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Historias del auto rana

Fueran 2 o 3CV, los dueños de los viejos Citroën no los olvidarán nunca. Entablaban con ellos relaciones complejas, como si fueran seres humanos más que meras chapas, tornillos y farolitos que te miraban como si estuvieran vivos


andar gomoso. Las ancas soberbias. Los ojos soñadores como una mujer tratando de no olvidar. Frenaba como diciendo sí. Y te llevaba a todos lados. Cuando transcurrían los años 60, cuando el amor cabía acurrucado entre la pelusa de un colchón manchado y el fuego helado de una cocina con garrafa, cuando los hijos eran eso que se traía a un mundo que seguramente iba a ser mejor, cuando se tomaban litros de café y ginebra en los bares porque todo era digno de ser discutido, cuando no existían la capa de ozono ni los malos recuerdos tan malos. En ese planeta inquieto, anaranjado y feliz, la fábrica Citroën soltó dos amables libélulas: los Citroën 2CV y 3CV. El auto rana.

Historias del auto rana


Ese milagro mecánico que era lo más barato, lo más utilitario, lo más desarmable, lo más fácil de arreglar, lo menos ostentoso. Lo más descapotable que supimos conseguir.

Hoy, los autos tienen la aerodinamia marcada a fuego en cada pieza. Son animales duros. Bestias de ruta. Pero junto a tanto guardabarro pensado hasta el temblor, el autito rana se sigue llevando los suspiros que sólo arrancan las primeras pasiones o los dolores viejos. -Estaban vivos. Eran como langostas. La chapa del capot era como el ala de un insecto. Eran buena gente.

citroen


Se regocija Laura Fourcaud, despreocupada y encendida; capaz, como el Citroën, de emprender un viaje de 15.000 kilómetros sin nada más que la confianza de llegar, alguna vez, a algún lugar. -Era maravilloso -dice esta propietaria de un 2CV y luego de un 3CV, allá por el 75-. Se rompía, pero siempre lo arreglabas, todo era reemplazable. Tardábamos tres meses en llegar a Miramar. Si tenías viento de cola llegabas bien. Si no, tardabas el doble. Era como ir en bicicleta. Era un auto con sentido del humor, para gente no apurada. El pobre vivía humillado cuando tenía que pasar a otro en la ruta.

Tola Kosluk tuvo tres Citroën, todos 3CV. El iba al volante cuando la pesadilla se hizo realidad. Era camino a Mar del Plata, cuando detrás de un camión se formó una fila de 10 Citroën. Diez patos de caderas bamboleantes. Diez pobres Davides siguiendo dolorosamente a Goliat durante la friolera de 175 kilómetros. Asomaban la trompa sudando aceite; cuando casi lo lograban, aparecía en la distancia un punto amenazante por la mano contraria.

-Y todo el mundo a esconder la trompa. Pero fue un auto noble -dice Tola-. Para uno que tuve, usaba dos guardabarrros: los de salir y los normales. Los días que tenía casamiento, bautismo o fiesta, le ponía los guardabarros pintaditos, los demás días le ponía los podridos. Lo íbamos pintando de a paneles, o si no lo pintaba yo con la maquinita de flit. Un día estaba pintando y veo que salen del zócalo unas hormiguitas. Golpeo, y entra a salir una parva de hormigas. Tenía un hormiguero en el zócalo. No era un auto. Era una forma de vida. Los loquitos teníamos Citroën. Fitito tenían las mujeres.

2CV


Sin embargo, muchas mujeres iniciaron sus cabalgatas en el lomo de este crótalo bonachón.

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-A veces te dejaba -dice la mujer de Tola, Bettina Bengolea-, pero siempre salía. Yo a veces lo maldecía y mis amigas me decían: "No lo maldigas, Betti, que gracias a estos autos nosotras tuvimos la libertad". Era un autito que muchos maridos les compraban a las mujeres. Una Navidad le presté el auto a mi cuñado y se lo robaron, así que me pasé esa Navidad en la comisaría, haciendo la denuncia, rogándole al cana que se apurara a escribir para llegar a brindar con mi familia. Lo recuperaron en Año Nuevo y me pasé el Año Nuevo en la comisaría levantando la captura. Yo quería mucho a ese auto. Con mi nena de diez años le dábamos martillazos al burro para que arrancara.

citroneta


-Si a una mujer le pasaba algo -recuerda la escritora Emma Wolf, propietaria de sucesivos 3CV-, se ponía a llorar y aparecía un habilidoso con alambre y Poxipol. La gente te tiene lástima y te ayuda porque no entienden cómo estás subido a eso. Sos el kelper de los automovilistas. Tenía una precariedad y una inocencia que no tienen los otros autos. Los usuarios eran un poco inconscientes, porque eso no termina de ser un auto, entonces no tenías responsabilidad de auto. Estaba asociado con una cosa medio hippona, no era el usuario de corbata el que lo usaba. Era un tipo calmo el que lo manejaba, no te permitía correr nunca y tu cabeza funcionaba al mismo ritmo.

