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Vergüenza

Un repaso de la colección de despropósitos que el Gobierno comete y la sociedad argentina aún tolera.


La semana que pasó ha sido decididamente desopilante en la Argentina. El solo hecho de estar tratando los temas que tratamos da una pauta de lo bajo que hemos caído.

Funcionarios que se hacen los ofendidos cuando a las candidaturas “testimoniales” se las llama “estafas”, cuando en realidad los ofendidos deberíamos ser quienes debemos escuchar y soportar sus propuestas.

Soluciones “suplentes” a las candidaturas testaferrosas que propusieron la presentación masiva de familiares en las listas, en un acto de altanería nepotista que cuesta creer que haya espacio moral en la Argentina siquiera para enunciarlo.

La continuidad de una saga de asesinatos de inocentes ciudadanos a manos de delincuentes sueltos a los que se sigue considerando “victimas de la exclusión”.

La pretensión de desentenderse de toda culpa respecto de la situación de inseguridad imputándole la responsabilidad al poder judicial.

La “decepción” de la presidente Cristina Fernández de Kirchner porque Barack Obama no le concedió una audiencia individual durante la Cumbre de las Américas.

Funcionarios echados de sus puestos por haber tenido la peregrina idea de emitir una opinión personal.

La pretensión continuada de convertir una elección legislativa de mitad de mandato en un referéndum plebiscitario que, a todo o nada, refrende lo que el gobierno hace, aún cuando para ese procedimiento no se exija (como se debería si realmente quieren someterse a un plebiscito) el 50% mas uno de los votos, y, al contrario, se pretenda adjudicárselo como “ganado” con un porcentaje que apenas supere el 30%.

El permanente uso de la ironía para decir “no creemos que cueste mucho trabajo probar que Kirchner vivió en la provincia de Buenos Aires” como si creyeran que mofarse de las claras definiciones que en materia de “residencia” (no de “vivir en”) da la Constitución y la jurisprudencia de la Cámara Electoral fuera una especie de deporte para épocas de quietud en donde no hay demasiadas cosas con las que divertirse.

La constante referencia insidiosa a que Francisco De Narváez “tiene mucha plata” para poner en la campaña, como si eso fuera menos decente que usar la infraestructura y los dineros públicos para desarrollar actos proselitistas.

La vergüenza de haber detenido la sanción de la ley de emergencia sanitaria por el dengue “por el qué dirán” y diciendo públicamente que “los casos están bajando”, en el enunciado de una estadística que deben conocer ellos solos.

La mismísima realidad de esta enfermedad de la pobreza tropical, azotando a miles y miles de argentinos que no perciben que han sido llevados a esa situación de miseria por los gobiernos que dicen defenderlos. El país del futuro en 1910, acosado por los mosquitos cien años después.

Toda esta enumeración es simplemente ejemplificativa y sin hacer esfuerzo alguno para listarla. Otras decenas de disparates suceden a diario y no nos hemos preocupado para volcarlas aquí. Es suficiente con esto.

El peso cualitativo de estos desaguisados habla por sí. La desfachatez que supone mandar al frente de las boletas electorales a hombres de paja cuya misión principal sea engañar al electorado, nunca se había visto en el país. Es más, hoy cuesta encontrar una manera legal de impugnar esas candidaturas porque los argentinos del pasado, más decentes que los actuales, dieron por descontado que semejante barbaridad jamás se propondría, con lo cual no se ocuparon de prohibirla expresamente. La sugerencia de imponer a los intendentes la obligación de llevar parientes con sus nombres a las listas, cuando el nepotismo ha sido concordantemente rechazado -al menos de palabra- en el pasado como una práctica aberrante, es directamente de un caradurismo supremo.

La inacción frente a la delincuencia y el sonsonete de la “redistribución del ingreso” mientras la economía asiste a uno de los periodos de mayor concentración que se recuerden, implica una ceguera y una tomadura de pelo a las víctimas y a la sociedad entera.

La creencia de que el presidente norteamericano “debía” otorgar una audiencia a la presidente en Trinidad y Tobago es directamente una inocencia y un acto de ignorancia. ¿Qué esperaba la Sra de Kirchner del presidente del país al que se acusó de armar “operaciones basura”, de ser el epicentro del “efecto Jazz”, de no tener un plan “B” o de encarnar una filosofía de vida a la que se detesta?

¿O acaso creen que, en los Estados Unidos, las cosas se entienden igual que en la Argentina y Obama no es la continuidad jurídica del Estado que antes representó George W. Bush?

El desapego a la ley y la violación de las normas que deben regir las elecciones para que sean limpias, la condena de millones a vivir en una miseria de limosnas a cambio de un voto-masa que les asegure acceder a la ficción democrática mientras la gente camina con dengue por la calle, constituye, todo esto, un estado calamitoso de situación cuya sola enumeración debería avergonzarnos. Es tal el deterioro de todo orden a que el fascismo ha sometido a la Argentina que pareciera que todos los resortes de reacción han sido adormecidos.

Solo una sociedad con los brazos caídos y el cerebro limado puede haber permitido la condena a semejante indignidad. Ojalá que un último rayo de luz la ilumine para salir al mismo tiempo de la vergüenza y la postración de un modelo que ya le chupó hasta la última gota de sangre




http://www.economiaparatodos.com.ar/ver_nota.php?nota=2483

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