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David, la Virgen, el Fino y el Indec

Por Martín Caparros


De cuando quise ser teólogo recuerdo particularmente un precepto de la exégesis: que si algún pasaje de la Biblia parece contradecir a los demás, si se opone a los intereses del dogma y de las jerarquías, ese texto suele ser profundamente auténtico.

Un ejemplo clásico es el linaje davídico de Jesús. Sabemos que aquel palestino que después se convirtió, para su gran sorpresa póstuma, en un dios, fracasó mucho: él, igual que otros judíos de su tiempo, intentó ser el mesías mosaico y no le hicieron caso. Estaba escrito que un buen mesías debía descender del rey David; por eso, en los evangelios de Lucas y Mateo, las genealogías de Jesús se remontan al gran rey –aunque con brutas diferencias que las hacen, más que sospechosas, perfectamente inverosímiles: en Mateo hay, entre David y Jesús, 28 escalones; en Lucas hay 42, y sólo dos nombres aparecen en ambas. Pero lo peor es que, en las dos, el que desciende de David es José, el esposo de María, la madre virgen de Jesús. O sea que, si aceptamos la idea de la inmaculada concepción, no hay ningún vínculo de sangre que una a Jesús con David: ningún linaje real que lo haga real, y todas esas genealogías son una pérdida de tiempo.

La explicación es simple: cuando los dos evangelistas armaron sus linajes nadie había imaginado todavía un Jesucristo nacido del vientre de una virgen –y, por lo tanto, para descender de David debía hacerlo, como manda la tradición patrilineal judía, a través de su padre José. La dizque inmaculada concepción es una idea muy tardía, que terminó de asentarse en la Edad Media –y sólo fue proclamada como dogma por el papa Pío IX en 1854. La inmaculada hizo que relacionar a Jesús con David –cosa que ya no importaba a nadie– a través de un señor que no era su padre fuera inútil y contradictorio pero, después de tanto tiempo, ya no era posible eliminar un texto que formaba parte de la tradición.

A veces me interesa mirar la política en esos términos: buscando esos fragmentos tan auténticos que no hay manera de sacarlos. En estos días me topé dos flagrantes. El más agudo es uno de Mauricio Macri: el sostén de su jefe de policía Jorge Palacio.

El señor Macri no es alguien que no sepa retractarse: más bien, ha hecho de la retractación su pasión y su arte. “Yo firmo muchos decretos de los cuales no sé los detalles. El anexo no lo vi. Cuando nos equivocamos, cambiamos”, dijo en estos días cuando le preguntaron por qué había firmado la resolución que exigía que las empresas informaran sobre las adicciones de sus empleados –que después, ante el estrepitoso toletole, decidió eliminar. Es costumbre: su gobierno también dio marcha atrás cuando trató de instalar parquímetros en varios barrios porteños, cuando intentó peatonar la calle Defensa, cuando armó un contracarril en la avenida Rivadavia que impedía circular a los colectivos, cuando declaró tremebundo que no iba a dar cuartel a los sindicatos municipales, y tantas otras veces.

“No creo que haya habido improvisación”, dijo el subsecretario de Trabajo de la Ciudad sobre el registro de adicciones –porque la impresión general era la opuesta. Se supone que los gobernantes no deberían –como dice Lanata que hacemos los periodistas– completar su educación en público: se supone que tienen que pensar y sopesar sus medidas antes de tomarlas y, si deciden llevarlas adelante, hacerlo con la convicción de que sirven y la intención de defenderlas, no para ver si pasan. Se supone que los gobernantes no deberían aplicar la vieja norma marxista –de la línea Groucho– que dice que “estos son mis principios; si no le gustan, tengo otros”.

