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Perro polar argentino

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Los hielos de la Antártida cobijan tesoros invaluables como son las proezas de los valientes exploradores, que llevaron la bandera argentina hasta el Polo Sur, desafiando el inhóspito territorio y los agitados mares australes. Un colaborador imprescindible en esta época pionera de exploración fue el perro polar, sin perros y sin trineos no hubieran sido posibles las efectivas campañas que años a años se han ido desarrollando desde las Bases.
Perro polar argentino

La necesidad de desplazarse rápidamente, a bajo costo y con seguridad, motivó a un equipo de más de treinta suboficiales enfermeros veterinarios argentinos del Ejército, comandados por Héctor Martín y Félix Daza Rodríguez, a desarrollar una raza canina capaz de arrastrar grandes cargas a través de largas distancias, fácil de criar y mantener y capaz de cumplir funciones operativas similares a las de los transportes mecánicos a orugas.

En el origen del Perro Polar Argentino se encontraban varias de las principales razas árticas de trabajo: se lo desarrolló a partir

• del Husky Siberiano ruso
Antartida


• del Alaskan Malamute estadounidense
ejercito argentino

• del Groenlandés
Argentina


• y del Spitz Manchuriano
perro

El perro polar argentino era un perro de respetable tamaño, que llegaba a pesar 60 kilos en los machos y 52 en las hembras. Estaba poderosamente blindado contra el frío: tenía el pelaje dividido en tres capas (lana, pelo y subpelo), con una capa de grasa subcutánea de 2 cm. de espesor que lo aislaba del ambiente. Eran impresionantes animales de tiro, con una capacidad de tracción que duplicaba la de cualquiera de las razas de las que descendía, con increíbles registros de resistencia y velocidad. Un tiro de 11 perros polares argentinos era capaz de arrastrar un trineo cargado con 1,1 toneladas a 50 km/h en terreno llano y a 80 en terrenos de 45° de inclinación durante 6 horas ininterrumpidas.

orgullo argentino


Los 70° bajo cero constituían para ellos una temperatura normal de trabajo, y cuando la base soviética Vostok registró el récord mundial histórico de frío (89,3° bajo cero) los perros polares argentinos se encontraban allí de visita y jadeaban tranquilamente en ese frío capaz de congelar el aliento.

Eran capaces de intuir o predecir las tormentas, ayudando a evitar salidas fallidas; no perdían la orientación jamás, ni siquiera en medio del temporal más espantoso; se especializaban en encontrar a hombres o vehículos perdidos (lo que los convertía en excelentes rescatistas), y su capacidad para transitar terrenos cuya escasa solidez nunca hubiera soportado el peso de los tractores-oruga era una virtud inapreciable.

Uno de los peligros más importantes en las travesías antárticas son las grietas, no importa si se utilizan trineos de perros o tractores orugas. Pues bien, entre las soberbias capacidades del Perro Polar Argentino se contaba la de "detectar" u "olfatear" (el mecanismo íntimo continúa sumido en el misterio, y los animales no están aquí para estudiarlos) las grietas, evitando los accidentes y salvando vidas humanas que de otra forma se habrían perdido (recuérdese el luctuoso accidente que costó la vida a un soldado y un científico).

La utilidad última del Polar Argentino, el último sacrificio que era capaz de hacer por sus amos y amigos, era el hecho de que podía servir de sustancioso alimento en casos de muy extrema necesidad. Más de una vez, sobre todo en las primeras expediciones de principios del siglo XX, los exploradores debieron comerse a algunos de sus perros o sacrificar a algunos de los del tiro para que los demás comieran y poder llegar a destino. Esto, como se comprende, tampoco puede hacerse con un tractor.

Pero independientemente de todo ello, los habitantes de las bases antárticas argentinas con cierta antigüedad recuerdan con cariño y devoción a sus perros desaparecidos porque, como tampoco podrían hacerlo los tractores, representaron para ellos y a lo largo de décadas, inagotables fuentes de amor, afecto, abrigo y compañía en las largas, interminables noches polares en plena soledad.

Extinción


En 1991 Argentina firmó el tratado antártico de protección del medio ambiente, en este tratado se dispuso explícitamente el retiro de todos los perros polares argentinos del continente austral por considerárselos "especie exótica". Según Sergio Grodsinsky (entrenador de perros y experto argentino, que ha sido el único que ha escrito sobre el tema y a quien consideramos la máxima autoridad sobre el particular), el tratado antártico de protección al medio ambiente, "impulsó entre otras ‘cositas` impedir hacer reclamaciones territoriales hasta 50 años después y compelió a ‘preservar el ecosistema" aludiendo pretextos proteccionistas". Afirma el experto que el tratado antartico de proteccion al medio ambiente dispuso expresamente el retiro de los perros polares del territorio austral, estableciendo que el 1° de abril de 1994 no podía quedar ninguno en el continente entero. Si alguno no hubiese podido ser evacuado, tendría que ser sacrificado.

base antartica

El Scientific Commitee on Antartic Research ( "Comité Científico de Investigación Antártica" ) dictaminó en la reunión madrileña que los Perros Polares Argentinos "transmitían el moquillo a las focas", que "depredaban las pingüineras" y que "albergaban en su pelaje parásitos capaces de alterar el equilibrio ecológico de la Antártida". Tal sarta de argumentos es calificada por el experto argentino de la siguiente manera: "No hay mito ni leyenda que encuentre oposición cuando la superstición viene del `Primer Mundo`, es `moderna` y se autoproclama `científica`".

Analizaremos, siguiendo a Grodsinsky, los falaces y seudocientíficos argumentos del citado Comité:

La enfermedad de Carré ( conocida comúnmente como distemper o "moquillo canino" ) no se transmite a las focas ni a ninguna otra especie aparte de Canis lupus. Así como nosotros no podemos transmitir nuestra gripe a un gato o un perro, el cánido no transmite el moquillo a la foca. Es cierto que estos pinnípedos tienen su propia versión del moquillo, como la tienen los gatos (panleucopenia felina) y los monos (catarro de Fisher), pero son provocadas por diferentes virus, ineptos para infectar a otra especie que a sus huéspedes natural.

Tanto la base argentina General San Martín (al sur del Círculo Polar Ártico) como la base Esperanza, ubicada en el extremo norte de la Isla Trinidad, las dos en las cuales moraban los perros polares argentinos, siempre vacunaron a sus animales contra el moquillo. Y los vacunaron bien. Esto significa: dos dosis al cachorro y un refuerzo anual para los adultos, aplicado sin falta todos los años. Esta revacunación anual en la hembras gestantes impide también la aparición de la enfermedad en los ejemplares neonatos. Las expediciones argentinas sin base permamente siempre estuvieron obligadas a seguir el mismo plan de vacunación.

