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Entierro pobre

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Pedro González y Virginia Roque vivieron juntos hasta que la muerte los separó.


¿qué hace alguien cuando no tiene el dinero suficiente para enterrar con dignidad a un ser querido?


Esta es su historia.


Las hijas creen que su madre aún duerme. En la casa de la familia González, la puerta que da a la calle está hoy entreabierta, como casi todos los sábados por la mañana, cuando las niñas salen y juegan en el pasaje contiguo. Adentro, en el único cuarto, Pedro elige una mudada de ropa limpia y la coloca sobre uno de los catres. Minutos después, su esposa, Virginia, vestirá la blusa celeste de botones que alguien le regaló. El hombre le aparta el cabello de la frente y corre en busca de maquillaje para disimular la palidez que asoma en el rostro. Aún faltan unos días para la Navidad del año 2006. En ese cuarto oscuro el tiempo avanza implacable. Cada vez es más tarde. Pedro lo sabe y por eso se apresura a inyectarle formalina, la sustancia que, alguien le dijo, retarda la descomposición de un cuerpo. Virginia lleva once horas muerta.



Dos años, tres meses y diez días después, Pedro González me contará la historia que lo llevó a embalsamar él mismo el cadáver de su mujer. Sentado en un sofá destartalado, dirá que esperó durante 20 horas a que llegara Medicina Legal para el reconocimiento, que no aguantó más, que la veló dos veces en la casa y que para entonces todavía deberá dinero a la funeraria por el ataúd más barato que le vendieron.



Al verlo, Pedro me parecerá más joven que sus 47 años. Evangélico. Ni alto ni bajo. La piel del rostro, rojiza por el sol. Tendrá el cabello de un tono café tierroso escondido bajo una cachucha. Caminará rápido, algo encorvado. Me dejará una impresión de que es un tipo amable, con seguridad al hablar.



Me contará también que conoció a Virginia cuando ambos trabajaban en un restaurante del centro. Ella era cocinera; él, vigilante. El matrimonio duró 22 años. Originario del municipio de El Sauce, en La Unión, se había venido a probar suerte en San Salvador, como tantos. No tuvo mucha. Me dirá que ha trabajado años en el Centro Histórico, en la venta informal, y lo seguirá haciendo cuando lo conozca. Los $10 que una comerciante del mercado La Tiendona les estará pagando por un día de trabajo en la venta de tomates y cebollas apenas alcanzarán para la comida de los cuatro hijos: Melvin Geovany, que ya tendrá 16 años; José Eduardo, de 15; Luz Clara, de 12; e Hilda Yamileth, de ocho. Me dirá que hasta su muerte, Virginia lo acompañó en el comercio ambulante de verduras. Y que cuando no lograban vender todo el producto, no llegaban los $8. Por eso no es extraño que en la casa que ocupan –y que todavía ocuparán– en la colonia Valle del Sol, de Apopa, la leche, las carnes y los embutidos rara vez integren el menú. Lo único que con holgura consiguen –y conseguirán– son tortillas y huevos.



De Virginia no quedará mucho. Solo un maletín negro en el que Pedro guardará alguna ropa, las blusas y las faldas que más se ponía. La única foto, la del DUI. Pedro la conservará, cual tesoro, en su billetera rota dos años, tres meses y diez días después.



Hoy es viernes 22 de diciembre de 2006. Pedro regresa a casa pasadas las 5 de la tarde, un poco más temprano de lo habitual.



La vivienda es un espacio de tres por cinco metros, sin ventanas y con el techo de lámina. Al baño minúsculo se accede por una puerta sin cerradura y estrecha. El resto del espacio sirve de dormitorio, cocina, sala y comedor. Adentro, dos catres; y encima de ellos, una hamaca. Para colgar la ropa, hay dos cuerdas sujetadas entre las paredes. El único lujo es un viejo televisor negro que mantienen escondido entre ropa y otros enseres.



Pedro se acerca a Virginia, quien le dice entre dientes que se siente débil, como si los huesos se le fueran a quebrar, pero que no siente mucho dolor.



