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Entrevista con el antropólogo Carlos García Sarasola


El autor de Nuestros paisanos los indios, un texto clásico que acaba de reeditarse, confía en que el libro encuentre nuevos lectores, “porque éste es un relato de sangre y resistencia, del que todos podemos sacar muchas lecciones”.

El libro habla de salitrales, selvas, llanuras y montañas. Pero sobre todo de personas. De los millones de aborígenes masacrados y del millón que sobrevive. Nuestros paisanos los indios (Ediciones del Nuevo Extremo) es probablemente la obra más completa que se haya publicado acerca de los pueblos originarios del actual territorio argentino. El antropólogo Carlos Martínez Sarasola dice que escribirlo le cambió la vida, y se esperanza con que la novena edición encuentre nuevos lectores. “Porque éste –adelanta– es un relato de sangre y resistencia, del que podemos sacar muchas lecciones.

La charla se desarrolla en una casa modesta. Casa de antropólogo. Las bibliotecas guardan un orden –se destaca la colección completa de Patoruzú (¡!)–, y hay fotos antiguas y máscaras. En vez de una mesa, agranda el living una alfombra nativa que tiene en el centro piezas de cerámica acomodadas en círculo. Tres gatos se desperezan y ponen en movimiento esa geometría. Entonces la conversación encuentra su cadencia.

¿Qué cambió desde la primera edición de Nuestros paisanos..?

Muchas cosas. Aquella primera edición salió cuando se cumplían quinientos años de la llegada de Colón a América. Había un despertar de algo que había sido muy ocultado, muy negado. De hecho, me llevó tanto esfuerzo juntar la información, que consideré largar todo y dedicarme a otro tema. Por suerte, la respuesta de los lectores fue tan rotunda que terminó por definir mi carrera.

Había muchos esperando el texto ¿Qué más se modificó?

Los fenómenos se aceleraron. Como decía Rodolfo Kusch, “tenemos que perder el miedo a ser nosotros mismos”. Bien, de alguna manera está ocurriendo. Sabemos que más de la mitad de los argentinos tiene genes indígenas. Antes eso no se decía ni se indagaba. Además está Evo Morales en Bolivia: un hermano que con errores y aciertos mostró que un hombre puede ser respetado por los amautas –los sabios de su pueblo– y simultáneamente alcanzar la presidencia de un Estado.

–Y hay una conciencia latinoamericana en ebullición.

Exacto. Hay certeza de que pertenecemos a este continente. Somos americanos y ya nadie te niega que es indispensable aprender a respetarnos. Los zapatistas lo resumen magistralmente cuando declaran que “hay que construir un mundo donde quepan muchos mundos”. Esto es: no se trata de reflotar antiguas antinomias, pero sí de aceptar que acá hubo una parte de la población que fue invisibilizada.

El Bicentenario les dio vigor a los vientos de cambio. En la investigación, Sarasola confiesa su perplejidad ante esos ritos multitudinarios, en los que la noción de comunidad se abre camino por entre capas y capas del olvido. “Pareciera que se necesitara de esos acontecimientos para que los argentinos nos encontráramos, a través de una identidad que se revela en momentos de crisis o de fiesta. Es como si estos momentos pertenecieran a un espacio y un tiempo sagrados”, aventura el analista.

En una perspectiva más concreta, ¿qué cambios legales hubo desde la primera publicación?

Varios. Hubo cambios relevantes en el marco legislativo internacional. Naciones Unidas y la Organización Mundial del Trabajo han promovido modificaciones y a su vez –gracias a la lucha de las comunidades– la Constitución de 1994 explicitó que los pueblos originarios tienen derechos por ser anteriores a la creación del Estado Argentino. Igual falta un montón.

El problema de la tierra, por ejemplo, es una herida que sigue abierta. En noviembre del año pasado la policía formoseña intentó terminar con un corte de rutas que varios miembros del pueblo Qom habían mantenido por cuatro meses en reclamo de 5187 hectáreas. Como resultado del ataque fallecieron un manifestante y un policía y hubo más de cuarenta heridos. Recién ahora, tras un acampe en Capital y la elección de Félix Díaz como representante de la comunidad La Primavera, da la impresión de que se abre la posibilidad de un diálogo franco. Pero hay que multiplicar esa secuencia de balas, palos y muerte por cien o por doscientos para entender la injusticia cotidiana que enfrentan los indígenas de Sudamérica.