Por último, desde que los primeros perros polares argentinos pusieron sus fuertes patas en el continente blanco por primera vez (1951) hasta la expulsión del TAPMA (1994), nunca se declaró, denunció ni documentó un caso de moquillo entre los ejemplares argentinos. A fuer de ser sinceros, tampoco en los animales de otras razas pertenecientes a bases extranjeras. Nunca, jamás, en ninguna base de ningún país se detectó moquillo. Es una enfermedad que jamás existió en el continente antártico.

Por el contrario, las únicas patologías caninas presentes en las bases argentinas consistieron en parasitosis y dermatitis producidas en los perros por picaduras de piojos y pulgas... ¡transmitidos a los perros por focas y pingüinos!

perro polar argentino

Con respecto a los perros "depredadores de pingüinos", hace falta señalar que, una vez más, se trata de una falacia. No es imposible que alguna vez un perro haya matado a un pingüino, pero corresponde decir que la superpoblación de los pingüinos, depredadores del krill ellos mismos, produce graves enfermedades por hacinamiento. Esta superpoblación de aves jamás podría verse afectada por uno o dos ejemplares que se escaparon de sus bases a lo largo de toda la historia.

Con respecto a las focas, resulta directamente ridículo imaginar a un perro de 60 kilos atacando y matando a una foca de 500 o 600 kilos. Si alguna vez un perro argentino devoró a una foca, fue porque encontró su cadáver en la costa, ya que las vivas huyen de los depredadores terrestres zambulléndose (siendo que el buceo es una de las pocas capacidades que el Perro Polar Argentino nunca logró desarrollar).

Por último, si los perros argentinos eran "una especie exótica" que "desequilibraba el ecosistema antártico", exactamente lo mismo puede decirse de los seres humanos, incluidos los "científicos" que decidieron la expulsión de los cánidos. Por no hablar del hecho de reemplazar a los perros por tractores a gasoil, que, además de liberar gases de efecto invernadero, contaminan la Antártida con los malolientes y untuosos desechos de la combustión de hidrocarburos y los cambios de lubricantes.

Finalmente, el especialista argentino se hace una última pregunta capital: si se han prohibido los perros en la Antártida pero no en el Polo Norte: "¿Por qué los perros en el Ártico no contagian a la focas?".

La Argentina, como firmante del Tratado Antártico, no quiso denunciarlo y se sometió mansamente a la obligación de retirar a sus perros, dejando claramente asentada, sin embargo, su posición mediante el voto en contra.

Así, pues, los 56 ejemplares que la nación mantenía en la Antártdia se dispusieron a ser evacuados a Tierra del Fuego antes de que se cumpliera la fecha límite del tratado.

Pero, ¡ay!... considérese que los perros polares argentinos llevaban 43 años siendo criados en la Antártida, generación tras generación, sin contacto con perros provenientes de fuera y, lo que es más importante, sin contacto con los gérmenes patógenos normales en los perros. La conclusión es que habían perdido toda inmunidad orgánica.

De la primera tanda de 30 animales llevados a Ushuaia, 28 murieron en brevísimo lapso, víctima de enfermedades para las cuales cualquier perro callejero se encuentra inmunizado naturalmente. Los dos ejemplares sobrevivientes de aquel grupo no tuvieron ninguna posibilidad de reproducirse... porque ambos eran machos.

Perro polar

El segundo embarque (26 ejemplares) también sufrió los rigores de bacterias y virus para los que no estaban preparados, cayendo víctimas de una espantosa mortandad. Los pocos sobrevivientes (animales tal vez más fuertes que sus compañeros) fueron dispersados y desperdigados en manos de distintos propietarios adoptivos, ubicados muy lejos unos de otros. Incapaces de reproducirse entre ellos, los perros polares argentinos se cruzaron con otras clases de caninos, y su fuerte y extraordinaria genética se diluyó en la población canina de Tierra del Fuego, extinguiéndose de este modo esa portentosa raza argentina.

Así, la emigración obligada por una ley basada en mentiras, logró lo que el hostil ambiente del invierno antártico, el hambre, la soledad, el trabajo a destajo, los vientos brutales y el frío asesino nunca hubiesen conseguido: privar a nuestros hijos y nietos del placer de la compañía de este soberbio y deventurado perro criollo.

Tal vez alguien, en un futuro cercano, reproduciendo los cruzamientos de aquellos tesoneros veterinarios militares, pueda reproducir las cruzas que ellos hicieron y lograr, con cuidado, respeto y cariño, que el hermoso y orgulloso Perro Polar Argentino vuelva a caminar y tirar alegremente de los trineos, si no en la Antártida, al menos en las dilatadas tierras de la Patagonia Argentina.


Ahora dos historias de dos grandes perros polares argentinos



PONCHO

Perro polar argentino


Entre todos los perros polares que trabajaron en nuestra Antártida, Poncho fue el más querido, el más respetado, y es aún al que mejor se recuerda debido a sus múltiples hazañas. Sin embargo, el prestigio individual de este animal, ampliamente justificado por una existencia a la que podríamos calificar como épica, llena de peripecias y extremos, se desborda en mito y así alcanza a cada uno de los cientos de canes que, como él, vivieron en el Antártico a lo largo del Siglo XX. Aquellos perros, y los hombres junto a quienes ellos supieron servir, vivieron sus aventuras durante una etapa heroica que difícilmente podría volver a darse.
Por cierto, Poncho pertenecía a una estirpe irrepetible, hoy extinguida. Descendía directamente de perros nórdicos, cuyas características habían sido modeladas a lo largo de miles de años para sobrevivir en el hostil ambiente polar. Corría por las venas de Poncho una sangre rica en aportes diversos, una mezcla de varias razas de perros que los antiguos pueblos del Ártico, a través de muchísimas generaciones, habían ido especializando para la tracción de trineos sobre hielo y nieve, y para trabajar bajo las más bajas temperaturas, que sólo se registran en los polos de la Tierra.