Hoy, los teléfonos celulares, los autos y los viajes en crucero se ganan con el único esfuerzo de comprar el combo grandote en la hamburguesería de la esquina. Antes, un descapotable era esa cosa vislumbrada en garajes ajenos y el sueño del auto propio, una cuenta pendiente que no se saldaba en comodísimas cuotas, sino con porciones gruesas del sudor de tu frente.

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-Era un 3 chevaux -dice Lucía Calmet, pronunciando el francés con terciopelo-. Lo compramos porque era el convertible más barato que podíamos comprar. Era colorado, porque si no tenías que admitir que te lo habías comprado porque era lo más barato del mercado, en cambio si era colorado podías decir que te había parecido divertido.

Ojos del color de las almendras cuando es otoño, Susana Riobóo es una de esas mujeres dibujadas con cuidado. Debían hacer estragos ella y su marido Miguel Angel, cuando transcurrían los años 70 y salían de viaje con los hijos en el vientre apretado del Citroën 3CV, ganado por sorteo sin licitación.

-Amé ese auto -dice Susana, riéndose por no llorar-. Nos habíamos metido en un plan de cuotas y lo sacamos en la primera. Fui al sorteo y cuando dijeron 99, no podía creer, era mi número. Ahí nomás nos fuimos a Mar del Plata y después a Brasil, con los chicos y mi mamá. El primer año llegamos a Guaruja y el segundo a Camboriú. En el primer viaje se nos fundió y lo dejamos allá, en una empresa de camiones frigoríficos. Hicimos arreglar la pieza y volvimos en micro a arreglarlo. Era muy trepador, pobrecito. Una vez nos fuimos con unos amigos que tenían un Fiat 600 hasta Bariloche. Para no parar nos pasábamos los chorizos, los salamines, las galletitas de un auto a otro. Fui feliz.

Después, a fines de los años 70, la vida se puso rara. Susana quedó viuda más que joven. Y el Citroën, esta vez pequeño pony valiente y solidario, se quedó a recordarle que el mundo podía ser, todavía y a veces, una cápsula abrigada donde flotaran sueños inocentes.

-Me refugiaba en el auto. Lo tuve más de diez años. Una vez fuimos hasta Chacabuco y a la vuelta se me rompió el cable del acelerador. Entonces mi hijo lo arregló no sé con qué y el auto nos trajo hasta el garaje. Ahí, cuando quise subir la rampa, se cortó, pero me trajo hasta casa. No te desamparaba. Lloré cuando lo vendí. Un día iba en colectivo y veo una cosa azul. Era él. Empecé a gritar: Mi auto, mi auto. La gente me miraba, pensarían que me lo habían robado. Entonces miré y dije: Je, no, ya lo vendí. Después de eso tuve otros autos. Pero ninguno igual.

No habrá ninguno igual. El Citroën era protagonista de los viajes más extraños. Como si la insólita precariedad de su cáscara incitara al desafío, paseó techito de lona y muslos redondos por toda América. Arremetía, capota en ristre, contra peligros desproporcionados: la montaña, el mar, la arena, los ríos. Y también contra los caballos.

-Había comprado el auto el viernes -cuenta Carlos Marcucci, el humorista- y el lunes, cuando lo estreno, encaro la 9 de Julio y por la transversal viene un carro con un caballo. Acelero, pensando que el auto va a responder, y el Citroën resultó más lento que el caballo. Se me vino encima y rompió todo el auto que había estrenado dos horas antes. Cuando llamé al seguro denunciando que me había chocado un caballo me cortaron, creyendo que era un chiste.

Historias del auto rana


Marcucci tenía un Citroën 3CV que dejaba en la calle, en el barrio de Once. Cada mañana lo encontraba puntualmente sumergido en el olor blando de la fruta podrida. Hasta que descubrió que los chicos del barrio jugaban a la verdulería. Porque no había casi nada más fácil que abrir un Citroën. Gustavo Glombosvsky es chaqueño, fotógrafo y tiene 30 años. Compró un 3CV blanco en el Chaco por 700 pesos en 1990, lo trajo andando hasta Buenos Aires a 60 por hora, y lo vendió cuatro años después por 2000 pesos. Gustavo, que no fuma, encontraba cada mañana el cenicero repleto de Particulares.