—Viejo, te quiero decir algo.

—¿Qué pasó?

—Cuando me muera, no creás que vas a dejar de ir a la iglesia.

—¡Cómo crees! Siempre vamos a ver a las hermanas y hermanos. Estate tranquila.



Tres horas después, a las 8:15 de la noche, un cáncer de ovario acaba con Virginia, luego de 15 días de estar postrada por un tumor que en tres hospitales públicos no supieron detectar a tiempo, y mucho menos tratar.



Enseguida, Pedro hace lo que cree conveniente. Agarra el celular que la comerciante de La Tiendona le prestó días atrás para estar al tanto de lo que sucede en la venta. Reporta el deceso al número de emergencias del 911. El agente que lo atiende le dice que no mueva el cadáver hasta que llegue Medicina Legal. Y le hace caso. Sin embargo, lo que Pedro no sabe es que el personal forense no vendrá esta noche ni en la mañana siguiente. Los tiempos de operación de esta entidad no son algo que consigne la ley.



Como puede, Pedro se rebusca para conseguir el ataúd. En Funerales Guardado, sobre la entrada sur a la ciudad, consigue una caja de madera por $150. De esa cifra, dos años después solo habrá podido pagar $50.



Los $60 que la funeraria cobra por los servicios de preparación de un cadáver y la sala de velación están fuera de alcance. Y nadie le fía. Pedro niega con la cabeza y se dirige al encargado, un hombre corpulento y con bigote ralo.



—¿Sabe qué? Yo la voy a preparar.



Once horas después, sin que nadie le diga cómo, le estará inyectando la primera dosis de formalina.



Sábado 23 de diciembre. Medicina Legal llega casi al final de la tarde a la casa de los González. Con el acta de defunción al fin en sus manos, Pedro coloca a Virginia dentro del ataúd, se despide de los hijos y de los hermanos de la iglesia pentecostal El Fin Viene, quienes están ahí para recitar oraciones por Virginia. Llega a la alcaldía en busca de la autorización para sepultar a su mujer al día siguiente en el cementerio general de Apopa, pero eso no será posible.



Detrás de un escritorio en la oficina que se encarga de los enterramientos está una mujer de lentes y cejas pronunciadas. Le explica que en el cementerio general ya no hay espacio, que solo puede enterrarla ahí si tiene otros familiares.



Pedro se quita la cachucha y se rasca la cabeza en señal de desconcierto. Entonces le sugieren que pregunte en Nejapa, pero que tiene que pagar la tarifa de $24 por un permiso de traslado de cadáver a otro municipio. Luego de los $50 de la caja, a Pedro apenas le queda dinero. Vista la situación, la mujer abre un cuaderno, se acomoda los lentes y plantea otra alternativa.



—Como no tiene a nadie enterrado aquí ni tiene pisto para pagar en Nejapa, mejor llévesela calle al volcán.



Pedro se extraña de lo que escucha.



—¿Y que hay un cementerio calle al volcán pues?

—Sí, desde hace poco hemos comenzado a mandar a más gente para allá porque aquí ya no caben –le contesta la mujer mientras sorbe café de una taza.



El cementerio general, a diez minutos de la casa de los González, registraba hasta el año 2000, último del que lleva registro la alcaldía, más de 8,700 enterramientos. La empleada le pide imaginar cuántos más habrá hasta hoy.



“Permiso de enterramiento de la adulta Virginia Candelaria Roque, fallecida el...”. Después de mostrar el acta de defunción, la encargada anota el nombre completo de la difunta en el cuaderno y, tras pagar $5.71, entregan a Pedro un comprobante para presentarlo al día siguiente en el cementerio del cantón Las Delicias, carretera a Quezaltepeque.



Pedro descubrirá mañana que llegar hasta Las Delicias, uno de los tres cantones del área rural de Apopa, enclavado en las faldas del Picacho, en las cercanías de la planta Nejapa Power, no será tarea fácil.



