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Los ordenadores e Internet como medios de producción

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Loïc Caballero - Rebelión


Relaciones sociales de producción y fuerzas productivas

La vinculación entre las relaciones sociales de producción y las fuerzas productivas siempre se nos explicó como la relación entre la forma y la materia. La forma, las relaciones sociales de producción, trabajan como unas condiciones sine qua non dentro de la cuales se tienen que desarrollar las fuerzas productivas. Si la forma no podía albergar la materia, entonces no tendría lugar tal materia. Entendemos que existen unas relaciones sociales de producción en las que los descubrimientos científicos crean solamente la posibilidad del desarrollo de las fuerzas productivas, pero depende de aquellas relaciones el que esta posibilidad llegue a convertirse en realidad, es decir, que los descubrimientos científicos se apliquen realmente a la producción.

A nuestro juicio, el ejemplo más irritante es el de las empresas farmacéuticas, que al producir en condiciones sociales capitalistas, no buscan el bien de la humanidad: sanar a los enfermos, sino que persiguen enriquecerse a costa de la salud mundial. Las consecuencias de este sistema son que un pequeño grupo de especuladores imponen sus intereses económicos sobre la salud de la humanidad, lo que les lleva a convertir enfermedades tratables, en dolencias crónicas en lugar de curarlas de raíz. Como reconocía a La Vanguardia el Premio Nobel de medicina Richard J. Roberts cuando le preguntaban por la causa de que se abandonasen ciertas investigaciones:

“las farmacéuticas a menudo no están tan interesadas en curarle a usted como en sacarle dinero, así que esa investigación, de repente, es desviada hacia el descubrimiento de medicinas que no curan del todo, sino que cronifican la enfermedad y le hacen experimentar una mejoría que desaparece cuando deja de tomar el medicamento”[...]”es habitual que las farmacéuticas estén interesadas en líneas de investigación no para curar sino sólo para cronificar dolencias con medicamentos cronificadores mucho más rentables que los que curan del todo y de una vez para siempre. Y no tiene más que seguir el análisis financiero de la industria farmacológica y comprobará lo que digo”.


En el capitalismo hay multitud de casos de este tipo, y cada vez los va a haber más, puesto que el corsé que establece las relaciones de producción capitalistas, la propiedad privada de los grandes medios de producción, va asfixiando con mayor presión el desarrollo de las fuerzas productivas, los avances científicos, el desarrollo de la humanidad en definitiva.

Pero a lo mejor no todas las fuerzas productivas se ven encorsetadas del mismo modo. En ocasiones lo relevante de una innovación tecnológica no es lo que produce, sino cómo lo produce, las nuevas relaciones de propiedad que establece para crear la misma riqueza. De este modo podemos observar que existen fuerzas productivas que crean nuevas relaciones sociales de producción, no quedando otra opción teórica que observar cómo en ocasiones la materia determina la forma, cómo una fuerza productiva es revolucionaria porque modifica las relaciones de propiedad, y la revolución social es una cosa que se realiza en las relaciones sociales de producción, de propiedad.



Los artefactos tienen política

Langdon Winner, en su libro “ La Ballena y el Reactor: una búsqueda de los límites en la era de la Alta Tecnología ” nos explicaba que es producto de una renuncia a pensar, el considerar que toda tecnología era neutral políticamente, y que el juicio que podíamos emitir respecto de un artefacto se reducía a juzgar el uso que se le daba. Concluía que aceptar o rechazar en bloque la tecnología como beneficiosa o perversa, como libertadora o esclavista del género humano sería un triste error teórico. Winner consideraba que no se podía resolver desde la forma, desde una posición de principio, la posición a adoptar frente a la tecnología en su conjunto, sino que debemos discurrir desde la prudencia, que remite a la complejidad material de la realidad política del hombre. Desde este lugar tendríamos que generar una teoría de la política tecnológica, donde prestemos atención a las características de cada objeto técnico y a sus consecuencias políticas concretas, entendiendo por política “las relaciones de poder y autoridad en asociaciones humanas, así como las actividades que tienen lugar dentro de tales”, conforme la define L. Winner.