-Un día descubrí que vivía un ciruja, de noche. Todo bien, él hacía su vida, yo la mía. Era un auto simpatiquísimo. Una vez lo metí en un lavadero automático, y el rodillo empezó a aplastar todo el techo, yo desde adentro parecía un bebe que estira la panza de la madre para salir. Ahí me asusté. Le entraba agua por todos lados.


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Jorge Auge Baque era gerente de comunicaciones de Citroën en el momento en que los 2CV y los 3CV estaban en su apogeo. El mismo llevó un 3CV hasta Malvinas y le dio la vuelta a América del sur. -Sería 1976. En Malvinas estaban el Correo, YPF, Gas del Estado, el ACA, y LADE hacía los vuelos entre Puerto Argentino y el Continente. Entonces, Citroën donó un auto preparado para andar por las Malvinas. Debe estar ahí, en algún galpón.

La mitología tiene un altar sangrante en el corazón de sus usuarios que están dispuestos a creer que el diseño era, sí, de Le Corbusier. Que el capot es acanalado porque los primeros se hicieron con chapa de aviones. Que la fábrica los diseñó para usarlos en la planta. Que fueron pensados para el desierto porque no necesitan agua. -Todo mentira. Esos rumores existían tanto acá como en Francia -explica Auge Baque-, pero nunca me pudieron decir de dónde salieron. Son todos falsos. Se diseñó como un auto popular, muy barato, y el primer prototipo del 2CV era espantoso. Tenía farol de un solo lado, del lado del conductor. Era de líneas muy planas. Citroën necesitaba un auto para competir con Renault y Volkswagen e hicieron eso. Era alto para que entrara un tipo con el sombrero puesto. El señor Citroën siempre usaba bombín.

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Un auto que, más que un auto, era un bando general. Una actitud. Una filosofía.

-Todos los pibes estrafalarios teníamos Citroën -dice Guillermo Recalde-. Un pibe pistero se compraba un Fiat 600, o un 128 si era cheto. Pero el tipo que hizo el Citroën estaba requeteloco. Vos abrías el capot y pintaban un par de mangueras que parecían salidas de la película Brasil, y un ventilador que parecía un Yelmo.

Guillermo Recalde tenía una banda a principios de los años 80 llamada Hollywood Nunca Aprenderá y había pintado en la espalda de su Citroën 3CV modelo 73 el nombre de la banda. Cada vez que chocaba, escribía sobre las partes nuevas los títulos de los temas de la banda. Entonces, en las nalgas de chapa, podía leerse: No tomo más cerveza, Catedral Negra, Basta de sangrar.

-El Citroën era como una burla, una sátira. El Fiat 600 quería tener una apariencia de coche. El Citroën era una aceptación de lo ridículo. Tenía suspensión independiente en las cuatro ruedas, eso le daba ese andar tan irreal, casi espacial. No sabías si ibas en lancha o en avioneta, cualquier cosa menos un auto. En la ruta doblabas como venías y el auto se estiraba todo, se agarraba, se doblaba, pero nunca despegaba las gomas del piso. Andaba a 120, eh. Ojo. Eso sí, te pasaba un colectivo y quedabas media hora bamboleándote. Era una canoa. En las inundaciones de la Juan B. Justo, empezó a flotar y seguía en marcha, pero se me inundó adentro y lo tuve que dejar. Al otro día fui, y mientras todos estaban empujando sus Taunus, yo le di arranque y me fui. Una vez lo dejé en un taller, me lo tuvieron dos meses y me lo tuve que llevar en cajas, desarmado, a un taller Peugeot donde me lo atendieron y lo trataron bien.

Un mecano. Un hágalo-usted-mismo. Un auto que podía mutar en cualquier cosa. Cuna, silla, living, carpa, cama. Mesa, lona, casa, bici, flete.

-Con mi marido -dice Laura Fourcaud- nos fuimos a vivir a un departamento con dos colchones, una silla y una mesa. Cuando invitabas padres había que darles un asiento, entonces era facilísimo: armabas el living con los asientos del Citroën y tenías un sillón de dos plazas y uno de una plaza. El auto, además, tenía la suspensión tan blanda que cuando tenías el primer hijo, que siempre llora como enloquecido, te lo llevabas a dar una vuelta en Citroën y el chico se dormía.

