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Senderismo en Argentina. Tiempo de Supervivencia

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TIEMPO DE SUPER VIVENCIA

La experiencia comenzó al final del invierno, cuando las páginas de un matutino local en la sección turismo anunciaron “Curso de supervivencia”. Al día siguiente, me dirigí a la dirección mencionada. Siempre me sonó fuerte la palabra supervivencia. Para mí abarca fantasías de viajes y aventuras. Tenía también esa vaga idea de que me ayudaría a estar mejor preparado para “algo” que seguramente me ocurriría en la vida, como escalar ignotas montañas. La verdad es que las únicas aventuras en estos últimos años se reducen a recorrer las sierras de Córdoba, principalmente con el amigo-guía Martín.


Traspasé el portón de chapa y un resplandor hizo que volteara la vista hacia el suelo: las chispas de una soldadora autógena saltaban al aire desde una camioneta estacionada en el patio interior. Se trataba de un taller con pinta de cuartel de bomberos; dudé por un instante que fuera el sitio, pero luego pensé: “¡Qué mejor lugar que para este tipo de curso”. Inmediatamente, una voz femenina me recibió:
- ¡Agacháte, pasa!
Distinguí inconfundibles botines de caminante, y al levantar la vista, a una joven cabellera enrulada que se desenganchaba la mochila junto al instructor, un gringo de manos grandes y contextura robusta que inmediatamente extendió la derecha para saludarme. Efectivamente, era el lugar indicado.

El gringo, Eduardo dio por iniciada la clase anticipando: La escuela no impulsa a sus alumnos a realizar acciones temerarias ni a emular a los hacedores de cosas imposibles al común de las personas…
En otras palabras, olvídense de lo que ven en las películas.
Seguidamente, como para distender la clase:
- Los que toman mate dulce traigan su termo y criollos, porque a mí me gustan amargos…- Y ahí se prendieron todos.
La ronda de presentaciones personales terminó invariablemente indicando el rol social. Lo hace uno y automáticamente se repite la formula: - ¡Hola! Me llamo… -
(Medico y señora, empleada pública, estudiantes, abogado, ama de casa, vendedora de objetos preciosos, boy scout, psicólogo, navegantes a vela, piloto de helicóptero, ciclistas, aventurero). Quince personas con distintas motivaciones. Pero invariablemente la experiencia algo cambia. Orientación. Refugio. Cuerdas. Nudos. Agua, fuego. Primeros auxilios. En cada tema alguien tuvo anécdota para contar. Risueñas unas, desopilantes otras. Y así comenzamos a interpretar planos, nudos y contra nudos; y a preparar personales Kits de supervivencia, echando mano a cosas que –piensa- pueden ayudar en una travesía. Recolectamos mini- pinzas, mini -linternas, alfileres de gancho, carreteles. Volvimos a los compases, las reglas. Carlos hasta le pidió prestada la cartuchera a su hijo.
La expectativa invadió los días de salidas prácticas. En la primera nos desparramaron de a dos por el cerro, a desenfundar la brújula para encontrar el lugar señalado. Con señales de espejo indicábamos la posición de los grupos.
Otras tareas a resolver: Agua sin agua, refugio sin refugio, camilla sin camilla. Preparación para la salida final.
El domingo de cuerdas fue soleado y primaveral. Temprano partimos hacia Cerro Blanco, algunos en silencio, como si fuera la última misión; otros macaneando como siempre, mate mediante.
Ya junto a un alto paredón, vimos que Eduardo y su asistente Javier tenían preparado el terreno de examen: largas sogas dinámicas y estáticas colgaban hacia el fondo de la quebrada; otras dos cruzaban de lado a lado el río a considerable altura. Nos colocamos los arneses y cascos, y comenzamos de a uno a escalar la roca. El instructor en la base y Javier en la cima supervisando la seguridad, fueron estrictos.
Estuve observando por donde podría trepar mejor, qué saliente o fisura podría aprovechar. Aunque la roca aparentemente no presentaba peligro, me agarró cierta ansiedad, que desapareció cuando comencé a trepar, tratando de seguir el imaginado itinerario. En la práctica me fui corriendo hacia la derecha y se levantó un poco de viento faltando unos metros. Miré hacia abajo… y dudé. Sentí el temor que paraliza, quise aferrarme a la roca. Pero escuché la voz firme de Javier: ¡Vas bien, tranqui…! ¡Tomate tú tiempo!
Le obedecí. Tomé aire y concluí los interminables dos metros. Tras esa primera vez no me pareció tan difícil ese tramo…
Mientras tanto otros cruzaban raudamente el río en tirolesa. Carlos acompaño este ejercicio con el mejor de sus gritos tipo Tarzan, mientras Ileana bajaba en rapell por segunda vez. Marisel y Norma; Daniel y El Colo esperaban su turno oficiando de “aseguradores” en las cuerdas. Pronto el temor inicial se transformó en risa. A esa altura todos nos despojamos las investiduras, el rol social; éramos simplemente Cristian, el Fede, Hernán, Maxi, Pablo, Santiago. Resumiendo los sentimientos del grupo ya consolidado, María confesó:
- Es hermoso, me sentí volar…
Así pasamos la tarde entre ríos de adrenalina, cuidándonos, que de eso se trataba.
Cuando el sol estiraba sus últimos rayos monte abajo, retornamos al refugio callados, con rostros felices. No había mucho por agregar al día. Cruzamos las ultimas pircas, cerca unos caballos pastaban. Las nubes se alargaban en colores amoratados cuando por el Este asomaba la luna

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