrura que lo persigue se diluye con el resto de la plena oscuridad. Sonríe con nerviosismo el poeta justo antes de descubrir que una mano lo sujeta fuertemente. Tal vez podría divisar a quién pertenece aquella mano en cualquier otro lugar, pero dicha acción no es posible en el penoso Barrio de la Plena Oscuridad.


textos

Se acerca un hombre solo. Sus pasos se oyen rápido y cada vez más cerca. Suenan rítmicos, de tiempo perfecto.

Rostros lo observan y lo detestan. Las mujeres hablan de su infidelidad y de que alguna vez les mintió. Las niñas advierten el ejemplo de lo que deben evitar. Las ancianas reconocen al hijo que nunca querrían tener.

Los hombres gruñen. Desprecian su arrogancia y estilo. Los niños descubren quien los llevó a la miseria. Los ancianos ruegan olvidarlo prontamente.

El hombre no evita el encuentro. Se acerca en forma suave y firme. Se toma un momento dando unos pequeños pasos familiares, de tiempo perfecto. Saluda y su sonrisa es única. La plenitud está en su rostro. La seducción original acompañada de empatía verdadera.

Las mujeres se debilitan de excitación. Las niñas encuentran su primer amor en el mismo momento. Las ancianas ignoran el tiempo y se sienten jóvenes.

Los hombres tienden su mano débilmente, sus ojos se detienen en un punto perdido. Los niños experimentan la admiración inmediata. Los ancianos repasan con congoja su propia vida.

El hombre se aleja, no hay nada más para ellos. El silencio se vuelve ensordecedor mientras su figura se hace pequeña. Todavía se observan sus pasos, de tiempo perfecto.


trabajo

Lentos son los últimos pasos del león. Arrastra una herida profunda que lo encamina hacia la muerte. Su figura da pena. Le resulta imposible sostener su cabeza, la visión se nubla y sus músculos ceden.

Observa a su alrededor descansando en el herbazal. El cielo está gris y no hay luna. Se detiene por un momento como hipnotizado por su último pensamiento. Solo puede distinguir cadáveres.

Una gacela agoniza hasta desmayarse junto a un chacal que se descompone hace algunos días. Los restos de un elefante descansan sobre los huesos de algún ave despreciable.

Exige una explicación en sus rostros. Las hienas le sonríen mientras se caen torpemente. Un poco más lejos encuentra a los ciervos que lo observan mientras sus ojos se humedecen. Se pregunta qué significa aquello.

Busca con sus últimas fuerzas algún león. Desea una mirada de complicidad verdadera justo antes de morir. No la encuentra.

Se apodera de él una intensa alteración. Entiende rápidamente que allí no encontraría otro ejemplar de su especie y su sangre comienza a sacudirse violentamente. De pronto esa energía súbita recorre su cuerpo y se siente fuerte. Sus piernas responden y comienzan a moverse. Logra erguirse mientras exhibe con orgullo su imponente físico.

En forma ágil retrocede buscando nuevamente aquellos rostros. Se acerca a las hienas y se dirige a ellas con desprecio. Luego recuerda a los ciervos y solo puede sentir lástima.

Completamente recuperado entiende que aquellas especies se están encontrando con el momento que les resultaría definitivo. Es entonces cuando tuerce su cuello y contempla su propia melena. La encontró brillando como nunca antes, jugando junto a la sabana y el sol del atardecer africano. Casi acompañado por ella comenzó a caminar. Comprendió que ese momento era definitivo, pero no era todavía el momento del león.


arte

Caminaba en la noche por la ciudad de Buenos Aires el extraordinario escritor de tangos Attilio Olivetti. Reflexionaba fumando tabaco y concluía en extrañas hipótesis. Observaba con calma lo que sucedía a su alrededor y soñaba de pie. Soñaba como siempre había soñado con encontrar su mejor tango en alguna esquina.

Esa noche se sentía particularmente fuerte. Su interior ardía y se preguntaba si eso dejaría de suceder, si su combustible que lo dirigía hacia una mejor vida alguna vez se acabaría. A la vuelta se encontró con un señor vencido. Le habló al poeta porteño de sus frustraciones y de cómo adaptaría sus pensamientos y su propia existencia para no caer en la más profunda depresión. Attilio escuchó atento y sin decir palabra lo despidió amargamente.

Continuaba su marcha Don Attilio cantando y permitiéndose una genuina emoción. Pensaba interiormente, “ya se, no me digás, tenés razón, la vida… es una herida absurda” y sonreía en plenitud.