Laura, entonces, se agarra las puntitas de los dedos limpiándose eternamente una uña que acaba de cometer lío profundo, y habla de La Citronave. La Citronave era una Citroneta con la que su padre hizo una mudanza entre Lugano y Miramar. Los hijos de Laura amaban La Citronave que, como todo especimen cruza con algo, era una entidad tan angélica como vengativa. El día en que La Citronave despertó de mal humor, decidió hacer justicia por mano propia.

-Era tan fácil de arreglar que hasta la rayada de la mujer de papá intentó ajustar algo y La Citronave, harta de ella, quiso hacer justicia -cuenta Laura, como si disfrutara-. Un día llegó contando que se le había descompuesto La Citronave, que había levantado el capot, que le había puesto un palo, pero que no había parado el motor. Ella tenía una bufanda, y el ventilador en marcha le había agarrado la punta de la bufanda y casi la ahorca. En el momento en que ella contaba eso, todos pensamos lo mismo: "¡Bien por La Citronave!" Aun a costa de asesinar personas, el Citroën protegía las vidas de sus más leales cuidadores. Pero tenía un costado infiel. El simpatiquísimo se dejaba hacer. La flor de la flor de la simpatía se mecía cual cachorro trompudo y respondía de forma más o menos parecida a cosquillas reconocibles. Julia Calmet dice que cuando perdía la llave, el auto no hacía demasiadas cuestiones para arrancar con la sola ayuda de un cuchillo Tramontina, y Carlos Marcucci jura que un día entró apurado en el estacionamiento, abrió el coche, lo puso en marcha, hizo cinco cuadras y el pánico fue taquicardia: no era su bienamado Citroën azulcito lo que lo rodeaba.



Luis Sasbón dice que se siente tan bohemio como el auto. Que canta en un coro de cámara de Adrogué y en el de Sadaic. Que tuvo nueve Citroën. Empezó con un 2CV modelo 67 en 1970. Apenas lo compró, cruzó a Chile por Mendoza y regresó recorriendo el Sur. Tardó dos meses y el itinerario quedó dibujado para siempre en las puertas de ese artefacto cremita. Tuvo dos 2CV más, y después, en 1978, se fue a Ushuaia con el primer 3CV. Para dormir, sacaba los asientos y los encadenaba al paragolpes. Todos, desde el primero hasta el noveno, compartieron el mismo nombre: Hermenegildo. Salvo uno, que se llamó Lali: "Lalimusín", explica.

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-Fue una dinastía de Hermenegildos. Con Hermenegildo quinto me fui a Bahía, Brasil. Con Hermenegildo octavo fui a Perú. Hacía 15.000 kilómetros por viaje. En verano le sacaba las puertas y las ponía en el baúl. El que tengo ahora tiene 250.000 kilómetros hechos. Es un Visa Club. En otra casa que tenía, había armado un museo de cachivaches de los coches anteriores, con cartelitos que decían: "Perilla que perteneció a Hermenegildo segundo que reinó entre tal año y tal año y recorrió tal y tal lugar; perilla de luz de viraje de Hermenegildo quinto..." Yo era viajante de comercio. Una vez iba llegando a Necochea de madrugada. El 3CV tenía como una rendijita a lo largo del parabrisas, y me di cuenta de que si me agachaba y miraba por la rendijita, veía la ruta. Encendí las luces, y cada vez que venía un auto de frente empezaba a hacer zigzag, y los tipos se enloquecían: veían un Citroën enloquecido, haciendo eses y sin conductor.

La tribu del Citroën. Una pandilla amplia y enloquecida. Julia Calmet también cultivó el mapa de los viajes iniciáticos. Cordobesa ella, salteño el marido, cada fin de año iniciaban la peregrinación de 1500 kilómetros con dos bebes a cuestas hasta Salta, la linda. Julia, la linda, dice que salían con el fresquito nocturno, tratando de no frenar, trepaditos a la juventud y el amor y los años locos.

-Jamás, aunque te fueras a llevar por delante lo que fuera, sacar el pie del acelerador, porque perdías el envión, y agarrar de vuelta la velocidad crucero, que en el mejor de los casos no pasaba de 80 kilómetros, era imposible. Rubia, descapotable y vestidita de flor, Julia era presa fácil de muchachos más descapotables que ella. En las frescas mañanas porteñas, las patitas cortas del Citroën no alcanzaban a sacarla de apuros. Nunca.

