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Esto sucedera el el rato previo al partido en el Pacaembu.

Al tiempo que Orión se ajuste sus guantes, Elías Musimessi -“el arquero cantor”- tomará una guitarra y cantará para la historia ese chámame suyo que decía “Dale Boca, viva Boca… el cuadrito de mi amor…”. Mirará de reojo como Roma le avisa que, ante la chance de los temibles penales, el arco de boquita se le achica a todos los pateadores, pero no por magia, sino porque el portero se engrandece. Al tanto de ese consejo, el Loco Gatti le contará historias descabelladas sobre viajes por América y la hostilidad en las finales de Copa. Córdoba reirá por alguna broma del Pato Abbondanzieri para romper un poco la tensión, pero todos callan y reverencian cuando la figura imponible de Américo Tesoriere entra al vestuario acompañado de Victoriano Caffarena y toda la troup de la Gira del ’25. El silencio es respetuoso hasta el hartazgo, Sosa Silva se sorprende, y el Mono Navarro Montoya avisa a todos: de pie, entró Américo, el arquero de Boca…

En un rincón no muy apartado de allí, Caruzzo y Schiavi ultiman detalles, hablan de relevos y cierres, de pelotas paradas. Atento escucha todo el Patrón Bermúdez, con los ojos llenos de emoción, muere de ganas de entrar él a la cancha. Hrabina lo acompaña y asiente, él también sufre la ausencia. Passucci cuenta aquello de las camisetas blancas con fibrón y rompe en llanto por la nostalgia, Pernía lo consuela, al Tano todavía le duelen las piernas de los golpes recibidos. Pancho Sá y Mouzo parecen siempre inalterables, hablan de La Candela y de los setenta: se aman y odian como era entonces, Pancho saca a relucir eso de “nadie tiene tantas copas ganadas como yo”, y Roberto le retruca con un “nadie jugó en Boca tantos partidos como yo”, y los dos se sonríen y alientan a la pareja de centrales que sigue concentrada en el juego. La impronta de Silvio Marzolini, prolijo hasta el hartazgo es un halo de pulcritud en medio de tanto sudor, emoción y barro en suela. Habla con Clemente y con Roncaglia, el Negro Ibarra se suma y escucha atentamente, Soñora, Stafuza, muchos más se suman y aprenden y dialogan. La línea de fondo de Boca se va armando plagada de historia. Juan Simón escucha atentamente a todos y casi ni opina, tiene lo justo, lo que necesita, está concentrado por todos los demás, casi un calco a la actitud de Samuel allí.

A Somoza y Ervitti lo rodean pesos demasiado pesados: el Rata Rattín -el verdadero gran capitán- todavía tiene el puño apretado de estrujar ese banderín inglés en Wembley, Giunta lo mira con admiración y algo de celos. Serna y el Chapa Suñé conversan sobre las finales, y -si, otra vez-, el silencio se adueña del fantasmal vestuario: señoras y señores, todo el mundo de pie, Don Natalio Pescia ha ingresado. Algunos lo miran absortos, no pueden creerlo, es él, el que da nombre a esa famosa tribuna que da a la Casa Amarilla.

Un hombre alto e imponente habla con dirigentes de Boca y de la organización, parece tenerlo todo bajo control, aunque por momentos parece histérico y exasperado. ¡Pero si no es otro que Alberto J. Armando! Todos sabían que no iba a faltar a este encuentro, está en todos los detalles y arrastra mística por donde camina. Más serenos, a su lado, Pedro Pompillo y el gigante Antonio Alegre lo ladean y acompañan, dejando de lado cualquier diferencia política que pudiese existir entre ellos. Notan algo curioso: por unos meses, todos trabajaron juntos alguna vez, todos por Boca, como ahora también.