Esa cruza de sangres había dado lugar a una nueva casta de perros de trabajo, creada y desarrollada por el Ejército Argentino para actuar en la Antártida. Eran animales robustos, resistentes, dóciles e inteligentes. La raza fue conocida como “Perro Polar Argentino”, y existió como tal unos cincuenta años. Fue el producto de la labor sostenida de una treintena de suboficiales enfermeros veterinarios. Pero hacia la década de los „90, disposiciones internacionales obligaron a retirar todos los perros del continente antártico. Así comenzó la extinción para este linaje notable, que hoy es apenas un recuerdo para los nostálgicos de aquellas épocas, y a lo sumo puede constituir una rareza para el estudioso de las razas caninas, presentes y pretéritas.
Así es: ya no quedan perros polares argentinos. Sólo en algunos rincones de la Patagonia, y también en la Tierra del Fuego, más precisamente en Ushuaia -la ciudad más austral y la más cercana al continente antártico-, viven unos pocos descendientes de aquellos animales formidables, ya muy mezclados. Y casi como un homenaje a sus nobles antepasados, estos perros hoy, todavía portan arneses y tiran de sus trineos a través de los valles nevados del extremo sur de América.

Justamente allí, en Ushuaia, después de haber participado en las más gloriosas expediciones antárticas de la historia argentina tirando de un trineo, y de haber liderado patrullas a través de miles de kilómetros en las más difíciles condiciones de terreno y clima; tras haber salvado varias vidas en rescates temerarios, y haber sobrevivido a las traicioneras grietas glaciales y a muchos inviernos crudos; en fin, después de haber hecho todo lo que un perro polar ideal no sería suficientemente capaz de hacer, a Poncho le fue dado agotar sus últimos años con placidez, acompañado por viejos camaradas. Fue una recompensa silenciosa que el destino le tenía reservada, después de tantos esfuerzos.
Aún en el ocaso de su vida, el veterano héroe polar seguía irradiando dignidad. Muchos niños fueguinos venían a visitar a Poncho en su última morada. El perro pasaba los días mansamente echado en el jardín del hoy desaparecido Hotel “Antártida”, y los chicos se acercaban a verlo con una mezcla de admiración y temor reverencial, como quien se arrima demasiado a un león. Entonces, el viejo perro sentía nuevamente el llamado de su raza, se incorporaba y, aunque fueran muchos, los llevaba a pasear por la ciudad nevada, sobre un trineo improvisado. Volvía a ser el valiente y confiable Poncho de sus mejores días antárticos.

Este extraordinario perro polar vivió extensa e intensamente. A lo largo de su trayectoria vital, supo entregar todo de sí en la tarea para la que había sido mejor dotado, tanto por naturaleza como por aprendizaje: la tracción de trineos. Siempre encabezando el tiro, guiando al grupo por las vías más seguras, en un territorio donde no existen los caminos y el blanco se extiende, desconcertante y cruel, a veces hasta el mismísimo horizonte.
Los otros perros del equipo, y hasta los hombres, confiaban ciegamente en Poncho. Se sentían protegidos con su sola presencia.
Todo en él inspiraba confianza y seguridad, incluso su cuerpo. Era macizo, con el pecho ancho, potente; el lomo alto y el cuello grueso, con abundante pelo doble; las patas robustas pero no pesadas; el dorso musculoso, de un denso manto color crema claro con manchas grisáceas; la cola plumosa, blanca, enrollada sobre el lomo, y erguida, señal inequívoca de una moral alta.
Y, por supuesto, estaba su cara. ¡Ah, la cara de ese perro…! Con las orejas oscuras, atentas; el hocico elegante, levemente más agudo que en otros perros polares, y como con un “bozal” de pelo gris; y la mirada inteligente, viva, afectuosa, de unos ojitos color almendra que parecían estar siempre escrutando a lo lejos, como anhelando el siguiente desafío.
Y sí: su excelente disposición para el trabajo era permanente. Un espíritu de exploración lo acompañaba desde los primeros tambaleantes pasos que dio en su lugar de nacimiento: la Base “Esperanza”, en nuestra Antártida. Era su presteza lo que más lo destacaba de entre sus hermanos. Esa alegría de vivir nunca lo abandonó, a pesar del desgaste de las largas expediciones, y los peligros de algunas patrullas; incluso en situaciones de fuerte estrés, donde otro animal –aún el más preparado- no habría logrado sobrevivir.

Decíamos antes que no sólo vivió intensamente; Poncho alcanzó una edad mucho más alta que el promedio de la mayoría de los perros: casi 18 años. Merecía un “retiro honorable” y lo tuvo. Al morir, no pudo estar mejor acompañado; a su lado, cuidándolo, estaba uno de sus viejos camaradas antárticos (no canino sino humano, pero camarada al fin), con quien había compartido los radiantes días de la juventud, entre patrullas de rutina, invernadas durísimas y expediciones de largo aliento hasta los confines polares. Perro y hombre se profesaban mutua admiración y amistad; estarían unidos también en el momento del adiós.
La existencia de Poncho estuvo signada por esos vínculos indisolubles que se forman entre quienes han compartido la experiencia de una aventura extrema. Desde cachorro, le tocó convivir con hombres excepcionales, dotados -también ellos- de una increíble tenacidad y resolución para enfrentar los desafíos. Duros, hechos a las inclemencias y a los silencios, aquellos antárticos eran, a su modo, unos soñadores, pero no soñadores ociosos, sino de ésos que ponen manos a la obra y convierten sus sueños en hechos.
Aquellos hombres eran también capaces de la ternura: llamados a permanecer durante tanto tiempo lejos del calor de su hogar, manifestaban el afecto dedicando a los animales muchas horas de juego y caricias, que eran recibidas dócilmente y retribuidas como ya sabemos que lo hacen los perros. Y, en medio de la hostilidad del terreno, sabían que dependían unos de otros. Ese lazo afectivo los unió fuertemente como equipo y fue la base que hizo posible tantas expediciones, las muy conocidas y otras no tan divulgadas, que la Argentina, como país pionero en la exploración del Antártico, llevó adelante durante la segunda mitad de Siglo XX.
Alguien razonó que si “la Patria se hizo a caballo”, como suele leerse en los libros de historia, no es menos cierto que “la Antártida se hizo con perros de trineo”. Y es verdad. Se hizo con perros… como Poncho.
La historia que sigue es la de este perro excepcional. Es una historia absolutamente real. No fue necesario exagerar los hechos ni dramatizar situaciones para realzar la figura de Poncho, porque la documentación histórica existente era lo suficientemente abundante y descriptiva de sus hazañas. Consultamos, por ejemplo, una gastada Foja de Servicios, que el Ejército Argentino abrió para Poncho cuando éste nació, donde ha quedado registrada la actividad intensa que el perro desplegó en la Antártida; rastreamos sus huellas en los informes oficiales de cada expedición; buscamos testimonios de los hombres que trabajaron con él, que lo querían, lo admiraban y que aún hoy guardan de Poncho el mejor de los recuerdos. Ellos, que pasaron las mismas aventuras que el perro, son los que no dudan en llamarlo “héroe”, sabiendo que tal calificativo no le queda holgado.