-Y tenías que irte al tranquito, dando explicaciones. Otra cosa tremenda era la ventanilla. Un clásico. Se levantaba para afuera, entonces ibas charlando con el codo apoyado en la puerta, y se te caía la ventanilla en el codo. ¡Pumba!, dolor infernal, cinco días el codo inmóvil. No era para hacer facha, ni ser canchero, ni rajar, ni hacer picadas. Nadie estaba pensando en llantas de magnesio ni cosas esotéricas. No es como ahora que se dice que el auto es un símbolo fálico, porque la verdad que si fuera por eso, el símbolo que el Citroën podía representar era como una nadita.

Apenas un escalón por debajo de algún santo milagroso, el montón de fierritos se alzaba como una montaña de buenas intenciones y mejor voluntad.

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-El 2CV era muy descansado de manejar -asegura Emma Wolf- porque como tenía el embrague centrífugo no tenías que embragar para poner los cambios. Yo iba manejando con una pierna doblada sobre el asiento. Lo de fundirse era un clásico. Ese auto a veces decide quedarse en algunos lugares, porque le gustan, o no sé qué. A los chicos les encantaba viajar en una especie de portaobjetos de hule que había atrás. Era como una bolsita, muy acogedor.

Podía prodigarse en asientos para un picnic o una cena inesperada, ser descapotable, nave asesina, tibia cuna de arrepollados nenes, bólido. Pero cuando se hartaba, protestaba de un modo aterrador: en medio de una loca carrera a 80 kilómetros por hora, levantaba de improviso el capot, que dejaba por un momento de ser ala de mariposa y se transformaba en venda asesina, pesadilla curva y acanalada. La manera más usual de evitar esto era atar el capot con una cuerda.

-Y sí -dice Laura-, cuando ibas de viaje había que fajarlo un poco.

Hay quienes aseguran que era un coche infinito. Juran sus propietarios haber cargado más de 11 personas, casas enteras en mudanza veloces, perros, valijas, y hasta una orquesta de jazz tradicional formada por banjo, trompeta, trombón, tuba, redoblante y bajo.

-No, no, el bajo lo hicimos ir abajo. Caminando.

Apunta Marcucci, que también se sumó al bando descontrolado de los que viajaban lejos: quiso conquistar la Patagonia.

-Me encontré con un amigo en la calle Florida. Le dije que estaba sin trabajo y el tipo me dijo: "Yo tengo una mueblería en Comodoro Rivadavia y me aburro. ¿Por qué no te venís a poner un café concert? Tomá 5000 dólares". No sabés lo que fue eso. Un silicio. No llegás nunca, y vos ya no sabés qué sos. Puse el café concert, pero era mucho más barato que la gente se fuera a ver un espectáculo a Buenos Aires, así que me volví a los 8 meses con la cabeza baja, pero el auto me dejó en un lugar montañoso, donde me quedé horas tomando ginebra para no morirme de frío, mandando papeles con los camioneros a la gente que yo conocía en Comodoro Rivadavia.

Están, también, aquellos para quienes este auto es el último escalón del sufrimiento razonable, después del cual se ingresa en los círculos del infierno. Silvio Busignani, por ejemplo, que jura haber hecho transporte escolar en un Fiat 600, detesta el Citroën.

-Eso no era un auto. Era una cargada. Para un tipo al que le gustaban los fierros, ese auto no existe. Era un auto para estar atrás de un camión saludando las vacas.

Renata Valdez tiene 22 años y no quiere recordar. Le duelen esa chapas que aniquilaban su tranquilidad de nena. -Me daba mucha inseguridad. A mi papá le gustaba correr y no podías levantar más de 80 kilómetros, pero me acuerdo que si llovía, vos y el piso no tenían ningún tipo de contacto. Tenía esa palanca de cambio que era como la manija del calefón y en verano esa cosa era una sartén, tenía asientos de cuero negro, entonces te tenías que poner una toallita para no quemarte el culo. Dejame. Ya bastante tiene uno que sufrir en la vida.

Gabriel Lubitsch fue a los 33 años dignísimo propietario de un 3CV verde rana, verde brillante, verde campos fragantes. Verde sensacional.

-Fue mi primer auto lindo. Para reforzar la idea de lo verde le había comprado la calcomanía de una rana. No conozco a nadie que lo odie si lo manejó. Tocar esas cositas, esas palanquitas de las luces; era un auto sexy. Otra cosa muy linda que tenía era que las ventanillas se abrían hacia arriba y para trabarlas venía una gomita con forma de pacman, y si no la usabas la podías ir mordiendo, a la gomita. Una vez ibamos como ocho para Mar del Plata, y en Sierra de los Padres, que no es la más empinada de todas las sierras, el auto se empezó a ir para atrás, antes de llegar a la cima. Pero a mi mujer se le ocurrió aprender a manejar y ése fue el drama del Citroën. Chocó unas seis veces, contra diferentes tipo de objetos, algunos no muy grandes, pero el contacto entre el Citroën y cualquier otro objeto era destructivo para el Citroën.

