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la letra chica de los contratos, igual en casi todo el mundo

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Contratos abusivos. Los ciudadanos perdemos siempre

Autor: Bernardo Ptasevich

Nuestra vida esta llena de elementos modernos. ¿Qué podemos hacer? ¿Es posible vivir sin ellas? Podríamos vivir en una carpa, comprando todo en efectivo, sin televisión, cable, teléfono celular, internet o hasta sin teléfono de línea, (digamos incomunicados). Pero que estamos haciendo en este mundo moderno si decidimos vivir sin nada de lo que tiene la modernidad, de lo que todos usan y tienen. Seria una vida más tranquila, con menos stress, pero no es la realidad que nos toca vivir.
El entorno, la familia, los hijos, la sociedad toda, nos exigirá que entremos en la rueda, que nos subamos al tren del consumo obligado para no quedar relegados y aislados, empecinados en no correr los riesgos que supone acceder a esos beneficios y servicios. Es que todos ellos requieren firmar contratos, comprometerse y comprometer todo lo que uno pueda tener.
La mayoría de las personas decidió ser parte de la época que le toca vivir; habitan viviendas que alquilan o compran por medio de contratos, de financiación en los bancos, y usan todos los servicios de comunicación, de información y de placer que a esta altura no son patrimonio de los ricos o de personas privilegiadas. Sin embargo lo que debía ser algo maravilloso que nos haga estar orgullosos de pertenecer a este siglo, se convierte en un calvario cuando por algún motivo se quiere salir de un alquiler o de un servicio que adquirimos.
Allí nos encontraremos con la letra chica de los documentos que hemos firmado. En esos momentos la sonrisa del vendedor que nos ha convencido anteriormente de entrar, se convertirá por arte de magia en una cara seria y dura que exigirá el cumplimiento de cada cláusula que no hemos leído, cada detalle en los que no reparamos por creer en la buena fe y en la palabra de quienes se supone deberían cuidar su prestigio y una línea de conducta.
En ese instante nos daremos cuenta que nos han estafado y habrá que afrontar injustos castigos por la decisión de terminar la relación contractual. Las palabras no serán recordadas. Recuerde esa cantidad de papeles que firmó porque les harán pasar unos momentos inolvidables y no precisamente agradables. Los vendedores de las compañías de servicios, las inmobiliarias, ponen ante el cliente un contrato muy estudiado y elaborado para todo el que se atreva a contratar o comprar algo.
Hay en ese momento una situación de desigualdad en la que una parte es fuerte, ha elaborado fórmulas y documentos con el asesoramiento de profesionales, y la otra parte es débil, no tiene poder de negociación y mucho menos de veto; tiene que decidir entre firmar lo que le presentan o desistir de la operación que pretende. El fuerte pone las condiciones.
Alquilar una vivienda no parece ser un lujo. Tener un sitio donde vivir con la familia se parece más a una necesidad que a un capricho. Los contratos tendrán muchas cláusulas en las que casualmente no encontraremos casi ninguna que mencione nuestros derechos.
El poder de negociación es casi nulo. Una vez aceptado el inquilino, o éste firma agradecido de ser el elegido, o deja el lugar a otro que no pondrá reparos en las condiciones. Tener vivienda o no tener. Si no firma no tiene casa y si firma es mejor que empiece a rezar. El comienzo de un contrato no es nada comparado con lo que le espera al final. Amenazas de juicios, extorsión amparada en las garantías, rechazo a recibir las llaves hasta que no se cumpla con los caprichos del propietario, generación de multas abusivas que han incluido en el documento y que le harán pensar seriamente en acceder a todo lo que no corresponde.
Cuando se firma un contrato es fundamental que las partes entiendan lo que dice y comprendan el texto (algo que raramente se da entre los inmigrantes que viven en Israel) y que no haya cláusulas leoninas. También los contratos de servicios por agua, teléfono, celular, o cargas municipales y nacionales son realmente leoninos y dejan al consumidor desprotegido.
Pero si todos lo firman usted también lo hará. Caerá en la trampa de los poderosos organizados contra los débiles. Cuando quieran cambiar de compañía telefónica, de celulares o de cable recibirá eguramente una cuenta de varios miles que estará obligado a pagar. Si se niega recibirá una carta de abogados duplicando y triplicando su deuda por multas y honorarios, según lo escrito en la letra chica del documento que no le han leído ni le han dejado leer. Pero ustedes saben: todos los habitantes del país tienen celular, teléfono, cable y firmaron lo mismo.
¿Por qué no ser uno de ellos? ¿Recuerdan las abusivas tarifas y multas que tuvimos este año sobre el consumo de agua y las prepotentes respuestas de la compañía ante nuestros infructuosos reclamos? Los impuestos municipales en cada ciudad obedecen al capricho de las intendencias y sus funcionarios, incluyendo reliquidaciones por ajustes totalmente ilegales con retroactividad de años y con causas injustificadas que sólo pretenden mejorar las cuentas de los gobiernos de turno.
¡Vamos, díganme la verdad! ¿Quién ha leído el contrato que firmo al abrir la cuenta bancaria? ¿Quién leyó el que firmó cuando le adjudicaron el crédito? Salvo el monto de las cuotas, las fecha de vencimientos, el costo financiero y el total a pagar. ¿Quién leyó el de las tarjetas de crédito? ¿Quién sabe que es lo que dicen todos esos contratos en las largas hojas firmadas una por una, a veces comprometiendo a una o mas garantías? No hace falta una encuesta, todos sabemos que la mayoria de las personas no saben lo que firmó en esos contratos.
Los vendedores, el oficial de crédito del banco, o la promotora de las tarjetas de crédito, le harán estampar su firma en los lugares marcados con una cruz. Usted tiene que confiar en su banco, en las compañias, confiar, confiar y estar agradecido. Un gran error, un bumerang que se activará ante la primer dificultad. Aparecerán en su cuenta comisiones y gastos con códigos que no va a entender. En adelante tendrá que pensar mucho antes de firmar un contrato.
Decidir entre la modernidad o la edad de piedra, entre vivir como todos o ser un rebelde de esos que todos miran con mala cara. Manejarse con las monedas que tenga en el bolsillo y decir que no a todo lo que le quieran vender. Hablar sólo con las personas que se crucen por su camino, vivir en carpas, en casa de familiares o amigos que no hayan leído esta nota y preguntar como terminó la novela o el partido que no va a poder ver. Aunque hay otra opción: seguir como hasta ahora estampando esas firmas peligrosas en cuanto papel le presenten para acceder a los beneficios de este siglo, continuar disfrutando de las comodidades, la tecnología y del hogar dulce hogar, haciendo equilibrio en la cuerda floja para no caer en malas manos y pidiendo todos los dias la proteccion divina.

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