En la otra calle, llegando a la avenida, se encontró con un escritor vencido que le comentó tristemente que hacía lo que podía con su vida, que debió relegar sus mayores sueños pero estaba bien y no se arrepentía de nada. Lo demás fueron una serie de excusas que en lugar de convencer a Attilio de lo acertado de sus decisiones, buscaba principalmente convencerse a sí mismo. Attilio Olivetti sintió mucha pena por aquel escritor vencido, y rogó a alguna fuerza superior jamás encontrarse en semejante situación, aunque sabía inocentemente que dicha problemática no formaría parte de su integridad. Saludó a aquel hombre destinado a la derrota, perseveró en su caminata, y también recordó algunas frases del magnífico poeta chileno Arturo Belano.

Fumaba un cigarro tras otro y pensaba. Pensaba en el motor que toda su vida lo acompañó hasta convertirse en el digno artista que hoy era. Pero no se conformaba, ¿Qué sería de su vida sin sueños?, ¿Qué sería de su vida si no buscase su mejor tango? No sería absolutamente nada. Por otro lado, ¿Cuál sería su mejor tango?, nunca lo encontraría. Tal vez su concepto de obra maestra se alejaba de él a medida que él mismo se desarrollaba.

Sonreía ante estas ideas Don Attilio, y así pensaba, y así crecía, y así se sacrificaba y mejoraba cada vez más el extraordinario escritor de tangos que ha dado la ciudad de Buenos Aires.


relatos

El año pasado mi padre se encontraba enfermo. Se trataba de un hombre que llevaba una vida de un intenso trabajo intelectual pero con un físico débil. Su carácter de todos modos resultaba ser un inconveniente en muchas ocasiones. Era capaz de decir cualquier barbaridad a quien se le antojaba, incluso a mi, su propio hijo.

Estuvo mucho tiempo en cama. Desde ahí se permitía dirigir todo lo que sucedía a su alrededor, daba órdenes constantemente y levantaba la voz si era necesario. Era frecuente en el hogar la aparición de médicos para controlar su estado de salud. Llegaban y mientras revisaban su físico notaban la presencia de un ser extraordinario y temible. Acostumbrados a su enérgica personalidad, nosotros no percibíamos ciertos comportamientos que llamaban la atención de los profesionales.

Era natural que los especialistas preguntaran al pasar qué año era y en qué ciudad estábamos. Mi padre, ofendido, respondía con precisión y exhibía todo su conocimiento. Citaba algunos pensamientos de Aristóteles y ninguneaba a todos los presentes. Hacía alarde de sus logros, entre los que se encontraban haber realizado tres carreras universitarias. Les comentaba que era ingeniero, psicólogo y filósofo, con lo que lograba conservar su actitud de liderazgo y demostraba su fastidio por aquellas preguntas.

El tiempo pasaba y mi padre no se recuperaba. Permanecía cada vez más tiempo en la cama y tuvimos que asearlo ahí mismo, cambiarle pañales, y realizar diversas tareas necesarias para conservar en lo posible su dignidad. Su conducta se fue volviendo más extraña. Sus profundas reflexiones por momentos parecían erradas, su carácter se volvió lentamente más frágil.

Un médico llegó una tarde de rutina para observarlo. Recuerdo perfectamente su rostro pero no su nombre. Con tranquilidad controló algunos aspectos de su físico y también le preguntó:

- ¿En qué año estamos?

Mi padre con su expresión facial siempre fuerte se vio embestido. Miró hacia el techo y frunció el ceño. Sus ojos se mostraron reflexivos y tristes. Una combinación de sensaciones que estoy seguro que experimentó por primera vez, y que jamás podré olvidar. Se percibía su profundo esfuerzo. Podía fallar en cualquier aspecto pero no en su campo, el del intelecto. No respondió.

El médico anotó algo en su cuaderno. Me estremecí y me contuve apretando los dientes y puños. Su capacidad de razonamiento lo había abandonado, y en ese momento él me había abandonado a mi. Supe que ya nadie podría cobijarme. La naturaleza avanzaba en su proceso natural, y yo me había convertido oficialmente en un hombre.


Textos cortos

Por la calle oscura camina el viejo, lo hace con dificultad. La luz se hizo penumbra para abrirle paso al destino. Sus recuerdos se multiplican con la misma intensidad con que pierden nitidez. Imagina su cuerpo esbelto exhibiendo antiguas destrezas, acompañado por su corazón latiendo de timidez y algunos amores adolescentes.