Carlos Fresco se acuerda de a poquito. Primero, de un 2CV del 61. Después, ante su memoria incrédula, recuerda que fue dueño nada menos que de cuatro.

-El volante era de caño; en invierno era un pedazo de hielo. Tenía un solo limpiaparabrisas, conectado por la misma tripa al velocímetro. Entonces, con el auto parado, el limpiaparabrisas no andaba, tenía una palanquita y lo tenías que mover vos. Cuando más rápido andabas, más rápido andaba el limpiaparabrisas. Tenía faros regulables desde adentro. Los tenías que regular, porque si se subían muchos los faros quedaban mirando para arriba. El arranque no era con la llave. Tenías que tirar de una cuerdita y si se rompía el cable, le ponías un hilito cualquiera. Con dos llaves ajustabas todo. No llevaba agua. La calefacción era el aire caliente del motor. Los últimos se fabricaron a fines de los años 80, pero en el interior sobreviven con su andar pasmado y bamboleante.

-Yo tuve que volver a empezar -dice Oscar Pirillo en el taller mecánico de Mario Bravo al 500, uno de los poquísimos especializados en estos autos-, porque la mecánica de Citroën no se parece a nada. Era un auto que la gente no lo cuidaba. Le daban y le daban y cuando se paraba, lo arreglaban. Por ahí ese mismo cliente venía más adelante con otro auto, y a ése sí lo cuidaba. Para mí que no se lo tomaban en serio. Yo he llegado a tener 20, 30 autos por día para arreglar. Ahora por ahí no cae ni uno por mes.

Eugenio Pessah dice que era a) una religión, b) una filosofía, c) un estado de ánimo y d) una sensación de libertad. Cuando en la bahía de Samborombón el auto se encajó hasta el tuétano en la arena y la marea empezó a subir, un par de manos mágicas ayudaron a sacar al prodigio ultraliviano del apuro, pero cuando en Chascomús -y con toda la familia adentro- el auto se fundió al pie de un puente, pensó que el Citroën podía ser, también, una nave infernal. Hasta que regresaron a Buenos Aires y empezaron las vacaciones desde cero, pero con boletos de micro en la mano. -A mí me gustaba porque me daba sensación de libertad, pero en la ruta la gracia de los demás era acelerar cuando los ibas a pasar. Cuando lo lavaba en la puerta, los vecinos me decían: "¿Y anda, eso?" Era el auto del Loco Chávez y del papá de Mafalda. Mónica Granado conserva en la puerta, como refugio para gatos callejeros, el 3CV con que ella y su primer marido se fueron a Bahía, Brasil.

-En una de las rutas, mi marido quería que pasara, en subida, a un camión larguísimo. Tanto me hinchó que intenté pasarlo y provoqué un accidente terrible, venía un camión del otro lado que trató de frenar y se estrelló contra el morro. En el autito que tengo en la calle hay un cartel que dice que pago la patente y que no está abandonado.

Horacio Felamini tiene una confianza devota por el 3CV amarillo modelo 71, herencia de su padre, que funciona perfectamente y que guarda en el garaje. Horacio Felamini adora a ese auto que demoró, allá en su infancia, ocho horas y media para llegar a Las Toninas. Horacio vive en Florida y la única persona autorizada a hundir sus manos en las tripas del animalito es un mecánico que vive en Burzaco. Horacio, que tiene además un Mazda y un Renault 19, sólo hace reposar bajo el techo del garaje a la libélula modelo 71, mientras los otros dos encallecen a la intemperie.

-Mi viejo murió en el 93. Vendía aceite para autos, le hacía 200 kilómetros por día y yo muchas veces viajaba con él. Ibamos siempre atentos al ruido del auto, a la presión del aceite. Por eso digo que manejar el cero kilómetro es totalmente aburrido. Estoy atento a no chocar, pero no a los ruidos, a si está golpeando una biela. Lo miro al Citroën y me acuerdo de mi viejo. Es increíble este auto. Una vez salí de la casa de un amigo, saqué mi billetera, la apoyé sobre el guardabarros, me subí y me fui. Me la olvidé ahí. A las cuatro o cinco cuadras cometí una infracción, eran las 2, 3 de la mañana, y apareció un patrullero. Lo vi y enseguida me di cuenta de que no tenía la billetera. Entonces me bajé, y miro, y la billetera estaba ahí, echadita en el guardabarros. Y cuando le voy a dar los documentos, el tipo me mira y me dice: "¿Siempre la llevás ahí?". De la risa que le dio me perdonó la infracción.