En mi juventud, tuve la fortuna de haber conocido a los perros polares argentinos en acción, en la Base “Esperanza”, cuando todavía no se hablaba siquiera de evacuarlos de la Antártida. Y hasta pude recorrer algunos kilómetros con uno de esos trineos legendarios, tipo “Nansen”. Aquella experiencia ha vuelto una y otra vez a mi memoria.
En forma intencional, no incluí en el relato nombres ni apellidos de personas, por más célebres o importantes que éstas hayan sido dentro de la historia antártica argentina. Nadie les quita haber sido los protagonistas indiscutibles de la epopeya que nos ocupa, pero bien pueden no figurar aquí. La omisión de sus nombres ayudará a iluminar mejor la gesta polar en toda su dimensión, sin enfocarnos en lo personal. En definitiva, ni siquiera se trata de celebrar la figura de Poncho, sino al espíritu que él supo encarnar. Y para eso no hacen falta los nombres ni los egos.

CRONOLOGÍA DE PONCHO:

1961, 10 de abril: Nace “Poncho”, hijo de "Coca" y "Flecha", en la Base Antártica “Esperanza”.
1961: Durante primavera y verano, comienza su instrucción. Es atado por primera vez al tiro de un trineo, en la tercera yunta. Primeras patrullas cortas.
1962: Continúa su instrucción. Trabaja en la segunda o tercera yunta del tiro. Participa de patrullas de verano. Integra el grupo avanzado de reconocimiento a la Base “Teniente Matienzo” (ida y vuelta), con miras a la Expedición Terrestre Invernal Antártica entre bahía Esperanza y bahía Margarita. Recorre más de 1.000 kilómetros.
1963: Participa (a partir de ese año, siempre como perro-guía) en patrullas varias sobre mar congelado y tierra firme: Refugio “Cristo Redentor”; Refugio “Güemes” a Corredor Cerro Taylor; Esperanza - Punta Pitt - Esperanza; Esperanza a Crystal Hill; Paso Cap Farrell a Esperanza. Lidera el transporte de materiales para la construcción del Refugio “San Nicolás”. Recorre más de 1.500 kilómetros.
1964: Participa de patrullas varias. Recorre más de 500 kilómetros. En diciembre es transferido a la Base “General Belgrano”.
1965: Participa de la Primera Expedición Terrestre Argentina al Polo Sur Geográfico (“Operación 90”). Integra la Patrulla de Reconocimiento “Paralelo 82”, que explora el cordón de nunataks Santa Fe. Integra la Patrulla de Auxilio que rescata a los sobrevivientes del avión “AE-205”, accidentado al Sudeste de la Base “General Belgrano”. Recorre 1.000 kilómetros.
1966: En verano, salta en paracaídas desde un helicóptero, junto a otros dos perros, dos oficiales y cargas varias, como parte de un ejercicio de rescate, cerca de la Base “General Belgrano”. En primavera participa de una patrulla de reconocimiento desde la Base “Belgrano” hasta la estación “Shackleton” (británica) con miras a la Expedición a la Barrera de Hielos Filchner: desde “Belgrano” hasta la caleta Jardinero, en noviembre de ese año, en la que también actúa, haciendo reconocimientos hacia la Península Antártica y península Bowman. Recorre unos 250 kilómetros.
1967: Participa de una campaña invernal, que parte de la Base “Esperanza” y hace paradas en el Refugio “Güemes”, el Refugio “Cristo Redentor”, y la isla Acantilado, con regreso a “Esperanza”. En primavera participa de varias patrullas entre la Base “Esperanza”, el Refugio “View Point”, el Paso Fuerte, entre otros puntos, con regreso a “Esperanza”. Recorre unos 250 kilómetros.
1968: Participa de la patrulla que recupera los restos del avión “AE-205” (accidentado en 1965 al Sudeste de la Base “General Belgrano”).
1969/71: Participa de patrullas cortas. Es relevado de tareas pesadas.
1972: No trabaja.
1973: Es trasladado en el rompehielos “San Martín” hasta Ushuaia, donde lo recibe la familia Giró y lo alberga en el Hotel “Antártida”, de su propiedad.
1976: Sufre un accidente en Ushuaia y un veterinario aconseja sacrificarlo. La familia se niega.
1977/78: Participa de desfiles cívico-militares en Ushuaia, en exhibiciones invernales y en eventos varios, tirando de un trineo, llevando niños fueguinos como pasajeros.
1978: En primavera, Poncho muere en Ushuaia. Se intenta su taxidermización (embalsamamiento), sin éxito.
1979: La noticia de su muerte aparece publicada en el periódico “Semanario de Actividad Territorial”, de Tierra del Fuego, y diario “La Prensa”, de la ciudad de Buenos Aires.
1998: Se abre un local comercial con el nombre de “Poncho”. Su logotipo es la cara de un perro polar.
2007: Se funda en Ushuaia la Agrupación Social y Deportiva “Poncho Mushing”, para la enseñanza y práctica del manejo de trineos de perros.
2009: Se publica esta biografía de Poncho, como parte de la celebración de la “Semana de la Antártida en Tierra del Fuego” (3ra. Edición). Lanzan una convocatoria para erigir un monumento a Poncho en Ushuaia, en el “Paseo de Pioneros Antárticos”, sobre la avenida costanera Maipú, a orillas del canal Beagle.