El Muñeco Madurga, Heber Mastrangelo, Lazzatti y Lucho Sosa hablan con Rivero y Ledesma, les explican secretos de “halfs”, esa difícil y extraña posición que solo un juego como el fútbol puede tener tan incorporada y naturalmente aceptada como fundamental. Todo está enrarecido, un halo de magia lo sobrevuela todo, fantasmas del pasado no dejan de llegar a acompañar, la historia se hace carne y se materializa en los vestidores del Pacaembú. Claro, Boca está por jugarse su historia en otra final de la Copa Libertadores de América…

Juan Román Riquelme parece callado, como distraído de la aquelarre que se manifiesta allí, pero en realidad está más concentrado que nunca. Se apresta un nervio cuando la puerta del vestuario se abre y un señor un tanto gordito y de barba aparece allí… al pisar el vestuario, ese señor rejuvenece casi instantáneamente y ahora es un pibe de rulos, flaquito y con granitos en la cara, la camiseta pegada al cuerpo y el número 10 grabado a fuego… Si, Dios no podía perderse esto, es Diego Armando Maradona… De movida nomás, D10S se abalanza sobre Ángel Clemente Rojas, su gran ídolo, y lo abraza “Rojitas, que lindo verte acá…”, le susurra al oído. “Hola Diego…”, casi con ternura se despega la respuesta de Angelito. Se miran y emocionan, pero no dura nada ese encuentro, saben por qué están allí, si miran y enserian sus gestos. Ambos ahora se dirigen hacia el gran capitán, le presentan sus respetos y le aseguran que ya entró en la historia grande, que tanto como “Rojitas” o “Diego”, el no será nunca más Riquelme, ahora y para siempre será “Román”…

Pero hay otro que se jacta también de ello. Brota de sus gestos y comentarios una picardía y un hambre de gloria exasperado. Parece entenderlo todo, tener el ADN xeneize hasta en los huesos. Él sabe que jamás volverá a ser “Barros Schelotto” como lo llamaban, es y será por siempre “Guillermo”. Habla con el paraguayo Cabañas y el uruguayo “Manteca” Martínez sobre eso. Antonio “Tim Tim” Valentim y Carlos Tevez se suman a la charla. Todos hablan con Mouche y Cvitanich, los aconsejan, los miman, saben que los delanteros dependen mucho de su temple, de su confianza para encarar, para atreverse y llegado el caso definir.

Y para ello también están allí Pancho Varallo, Pepe Borello, Mario Boyé, Martín Palermo, Roberto Cherro, Severino Varela, Jaime Sarlanga, el Tanque Rojas. Ellos se miran de reojo pero se saludan. Finalmente van y saludan también a Silva y Viatri que, enseguida, generan y advierten ese extraño recelo entre goleadores. El ambiente es tenso con tantos de ellos allí dentro, pero de un momento a otro alguien tira una broma y el ambiente ya es otro…
Falcioni se apresta ahora a ultimar los detalles en la charla técnica previa. El vestuario está repleto de historia: pasado, presente y hasta futuro. A su lado, respetuosos, lo acompañan Mario Fortunato, Alfredo Garassino, el “Toto” Lorenzo y Carlos Bianchi…

Todos se funden en un abrazo final. Hay gritos, llantos de emoción, palmadas fuertes entre ellos, mucho aliento. Afuera se escucha una silbatina feroz con ritmo de samba. El clima es hostil, y la mística se puso una camiseta Azul y Oro. Riquelme se apresta la banda de capitán, hace un paso en la escalera, los mira a todos y dice:

“Señores, Compañeros, Fantasmas, Amigos, Ídolos, Locos, Extraños… Nos jugamos la historia. Que nadie se olvide como llegamos acá, por qué estamos acá, y quienes son los que nos acompañan. La mitad mas uno del país está con nosotros. Todos juntos somos el Jugador n° 12… Señores, Compañeros, Fantasmas, Amigos, Ídolos, Locos, Extraños… El corazón bien adelante y la frente en alto, a jugar con inteligencia, cabeza fría y con los huevos en la punta de los botínes…

…Señores, Fantasmas, Amigos, Ídolos, Locos, Extraños… vamos a la cancha nomás, carajo!

Señores, Fantasmas, Amigos, Ídolos, Locos, Extraños… ESTO ES BOCA…”

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