El Citroën no le guiñó el ojo. Pero él jura que si dijera que la pequeña crisálida le dedicó un guiño y que de pronto volvió a escuchar la risa ronca de su padre, muchos le hubieran creído.

Porque cómo no creer en nombre de aquellos años y tantos amores lindos, y tantas formas -acanaladas, gomosas, bamboleantes- de la felicidad.

Comentarios Destacados

orgasmatronico +9
jajajjaa morí con esto

-Un día descubrí que vivía un ciruja, de noche. Todo bien, él hacía su vida, yo la mía. Era un auto simpatiquísimo. Una vez lo metí en un lavadero automático, y el rodillo empezó a aplastar todo el techo, yo desde adentro parecía un bebe que estira la panza de la madre para salir. Ahí me asusté. Le entraba agua por todos lados.


van puntos
ezeeq +6
mi viejo de joven tenia un 3cv medio hecho pelota. con ese auto fue hasta peru ida y vuelta. se banco cuestas, frio, etc. y en ese entonces no habian calles directas o rutas sanas como ahora.
un bidoncito, un poco de alambre y vas a cualquier lado. no es un auto que me compraria, pero hay que admitir que es un excelente auto.
si_es_bayer +3
son fierritos increíbles
Paranido +4
La semana pasada paso por mi casa uno que de chasis estaba hecho mierda, pero andaba como si fuera nuevo... Esa es la tecnología de antes, sin computadoras que se dañen ni nada.

27 comentarios - Historias del auto rana

orgasmatronico +9
jajajjaa morí con esto

-Un día descubrí que vivía un ciruja, de noche. Todo bien, él hacía su vida, yo la mía. Era un auto simpatiquísimo. Una vez lo metí en un lavadero automático, y el rodillo empezó a aplastar todo el techo, yo desde adentro parecía un bebe que estira la panza de la madre para salir. Ahí me asusté. Le entraba agua por todos lados.


van puntos
ezeeq +6
mi viejo de joven tenia un 3cv medio hecho pelota. con ese auto fue hasta peru ida y vuelta. se banco cuestas, frio, etc. y en ese entonces no habian calles directas o rutas sanas como ahora.
un bidoncito, un poco de alambre y vas a cualquier lado. no es un auto que me compraria, pero hay que admitir que es un excelente auto.
si_es_bayer +3
son fierritos increíbles
Paranido +4
La semana pasada paso por mi casa uno que de chasis estaba hecho mierda, pero andaba como si fuera nuevo... Esa es la tecnología de antes, sin computadoras que se dañen ni nada.
juanchimartin +5
Cuenta la leyenda que la unica forma de volcar un 3cv era en reversa y girando la direccion toda a un lado.
Lucien_Lachance
@si_es_bayer que criminal
si_es_bayer
@Lucien_Lachance sí normalmente pensaría eso de cualquier clásico. pero lso paneles, puertas y demás cosas, salen baratos acá. imagináte en europa. no es nada un vuelco como ese.
Lucien_Lachance
@si_es_bayer no deja de ser un crimen
TertulianoAfonzo +1
Es un tronco móvil, más rústico no podía ser!...me dijo un amigo que no consume casi nada, que bueno le dije yo... no, boludo.. me dijo!..es por que siempre lo estoy empujando!
si_es_bayer
@AltoBot en su época era un coche super econçomico. tené en cuenta que es tecnología de varias décadas atrás.
y no olvides que el corsa 1.4 es inyección multipunto y es más avanzado ya que le saca más caballos al motorcito y optimiza el consumo. otra tecnología.
AltoBot
@si_es_bayer no si lo sé a eso, en su epoca habra sido muy buen consumo pero creí que consumia menos algo asi como un motor 1000cm3 igual vi gente que le pone gas al 3cv
si_es_bayer
@AltoBot sí es medio extraño lo de meterle gas. en motor chico no se siente que se amortice. en su época competía en consumo con cosas con 6/8 cilindros y la diferencia se notaba, prácticamente se andaba gratis, ya que hace unas décadas, el precio del combustible era un chiste. hoy se siente mucho por el aumento.
LestatRice +1
Mis últimos +5 que me quedan. Felicitaciones! Muy buen post!
si_es_bayer +1
gracias por pasar
CSpencer +1
La citronave legendaria
Tobul63 +1
Tuve un 2CV que tenia dinamo para alimentar las luces, creo que iluminaba mas una vela que esos faroles de noche, jaja. Luego pase a un 3CV, ese si era buen fierro!
si_es_bayer +2
el 2cv era un poco menos potente de motor. pero le hacés la conversión a 12 voltios y le metés alternador y queda de 10.
BatmanParagua +4
Mi hermana tiene este...