Un final feliz para Poncho:

El destino tenía reservado para Poncho un final más apacible que el de otros perros polares, aunque fuera lejos de su tierra natal.
En los primeros años de la década del „70, los encargados de las jaurías de las bases antárticas donde Poncho habitualmente prestaba servicios, empezaron a considerar la posibilidad de relevarlo de algunas tareas exigentes. En el Legajo del perro, que ellos completaban periódicamente, cada vez con más frecuencia se encontraban escribiendo la odiosa frase: “No trabajó”.
El viejo Poncho, aunque todavía entero y fuerte, ya no podía correr a la par de otros animales más jóvenes. En las largas patrullas se fatigaba; tendía a echarse apenas el trineo se detenía. Siempre lo había hecho, pero ahora se lo notaba agitado por demás. Y su humor no era el mismo de antes.
Los antiguos camaradas, ésos con los que había compartido tantas aventuras en la época de las largas exploraciones, habían dejado la Antártida. Salvo a uno, al resto ya no se los veía por allí.
Cada tanto, en verano, con la llegada del rompehielos, Poncho se ilusionaba. Por unos días había gran actividad en la base; muchas personas iban y venían, pero entre todas esas caras no había casi ninguna conocida.
También en verano algunos turistas desembarcaban, y entonces Poncho y otros perros eran atados a un trineo sin carga para hacer un recorrido corto por los alrededores. Los turistas se tomaban fotos y gritaban emocionados durante el trayecto, pero para el viejo Poncho, aquello no era sino una triste sombra de lo que había hecho en sus años más felices. Ya estaba cansado.
Alguien se compadeció de su situación y evaluó la posibilidad de que dejara la Antártida. Algo así como una honrosa excepción, en mérito a su prestigio bien ganado. Y entonces, en una de las visitas del rompehielos, el perro fue llevado a bordo y trasladado hasta Ushuaia, la capital de Tierra del Fuego.
En la ciudad a orillas del canal Beagle, fue recibido con cariño por uno de sus viejos compañeros de patrulla. Ahora, el hombre, que había dejado el Ejército, se dedicaba al turismo. Tenía un hotel, al que no por casualidad le había puesto el nombre de “Antártida”.
Allí, desde el jardín del establecimiento, donde pasaba las tardes echado, Poncho descubrió un mundo nuevo. Por ejemplo, supo lo que era un niño, conoció los árboles y las plantas, los caballos, las moscas… Vio que había muchos perros también, pero muy diferentes de él.
En Ushuaia hacía calor. Sin embargo, le gustaba aquello: había gente entrando y saliendo del hotel todo el tiempo, y muchos se acercaban, lo acariciaban, admiraban su formidable porte de perro polar. Poncho disfrutaba además del respeto de los vecinos, que se enteraban de sus proezas y venían a conocerlo, y del cariño de los niños, a los que llevaba a pasear en un improvisado trineo, por las calles y sobre la bahía, que se congelaba en invierno.

Pasó el tiempo. Esos años en el hotel “Antártida” los vivió plácidamente, como correspondía a un “perro jubilado”. O, mejor dicho, ”retirado”, ya que técnicamente era un viejo soldado. Como sea, bien se había ganado el descanso.
Poncho llegó a vivir casi 18 años, una edad más alta que la que suelen alcanzar los perros en general y, muchísimo mayor que la de las razas caninas de gran tamaño. Quizás esta longevidad fuese consecuencia de su “cóctel de castas”; los que saben, dicen que los perros mestizos viven más.
También nos gustaría pensar que fue la intensa vida aventurera y el cariño de sus camaradas humanos los que lo ayudaron a mantenerse activo tanto tiempo. En una ocasión, Poncho sufrió un accidente en las calles de Ushuaia. El veterinario que lo atendió, aconsejó sacrificarlo, pero la familia se negó rotundamente. Ellos confiaban en la capacidad de Poncho para sobrevivir. Y así lo hizo: vivió algunos años más.
Una mañana de primavera de 1978, Poncho ya no despertó. Su gran cuerpo yacía en el jardín, inmóvil.
El legendario perro polar argentino fue llorado entonces como se llora a los más grandes héroes. Y como se llora a los amigos entrañables. Porque Poncho fue ambas cosas.
Con la mejor de las intenciones, alguien trató de embalsamar su cuerpo, para exhibirlo a las generaciones venideras. Pero por alguna razón misteriosa, el trabajo de taxidermia no prosperó.
Y así debía ser. Poncho no podía terminar confinado en una vitrina de museo. Él pertenecía a las inmensidades y ventiscas del Antártico; y seguramente allá regresó.
Está esperándonos, para tirar de nuestro trineo y guiarnos por la huella correcta: la que apunta al Sur.

El explorador antártico que cobijó a Poncho hasta su muerte, hizo suyas las palabras que Lord Byron escribiera alguna vez como epitafio para su perro Boatswain:

“Aquí reposan los restos de
un ser que poseyó belleza sin vanidad,
fuerza sin insolencia, valentía sin ferocidad,
y tuvo todas las virtudes del hombre sin sus vicios.
Este elogio, que sería adulación sin significado
si fuera escrito sobre las cenizas humanas,
es simplemente un justo homenaje
a la memoria de un perro".
PONCHO
1961-1978

Autor: Emilio Urruty - Periodista y escritor radicado en Ushuaia, dedicado actualmente a la docencia





