El deseo

Todo parece ser sufrimiento.

Lo indudablemente cierto es que el ser humano sufre. Cualquiera que sea su condición hay sufrimiento para él. Este sufrimiento debemos entenderlo en profundidad. Sufrimiento es cualquier sensación, sentimiento, emoción o pensamiento de carácter displacentero. La existencia humana está salpicada de dolor: unas veces leves; otras intenso. Aún el propio cese de placer, se toma como malestar o cualquier sutil manera del mismo: tedio, aburrimiento, desidia...

Nadie niega el placer. Hay placer, pero también dolor en sus multivariadas formas. El ser humano es presa de la insatisfacción, el descontento, la angustia, la ansiedad, el sufrimiento psíquico y físico, la desolación, el desaliento y tantos otros modos de sufrimiento. Al placer sigue el dolor, e incluso placer y dolor pueden estar presentes al la vez en distintos niveles.

Placer y dolor caminan codo con codo. Se alternan con frecuencia. Son transitorios y vacíos, forman parte de la existencia humana. El hecho de que todo sea inestable, ya produce sufrimiento. Los conflictos y los problemas están fuera y dentro de uno mismo.

Nacer es sufrir, envejecer es sufrir, morir es sufrir; la pena, el lamento, el dolor, la aflicción, la tribulación son sufrimiento; estar sujeto a lo que desagrada es sufrimiento, estar privado de lo que agrada es sufrimiento. ¿Quién puede escapar a la enfermedad, la vejez y la muerte?



El origen del sufrimiento es el deseo.

El sufrimiento no es gratuito, tiene una causa. Y la causa no es otra que la avidez, o sea el deseo egoísta, la codicia, el aferramiento, la "sed". El origen del sufrimiento es el deseo, que unido al deleite y a la pasión, persiguiendo el placer por todas partes, nos lleva una y otra vez a situaciones lamentables.

El deseo es inclinación hacia lo que nos causa o creemos que nos causa placer. Se convierte en apego y aferramiento. Es egoísta y dicta pensamientos, palabras y obras egoístas que engendran voluntades egoístas. Enredado en los apegos, el ser humano no pone su energía e la búsqueda de la libertad total. El ego es ávido y rapaz, siempre está alimentando deseos, actitudes egoístas, apego a todo lo material y lo inmaterial.

El deseo sensual viene a través de la inclinación de los sentidos y la mente hacia lo atractivo y placentero. Pero no es solamente la tendencia sedienta hacia los placeres sensoriales y los objetos materiales, sino hacia las opiniones, conceptos, ideas y puntos de vista. El ego se agarra a cualquier cosa, como una pertinaz enredadera.

Cuanto más apego existe, más neurótica demanda de seguridad de que persista y dure lo deseado, más miedo y servidumbre, más angustia, más temor a perder, más desolación cuando se pierde. Pero, por ignorancia de la realidad, nos apegamos a todo y dejamos nuestras mejores energías en ello. El apego nos hipoteca y podemos llegar a matar por su culpa. Siembra discordias familiares y sociales; nos hace fatuos y mezquinos; nos impide evolucionar. El ego, y el apego que genera, se convierte en el peor obstáculo hacia la liberación definitiva.

Cuando surge una sensación desagradable, entonces el deseo se invierte y se genera la aversión, sea en forma de ira, odio, resentimiento, frustración o afín. Avidez y aversión, que dominan la mente humana, son dos de las raíces de la maldad. La tercera raíz de dónde se alimenta el árbol del mal es la ofuscación o ignorancia, el no ver cómo son realmente las cosas.

Y siempre, los seres humanos actuamos de forma repetitiva: deseo, apego, hastío, frustración y desesperación, en suma, sufriendo y lamentando. ¡Cuantos inútiles afanes, disgustos innecesarios e insatisfacción!



Cómo cesa el sufrimiento.



Como nada dura, todo fluye, todo cambia, ¿a qué se puede uno aferrar si es inteligente y tiene una clara visión?

"Del deseo nace el dolor y el sufrimiento. Para quien no desea no existe el dolor y, ¿de dónde podría venirle el miedo?"

Hay un estado donde el sufrimiento cesa. Mientras haya cuerpo físico seguirán surgiendo y desvaneciéndose las sensaciones agradables, desagradables o neutras, pero aquella persona que ya no sufre las experimenta no reacciona, no las personaliza, no las siente como propias y tampoco se siente su sujeto. La mente ya no genera inútil sufrimiento.

Viendo de una manera lúcida la insatisfacción y el sufrimiento, viendo también sus causas, y asumiendo que es posible eliminar las causas y poner fin al sufrimiento, el ser humano sigue el camino del conocimiento propio que lleva a la paz.

Al ver la realidad de las cosas, tanto en el interior como en el exterior, y sin deseos de llegar a ser esto o aquello, el ser humano aprende a mirar más allá de las apariencias y saborea el goce de "lo otro". Esta persona se torna la Paz misma.

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