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Cuento propio: Héroe.

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Inyectado contra la oscuridad que rodeaba a la mesa del fondo, ensimismado, ajeno a lo que pasaba a su alrededor, el hombre apoyaba una mirada vidriosa contra el vaso semivacío que lo incitaba a pocos centímetros de sus temblorosos dedos. Su cara, mustia y ajada, tomaba en su inmovilidad la apariencia de una escultura tallada a navajazos por un artista inexperto y negligente. A su lado, silencioso, otro hombre lo miraba con atención. Dotado de una mirada feroz e inteligente, algo más joven que el otro, lucía divertido y animado. Hablaba cerca del oído del primero, en un tono entre paternal y burlón. -Mejor terminá ese vaso y andate, no sea que te emborraches.-
-Andá a cagar- contestó desafiante el hombre de la cara mustia, al tiempo que vaciaba el vaso de un trago.
El joven ensanchó la sonrisa mientras daba unas palmaditas de simpatía en el hombro de su interlocutor.-En serio, hay que irse. No hagas algo de lo que puedas arrepentirte.- Y al decir esto la sonrisa devino carcajada que se agitó y flotó unos segundos salpicando las paredes, la mesa, la cabeza del bebedor. Este, sin mirar al costado, se paró y empezó a caminar hacia la puerta.

Esteban volvió a tocar bocina mientras puteaba para sus adentros. Estaba atrasado, por lo menos diez minutos, y todo gracias a los padres que no tenían prontos a los niños cuando él llegaba. No es que le importara demasiado, si por el fuera no esperaría ni un minuto y el que estuviera pronto que se subiera y el que no que se jodiera, pero el no dictaba las reglas del juego y por lo tanto estaba obligado a esperar, y por lo tanto a desesperarse para tratar de llegar en hora, porque después los padres lo culparían por las llegadas tardes de sus hijos.El ya sabía como funcionaban las cosas, los que pagaban eran los padres, y eso parecía darles derecho a despotricar libremente contra cualquier chivo expiatorio que se cruzara en su camino. Finalmente se abrió la puerta de la casa y aparecieron la mujer y el niño, discutiendo sobre una bufanda que se había ensuciado, moviéndose torpemente con gestos estresados. La madre aún dedicó unos segundos a acomodarle al niño el cuello de la camisa y a rezongarlo un poco sin demasiada convicción. Por fin le dió un beso y el nene se subió a la camioneta.


El hombre de la cara mustia caminaba dejándose llevar por la inercia de sus pasos. Cruzó una avenida torpemente maquillada con semáforos y carteles luminosos, atravesó las eternamente sucias veredas del barrio judío y siguió caminando sin rumbo fijo.Tenía el aspecto de un sabueso que olfatea y aguza el oído en la búsqueda de una presa. El hombre más joven caminaba a su lado hablándole, explicándole, revelándole las cosas.
-Siempre me ha causado gracia y pena la candidez de los hombres, la linealidad de sus pensamientos. Ustedes creen que el bien y el mal se excluyen mutuamente, creen en el equilibrio, su mente no puede enfrentarse a la idea del desorden, del desequilibrio.Los asusta la complejidad, la niegan, la ignoran. Pero se equivocan, y parte de la tragedia de la humanidad reside en esa tendencia a la simplificación, a crear dicotomías, negro blanco, malo bueno...
Dejó la frase sin terminar. El hombre de la cara mustia había detenido su marcha. La tensión de su mirada aumentó, como la de su cuerpo, como la de la noche. En la vereda de enfrente, liviano, casi etéreo, un niño de unos nueve o diez años jugaba con una pelota haciéndola rebotar contra un muro.Los hombres permanecieron inmóviles mirando el devenir del juego del niño. El hombre de la cara mustia apartó la vista y cerró los puños. El hombre joven se le acercó y empezó a hablarle al oído.-Ya sabés lo que tenés que hacer. Es muy fácil, no lo pienses más. Sabés que no tenés alternativa. Es uno o son nueve. Es muy fácil.- -No voy a hacerlo, dijo el hombre de la cara mustia.El otro movió la cabeza como perdonándole una travesura. -Vas a hacerlo. Esta vez vas a hacerlo, lo sé como sabía que la primera vez no ibas a hacerlo. Pensaste que te habías encontrado con un loco. Después pensaste que vos estabas loco. Pero después que cayó el avión tuviste que rendirte ante la evidencia. Las alucinaciones no predicen el futuro. Fallaste, y mucha gente murió por tu culpa.-
-Callate. Callate. Yo no tengo culpa de nada. Dejate de jugar conmigo.¿Porqué a mi, me querés decir? Callate.
-Esta vez no podés permitir que pase. No podés negarte, eso es lo que sos, un privilegiado, un diferente. Ahora andá y hacé lo que tenés que hacer.
El hombre de la cara mustia hundió las uñas en las palmas de sus manos. Tuvo la tentación de lanzarse sobre el cuello del otro, de golpearlo hasta destrozarse las manos, pero se contuvo. Finalmente, cruzó la calle con paso decidido.


