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Recuerdos de mi barrio

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A veces cuando estoy al pedo como ahora, y entendamos por "al pedo" haciendo nada realmente productivo, solo pasando el tiempo (sé que podríamos tener una larga discusión acerca de qué es productivo y qué no, pero si me pusiera a discutir no podría estar al pedo), algunas de esas veces, recuerdo a un chico que un día apareció en mi barrio, del que nadie sabía nada y el cual me resultaba particularmente interesante.
No era su aspecto físico lo que me interesaba, ni su capacidad intelectual, la cual creí 'catar' en algunas de las largas conversaciones de almacén de barrio, en las cuales hablábamos sobre los demás y sobre qué pasó la noche anterior en nuestra fuente de pasar el tiempo, la tele; conversaciones de las cuales él no participaba.
Lo que llamaba mi atención era algo en sus ojos, una mirada que yo nunca había visto antes, y es que cuando uno es observador, como yo creo ser, se puede dar cuenta que las miradas de las personas que viven en un mismo lugar se parecen entre si, y uno termina por aburrirse de mirar a los demás, y opta, o por ponerse un parche en los dos ojos, o por encontrar las conversaciones de almacén interesantes y pasar el resto de su vida con la tele, o cualquier novedad tecnológica.
Luego me enteré que este chico era el nieto del viejo Montero, un hombre mayor que se dedicaba a recoger latas y toda clase de basura que la gente suele tirar, y que solo a gente como a él parece servirle, porque el viejo no vendía lo que juntaba, lo amontonaba en su casa, y era por eso que al pasar frente a ella, la gente cruzaba a la vereda de enfrente, para no oler el olor de su propia basura, de sus cientos de productos embolsados y enlatados. Al viejo parecía no importarle nada, o ni siquiera darse cuenta que a los vecinos les molestaba su basura.
Una noche de verano, un poco antes de las 12, cuando la mayoría de la gente se encontraba sentada en la vereda para "tomar el fresco", se cortó la luz en todo el barrio. Como era una noche de luna nueva, el barrio quedó sumido en la oscuridad, oscuridad acompañada de silencio, decidí dirigirme a mi dormitorio a buscar velas, y en eso estaba cuando de la nada se escuchó un sonido que me pareció de lo más extraño para esa situación, era el sonido de un piano, y debía ser enorme porque se escuchaba demasiado fuerte ¿cómo podía estar escuchando eso?. Me apresuré a salir de mi casa y cuando abrí la puerta tuve que sujetarme a ella para no desaparecer del universo al presenciar aquello, todo estaba iluminado como si fuera de día, como cuando llueve y al mismo tiempo hay sol, y afuera no había nadie. Empecé a correr por el medio de la calle buscando una explicación, cuando llegué a la esquina, me vi a mi mismo sentado, tomando el fresco con mis vecinos y viendo ese programa, y en él, al viejo montero y su nieto sentados mirándonos.

Salvador Balín

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