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se fue pep almeyda y ahora que pep vendra

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Desde el debut con Chaca hasta el empate con Independiente, el paso de Almeyda por River alternó buenas y regulares. El ascenso, Cave y el Chori, los pibes, los 30 puntos, volantazos... Acá un repaso por los vaivenes.


Desde aquel martes lluvioso de agosto en el que debutó como técnico de River, con triunfo 1-0 contra Chacarita, hasta el festejado empate del último sábado contra Independiente, la historia de Matías Almeyda al mando del plantel millonario sufrió vaivenes de todo tipo: goleadas, promoción de jugadores, derrotas insólitas, el ascenso, el desahogo, una pobre campaña en el Inicial, el triste final anunciado…

Almeyda tuvo buenas y malas, pero siempre actuó poniendo a River por encima de todos, incluso de su propia salud. Tras una carrera repleta de títulos como jugador, cuando el equipo perdió la categoría, en los días más negros de su historia, no dudó un minuto en cargarse el muerto en andas y no paró hasta devolverlo a Primera, hasta festejar entre lágrimas aquel 2-0 a Almirante Brown.

Si bien se reveló como un técnico algo conservador desde lo táctico, los resultados no le fueron esquivos de entrada. Subió a Lucas Ocampos de las Inferiores (el único que jugó todos los partidos de la BN y luego fue vendido en una suculenta cifra), consolidó a Ezequiel Cirigliano y en último tiempo empezaba a darle rodaje a futuros créditos como Diego Martínez, Augusto Solari, Juani Cazares o Matías Kranevitter.

Su manejo del grupo tuvo pocas fisuras, lo que quedó demostrado en la constante banca que le dieron los jugadores. Sin embargo, las desprolijas salidas de Cavenaghi y el Chori Domínguez tras el ascenso significaron una profunda mancha. Tanto Almeyda como Passarella habían asegurado que iban a seguir; ambos estuvieron de acuerdo en formar un nuevo proyecto para River. El Chori incluso llegó a decir que el técnico quiso dar marcha atrás y convencerlo, pero ya estaba todo dicho. Tampoco hubo buen diálogo con Ariel Ortega, a quien le abrieron las puertas del banco, nunca de la cancha.

Otro de sus puntos flacos fue que nunca encontró el equipo. De hecho, en sus 60 partidos utilizó 48 formaciones diferentes entre una fecha y la otra. La última vez que repitió fue contra Aldosivi, en la segunda ronda de la BN, cuando respetó a los que le habían ganado 1-0 a Instituto, quizás, el mejor encuentro de la era Almeyda. También es verdad que sufrió muchas más lesiones de lo habitual y tuvo que improvisar. El “no me caso con nadie” a veces tuvo más sentido que otras. Lanzini (llegó y le dio la 10, luego pasó a Reserva), Abecasis (dijo que tenía “futuro de Selección” y también lo borró) y Orban (le dijo que no lo iba a tener en cuenta porque venían refuerzos que nunca llegaron) fueron ejemplos de un caso. La banca al Indio Vega, aún con la llegada de Barovero, de los otros.

Al principio del Inicial, con la ilusión de pelear al título “como manda la historia”, Almeyda se puso un objetivo de mínima de 30 puntos, meta que quedo trunca luego del empate en Avellaneda. Además, el equipo perdió muchos puntos sobre el final de los partidos, el más resonante, el empate con Boca en el último minuto. No ganó ninguno de los cuatro clásicos y en el Monumental apenas sumó dos victorias. El hincha lo bancó estoico y nunca quiso ponerlo en la hoguera.

El final del ciclo llegó con el ritmo vertiginoso que transcurrió su campaña al frente del Millo, a dos partidos del final, con una llamada telefónica y sin demasiado tiempo para pensar lo que estaba pasando.

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