La camioneta rodaba imperiosa por las calles de la mañana. Esteban miró la hora y volvió a putear. Atrás el alboroto era general, los niños cantaban las canciones puestas de moda por el programa televisivo de moda. El tránsito estaba peor que nunca esa mañana, pesado, viscoso. El celular de Esteban empezó a sonar. Una vieja cruzó la calle como si cruzara el patio arbolado de su casa de la infancia. Esteban se sacó las ganas de hacerla saltar de un bocinazo. El teléfono siguió sonando hasta que, impaciente, se decidió a contestar. Un ómnibus parecía empeñado en no dejarlo pasar, moviéndose con paso cansino. De pronto aceleró. Esteban, concentrado en la conversación, aceleró también. Entonces pudo ver que el semáforo estaba en rojo. Después, casi simultáneamente, sintió el cimbronazo y escuchó la explosión provocada por la cuatro por cuatro incrustándose contra la camioneta. Después nada más.

Parecía un mármol esculpido, frío, duro e inmóvil. Estaba sentado con la cabeza entre las manos, hecho un ovillo. El otro lo miraba con un gesto que mezclaba pena y admiración.
-He visto pocos hombres con tu fe. Creo que no más de uno entre cien no falla. Felicitaciones, sos un héroe. Tu fe te dió fuerzas para hacer lo que tenías que hacer, para dejar de lado los reparos interpuestos por la moral y el miedo. Miralo desde un punto de vista aritmético. Uno contra nueve. Sí, sos un héroe, uno diferente y mejor al que tanto gusta entre los tuyos, ése que contrapone el bien al mal, el que busca iluminar la oscuridad, el que a lo sumo pone en juego su propia vida para salvar la del prójimo. Sos diferente y mejor porque vos aceptás hacer el mal para evitar un mal mayor.Aceptás perderte para vos mismo, aceptás enfrentarte al hecho de odiarte cada instante de tu existencia. No todos los héroes tienen la misma suerte en el reparto de tareas, que le vas a hacer.
El otro no lo escuchaba. Del hueco que formaban sus manos alrededor de la cabeza empezaron a surgir unos sonidos convulsivos, como los de un animal acorralado recibiendo bastonazos en la oscuridad. El torso empezó a sacudirse como si el corazón pugnara por escaparse del pecho. Las lágrimas le habían nublado completamente la vista, pero en su mente no podía dejar de ver la imagen del niño aterrorizado, la mirada suplicante, el comienzo de la náusea.

Ese día los medios se alimentaron de las dos noticias, ambas estremecedoras pero contrapuestas, desligadas entre sí excepto por que ocurrieron al mismo tiempo. Por una parte el hallazgo del cuerpo de un niño estrangulado en un baldío, inerme junto a su pelota de fútbol, un latigazo de maldad pura cruzando la cara de la ciudad. Por otra parte el accidente en que los conductores de dos camionetas habían muerto destrozados, mientras que los nueve escolares que ocupaban una de ellas habían resultado ilesos. No hay otra explicación posible que un milagro, dijeron todos los que vieron el estado en que habían quedado los vehículos.

5 comentarios - Cuento propio: Héroe.

@badabach
Excelente tu cuento, alfluna. Atrapante la historia, muy bien escrito, me mantuvo en suspenso hasta el final. Bravo!
@sedicedemi
Impresionantísimo!!! Mis 10