El aire húmedo de la noche acaricia sus arrugas fingiendo admiración y memoria. Bien sabe el viejo que pronto su ser le pertenecerá a la brisa, para transformarse en viento y dirigirse hacia el olvido. Los rostros que observa ya no dicen nada, las miradas ahora son mentiras y hasta el amor se volvió ingenuo.

Se pregunta por las pasiones que escuchará prontamente, por los sentimientos expresados a través de señales de fuego que ya no lo alcanzan. Con nostalgia añora la inmortalidad, con desdén observa sus manos, con paciencia camina el viejo.

Da la vuelta a la esquina y se encuentra con una imagen difusa de la propia vida. Se sorprende al encontrarla. No ve su rostro pero lleva un reloj en su muñeca. Percibe que es suyo, el reloj indica su tiempo perdido y brilla hasta enceguecerlo.

El viejo recuerda el hurto y la insulta. Se acerca a golpearla con puños afligidos y lágrimas. La vida gime riendo, sobra la escena y se desarma en una euforia de triunfo. El viejo cae y la vida se aparta. Ensaya un grito asfixiado y se calla. Las manos tocan el asfalto y su rostro acompaña.


Megapost (Mi Trabajo/Arte)

Me dijo aquella tarde en la que le entregué mi corazón, que yo lo tenía todo. Que yo era inteligente, bonito, y que además tenía la altura perfecta. Era plenamente atractivo, todo lo que una mujer podía desear. Me dijo que se notaba en mi semblante que podría alcanzar cualquier cosa que me propusiera, que seguro me iría muy bien, que el mundo podría ser mío.

También me dijo aquella tarde que me admiraba, que envidiaba mi tolerancia y mi paciencia, que era aplicado y sabía concentrarme en las actividades que desarrollaba. Me dijo acercándose dulcemente que yo tenía decisión y un espíritu fuerte, que se sentía segura a mi lado, que lo tenía absolutamente todo, salvo una cosa: Magia.

“No te lo puedo explicar, es magia… ¿Viste que hay personas que tienen magia?”.

No había pensado en esa carencia que se convertiría en una obsesión intangible. Fue así cómo me destrozó y nos despedimos.


Literatura

Se termina el año y con una sonrisa recibe las fechas festivas el extraordinario escritor de tangos Attilio Olivetti. Dicho período ha sido largo y tedioso. Ha sufrido duras pérdidas y su estado de ánimo no ha encontrado el equilibrio deseado.

En un rincón de su solitario estudio percibe destellos de buena suerte. Unas insólitas señales se hacen visibles con intención de emitir un comunicado bienintencionado. Su corazón se toma el atrevimiento de vaticinar el advenimiento de tiempos misericordiosos. Tal vez cesará el eterno castigo que el mismo escritor de tangos destina pacientemente a su propio ser. Tal vez pueda olvidar su esquivo mejor tango y se dedique sencillamente a vivir en él.

Sonríe el reconocido poeta porteño y se permite cerrar su cuaderno. En soledad abre una botella, y con el espíritu rebosante de un extraño sosiego, sirve vino en su copa y la levanta. El año termina, y en una estrella encuentra sus sueños y verdades troncales. También encuentra a su padre y puede verse a sí mismo.

Han sido suficientes las violentas embestidas del destino sobre el débil Attilio. Es tiempo ahora de encontrar nuevas aventuras y nutrirse de la mismísima vida. ¡Salud!, se dice Attilio, y también sin saberlo, a su puñado de lectores secretos.


cuentos cortos

Se despierta el joven en su habitación. Abre los ojos con cierto dejo de amargura mientras se incorpora de manera lenta y torpe. Logra asomarse por la ventana y observa el espacio. Solo puede sentir deseos. Fuerzas intensas en su interior lo hostigan hasta eliminar su contenido humano y convertir su voluntad en carencias.

Los deseos están en el cielo. Aparecen muy lejos junto con su energía. El joven se detiene a recapacitar de qué manera podría alcanzarlos, pero son ellos mismos los que entre carcajadas buscan distraerlo.

El joven cierra la ventana y se dedica a elaborar un procedimiento sabio. Se recuesta con la intención de reflexionar claramente y un mar de sensaciones lo azotan. Su estrategia corre peligro y decide cubrirse ambos oídos para evitar la filtración del sonido. A continuación, cierra sus ojos para eludir la seducción de alguna excusa plasmada en imágenes.

