El chicle. Historia y curiosidades de lo que mascamos

He leído más de cinco versiones diferentes de la historia de que el generalísimo Santana, además de rematar más de la mitad del país,
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también introdujo a los estadounidenses en el hoy extraordinario negocio del chicle. Quizá el Sr. Adams vio a Santana masticando y le dijo “presta un chicle” y a partir de ese hecho se interesó en la goma, o fue el general quien, aburrido en su exilio, lo buscó para hacer negocio; o Adams descubrió que el chicle era mejor masticarlo al fracasar en su intento de vulcanizarlo para hacer llantas de bicicleta. Como haya sido, ya todo es historia: la realidad es que hoy masticamos Chiclets Adams y no Chiclets Santana, que no hubiera estado tan mal, si al menos hubiese servido para crear una industria mexicana a partir de un patrimonio histórico. Y es que, aunque no lo digan ni los códices ni la historia de las golosinas, las comunidades mayas son las propietarias de la “denominación de origen” del “chicle”, término que sólo debería usarse para nombrar la goma obtenida del látex que se extrae del árbol chicozapote (Manikara zapota),

chicle

producida en los bosques tropicales de la península de Yucatán (también Belice y el norte de Guatemala).


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Todo lo demás debería llamarse “goma de mascar”. A principios del siglo XX se creó la primera fábrica de chicles, la Adams Chewing Gum Co.

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que producía chicles de a deveras, es decir, con resina de chicozapote. Pero, a mediados de siglo, la tecnología alcanzó al producto natural y el acetato de polivinilo (aunque también el poliisobutileno, el polietileno, el poliestireno y otras gomas que se obtienen mediante procesos similares a los que se usan para producir plásticos) dio lugar a la “goma de mascar” que hoy se mastica en todo el mundo, pero que en México y en otras partes del mundo, erróneamente, seguimos llamando chicle.


¿Qué traes en la boca, niño?

goma de mascar

La imperiosa necesidad de llevarse cosas a la boca se ha resuelto de muchas maneras. Existen evidencias de que durante miles de años se mascaron y chuparon plantas, hojas, frutas, huesos, raíces, cortezas y no sé cuántos materiales más, con el fin de tranquilizarse, de liberar una fuerte tensión, de mantenerse distraído, de cambiarse el sabor de la boca, de limpiarse los dientes, de disfrutar el sabor o la sensación del objeto mascado, o cualquier otro efecto que consciente o inconscientemente buscamos cuando nos metemos algo a la boca para mantenerlo ahí por un buen tiempo. 

Recientemente Minoru Onozuka y su equipo, de la Universidad de Gifu, en Japón, encontraron que al masticar chicle aumenta la actividad cerebral


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específicamente del hipocampo, región del cerebro relacionada con la memoria y el aprendizaje. Si bien aún no han descifrado el mecanismo, suponen que es probable que al masticar se reduzca el nivel de estrés. Para demostrarlo usaron ratas entrenadas para masticar chicle, a algunas de las cuales les quitaron las molares (pero no los dientes) para que pudieran comer pero no masticar. Al envejecer, las ratas tardaban un poco más en encontrar la salida del laberinto, pero las que no masticaban chicle, de plano olvidaban el camino.


Una vez sacrificadas, se observó que las células del hipocampo de las ratas que no masticaron chicle mostraban un mayor deterioro que las de las ratas chicleras. Así que por si acaso, no olvides llevar chicle a los exámenes.
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¿Desde cuándo mascamos cosas?

Una de las primeras evidencias del mascado de algún material con fines no alimentarios se publicó en la revista Nature hace unos años. El descubrimiento se hizo en un pantano en la ciudad de Bokeburg, Suecia. Se trataba de un trozo de goma obtenida de la corteza del abedul, que tenía marcas de dientes. Eran dientes pequeños que, tras cuidadosas mediciones, los investigadores llegaron a identificar como de adolescentes, que masticaron el trozo de goma hace 6 500 años. No se puede afirmar que la usaran para masticar por placer (los descubridores de la reliquia no han dejado que nadie la pruebe) y cabe cualquier especulación. Milenios más adelante, en la Biblia, no se menciona el hábito de mascar, pero sí se menciona con frecuencia al árbol Boswellia serrata,
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que pertenece a la familia de las Burceraceae y es originario de Somalia, Arabia Saudita y la India, fuente de una resina (frankincense) que por siglos se ha usado como incienso y con fines terapéuticos, pero también como goma para mascar. Esta misma goma se usó en el antiguo Egipto en ritos religiosos, y los nómadas del desierto la utilizaban para calmar la sed, estimulando las glándulas salivales. Otra forma primitiva de la actual goma de mascar es el mastique, se trata de un arbusto (Pistacia lentiscus

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de cuyos tallos se extrae una resina que hasta la fecha se sigue masticando, sobre todo en Grecia, y que también masticaban los indígenas en Santo Domingo mientras veían desembarcar a Colón. La lista de antecesores del chicle es muy amplia y podríamos incluir múltiples ejemplos, antiguos o actuales, como la goma hecha con resina de abeto en Norteamérica y que dio lugar a la producción industrial de la primera goma de mascar a principios del siglo XIX. Esta goma fue sustituida a mediados de ese mismo siglo por la parafina endulzada, cuando los árboles encontraron mejor destino en las fábricas de papel; la parafina, derivada del petróleo, es el antecesor directo del chicle en los EUA.

