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Cuando llegó el día fijado por la Ley de Moisés para la purificación, llevaron al niño a Jerusalén para presentarlo al Señor,
Estaba también allí una profetisa llamada Ana, hija de Fanuel, de la familia de Aser, mujer ya entrada en años, que, casada en su juventud, había vivido siete años con su marido.
Desde entonces había permanecido viuda, y tenía ochenta y cuatro años. No se apartaba del Templo, sirviendo a Dios noche y día con ayunos y oraciones.
Se presentó en ese mismo momento y se puso a dar gracias a Dios. Y hablaba acerca del niño a todos los que esperaban la redención de Jerusalén.
Después de cumplir todo lo que ordenaba la Ley del Señor, volvieron a su ciudad de Nazaret, en Galilea.
El niño iba creciendo y se fortalecía, lleno de sabiduría, y la gracia de Dios estaba con él.

Toda una vida de oración, también como ayer Simeón, hoy Ana, llena de fe, rezadora, buena amiga de Dios, ya en la serenidad de la vida se encuentra con el esperado , lo ve con los ojos del alma, sabe a ciencia cierta que es Él, y lo proclama sin más, sin dar rodeos, ¡es Él!, ¡es Él! Parece decir el relato, que ésta anciana les decía a todos los que estaban por ahí y que fueron testigos presenciales de la llegada de un niño como cualquiera al templo para el rito ordenado.
¿Cuánto podemos descubrir con los ojos del alma?¿cuánto podemos ver con la fe?. A veces uno quisiera que todos puedan sentir y vivir lo mismo que uno desde la fe, pero los ojos del alma están vendados, ya sea por propia voluntad o porque el don de la fe aún no ha llegado para la otra persona.
Ana pasó muchos años esperando hasta que llegó el momento de ver lo que ella imagino y soñó. Y cuando se encontró con la verdad, la proclamó. ¿Hacemos lo mismo o nos guardamos para nosotros solos lo que hemos visto y oído?

Después de esto, Jesús con sus padres volvió al lugar de siempre. Ahí crecía en edad, en sabiduría y gracia.
La edad, es lógico. Con ellos su vigor físico, su temperamento, su carácter, su vocación por el trabajo, su léxico, su integración con la sociedad. Aprendía de la vida, de la escuela, de su madre, de la experiencia de vida que le marcaba a fuego su futuro. Hasta algún accidente doméstico en su trabajo de artesano y carpintero, de esos que lo hacen a uno estar más atentos siempre…todo es experiencia, como nos pasa a cada uno de nosotros. Así crecemos en sabiduría.
Y crecía en gracia… podemos crecer en edad y sabiduría, pero ¿cuánto crecemos en gracia? ¿Hacemos algo novedoso que nos ayude a crecer? O ¿somos minimalistas haciendo lo justo y necesario en nuestra vida espiritual?.
Hoy Ana, con sus ojos del alma y de la fe, y el niño con su crecimiento en experiencia, edad y gracia, nos ayudan también a re encontrarnos con nuestro yo interior que tanto reclama tener más participación en nuestra vida.
http://sergiovaldezsauad.blogspot.com.ar/2014/12/lucas-22236-40.html


como no me dajaban comentar lo repostee
por mi pueden creer que un cascote es su dios pero no me cascotéen!!!

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