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Animales, nuestra hipocrsia

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AL ADMITIR QUE LOS ANIMALES TIENEN MENTES SIMILARES A LAS
NUESTRAS, PARECE COMO SI ESTUVIÉRAMOS EVOLUCIONANDO EN
NUESTRA RELACIÓN MORAL CON OTRAS ESPECIES. “NO SE DEJE
ENGAÑAR”, DICE GARY FRANCIONE

¿Acaso los grandes simios, los delfines, los loros, y quizá incluso los
animales “de consumo” tienen ciertas características cognitivas que les den
derecho a más consideraciones éticas y a protección legal?
Así lo ha argumentado un gran número de textos en la actualidad. La
idea central de este proyecto es que debemos reconsiderar nuestra relación
con los no humanos si creemos que tienen inteligencia, autoconsciencia, o que
tienen sentimientos. Desde el momento en que los no humanos tienen mentes
como las nuestras, según algunos argumentos, tienen intereses parecidos, y,
por lo tanto, derecho a más protección. Este enfoque de las “mentes similares”
ha generado una industria de etólogos cognitivos ansiosos por investigar –
irónicamente a través de varios tipos de experimentos frecuentes con
animales– hasta qué punto son como nosotros.
Es alarmante que 150 años después de los descubrimientos de Darwin,
aún estemos tan sorprendidos de que otros animales puedan tener algunas de
las características consideradas como únicamente humanas. La idea de que
los seres humanos tienen características mentales totalmente ausentes en los
no humanos es incongruente con la teoría de la evolución. Darwin afirmaba que
no hay características humanas particulares, y que sólo había diferencias
cuantitativas y no cualitativas entre las mentes humanas y las no humanas;
argumentaba que los no humanos pueden pensar y razonar, y que poseen
muchos de los atributos emocionales que los humanos tienen.
Lo que es más preocupante de este enfoque son sus implicaciones para
la teoría moral. Aunque parece algo progresivo, al indicar que realmente
estamos evolucionando en nuestra relación moral con otras especies, de hecho,
refuerza el paradigma principal que ha dado como resultado la
exclusión de los no humanos de la comunidad moral. Históricamente, hemos
justificado la explotación de los no humanos con el argumento de que hay una
diferencia cualitativa entre humanos y otros animales: estos últimos pueden
sentir, pero no son inteligentes, ni racionales, ni emocionales ni
autoconscientes.
Aunque el enfoque de las mentes similares afirma que, empíricamente,
pudimos haber estado equivocados en el pasado, y que por lo menos algunos
no humanos pueden tener algunas de estas características, no cuestiona la
suposición subyacente de que ninguna característica excepto la de estar
dotado de sensaciones –la capacidad de sentir– es necesaria para la significación moral.
Líneas arbitrarias
Cualquier intento de justificar la explotación animal, bajo la creencia de
que no poseen características “humanas”, da por sentadas las cuestiones
morales al asumir que ciertas características son especiales, lo cual justifica un
trato distinto. Incluso si, por ejemplo, los humanos fueran los únicos animales
que pudieran reconocerse en un espejo o comunicarse a través del lenguaje
simbólico, los no humanos son capaces de volar o de respirar bajo el agua sin
ayuda alguna. ¿Por qué es mejor la habilidad de reconocerse a sí mismo en un
espejo o de usar el lenguaje simbólico en un sentido moral que la habilidad de
volar o respirar bajo el agua? La respuesta, por supuesto, es porque nosotros
lo decimos así, y porque nos interesa decirlo de esa manera.
Además del interés propio, no hay ninguna otra razón para asumir que
las características consideradas como únicamente humanas nos permitan
usarlas como justificación no arbitrarias para explotar a los no humanos. Y,
aunque si a todos los demás animales les faltara una característica particular
además de la capacidad de sentir, o la poseyeran en un grado menor que los
humanos, tal diferencia no podría justificar la explotación de los no humanos.
Las diferencias entre humanos y otros animales pueden ser útiles para
otros propósitos. Ninguna persona sensata argumentaría que los animales no
humanos debieran conducir, votar o ir a la universidad, pero tales diferencias
no tienen relación alguna con la cuestión de si deberíamos comerlos o
utilizarlos en experimentos. Reconocemos esta conclusión cuando está
relacionada con humanos. Cualquier característica que identifiquemos como
únicamente humana estará en un grado menor en algunas personas y en otras,
completamente ausente. Algunos humanos tendrán las mismas deficiencias
que asignamos a los no humanos, y aunque éstas pueden ser útiles para
algunos propósitos, no tienen validez para decidir si explotamos o no a dichos
humanos.