No logra su fin, continúa siendo preso de abstracciones mezquinas que lo abordan por todos los frentes. Decide entonces respirar de manera suave y automática, alternando pausas controladas desde el subconsciente. Se convierte finalmente en una inerte masa que reposa sobre una cama.

Como último paso, persevera con esfuerzo hasta neutralizar el trabajo de su propio cerebro. Se concentra en el resto de su organismo, en su corazón latiendo y en la rítmica dilatación de sus venas. El tiempo parece detenerse, el objetivo se acerca. Su cuerpo se encuentra paralizado y reduce su velocidad mental. Ya no queda absolutamente nada en funcionamiento.

Perezosamente comienza a levantarse, pero no es él quien lo hace. Una confusa transparencia con brillo propio logra distinguirse en la habitación. Se escucha el silencio absoluto, el universo entero está en paz. El espectro lumínico identificado como su propio espíritu se acerca a la ventana y observa los deseos con arrogancia. Son ellos quienes ahora se encuentran perturbados y buscan consuelo.


textos

El radiante Muda, conocido por los distintos artículos periodísticos como “el Joven”, andaba en uno de sus viajes por las islas del Mar Índico con la esperanza de poder cruzarse en algún momento con el supremo “Hombre Inteligible”.

El Joven se encontraba de alguna manera afligido porque aún siendo poseedor de una corta edad, sentía que lo había vivido todo, y que los intensos estímulos eran parte de su pasado. Se preguntaba de qué manera lograría recomponer su espíritu y volver a percibir esa sensibilidad tan pasional que ha sabido acompañarlo durante tantos años.

El Joven caminaba varias horas durante el día y se dedicaba a contemplar la naturaleza. Por las noches bebía alcohol para asegurarse de ser honesto, y conversaba con todas las personas que podía. Mucho aprendía Muda de estos encuentros mientras desgastaba en simultáneo su capacidad de ser conmovido.

Una noche se encontraba embriagándose en la hermosa arena de una de las Islas Seychelles fijando su mirada en el horizonte marítimo. De pronto el Hombre Inteligible se hizo presente y se sentó junto a él. El Joven no se dio tiempo para el asombro y le comentó de inmediato sus frustraciones. El Hombre Inteligible escuchó con atención y le ofreció un sabio comentario:

“Tu nacimiento y tu muerte se encuentran en este momento en extremos equidistantes de tu actual posición con respecto a tu idea temporal. Sólo puedes encontrar la valoración del presente cuanto más próximo te encuentres a alguno de estos puntos elementales de tu existencia.”

Muda reflexionó profundamente y halló en esas palabras una respuesta que no había imaginado. Con una sonrisa se volteó para abrazar al hombre que ya había desaparecido.


trabajo

Con una cuchara las viejas rascan los laterales de las ollas. Con esa cuchara sacan los desperdicios y el arroz quemado. Con esa cuchara sus miserias se convierten en basura.

Pasan después la virulana y la olla queda como nueva. Se quita la mugre para siempre y va a parar al tacho. La olla por su parte está nueva y brilla pero recuerda, y con su superficie rascada añora los desperdicios y el arroz quemado.

Las viejas se sienten como nuevas y olvidan que mientras rascaban las ollas el tiempo siguió su camino hacia el delirio infinito, y así lo seguirá haciendo hasta formar parte del hierro que hace las ollas, y ser así rascadas por otras viejas.


arte

Augusto despierta bañado en su propio sudor. Examina lentamente la situación en la que se encuentra y se presenta aún más siniestra que su reciente pesadilla. Se descubre sentado y atado. En su cabeza una especie de cinta metálica comprime su cráneo de tal forma que hiere su piel. Unas diminutas gotas de sangre brotan gradualmente por su frente.

Rápidamente entiende que dicha faja traslada información a través de unos cables, conectando su cabeza con un gran artefacto que se distingue en una mesa ubicada a su lado. La habitación que da lugar a este hecho es difícil de describir. El hombre no comprende cómo llegó a ese lugar. El olor a orina es tan fuerte que por momentos lo marea. Las paredes carecen de terminaciones y unas extensas manchas de humedad terminan por presentar el espacio como una escena verdaderamente tétrica.