Abrazos y alaridos

En el prólogo a Nuestros paisanos..., Alberto Rex González afirma que “no había una obra de síntesis que abarcara las diversas descripciones de las culturas aborígenes y las proyectara a la realidad de la historia inmediata, señalando la gravitación que los grupos indígenas tuvieron en la génesis original de nuestra nación”. Son páginas que recuperan la huella de los primeros hombres en América, la impronta de los pueblos que existían a la llegada de los europeos, el drama de la conquista, la contribución nativa a la independencia y los altibajos en su relación con el Estado.

Se trata de poner en primer plano una cuestión que ya no se puede negar. En efecto, el autor insiste en que antes de la matriz que resultó del cruce entre los criollos y los inmigrantes en el siglo XX, hubo otra que se desplegó antes, con siglos de anticipación, y que tiene que ver con el contacto entre colonizadores y pueblos originarios. Sarasola: “No olvidemos que Roca hace sus expediciones de exterminio en 1879; y todavía la mitad de lo que hoy es territorio argentino permanecía en manos de los indígenas”.

Nuestros paisanos... demuestra, entre el alegato y la investigación etnohistórica, la presencia aborigen en cada uno de los hitos que delinearon al país. En 1807, cuando la invasión inglesa era inminente –el virrey Rafael de Sobremonte había escapado– el, acta del Cabildo de Buenos Aires correspondiente al 17 de agosto de 1807 informa que la asamblea se interrumpió a causa de una “visita sorpresa”:

... Se apersonó en la sala el indio Pampa Felipe (...) y expuso que venía a nombre de dieciséis caciques de los pampas y tehuelches, a hacer presente que estaban prontos a franquear gente, caballos y cuanto auxilios dependiesen de su arbitrio, para que se echara mano contra los ‘colorados’ –es decir, los ingleses–; y que hacían aquella ingenua oferta en obsequio a los cristianos, porque veían los apuros en que estarían...”.

Después, en la época en que San Martín aprestaba al Ejército de los Andes en El Plumerillo (Mendoza), el General llamó a los caciques de la zona para decirles que como él “también era indio” pensaba ir a combatir a los españoles, pero que precisaba que le dieran acceso por la cordillera. “Yo necesito la licencia de ustedes, que son los dueños del país”, les dijo San Martín, de acuerdo con las memorias de Manuel Olazábal. Según escribió luego Ricardo Rojas, “los plenipotenciarios araucanos, fornidos y desnudos, ‘con olor a potro’, prorrumpieron en alaridos y aclamaciones al ‘indio’ San Martín, a quien abrazaban prometiéndole morir por él”.

Escenas similares se repitieron durante las campañas que llevaron a cabo, ya en el siglo siguiente, las organizaciones obreras y los grupos defensores de derechos humanos. En las ciudades del interior, en el detalle del alfarero sin firma, en los carnavalitos que retumban por las bailantas de Liniers o en cualquiera de los vagones que llegan a las estaciones de Once, Retiro o Constitución, el indio no hace barullo pero estuvo y está. No como un ente romántico y abstracto, sino con la contundencia de quien se siente uno con el suelo que habita.

Orgullo y paciencia

“El indio es demasiado paciente y el cristiano demasiado orgulloso. Nosotros somos dueños y ellos son intrusos. Es cierto que prometimos no robar y ser amigos, pero con la condición de que fuéramos hermanos (...) Pero ya es tiempo de que cesen de burlarse; todas sus promesas son mentiras. Los huesos de nuestros amigos, de nuestros capitanes asesinados por los huincas, blanquean en el camino de Chóleachel y piden venganza...” (Cacique Chacayal, 1878).

¿Cuántos aborígenes hay en Argentina? Difícil calcularlo. “Se estima que más de un millón”, tira Sarasola antes de comentar que en toda la región hay “muchísimos indios que se fueron a vivir a las capitales, lo que a veces lleva a que la identidad se difumine”. Paralelamente los “renacidos” se están transformando en un fenómeno a seguir con atención. “Grupos que se creían desaparecidos retornan; rescatan como pueden sus tradiciones y hacen planes a futuro”, cuenta el entrevistado.

¿Y qué actitud tienen los investigadores ante estos procesos de “renacimiento”?

Depende. Algunos reclaman cierta “pureza” para poder calificar a estos grupos como “verdaderos” indígenas. Sin embargo, creo que está faltando incluir la dimensión humana. No olvidemos que la historia de los pueblos originarios es una historia de gente que pasó por muchas crueldades. Ellos han sabido mantener su identidad como mejor pudieron, sin desvirtuar su eje ni su generosidad. Hay una enseñanza ahí. Por eso digo: hay que involucrarse desde lo humano. Y si de repente hay grupos que se están rearmando a su modo, habrá que respetar esa decisión. Detrás de esa recuperación, en el fondo, hay un deseo de recrearse como sujetos.

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