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La salud mental de Hitler

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La salud mental de Hitler


Algunos de los episodios más vergonzosos de la historia de la humanidad tuvieron lugar en el siglo XX.

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El conocido como holocausto judío, el intento de aniquilar totalmente a la población judía de Europa (se logró con “sólo” 6 millones de judíos) fue organizado por el comandante en jefe de las SS Heinrich Himmler y ejecutado por el teniente coronel de las SS Adolf Eichmann.

Pero fue Adolf Hitler quien promovió e incentivó ideológicamente esas matanzas, que además incluyeron a otros colectivos como negros, polacos, gitanos, homosexuales y comunistas.

No cabe duda de que Hitler no podía haber llevado a cabo sus planes sin la ayuda de todos sus colaboradores y sin el poderío y la obediencia de su ejército, pero también es cierto que el comportamiento que demostró hace dudar de su salud mental.

Hace poco se ha conocido un estudio que el Servicio de Inteligencia Británica realizó en el año 1942, con el que pretendían entender los aspectos psicológicos de su comportamiento.

El responsable del estudio, Mark Abrams, un científico social posteriormente conocido por las investigaciones de mercado, realizó el análisis psicológico de un discurso dado por Hitler el 26 de abril de 1942.

Las conclusiones de Abrams fueron claras: Hitler tenía delirios paranoicos (ideas recurrentes e inevitables, sin base suficiente pero con apariencia de verosimilitud y vividas como reales por la propia persona), en los que veía a los judíos como encarnación del Diablo y culpables de todos los males de la humanidad.

Y creía que él mismo era la encarnación del espíritu de Dios, una especie de mesías salvador. Además, en el discurso se podía identificar síntomas de histeria, epilepsia y paranoia, junto con cierta sensación de confusión y de miedo a la derrota en su cruzada contra los judíos.

A pesar de ello, el dictador fue capaz de reunir bajo su liderazgo a toda una nación y de lograr que sus más cercanos seguidores secundaran esos delirios hasta extremos insospechados.

Cuando se conoce con detalle la actuación de personajes como Himmler, Eichmann, Joseph Goebbels, Rudolf Hess, Josef Mengele o Klaus Barbie, por poner algunos ejemplos, da la impresión de que cualquiera de ellos tenía el mismo convencimiento que el propio Hitler. Si aceptamos que el dictador era un enfermo mental, ¿cuál es la clave para que tanta gente le siguiera tan ciegamente?

El historiador británico Laurence Rees destaca otra característica de Hitler que podría explicar cómo consiguió unir a todo un pueblo: el odio. Resulta poco esperanzador, pero muy posiblemente sea más sencillo y duradero aglutinar a la gente alrededor de una emoción negativa (el miedo podría ser otro ejemplo, en este caso practicado por Stalin) que en torno a una emoción positiva.

Ese odio, junto con el carisma que también poseía Hitler, fueron los rasgos que le permitieron llevar a los alemanes a una guerra mundial.

Lo cierto es que aunque el carisma tiene un fuerte componente subjetivo, Hitler supo transmitir el mensaje adecuado para las circunstancias que vivía Alemania en aquella época.

Desprendía una absoluta seguridad en sí mismo, rayando en la intransigencia, y supo conectar con las esperanzas y los deseos de millones de alemanes. La carga emocional con que además dotaba a sus mensajes, teñidos de ese contagioso odio hacia los judíos, terminó de convencer a sus conciudadanos.

La estrategia era sencilla, eficaz y seguramente familiar para cualquiera de nosotros: echar la culpa a otros. Cuando las cosas van mal, necesitamos un culpable y lo de menos es si de verdad es el responsable de nuestros males.

En realidad, Hitler llevó al límite ideas y comportamientos que posiblemente estén presentes en mucha gente, de forma que en su caso se situó en el extremo de un continuo en el que nos podemos encontrar cualquiera.

El hecho de que superara ciertas líneas rojas bien le hacen merecedor de un diagnóstico psiquiátrico de trastorno delirante o quizás de trastorno paranoide de la personalidad, pero también mostraba algunos rasgos frecuentes en cualquier persona.

Por supuesto, no estoy diciendo que todos seamos un Hitler en potencia, pero quizás deberíamos asumir que las diferencias podrían no sean tan grandes como le gustaría a nuestra autoestima.


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