Consideremos, por ejemplo, la autoconciencia. Cualquier ser sintiente
debe tener cierto nivel de autoconocimiento. Ser sintiente significa ser una
clase de individuo que se reconoce a sí mismo sin confundirse con ningún otro,
el cual está experimentando sufrimiento o aflicción. Incluso si definimos de
manera arbitraria la autoconciencia en un modo exclusivamente humano como:
individuo capaz de reflexionar acerca del pensamiento. A muchos humanos,
incluyendo aquéllos que tienen severas discapacidades mentales, carecen de
este tipo de conciencia. De nuevo, esta “deficiencia” puede ser útil para
algunos propósitos, pero no tiene ninguna validez en cuanto al uso de tales
humanos en dolorosos experimentos biomédicos o en la donación forzada de
sus órganos. Al final, la única diferencia entre humanos y no humanos es la
especie, y la especie no es más que una justificación para la explotación al
igual la raza, el sexo o la orientación sexual.
Por eso el enfoque de las mentes similares está equivocado, y sólo
creará nuevas jerarquías especistas, en las que llevaremos a algunos no
humanos, como los grandes simios o los delfines, a un grupo preferente, y
continuaremos tratando a los demás como cosas que carecen de intereses
moralmente significativos.
Sin embargo, si queremos pensar con seriedad acerca de la relación
entre humanos y no humanos, necesitamos centrarnos en una, y sólo una,
característica: la sensibilidad. Lo irónico es que aseguramos tomar enserio el
sufrimiento de los no humanos. Como una cuestión de moralidad social,
estamos prácticamente de acuerdo en que es inmoral infligir sufrimiento
“innecesario” o la muerte a los no humanos. Para que tal prohibición tenga
algún sentido, el ocasionar sufrimiento en los no humanos simplemente por
placer, diversión o conveniencia debe ser descartado.
El problema es que aunque desaprobemos el sufrimiento innecesario de
los no humanos, la mayoría de su sufrimiento y de sus muertes pueden ser
justificados sólo por nuestro placer, diversión o conveniencia, y de ninguna
manera pueden ser caracterizados verdaderamente como “necesarios”.
Matamos billones de animales anualmente para obtener alimentos. De ninguna
manera es “necesario” comer carne o productos animales. Ciertamente, un
número creciente de profesionales de la salud afirman que estos alimentos
pueden ser perjudiciales para la salud. Además, los científicos ambientales han
mostrado las tremendas ineficiencias y costos de la agricultura animal para
nuestro planeta. En cualquier caso, nuestra justificación para el dolor, el
sufrimiento y la muerte infligidos a estos animales no humanos de granjas, no
es nada más que nuestro gusto por el sabor de su carne.
Y ciertamente no es necesario utilizar no humanos para deportes, caza,
entretenimiento, experimentación, y hay muchas evidencias de que la
dependencia de modelos animales en experimentos incluso puede ser
contraproducente.
En resumen, cuando se trata de no humanos, exhibimos lo que puede
ser descrito de la mejor manera como esquizofrenia moral. Decimos cómo
deberíamos tratar a los no humanos, y hacemos todo lo contrario. Por
supuesto, estamos conscientes de que nos falta un acercamiento satisfactorio
a nuestra relación con otros animales, y por algún tiempo ya hemos tratado de
encontrar uno.
Si tomáramos en serio el principio de que es inmoral infligir sufrimiento
innecesario a los no humanos, dejaríamos de traer al mundo animales
domésticos para uso humano, y nuestro reconocimiento del estatus moral de
los animales no dependería de las habilidades de un loro para entender
matemáticas o de un perro para reconocerse en un espejo. Tomaríamos en
serio lo que Jeremy Bentham dijo hace más de 200 años: "La cuestión no es si
pueden razonar, ni si pueden hablar, sino ¿pueden sufrir?”.
Gary Francione,

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