SIMBA

Antartida
Era medianoche de sábado a mediados del mes de noviembre del año 1962. Estábamos reunidos en el comedor la dotación de la Base Conjunta Teniente Matienzo y los tripulantes del Douglas DC-3 TA-33 a la cual yo pertenecía. Por motivos de las altas temperaturas reinantes, la nieve estaba blanda y nos impedía continuar viaje a la Base General Belgrano como lo teníamos previsto. A esa hora ya había empezado el infaltable campeonato de truco y canasta, una repetida forma de compartir algunas horas en la aislada y lejana Antártida. Matienzo era en sus comienzos una precaria Base y una de sus falencias, la falta de baño en su interior. Los integrantes debían salir al exterior, a una letrina cercana a la casa habitación y montada sobre grietas, al costado del nunatak, que es una afloración de arenilla y lava volcánica en el medio de la gran barrera de hielo que bordea el oeste del mar de Weddell. -Haceme un par de manos- dice Musso, jugador de una mesa de truco, se levanta rápido de su silla dirigiéndose a la puerta, agregando -voy al baño-. Salió al exterior y retornó al salón y a voz de cuello repetía ¡un perro!, ¡un perro que esta allí en la puerta! Si, respondía a los incrédulos, ¡es un animal grandote! Nadie se quedó en su lugar, algunos salieron como estaban, con ropas livianas, otros mas precavidos corrieron al dormitorio a buscar un abrigo, con ellos venían los que estaban ya acostados a esa hora, no queriendo perderse la novedad. A metros de la puerta estaba parado el can, a cada integrante que salía lo miraba y hasta dejaba que lo acariciaran. Su pelo era de un negro azabache con pecho, patas, hocico y puntos blancos en su cabeza pequeña que brillaba al reflejo de la luz ubicada a la entrada de la casa. Hizo unos giros, y al no salir el humano que esperaba dio unos cortos pasos hacia atrás, se dio vuelta y busco la nieve blanda a un costado del taller, sitio en el cual se acostó mirando para la casa habitación. Adentro se hacían ya, todos los comentarios, -Si dijo Juan Carlos, es un perro de 4 años aproximadamente, de inmediato escuchamos a Julio que decía haber leído el hombre de Simba que estaba grabado en la chapita colgada del collar y agregaba que era de cuero y tenía una hebilla de metal inoxidable. No hay dudas, es un perro de trineos aseguraba Bustamante, un sargento de nuestro Ejército que integró años antes dotaciones de la Base Esperanza; él nos contaba detalles de maromas y trineos totalmente desconocidos para los "aeronáuticos" allí reunidos. Como decía al comienzo de este recuerdo canino, estábamos en esa Base haciendo escala para posteriormente ir a la lejana Belgrano y desde allí llegar al Polo Sur Geográfico. Para apoyar nuestro vuelo los observadores meteorológicos de la península antártica daba un parte a horario del tiempo, posteriormente era transmitido desde Matienzo al Servicio Meteorológico Nacional, allí el doctor Hoffmann y el licenciado Komar entre otros calificados pronosticadores de esos tiempo, nos brindaban la información, que daba a las operaciones aéreas en esas latitudes, mucha confiabilidad. Demás está decir, que en esos contactos a horario con todas las Bases, se les informaba la aparición de Simba, preguntándoles si era de su pertenencia. En los siguientes enlaces las contestaciones fueron NO, que no tenían perro o que en su dotación nunca tuvieron uno llamado así. Todos se sorprendían como nosotros y agregaban observaciones y preguntas cuyas respuestas no podíamos dar ni suponer. Al día siguiente un hermoso día de sol, todos los integrantes se levantaron preguntando por el nuevo pensionista y la contestación de que por allí anda, los dejaba tranquilos; más de uno pensaba que Simba descansaría y seguiría su ruta, que Matienzo sólo era una escala. No fue así, por suerte para todos se quedó y dio muestras de haber aceptado los mimos del cocinero, que empezó a separar su ración como si fuera un integrante más de la dotación. A los días siguientes dos integrantes de la estación inglesa Hope Bay (Bahía Esperanza) vecina a nuestra Base Esperanza, vinieron como siempre lo hacían cuando pasaban hacia el sur, o recorrían la zona. Les hicieron la obligada pregunta sobre Simba. Visiblemente sorprendido John, un escocés con todas sus características y muy conocido por los argentinos, ya que llevaba en Antártida casi tres años, dijo que ese animal era de su dotación, agregando apurado, color y datos que no dejaban dudas a sus interlocutores de que se trataba del mismo animal. Continuó diciendo que en el mes de agosto en pleno invierno, realizaron una travesía desde su Base a la península de Jason. Se hacía de noche cuando su perro guía cayó en una grieta. Vanos fueron los intentos de rescate, porque el animal se desplazó hacia un costado del pozo y quedó encajado en los hielos que se entrecruzaban entre las dos paredes y no hubo más opción que cortar la cuerda de tiro que lo sostenía; un interminable alarido y sordos ruidos fue lo último que se escuchó del perro guía. También dijo que le costó mucho serenar a los otros canes y pronto tuvieron que buscar un lugar para pernoctar en las inmediaciones de cabo Longing. Al día siguiente volvieron a la zona del accidente y no encontraron ninguna señal de Simba. Continuaron su ruta al suroeste en busca de un refugio instalado por nuestro Ejército años anteriores en las inmediaciones de cabo Desengaño, que les sirvió de apoyo. Argentina, como miembro del Tratado Antártico, había aceptado instalar refugios, identificar su posición geográfica y comunicarlos al Tratado para que fuese utilizado en caso de emergencia por cualquier eventual visitante; en ese refugio, contó John, se instalaron hasta que pasó la tormenta que se abatió en la región por esos días. Me imagino los momentos difíciles que pasó Simba a partir de que le cortaron la cuerda que lo sostenía. Seguramente rodó hacia la profundidad, con todo lo que se puede uno imaginar, nieve, oscuridad, puntas de hielo, golpes por todos lados y quizás no tan profundo, el balcón salvador que lo contuvo y le permitió permanecer allí el tiempo necesario para reponerse de las lastimaduras y magullones de la caída. Durante el mes de agosto los días son muy cortitos; a Simba lo rodearon entonces muchas horas de total oscuridad, con ruidos de hielos quebrándose, dejando su intuición alterada por peligros existentes, que él vivía a partir de la rotura de ése frágil puente, que no pudo detectar como perro guía porque le escapaba a otras grietas que quedaban a su costado. A los tiempos y apuro por salir de esa peligrosa posición, Simba los dominó totalmente, se quedó con su hambre y sed hasta los días siguientes en que por alguna hendija de la grieta se filtró un hilo de luz, que le regaló la esperanza de alcanzar la superficie que hacia ya varias días esperaba. Seguramente a Simba lo acompañaba la suerte, esa que le proveyó el balcón que contuvo su caída, también le arrimó algún distraído pingüino o quizá, un pichón de foca que disparado de algún predador, se subió naturalmente al balcón permitiendo que, de esa manera, repusiera energías y le diera tiempo a explorar lugares para finalmente conseguir su auto liberación. Pasaron bastantes días o quizás semanas para alcanzar la superficie y cuando lo hizo ya no había trineos ni maromas, corrió de un lado a otro, pero en esa solitaria llanura de nueve y hielo a nadie encontró. Buscó con su instinto regresara al norte pero en esas, para él interminables semanas, los canales antárticos estaban descongelados y se quedó en las orillas. Allí no le faltó comida para disfrutar de su bien ganada libertad. Esas