La puerta se abre detrás de él. El hombre oye unos suaves pasos que se acercan hacia él y pasan por su lado. Dicha persona se ubica dentro de su campo visual y sigue caminando en busca de una silla. Augusto comienza a percibir sensaciones de horror decididamente perturbadoras. Suda cada vez más, su corazón parece salirse de su cuerpo, sus ojos se muestran completamente desorbitados.

El caballero que permanece de pie toma una silla y gira para mirarlo a los ojos. Sucede algo asombroso. Aquel individuo no tiene rostro. Sujeta la silla con su brazo derecho y la arrastra hasta ubicarla delante de Augusto. Antes de sentarse, se dirige a un pequeño armario y toma dos objetos: un pequeño grabador y un cartón que a simple vista parece tener más de un metro de alto y otro de ancho, con una especie de impresión montada.

Finalmente el hombre sin rostro se sienta delante de Augusto y presenta ante él la imagen impresa en el cartón. Se trata de una gran paleta de colores, como si fuera una gran muestra. Resulta incalculable la cantidad de pequeñas casillas que se exhiben representando una abundante gama de colores. Cada uno de ellos se expone a través de miles de variantes, combinándose con distintos grises y con un código numérico debajo.

Augusto no logra comprender la situación como pretende. Desearía observar a los ojos a quien se presenta delante de él, pero su ausencia de rostro lo hace imposible. La sangre sigue derramándose por su frente y se acumula en sus cejas.

De pronto, el hombre sin rostro levanta el pequeño grabador y oprime un botón. Se oye una grabación que dice:
- ¿Cuál es tu color favorito?.

Augusto sigue sudando. La situación está por encima de su comprensión, busca la calma y con desesperación dice un número que aparece en la lámina. Inmediatamente el artefacto que se conecta con su cabeza enciende una luz roja y emite un sonido que sin reflexionar demasiado parece la representación de un error. Es un detector de mentiras.

Al parecer no dijo la verdad en el momento de elegir su color favorito. El hecho más preocupante es que frente a semejante gama de colores, no sabe cuál es.

El hombre sin rostro se pone de pie e inesperadamente lo golpea con una fuerza descomunal que le hace estallar la nariz. La sangre recorre su bozo, sus labios, y su mentón. La escena se asemeja a un tipo de manantial sangriento y aquel líquido termina por derramarse en el piso.

El hombre sin rostro se sienta nuevamente y hace click en su grabador:
- ¿Cuál es tu color favorito? – Parece que es todo lo que aquel dispositivo puede reproducir.

Augusto entiende la seriedad de la situación y a pesar del dolor físico busca reflexionar. Azul, su color favorito siempre fue el azul. Busca la gama de azules y detecta miles de variantes de aquel color. Algunos más oscuros, otros más claros, más chillones, más o menos saturados. Cientos de variantes de azul marino, eléctrico, francés. En aquel montaje había más azules de los que conocía. Casi al azar elige uno y pronuncia el número que le corresponde a aquel color.

El detector de mentiras vuelve a emitir el mismo sonido y se enciende la luz roja. El hombre sin rostro deja su asiento y lo golpea en su magullada nariz, ahora con mayor fuerza.
Augusto está confundido y aturdido. El dolor no le permite pensar, desearía estar en cualquier otra parte. Aquella situación le resulta extremadamente injusta.

La escena se repite y Augusto completamente entregado y rozando la inconsciencia indaga en su mente, recuerda su infancia, busca momentos decisivos que determinen cual es exactamente su color favorito. El hombre sin rostro lo hace una y otra vez. Reproduce la pregunta y ante el error, se pone de pie y lo golpea con total violencia en su rostro.

Augusto está a punto de desmayarse y no sabe cómo no ha ocurrido hasta ahora. Su aspecto natural está completamente desfigurado y repleto de sangre. Luego de un violento golpe, el hombre sin rostro se pone de pie y se dirige hacia el armario donde guardaba los elementos ya mencionados. Encuentra otro grabador y vuelve a su asiento. Oprime el botón de reproducir y se escucha:
- Esta será tu intento número diez.

¿Qué significará eso? El dolor físico de Augusto es ahora bloqueado por un miedo perturbador.

El hombre sin rostro deja el grabador en la mesa y sujeta nuevamente el que había utilizado hasta ese momento. Se logra escuchar:

- ¿Cuál es tu color favorito?


relatos

En una habitación con poca iluminación descansan dos octogenarios. En el mismo cuarto hay dos camas y ambos se encuentran sentados en cada una de ellas observándose frente a frente. No hablan, no dicen nada y hasta parecen no ser capaces de engendrar sentimientos. Piensan un poco pero dan la impresión de estar abatidos.