El principio del final para Virginia fue cinco años atrás, cuando ambos decidieron no tener más hijos. La intención era quedarse con dos varones y una niña. Virginia, una mujer de convicciones fuertes, acudió al Hospital de Maternidad en busca de un método de esterilización en el que confiaba a ciegas: la ligadura de trompas. El fuerte dolor que sintió después la hizo regresar, y ahí ya no le quedaron dudas de lo fallido del procedimiento: estaba embarazada de Hilda Yamileth, la menor de los González. Era un embarazo ectópico, esos en los que el bebé se desarrolla fuera del útero. Pedro aún recuerda con claridad lo que un doctor le dijo ese día: “Si la niña se le cría es porque Dios es grande”.



Hilda nació por cesárea y pasó a ser la consentida del matrimonio.



Con todo y eso, Pedro se encogerá de hombros y mirará al suelo cuando recuerde que su mujer ya no se recuperó desde aquella operación. A los días, la herida en su abdomen comenzó a infectarse y ahí empezaron las constantes visitas a unidades de salud y largas estancias en hospitales. Una mañana de 2006, en una de esas consultas, en el Hospital Rosales, escuchó el diagnóstico que terminó en condena: cáncer de ovario.



Domingo 24 de diciembre, víspera de Navidad y día del entierro de Virginia. El pick up de la funeraria espera en la entrada de la colonia. Pedro cree que la formalina ha surtido su efecto porque el cuerpo no hiede. En unas horas sepultarán a Virginia lejos, en el cementerio del volcán.



Antes de salir, se cerciora de meter en la bolsa del pantalón el recibo de la alcaldía por si se lo piden en ese camposanto del que nunca había escuchado hablar. Al trayecto se suman diez hermanos de la iglesia quienes, biblia en mano, llevan seleccionado el salmo que cantarán para despedir a su hermana de El Fin Viene.



Los dos hombres de la funeraria encaraman el ataúd y le dicen a Pedro que no se preocupe, que ellos ya han hecho un par de viajes al cementerio de Las Delicias y conocen el camino.



Tardan media hora en llegar. Se desvían en la carretera pavimentada que conduce a Nejapa y Quezaltepeque, en la intersección de la carretera al volcán. Es un camino vecinal de tierra donde nubes de polvo estrujan los ojos. El pick up ronronea y las llantas patinan hasta detenerse 500 metros adelante.



—Aquí es –dicen los de la funeraria. Es mediodía.



El cementerio no parece cementerio. No hay una sola cruz ni jardineras en esas dos manzanas de terreno. No hay puerta de acceso ni letrero identificativo. Entran como Juan por su casa.



—Como no hay nadie que me diga dónde enterrar a mi vieja, es de que empiece a hacer el hoyo –dice Pedro a su hijo José Eduardo, quien ayuda a bajar las palas y piochas. Pedro escarba rápido, como si quisiera olvidar pronto.

Un metro abajo, la pala topa con una superficie dura. Otro ataúd. Vuelve a cavar un hoyo entre dos árboles de guayaba que años después, cuando regrese, serán su única señal. No lleva cruz, solo unos claveles pasajeros que la pequeña Hilda quiere colocar.



Minutos después, bajan el ataúd con la ayuda de unos lazos. Lo ponen dentro del hueco abierto, de tres metros de profundidad. Pedro echa la primera de las 30 paladas de tierra. Los hermanos se arremolinan. Algunos visten pantalón oscuro y camisa blanca. Otras hermanas visten de luto, y los predicadores llevan saco y corbata. Es entonces cuando abren sus biblias y se turnan en rezos. Entre cánticos desentonados, las 30 paladas de tierra cubren el ataúd y todo vestigio de Virginia. Empapado en sudor, Pedro deja escapar las lágrimas con el sonido de la tierra seca que cae.



Al cementerio Las Delicias Pedro regresará dos años, tres meses y catorce días después. Lo hará una tarde montado en otro pick up y acompañado por periodistas. Ya no se acordará del camino porque solo “los de la funeraria sabían cómo llegar”.