intenciones de ir al norte las terminó descartando y buscó en el sur signos de vida, que fueron los que lo llevaron finalmente a Matienzo en aquella madrugada de noviembre. El primer día de diciembre (1962) por fin se dieron las condiciones y pudimos despegar rumbo a la Base Ellsworth, una vieja base antártica operada por el Instituto Antártico Argentino, vecina de la Base Belgrano. La satisfacción de poder decolar y continuar con nuestro vuelo al Polo Sur iba acompañado de un eterno reconocimiento a la ayuda que nos brindaron los integrantes de la Base Matienzo con todos sus medios disponibles. Tengo en la memoria una postal de los integrantes levantando los brazos despidiéndose, y a su costado el Simba ya convertido en mascota, mirando sorprendido, por los ruidos de los motores nunca antes escuchados. De la forma más imprevista se interrumpió nuestro vuelo; en el despegue se nos incendió el avión; por suerte todos salimos con vida de ese infierno, las pérdidas fueron totales y, con esa desazón inexplicable del accidente, nos encontramos en lo más austral del mar de Weddell y a miles de kilómetros de nuestra Base El Palomar. La Base Ellsworth donde estábamos se cerraba en forma definitiva en pocos días más; ya estaba navegando para allá el viejo rompehielos General San Martín Q4 a retirar su dotación; nos agregaron a la lista de pasajeros y a fin de año estábamos retornando en forma jamás pensada. En una larga travesía, entre témpanos y aguas crespas, nos arrimó este noble (Sapo) como llamaban cariñosamente al rompehielos, a las inmediaciones de la Base Esperanza donde nos esperaba el buque de transporte Bahía Aguirre, estacionado y refugiado en una caleta de la zona, para llevarnos posteriormente a Ushuaia; en él compartí el camarote con Juan Carlos, recientemente reemplazado en la Base Matienzo; después de los saludos, la pregunta del accidente del Douglas y sus pormenores, fueron las primeras palabras y cuando le conté los detalles solo dejaba escapar de su boca: "Negro, tuvieron suerte, no lo puedo creer". Casi de inmediato luego de recordar nuestras familias que pronto veríamos me contó lo ansioso que estaba por volver con los suyos y sobre todo ver a su querida novia; yo le decía que en pocos días atrás había nacido mi hijo Roberto Miguel y que estaba loco por conocerlo. Empezamos una ronda de mate y allí me contó su última tarea extra, ya que había sido él, el encargado de llevar a la costa y subir a cubierta al perro Simba y entregarlo en Esperanza a sus dueños. Fue para mí una sorpresa que me hacía vivir la Antártida que tanto había soñado conocer. Digo sorpresa porque me contaba que los ingleses al enterarse de la aparición de su perro guía, pidieron que se lo devolvieran; los argentinos lo hicieron en la primera oportunidad que tuvieron. No fue fácil para Juan Carlos trasladar a Simba, necesitó construir con cuerdas de nylon un improvisado bozal, porque con tarascones y mordiscos pretendía defender su libertad. Las personas que van a la Antártida por lo general vuelven a ella si se presenta la oportunidad. No fui la excepción, me propusieron integrar la dotación de Matienzo para el año 1965 y por supuesto acepté. Mi traslado se hizo en un vuelo del recordado Douglas TA-05 "El Montañés" visitante seguido de la Antártida en esos tiempos. Era septiembre de 1964 y al arribo a la conocida Base Matienzo, veo junto a las personas que nos recibían, parado, mi conocido Simba...¡no lo podía creer! El post vuelo y pernocte tiene sus tareas, que compartí con los tripulantes del avión y mientras las realizaba pensaba y me preguntaba: ¿que hace aquí este perro? Se sumó a las tareas un voluntario: Gerardo, fotógrafo de la Base y mientras enfundábamos los motores, contestó mi pregunta sobre Simba. -Hace unos meses vino una patrulla de ingleses que iba hacia el sur y nos trajo de regalo a su ex perro guía. Las explicaciones del porqué tomaron la decisión según dijeron, era que durante la ausencia para ellos definitiva, formaron a otro perro que lo reemplazaba precisamente en esos momento y les pareció que un destino mejor no tendrían para darle a "un joven perro jubilado", también agregaron que Simba tenía los vicios que le dio su odisea, no reconocía ni amos ni gritos y quizá por allí estaba la razón de llevarlo de regalo a Matienzo, indudablemente fue lo mejor que podían hacer con este hermoso animal. A partir de su llegada fue totalmente independiente; dormía en el exterior, a la casa habitación entraba si lo obligaban, pero a los minutos pedía salir, porque no toleraba la calefacción. Al taller lo visitaba espaciadamente, no había calefacción, pero el ruido del motor diesel del generador eléctrico allí instalado le molestaba. Un promontorio de piedras pequeñas era su lugar preferido, desde el cual observaba el movimiento de las personas que entraban y salían de la casa habitación. Era acompañante obligado de cualquier integrante que realizaba trabajos en el exterior. Todos nos sentíamos su mejor amigo, pero no había duda que Simba le regalaba su preferencia al cocinero y a él le brindaba sus mejores coletazos. Nunca lo escuché ladrar, aullar o quejarse y dudo que alguna vez lo hiciere. Los temporales que son un clásico en la región, los pasaba echadito, con la cabeza casi escondida en sus blancas patas como su pechera; tuvimos ese año vientos huracanados que rondaron los 300 kilómetros por hora y él a la intemperie, por supuesto que cuando amainaba el viento, alguien salía a darle su comida que religiosamente Aderito, el cocinero, le preparaba, y de paso lo hacía mover para que no se le pegara la nieve a su cuerpo. Dos aviones Beaver basados en Matienzo realizaban vuelos fotográficos y de avistajes de témpanos que habitualmente se desprenden de la gran barrera, entre otras misiones. Cuando los mecánicos y pilotos concurrían a la zona donde, para protegerlos de los fuertes vientos, se enterraban en la nieve los pequeños aviones, Simba salía tras ellos y se ubicaba en las inmediaciones presenciando los preparativos del vuelo. Producido el despegue él se echaba sobre la nieve removida y permanecía allí mientras duraba el vuelo; los tiempos a veces eran prolongados y él se quedaba hasta el retorno de los aviones y cuando bajaba el último tripulante, se daba vuelta y volvía a la casa. Lo llamábamos varias veces, pero nunca retornó; agachaba la cabeza y daba la sensación que ya había cumplido su tarea y abandonaba la zona. Esa era su rutina, así vivió el año 1965. Al siguiente año cambiaron los hombres y continuó su forma de vida; otros cambios de hombres se sucedieron en 1967 y Simba fue perdiendo salud; la artrosis en las patas lo hacían caminar con dificultar, pero sus hábitos no cambiaban demasiado. Se había agregado a la casa habitación una ampliación para que los integrantes dejaran los abrigos y las botas impregnadas de nieve y hielo, allí no había calefacción y a ese lugar finalmente lo terminó aceptando para pernoctar. A principios del año 1968 trajeron de la Base Esperanza una perrita que llamaron Zulma, y lo acompañó por un tiempo. Su condición de macho se vio frustrada porque sus patas no lo sostenían, cuando su compañera se puso en celo no pudo aparearse. Las intenciones para que quedaran descendientes no se dieron; eso lo contaba Jorge, integrante ese año de la dotación, además nos relató como fue su fin. Una mañana de ese año (1968) lo encontraron muerto; nadie escuchó ningún ruido ni queja; allí quedó dormido para siempre, lo enterraron en la zona alta del nunatak, donde él eligió vivir aquella noche de noviembre de 1962.
Fuente: Fundación Marambio