Pero, hace unos días, el diario Perfil contaba que Mauricio Macri dijo a sus ministros que “la gestión se aprueba con cuatro puntos sobre diez”. Lo cual, aparentemente, significa que zafan de diciembre si mantienen cuatro de cada diez decisiones, “para mostrar una gestión laboriosa donde el error se entiende como un aprendizaje”. Lo dicho: un arte del borrón y de la enmienda. Por eso es tanto más significativo que, en medio de críticas y más críticas, el señor Macri banque al ex Palacio, que fue echado de la Federal por un diálogo muy sospechoso con un delincuente y que puede ser procesado por su investigación del atentado a la Amia. ¿Por qué, esta vez, no hizo lo mismo que tantas otras, seis de cada diez? Hay, allí, algo fuerte, algo constitutivo: yo lo llamaría ideología. Para empezar, supongo, la idea central de la eficiencia: qué importa que un tipo se haya mandado un par de cagadas si hace bien lo que hace –o, como rezaba Deng Xiaoping, da igual que el gato sea blanco o negro, mientras cace ratones. El pragmatismo es uno de los lugares más comunes –cucarachas, decíamos– de la ideología argentina contemporánea. Casi todos los políticos lo enarbolan: la diferencia, si acaso, estaría en los límites que le pone cada uno. El señor Macri –se diría por este caso– puede llegar bastante lejos.

No alcanza: el affaire Palacio le está costando más que lo que le puede reportar –y entonces el pragmatismo se derrumba. O no se da cuenta o hay algo más, algo confuso, que no llego a entender. ¿Quizá crea que el hecho de que un policía tenga esas manchas en su historia son gajes de su oficio? ¿Qué los policías son así y no hay más remedio ni tutía? ¿O que le gusta que sean así? Hay, a veces, preguntas que la exégesis bíblica no sabe contestar.

Al kirchnerismo, en el otro extremo, casi no se le conocen correcciones –con lo cual la exégesis se vuelve más difícil. Sin embargo, me he preguntado tanto por qué seguían pagando el precio de mantener la ficción del Indec. No parecía tener sentido: fuera del conflicto con el campo, nada le costó más caro a este gobierno que su empecinamiento en contarnos que no subían los precios que todos veíamos, todo el tiempo, que sí. Hace unos meses llegué a escribir –aquí mismo– que la farsa Indec debía ser el resultado de una conspiración para voltear al kirchnerismo: algún inflitrado que consiguió que el gobierno produjera cifras que nadie cree para que nadie crea en ninguna cifra, palabras falsas del gobierno falseando la palabra gubernamental. E incluso ahora, que ofrecen ciertas correcciones, la mayoría supone que son sólo cosméticas: que el fondo de la cuestión seguirá siendo el mismo.

Y yo seguía sin entenderlo. Hasta que leí una nota de Montenegro en este diario, y tuve un atisbo que me sorprendió: pensé que, quizás, el gobierno K cree en sus cifras increíbles. Ésas, por ejemplo, que dicen que la pobreza alcanza al 15 por ciento de la población cuando la mayoría de los analistas independientes –y semidependientes– dice que es el doble. Si los K creen –si creen ésa y otras cifras del Indec–, todo se vuelve mucho más interesante: no sería una banda de cínicos tratando de engañarnos sino un grupo de iluminados convencidos. El retorno de la vieja novelística latinoamericana de dictador autista, del famoso e inexistente diario de Yrigoyen, del Potemkin –que antes de ser un acorazado y un bebé rodando por las escaleras fue un conde que armaba maravillosos pueblitos campesinos de madera pintada y actorzuelos para que su ama, Catalina la Grande, los viera cuando pasaba en su carroza y comprobara lo feliz que era su pueblo.

Es una opción –extraña, pero quizá menos que el empecinamiento en el error notorio. Si alguna vez pudiera hablar con ellos les preguntaría si realmente creyeron –y cuando dejaron de creer. Si lo creen me alegraría por ellos –les daría una grandeza que los bajos engaños nunca podrán tener– y me preocuparía, mucho, por nosotros. La inmaculada concepción siempre ha sido un problema.


CriticaDigital


Exégesis:Exégesis ('guiar hacia afuera') es un concepto que involucra una interpretación crítica y completa de un texto, especialmente de la Sagrada Escritura, como el Antiguo y el Nuevo Testamento de la Biblia, el Talmud, el Midrásh, el Corán, etc. Un exégeta es un individuo que practica esta ciencia, y la forma adjetiva es exegético.
Definición

Lo estaba leyendo hasta leí exégesis y dije, que cacso ese eso. Así que les dejo la definición...

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