citronave

PD: Me voy a Poringa
MorganPatapalo
A ver, a ver...... Premio al que me dice que significa "3CV" y que figura en el manual de usuario original.
fernandomarquez9
Tres caballos vapor
MorganPatapalo
@fernandomarquez9 no, el CV es una medida fiscal de potencia de Francia del año del ogete. Nunca le encontre la equivalencia.
MorganPatapalo
@fernandomarquez9 No es el CV de Caballo Vapor
flopo1989

link: https://www.youtube.com/watch?v=IbPBkJx98T0

el 3v ieeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeee ieeeeeeee
xjota
muy buenas historias
eze2222 +1
aprendi a manejar en un jeep willys y despues practicaba todos los dias en un un 2cv verde que sonaba como una cortadora de pasto. Despues mis viejos tuvieron un Ami8 que lo viviamos empujando jaja que lindo esos recuerdos.
Dancost
Hay algunos Citroen que pueden andar en 3 ruedas gracias a un sistema de estabilización y distribuición del peso . Yo vi uno por la autopista andando sin una rueda trasera hace muchos años
fernandomarquez9 +1
Así es. Y es casi imposible volcar. La única manera es marcha atrás
Tiquismikis
@fernandomarquez9 Yo tuve un GS como el de la foto. Era una suspensión hidráulica, diferente a la del 2CV; distribuía los esfuerzos y si perdías una llanta el esfuerzo se repartía entre las 3 restantes. Podías ajustar la altura del coche y dureza de la suspensión con una palanca según el camino que tuvieras delante. Un coche feo, pero realmente cómodo. Además el sistema de frenos era increíble, también exclusivo de Citroën.
[img=http://cdn.impremedia.com/wp-content/uploads/2016/01/c
gastonzg +1
Historias del auto rana
Aca llevo toda la flia
fernandomarquez9
+10. Me sacaste una lagrima y muchas risas. Cuando tenía 12 con mi familia teníamos una citroneta. Se me vinieron todos los recuerdos de golpe.
delcielobajo +1
Cuantos recuerdos la citronave nunca me dejo de a pie!
luciodalla
garchaste alguna puta en esa nave? o solo la usabas para llevar a tus amigos a boliches y que ellos si follen minusas?
delcielobajo
@luciodalla Como se ve que nunca te subiste a uno, se sacude como una coctelera!
luciodalla
@delcielobajo obvio que subi a esa mierda y a los fitos. Pero si te garchas una putarraca supongo que lo haras con el auto parado no? jajajaja
juansoria4321 +2
un tipo se habia quedado en no se que desierto y con las partes de un citroen se armo una moto para poder salvarse!
citroen
baulmp3
Interesante, tenes mas datos?
juansoria4321 +1
@baulmp3 aca hay una linda nota y tiene un montón de fotos!
http://www.diariomotor.com/2015/06/19/citroen-2cv-moto-desierto/

los mithbusters comprobaron que era cierto!

link: https://www.youtube.com/watch?v=eaXAOX6uoPo
baulmp3 +1
@juansoria4321 Gracias por compartirlo
Lucien_Lachance
tengo uno tirado en casa, lastima que no tengo un mango para echarlo a andar
PEPEGAYETA +1
+10 y siguiendo. El mejor auto que conoci. Mi viejo tuvo 4. Le decian "Pedo" porque le gustaba nada mas que al dueño.
rukazu
Teníamos uno cuando era chico. Se llamaba Anacleto
mangu962 +1
no es lo mismo pero yo tengo un ami 8...es una fierrito lo uso todos los dias para ir a laburar
55carlos -1
Una poronga anti deportiva total. Que es un auto super sencillo y aguantador no lo niego, pero ni mamado me subo a eso. Es como el Renault 12, buen auto pero impresentable.

Esto es un auto:

2CV
si_es_bayer +1
y bueh para gustos, colores. todos tienen su gustito. vengo de vehículos grandes. mi chata de todos los días es una 6 cil de 4.100 cc. lo odiaba al citro. hasta que me prestaron uno y lo tuve una semana. terminé comprándolo. la mejor compra de mi vida.