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Argentina





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Comentarios Destacados

@alcachoffa +200
El perro argentino promedio
orgullo argentino
@Emblemm +4
huelo a raza aria por aquí
@Hermetico45 +1
@Emblemm me llamaban?
@gmux3338 +5
@nachopaez1991 jajajaja me leíste la mente Oid mortales el grito Ario

34 comentarios - Perro polar argentino

@Diar_ +3
no queda un solo perro de esos
@Trollario +11
Ufffffff en el sur suceden tantas cosas hermosas. AGUANTE PATAGONIA!!!!!!!!!!!!!!!!
@niqito12
el siberiano ruso para mi es el mejor
@Clint-Eastwood +9
que hermoso perro dan ganas de abrazarlo
@ezee198 +2
LAStima que no ay mas
@Gonzanookami +3
@ezee198 LAStima que no sabes escribir.
@Jimmymacfarlanne +6
No era que habian sacado a todos los perros de antartica por resolucion de la ONU todos hicieron caso menos los ingleses . Los perros argentinos de antartida volvieron al pais pero se murieron por el cambio de clima
@Leviathan09 +3
La raza en si esta "extinta", pero quedaron descendientes mezclados con otras razas.
@22daniel2222 +1
muy interesante el post +5 y reco
@Bruno_50
Muchas gracias
@Undertaken19 +3
Lastima q se hayan existinguido! Eran hermosos!
@alcachoffa +200
El perro argentino promedio
orgullo argentino
@Emblemm +4
huelo a raza aria por aquí
@Hermetico45 +1
@Emblemm me llamaban?
@gmux3338 +5
@nachopaez1991 jajajaja me leíste la mente Oid mortales el grito Ario
@robertoertoerto -3
yo me pregunto con cuantos ejemplares tenes una raza de perro , en cuanto tiempo de cruzas se logra llegar a una homogeneidad lo suficientemente buena , en el 94 eran re pocos ejemplares yo creo que ninguna asociación reconocería una "raza" con 30 perros nada mas , suena a verso pero bueno
@Bruno_50
Cuando se los trajeron al continente eran 56, y ya habia estado 43 años esta raza en la antartida, como no tenian inmunidad para las enfermedades normales de perros de aca, se murieron todos
@robertoertoerto -1
@Bruno_50 por eso , donde se vio una raza de solo 56 perros
@juanchotazo8 +36
Creo que ya se extinguio esa raza pero de todos modos aguante ese y tambien el dogo Argentino.
perro polar argentino
@manosuspendio +6
es un perro de pelea domesticado, deriva del perro de pelea cordobes
@axelgentilifleis +1
no se extinguió, es mas, ademas de ser el perro argentino es la insignia de la infantería de marina argentina.
@Zabu_Ignis +2
hay una historia real que vi en animal planet donde un dogo argentino defiende a dos niños de un puma y el dogo lo mata no me acuerdo bien como se llama el programa y la historia
@MoyanoB3 +13
Un perro Ario, para personas Arias...
@thecau
Perro polar

Perro polar Chileno
@myclon001 +23
ya conocia la historia, todavia tenemos a este Perro polar argentino es la foto de mi perro
@123riki +1
jjajajaaja la cara q tiene copadaso el pero
@gabrielcarpo +1
que groso tu perro, como me gusta el Dogo Argentino, lamentablemente no tengo espacio para un perro asi
@3Mpz- +9
Hermoso perro papá, bien ario
@QUIETECONOCEPAPA +2
YO TUVE 2 SEBERIANOS EN MI VIDA...PERO SON TERRIBLES, SE TE ESCAPAN Y ROMPEN TODO JAJAJ..IGUAL SON LO MEJOR...
@elgitanoperotti
No tenia idea de esto, lei bastante pero lo voy a leer mejor cuando tenga tiempo..

Era un re perro parece.

Fav y Reco en un rato los +10.
@Bruno_50 +1
Es interesante, yo lei las historias y me parecio bien compartirlo por aca, terrible perro
@MiguelPorco +1
Hermosa raza. Es una lastima que se haya extinguido. Quedara en el recuerdo de muchos...
@manosuspendio +2
Es una lastima que se perdio la raza, tendrian que haber hecho un programa o algo para mantenerlo
@hectormb +1
Buen post, te dejo +10
@Bruno_50 +1
Gracias, me parecio interesante y lo quise compartir
@SnowbalI +1
Yo tenía el siberiano ruso, que loco que era.., se escapaba cada dos por tres
@faldegort
¿Casualidad que todo esto haya sucedido durante el Menemato?
@Bruno_50
@polopol jajaja
@eladri87
top top top top top top top top top top top top top top top top top top top top top top top top top top top top top top top toptop top top top top top top top top top top top top top top top top top top top top top top top top toptop top top top top top top top top top top top top top top top top top top top top top top top top top top top top top top top top top top top top top
@pomelo22014
Q lastima que los hayan dejado morir q hdps..Buen post!
@Bruno_50 +1
Es una pena, encima en su lugar como herramienta pusieron a los tractores que consumen mas, sirven menos y contaminan
@Veriil
Hace años que estudio al Perro Polar Argentino, y si de algo estoy convencida es que aún se puede encontrar algunos o varios descendientes. Por algún motivo, sus actuales dueños son reacios a mostrarlos. Cualquier información al respecto, la aprecio.
@Bruno_50
Y siguen siendo como los originales? Por que no querran mostrarlos?
@Fonsor-R696 +1
La historia de Poncho me recordó a mi perro, ahorita tiene 18 años (mi edad) y lo pego un carro. Ha estado conmigo toda mi vida y es el mejor perro, una vez ahuyento a un ladrón que se metió a mi casa. Se esta recuperando bien pero el jodido poema me saco lagrimas.
@Bruno_50 +1
Que bajon, uno los llega a querer como si fuesen parte de su familia