Uno de los dos coloca ambas manos en el lateral de su cuerpo y sujeta el colchón con presión. El otro, en cambio, reposa ambas extremidades delante de sí mismo, cruza sus manos entre sus dos piernas y entrelaza sus dedos con calma.

Se siguen observando y la puerta que permanecía abierta, se cierra. Uno de los dos está a punto de confesar sus dolencias pero se detiene. El otro, que detecta en sus oídos las voces calladas por su compañero, cree escuchar algunas palabras que en realidad provienen de su interior. Continúan observándose y ambos perciben la resignación ajena.

Quien tiene sus manos cruzadas logra decir con algo de timidez: “Siempre le tuve miedo a la muerte, desde que era joven”. El otro escucha en silencio y no hace ningún gesto. Después de unos minutos, el hombre longevo que no ha hablado hasta el momento, se pone de pie y busca detenidamente el contacto físico. El viejo sentado lo mira a los ojos y con sus músculos faciales transforma su rostro en una imagen penosa y débil. El anciano que sigue de pie, toma un palo que se encontraba cerca de la cama y armándose de valor golpea al otro en la cabeza provocando un desmayo inmediato.

Una vez en el piso, sigue impactándolo con el palo y lo patea sin misericordia. La sangre comienza a brotar por los distintos orificios existentes en la cabeza del hombre inconsciente hasta que un viento frío se apodera de la habitación anunciando su paso al mundo desconocido.

El agresor continúa de pie, lo observa con pena y rompe en llanto. La puerta se abre y una luz lo enceguece. Con dificultad logra esquivar el cadáver de su compañero y se dirige hacia la salida esperando con ansias a Dios, o lo que pueda existir fuera de ese cuarto.


Textos cortos

Un personaje ficticio recorría algunas callejuelas inventadas dentro de un cuento maravilloso. Se lo percibía lejano, misterioso y en silencio. Reflexionaba aquel personaje sobre su existencia, y sobre la necesidad de un creador. Notó mientras arrastraba sus pies que no tenía identidad y que sencillamente era descripto a través de sus movimientos y de su contexto.

De forma inmediata reclamó una identidad. Pidió un nombre, pidió un rostro, detalles sobre su nariz y sus labios. Sus pómulos se presentaban como rasgos desconocidos del que deseaba obtener algún detalle. Se arrodilló en medio de una calle sin temer a ser aplastado por algún vehículo imaginario. Asaltó a su autor por sorpresa y se rebeló en su propia historia. Gritó al cielo ficticio pero no tenía voz.

Anhelaba el personaje poder abrir un diálogo, tener la oportunidad de que el lector lo conozca en profundidad a través de sus propias palabras. El escritor no quiso darle el gusto, le explicó en secreto que sería mejor así, que de esta forma evitaría ser juzgado y su enigmática figura despertaría un mayor interés. A continuación engendró la lluvia en la ciudad del cuento, obligó al protagonista a mojarse y le ofreció apenas un sobretodo para poder recorrer algunos sectores cada vez más oscuros.

El héroe aparente continuó en su búsqueda de la verdad. Se quitó el abrigo y se detuvo bajo la lluvia para recibir aquel fenómeno sin muestras de pánico. Corrió también por algunos pasajes que se iban generando en la imaginación del escritor cobarde. No había salida, no podría jamás darse a conocer y menos tener la posibilidad de evadir su condición inexistente.

Más tarde caminó cabizbajo observando su realidad desconocida con ojos de colores imprecisos, frunció sus cejas indistintas y se resignó a ser al menos digno de su cuento, de su ciudad ficticia, de sus lectores anónimos.


Megapost (Mi Trabajo/Arte)

- ¿Ésto es todo? – Preguntó el hombre ordinario.
- Es todo. – Respondió el hombre inteligible.
- ¿Y los sueños?
- Son el pasado.
- ¿Y la plenitud?
- No existe.
- ¿Y el amor incondicional que da sentido a las vidas mundanas?
- Es para pocos.
- ¿Y qué queda?
- Queda lo que puedas hacer con lo que queda.
- Puedo hacer muy poco.
- Quedará muy poco entonces.


Literatura

1 comentario - Megapost (Mi Trabajo/Arte)

MAYA87
Entre tu arte y mi arte, prefiero mi arte... bastante interesante tu trabajo.