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El fracaso llamado venezuela: el presidencialismo

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El presidencialismo es en Venezuela la forma de gobierno del caudillismo militar, y por ello probadamente incompatible con la democracia en nuestro país.
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Cuando derrocamos a la que sería la última dictadura de nuestra historia, como lo creíamos ilusionados, los jóvenes de la generación del 58 pensamos que viviríamos para siempre en democracia. Nos equivocamos. No ha sido así. Medio siglo después estamos bajo la peor tiranía por ser la tiranía de los peores, la tiranía de los que vendieron la patria a Cuba además de saquearla y escarnecerla.

¿Cuáles fueron los errores que provocaron tamaña desgracia? Fueron varios, pero el político fundamental consistió en no haber refundado la República sobre bases distintas, rediseñándola institucionalmente, visto el siglo y medio de fracaso político-militar. Si el sistema político no había funcionado, ¿porqué se lo mantuvo? Si la Constitución de 1947 había demostrado su inutilidad para vencer a la plaga del caudillismo militar que padecíamos desde la independencia, ¿porqué repetir el fracaso en lugar de ensayar algo nuevo? Todo se debió, pues, a un error de los líderes, el error de sustituir el caudillismo militar por el caudillismo civil.

Estaba probado que el sistema presidencial es incompatible con la democracia en Venezuela. No lo es en Estados Unidos, pero aquí sí. Las razones son muchas. Basta señalar una: el presidencialismo ha sido entre nosotros la forma de gobierno del caudillismo militar. Este solo hecho, haber sido la forma de gobierno del caudillismo militar, imponía la necesidad de sustituirlo. 150 años de fracaso político para entonces no eran acaso suficientes para descartar el presidencialismo y ensayar un sistema parlamentario al estilo de Europa Occidental? No lo vieron los líderes, que por lo demás fueron grandes líderes. Los cegó el espíritu caudillista que los hizo mantener en la presidencia imperial la concentración de cuatro coronas o poderes que ningún monarca contemporáneo ostenta juntos: la jefatura del Estado, del Gobierno y de su partido, además de la función de Comandante en Jefe de la FAN. Un emperador cuádruple coronado, lo que facilitaba a un país enemigo colocar en el cargo a un infiltrado para dominar a Venezuela, tal como sucedió.

La persistencia en el fracaso, insistiendo en un diseño constitucional inservible por su inutilidad, ha sido una constante en los dos siglos de vida republicana. ¿De qué valen después los lamentos si la cuádruple corona del caudillismo civil es la mayor tentación para el caudillismo militar? Lo sensato y previsivo era haber ensayado una república parlamentaria como la italiana, separando la Jefatura del Estado y la Jefatura del Gobierno, para que el Jefe del Estado sirviese de poder moderador como árbitro y fuese el Comandante en Jefe de la FAN como representante de la unidad nacional despolitizando el mando supremo. Vistas en perspectiva, las situaciones conflictivas suscitadas durante los gobiernos de Betancourt y Carlos Andrés Pérez hubiesen tenido solución adecuada con un estadista en la Jefatura del Estado como Sergio mattarella, el anciano Presidente de Italia que ha evitado, con su intervención moderadora y al mismo tiempo enérgica ante el Gobierno y el Parlamento, el colapso de la democracia en su país.
Véase la diferencia: en 1947 Italia, un país en ruina por la guerra mundial y destruida institucionalmente por la tiranía fascista, se dio una Constitución todavía vigente, gozando así de una democracia estable con forma de república parlamentaria durante 67 años. El mismo 1947 Venezuela se dio una Constitución presidencialista, como lo habían hecho también todas las dictaduras, que fue derogada por un golpe militar en 1948. Después vino otra Constitución presidencialista en 1953 para una dictadura militar, luego derrocada la dictadura nos dimos la Constitución presidencialista de 1961, derogada por la superpresidencialista de 1999 fruto de otro golpe de estado disfrazado de Constituyente. Cuatro constituciones presidencialistas y estamos peor que en 1947, sin democracia y arruinados, y para mayor vergüenza: sin soberanía y humillados por Cuba.
¿No vale la pena ensayar un cambio de sistema político, después de dos siglos de fracaso del presidencialismo, a ver si conseguimos la estabilidad democrática lograda por Italia y toda Europa Occidental con el sistema parlamentario? Convengamos que en todo caso cambiando es imposible que nos vaya peor que como estamos.

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