Los secretos del chicle

Todos los expertos consultados coinciden en que la calidad de la goma de mascar —la suavidad de la textura, lo uniforme de la mordida, e incluso la duración del sabor— radica en la goma base, a pesar de que ésta constituye sólo un 20% de la masa del producto terminado (el azúcar es el ingrediente principal con un 60% de su peso). Otro azúcar, la glucosa, se agrega al 18% con el fin de facilitar el mezclado de los ingredientes y mantener la humedad del producto (seco se pone duro). El resto de los componentes son ablandadores, colorantes, humectantes, texturizantes y saborizantes. 
goma de mascar

Hoy en día prácticamente toda la goma de mascar que consumimos es goma sintética, que por sí misma no sabe a nada, elaborada por ciertas compañías para las fábricas productoras, las cuales se encargan de darle forma, color y sabor. La composición de la goma base es el principal secreto de los productores, y a pesar de que se sabe que está constituida por acetato de polivinilo y otras gomas, se ignora cuáles y en qué proporción. 


La goma base es lo que distingue a cada producto. Tal es el caso del invento preferido de los niños (y uno que otro adulto inmaduro), consistente en una fórmula más elástica y menos pegajosa que dio lugar a lo que hoy llamamos chicle bomba, que ni es chicle ni es bomba: es goma de mascar que hace burbujas; “goma hinchable”, la llaman los expertos.

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Algunas compañías usan resinas como agente ablandador, entre ellas la que se obtiene de la madera de troncos de pino cortados, en el sur de los EUA. El criterio más importante hoy en día para seleccionar un chicle ya no es la textura de la goma, sino el sabor. Los sabores más socorridos son extractos de plantas, menta en particular, aunque existe una amplia variedad. Lo que es un hecho es que el chicle sin azúcar y con edulcorantes de bajo contenido calórico como el aspartame es hoy el más solicitado, ocupando entre 40 y 60% del mercado, dependiendo del país. Es un avance para la salud el que ya no se consuma tanta azúcar, al menos con la goma de mascar. Además, el chicle se ha vuelto también un método para refrescar el aliento.


Esto es gracias al descubrimiento de que dos sustancias, el sorbitol y el xilitol, necesitan calor para disolverse en la saliva. Al absorber calor de la boca provocan la sensación de frescura tan cacareada por la publicidad.

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Hay también chicles con nicotina para quien quiere dejar de fumar...



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de cafeína para los que buscan el estímulo de esa sustancia...

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inhibidores del apetito para los que quieren bajar de peso...

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afrodisiacos para los que eso buscan...

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y remedios “buenos para todo mal”, como se supone que es el ginseng.

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 Estos nuevos productos se conocen como “chicles funcionales”

Chicle sustentable, 100% natural

De acuerdo con los investigadores José Sarukhán y Jorge Larson, estudiosos de la biodiversidad, el chicozapote, árbol del chicle, es fundamental para la conservación de los bosques y de la fauna tropical maya por la densidad de su distribución y por sus frutos, que alimentan a aves y mamíferos. Estos investigadores señalan que la extracción selectiva no afecta notablemente la diversidad de la selva y que en la conservación de este recurso genético deben estar involucrados tanto los consumidores que aprecian los productos naturales, como países hasta donde se han distribuido los beneficios de esta planta mexicana; como la India.


El reto de conservar la diversidad biológica y, al mismo tiempo, permitir el desarrollo de las comunidades mediante el uso sustentable de la selva es complejo; entre otras cosas porque las formas de tenencia
de la tierra, la organización social y los esquemas de manejo difieren entre los tres países involucrados en la explotación del chicle (México, Guatemala y Belice). Sin embargo, y paradójicamente, el precio de la materia prima es uno de los principales cuellos de botella: el mercado está dominado por los compradores del chicle, lo que les permite negociar y bajar su precio, que es más del doble que el de la goma sintética. Por otro lado, un proyecto así depende de que los adictos al chicle estemos dispuestos a pagar el chicle natural más caro, reconociéndole su valor ambiental, social y, sobre todo, cultural. La solución: la toma de conciencia y la organización social. Una manera de empezar en esta dirección es devolverle al producto su verdadero nombre, chicle, y tomar conciencia de que al masticarlo, aun a pesar de haberlo pagado más caro, se está contribuyendo a la conservación de la selva maya. El chicle debe tener un lugar aparte de la “goma de mascar”.


Pero, ¿qué sucedería si todo el mundo quisiera masticar chicle 100% natural? Se trata aquí de un claro ejemplo de que la tecnología no necesariamente está peleada con el medio ambiente: la goma sintética permite que cientos de millones de consumidores puedan mascar a precios accesibles hasta para el bolsillo de los niños. Habrá que hacerse a la idea de que el cuidado del medio ambiente conlleva la decisión de mascar chicle sólo en ocasiones especiales, como cuando dejamos el vino espumoso para beber champagne.



Fuente: López Munguía, A., No pegues tu chicle. ¿Cómo ves?. Revista de divulgación de la ciencia de la UNAM, 81, 10-14.
Link: http://www.comoves.unam.mx/

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6 comentarios - El chicle. Historia y curiosidades de lo que mascamos

@jacogay Hace más de 3 años -2
que post amigo unete ami web

historia
@Valde22 Hace más de 3 años
Vídeo en time-lapse en el cual puede apreciarse el proceso en el que una bellota se empieza a transformar en un pequeño roble. Una grabación realizada a lo largo de ocho meses tomando una imagen en intervalos de dos horas.

http://www.taringa.net/posts/ecologia/11327881/El-nacimiento-de-un-arbol.html
@PedacitoDeMiVida Hace más de 3 años
Si vi un documental sobre esto y está bien documentado tu post.

Gracias.

+10 + reco. + Fav.

@magalifabian Hace más de 3 años
no lei un carajo hice randon y te dejo 10
@ezehack98 Hace más de 3 años
:buenpost pasate por mi ultimo post:http://www.taringa.net/posts/downloads/11333303/Super_Mega_Post.html