Pero el cementerio tendrá otra cara y ya no será el terreno baldío sin cruces en el que enterró a su esposa. Cruces habrá, y muchas. Se habrá transformado en un cementerio cantonal que crece conforme pasan los años. En el lugar donde quedó Virginia estarán otras tumbas con sus cruces y flores. Nadie, excepto Pedro y sus hijos, sabrá que está ahí porque su tumba nunca tuvo una cruz.



—Aquí, aquí la dejé a ella –dirá un Pedro afligido, cuando señale con sus manos juntas la lápida de otro fulano en medio de dos palos.



Esa tarde, emprenderá el regreso a casa con ganas de volver junto a sus hijos otro día, para que recuerden el camino y para poner flores a su madre. Serán las únicas en más de dos años y tres meses. Compungido, José Eduardo, el segundo, dirá que quiere tatuarse en el brazo el nombre de Virginia, la madre a la que la pobreza condenó a una sepultura anónima entre dos palos de guayaba.


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14 comentarios - Entierro pobre

@titacho
eramos tan pobre
@soymatiaspdu
Mire doña soledad, póngase un poco a pensar
Doña soledad, cuántas personas habrá que la conozcan de verdad
Yo la ví en el almacén, peleando por un vintén
Doña soledad, y otros dicen haga el bien,háganlo sin mirar a quién.


Cuantos veintenes tendrá sin la generosidad
Doña soledad, con los que pueda comprar el pan y el vino nada más.

La carne y la sangre son de propiedad del patrón
Doña soledad,cuando cristo dijo no usted sabe bien lo que pasó.

Mire doña soledad, yo leconverso de más
Doña soledad, y usted para conversar hubiera querido estudiar.

Cierto que quiso querer, pero no pudo poder
Doña soledad, porque antes de ser mujer ya tuvo que ir a trabajar.

Mire doña soledad, póngase un poco a pensar
Doña soledad, que es lo que quieren decir con eso de la libertad.

Usted se puede morir,eso es cuestión de salud
Pero no quiera saber lo que cuesta un ataud.


Doña soledad hay que trabajar, pero hay que pensar
No se vaya a morir, la van a enterrar doña soledad
Hay que trabajar, pero hay que pensar, doña soledad.


http://www.youtube.com/v/fKYVRlgiowE

@patoboy
mmm medio largoo, desp a leer
@OovalemoO
yo lo lei... Aunque no todo, me saltie un par de partes...

Nose que tan interesante pueda ser... De estas historias hay, y muchas.
@nik123
BUEN POST MI OPINION RICO Y POBRE VAMOS A PARAR TODOS AL MISMO SITIO DE QUE TE VALE QUE TE ENTIERRE EN UN PANTEON SI VAS A QUEDAR LO MISMO Y SOBRE EL COMENTARIO ANTERI AL MIO LOS SEPULTEROS SI SON LOS ENCARGADO DE ENTERRA PERO TE DIGO UNA COSA QUE CUANDO ES UN FAMILIAR DE ELLOS MUY CERCANO NO LO HACE TIENE SETIMIEMTO IGUAL
@Seisnicos
Buen post
doctorevil1 dijo:alguien lee estos post?

Me gustaría creer que si, es una forma de conocer historias e idiosincrasias de otras culturas (en este caso El Salvador).
Por otra parte, la actitud de entrar a un post por el titulo ver que tiene \"mucho\" texto y comentar la estupidez que comentas, se asemeja a la actitud de un niño que saca un libro de la biblioteca por el dibujo de tapa y luego se limita unicamente a ver las ilustraciones.
Por otra parte veo que tus post se reducen basicamente a series, peliculas de tv y algun que otro disco, quizas deberias seguir mirando la tele.
@HansMoleman2009
chus3ma dijo:Difundir este tipo de historias (de amor, entrega, sacrificio)quizás nos haga recordar qué cosas son las que nos deben importar en nuestro efímero paso por esta vida






Buen Post!!
@paferza
Muy interesante... Triste... pero así es...