L. Winner, para ilustrar sus ideas, nos ofrecía un conjunto de ejemplos, de los cuales quizá, el que más claridad aportaba a su argumentación era el de la energía nuclear. La energía vinculada a la fisión nuclear pone el control de las fuentes de energía en muy pocas manos, con lo que se convierte en un arma de control político. Más allá de que los costos económicos y medioambientales sean inaceptables y el riesgo de proliferación internacional de las armas nucleares evidente, lleva aparejada la suspensión de múltiples derechos civiles de los trabajadores de las centrales nucleares y los centros de almacenamiento de los residuos nucleares. Estos se verían sometidos a inspecciones de seguridad, vigilancia secreta, intercepción de líneas telefónicas, etc. por temor al robo del plutonio o del uranio, independientemente del régimen político en que se desarrollara. De este modo, ya fuese la empresa nuclear pública y socialista o privada, los derechos de los trabajadores de las centrales se verían afectados necesariamente. Además, si esta industria fuese privada, como es el caso de España, por las fuertes inversiones que requieren estas centrales serían propiedad de unos pocos potentados y estos nos controlarían como hacía Maestro-Golpeador en la Negociudad de Mad Max: más allá de la cúpula del trueno.

De este análisis se deduce que este tipo de energía es más propio de regímenes con tendencias totalitarias que democráticas, pues aunque fuese una industria pública no erradicaría la problemática de los derechos civiles de los trabajadores de estas plantas.

Esta idea de las consecuencias necesarias de unas relaciones sociales de producción vinculadas a la textura de un medio de producción, de que los artefactos por su estructura están íntimamente vinculados a unas formas de hacer sociedad, de hacer política, es lo que nos lleva a pensar Internet y la industria de los ordenadores como una fuerza productiva que genera relaciones sociales de producción nuevas, relaciones de poder y autoridad nunca vistas.



Lo novedoso de las TIC es el cambio de relaciones sociales de producción, de propiedad

El cambio de nuestra imagen del mundo que está significando Internet, que modifica nuestro modo de comunicarnos, relacionarnos, e incluso de enamorarnos, tiene en su base un cambio, que más propiamente podríamos denominar mutación, por lo profundo y novedoso del mismo: la modificación de los propietarios de la industria cultural que consideraremos la base del magma ideológico-político que impregna y dirige una sociedad. Los ordenadores y la red están modificando las relaciones sociales de producción, que afectan directamente a la industria cultural y por medio de ella toda la esfera política.



La compleja disección de algunos artilugios en medios de producción y bienes de consumo

En ocasiones resulta difícil establecer la frontera entre lo que es un bien de consumo y lo que es un medio de producción. Se considera como bien de consumo aquel que no busca producir otros bienes o servicios, y es consumido inmediatamente . Así, mis zapatos son un bien de consumo, pues no los voy a vender para lograr un beneficio. Los medios o bienes de producción son aquellos que permiten producir otros bienes, como las fábricas de zapatos.

Dados estos conceptos la cosa parece sencilla, pero sólo lo es en principio. Hay algunos bienes que están en la frontera como por ejemplo los camiones. Recuerdo que una vez cuando era niño me contaba un amigo que había ido a una comunión de un primo en el camión de su padre. Imagínense salir toda una familia del camión con el traje de los domingos. El caso es que al padre se le había roto el coche y llevó a la familia en el camión con el que trabajaba. Este es un ejemplo que nos permite entender cómo un medio de producción se había convertido en un bien de consumo, en el bien de consumo automóvil, pongamos por caso.



Las TIC como medio de producción

Los ordenadores conectados a Internet, aunque aparezcan ante nuestros ojos como un bien de consumo, con la ayuda de millones de ciudadanos han mutado en medios de producción. Nosotros nos hemos convertido en la industria cultural. Toda persona que tenga conectado un ordenador en casa y que distribuya información, música, o cine, etc. se ha convertido en un pequeño propietario de esta industria.

Estas dos tecnologías permiten que produzcamos, que creemos bienes, aunque no mercancías, sin prácticamente esfuerzo. Así, cuando hacemos que los ordenadores descarguen música o películas, estamos realizando una actividad que anteriormente era un trabajo, la distribución cultural. Nos encontramos un medio de producción, cuya adquisición sólo exige una reducida inversión, que sin crear mercancías genera bienes, y sin trabajo, mientras dormimos, mientras vamos a ver a la abuela. Es como si en la Edad Media a todos los campesinos que tenían que trabajar para un señor, de repente, se les otorgase una pequeña parcela de tierra que produjese sola; hubiese cambiado el status quo de la época mucho antes.



El monasterio, el taller y nuestras casas

Hay quien dice que la imprenta es probablemente el mayor invento de la historia de la humanidad, nos recuerda como sustituyó a los anteriores medios de transmisión de la cultura, aquellos códices laboriosamente copiados por los monjes, que piadosamente salvaron la mayor parte de la tradición cultura clásica. Mas esta expresión no es del todo precisa.

La Iglesia había copiado afanosamente durante mil quinientos años todo el pasado de nuestra civilización, lo que le permitió consolidarse como el centro de la generación de sentido, de cultura, de nuestra civilización. El periodo previo a la invención de la imprenta fue su momento de mayor esplendor, de su hegemonía sobre las almas sin que hubiese institución o clase social que alcanzase a hacerle sombra. Incluso cuando los diversos nobles se enfrentaban entre sí o con su monarca tenían que contar con el favor de la Iglesia. Una Iglesia poderosísima, con el control de la industria cultural, mediaba o definía la contienda entre la nobleza. En múltiples ocasiones en la Edad Media la nobleza intentó sin éxito emanciparse del control religioso. El emperador se enfrentaba al Papa, pero la pugna quedaba en tablas, o con Guillermo de Ockham, el teórico medieval de la laicidad, lastimado. Incluso pretendieron los nobles aliarse a elementos religiosos, pero el centro cultural y político que significaba la Iglesia no dejaba que el poder civil se emancipara de su tutela ni lo más mínimo.

Pero en 1449 un prestamista judío de Maguncia, un banquero llamado Johann Fust que quería ganarse unas pesetas aparece en la historia. Fust, guiado por su intuición e interés, escuchó a un amigo e invirtió e invirtió en el proyecto de aquel. Su amigo decía que podía doblar o triplicar la productividad del momento en el desarrollo de su producto, que sustituirían a la institución más poderosa sobre la tierra que llevaba controlando durante miles de años el desarrollo de aquel menester. El inventor se retrasaba y se retrasaba, durante años el señor Fust tuvo que soportar pérdidas, hasta que aparecieron los primeros productos. El prestamista Fust, como pago a su esfuerzo, se quedó con el negocio del arruinado inventor, pero le regaló la fama eterna, le reconoció el invento: “el arte admirable de la tipografía”. El creador pasó a la historia pero, sin la fuerza de Fust, el señor Gutemberg habría abandonado a la mitad del camino.

Como se puede observar, el taller de impresión nació burgués, requería de una inversión poderosa para su establecimiento, que lograría que la iniciativa cultural y política basculara hacia una nueva clase social. La imprenta fue un invento revolucionario porque tenía vinculadas unas relaciones sociales de producción en su composición, en su propia piel: la manufactura burguesa. En rigor, a lo que dio pie la imprenta fue a la sustitución de los monasterios o unas universidades controladas por la Iglesia por el taller de impresión de la burguesía. El enfrentamiento medieval entre gibelinos(partidarios de la supremacía política del Emperador) y güelfos (partidarios de que tal hegemonía estuviera en manos de Papa) se resolverá por el ascenso de una nueva clase social, que derrotará a los dos adversarios. Cien, doscientos años después, el Leviatán de Estado burgués se enfrentó de forma victoriosa a la Iglesia, y dominará completamente la esfera política de la sociedad. La Iglesia sólo quedaría como un auxiliar de la burguesía en su pugna contra la nueva clase social que apareció en el horizonte: el proletariado.

Desde el Renacimiento la burguesía, tejiendo múltiples alianzas, primero con la nobleza, luego con la monarquía absoluta fue levantando el Estado moderno, configurando las ideas y la imagen del mundo conforme las necesitaba, frente a aquella institución que por haber controlado durante mil años de la cultura, representaba en ocasiones más orden que el poder civil. Desde un primer momento comenzó la denuncia del núcleo de la religión. Ya en el s.XVI los animales, el núcleo numinoso de la religiones, comienzan a ser percibidos a la luz de la máquinas, como la artesanía de alta tecnología que imprime los libros, comienza el ataque a lo que se consideraba que era la verdad de la religión: sus dioses. En este siglo, los animales, verdaderos centros numinosos durante milenios, se convierten en “bestias automáticas” conforme al pensamiento del racionalista español Gómez Pereira. Descartes publicitará la nueva doctrina en el s.XVII, sin sufrir una gran angustia por el destino de su carne inflamable pues piensa desde la burguesa Ámsterdam. Aquella burguesía le protege de la Iglesia católica y de otras.

En el s:XVIII el mecanicismo de Descartes y de Newton irá disolviendo los demonios, sus sirvientas embrujadas y toda intervención milagrosa de deidades por encima de las leyes de la naturaleza. Aparecerán ya los primeros pensadores netamente burgueses, que se pueden permitir ser deístas, es decir, ateos cordiales con una Iglesia católica que no quema como antes, que no excomulga como en los buenos tiempos. Estos pensadores hacen de Dios un relojero, un maquinista a imagen y semejanza de las máquinas de las manufacturas. A este Dios ya es ridículo rezarle o rogarle, luego no es Dios. El siglo XIX es el fin. El Estado burgués deja existir la Iglesia allí donde más le interesa mantener a los oprimidos en la ignorancia. El ateísmo es la doctrina oficial de los pensadores.

Pero ahora, ante nuestros ojos, se está produciendo una nueva Revolución. Lo que está creándose con la nueva tecnología es un cambio en el foco de generación de la cultura. Ya no será el taller de impresión del burgués el centro de la cultura, sino que somos todos nosotros, en casa, en el trabajo, con nuestros ordenadores enganchados a la red. Todos nosotros somos un taller de impresión, que prácticamente trabaja automáticamente, como los robots que nos liberarán de trabajar el día que recuperemos nuestras vidas sometidas a la expropiación del capital. Todo aquello que antes era impreso en industrias que requerían fuertes inversiones, todo aquello que ahora puede ser mutado en información digital, que normalmente se corresponde con lo que llamamos industria cultural no requerirá de un gran capital para que lo reproduzcamos automáticamente hasta el infinito. Todo aquello tiene un nuevo centro de producción: los ordenadores personales. Todos somos Johann Fust: dejémosles la gloria a los inventores de Internet y los ordenadores y sustituyamos al burgués Fust por nuestros ordenadores.

Los millones y millones de propietarios de la industria cultural impondremos nuestro criterio político, nuestras opiniones, pues el que paga manda.



Consecuencias revolucionarias de que las TIC sean un medio de producción

De este cambio de dueño de la industria cultural se derivan dos consecuencias.

La primera es inmediata y consiste en que toda la vieja industria cultural burguesa, sus centros de distribución que requerían grandes inversiones van a caer uno tras otro. ¿Qué joven, qué trabajador va a pagar por la información que le facilita un miembro de la clase dominante que tiene como objetivo que todo siga igual, que el trabajador esté cada día más y más aplastado?

Todo lo que antes era impreso por grandes conglomerados capitalistas sufre una crisis profunda: las distribuidoras de música han perdido un 50% de su negocio, las de películas en DVD no están lejos en su hundimiento, las tiendas de revelado fotográfico se cierran sin freno, no se hacen enciclopedias de papel, la industria del porno está en sus horas más bajas, etc. Los diarios sufren grandes pérdidas en toda la faz de la tierra. Todos están presentando ERE´s, se endeudan hasta que la quiebra los manda al basurero de la historia. Para ocultar sus vergüenzas atribuyen este fenómeno a la falta de publicidad, nada se dice de los cientos de periódicos que han surgido en Internet y que nos tienen incluso mejor informados, nada se dice en torno a que en anteriores crisis no sufrieron ni la mitad. Los grandes lectores de periódicos, sus compradores cotidianos, ahora se ahorran el euro, y ya no pagan porque los bombardeen con la publicidad. La poca publicidad que todavía existe se muda a Internet, pero en este medio no funciona. ¿Alguien recuerda algún anuncio que haya visto en Internet?

Mas este hundimiento sistemático de todos los medios de distribución de noticias, de todos los medios que vivieron de imprimir, es sólo la punta del iceberg del cambio de época al que estamos asistiendo. La segunda consecuencia es mucho más significativa. La veremos a medio plazo, veremos cómo gira el centro de gravedad del control político, de la iniciativa política, pues si nosotros, los millones y millones de personas con ordenadores enganchados a la red, controlamos la industria cultural podremos ir presionando para ir socializando,-nacionalizando o mundializando- todas las grandes industrias. Al igual que se comenzó a atacar el núcleo de la religión con éxito desde el momento en que se va imponiendo la burguesía como clase culturalmente hegemónica, nosotros iremos desarrollando la verdad social, la de la justicia y fraternidad mundial, contra la verdad de los poderosos de este mundo, de los dueños de las multinacionales. Nosotros, los que no teníamos voz, los que no podíamos escribir en un diario de tirada nacional si no pensábamos lo mismo que aquellos que pagaban la publicidad, aquellos que no teníamos la suerte de poder juntar 100 millones de euros para tener libertad de expresión, allí donde importaba opinar, nosotros, ahora, podemos crear nuestros medios de información en red, gratis y con la libertad de cátedra que se deriva de ser nosotros los propietarios de los medios de producción. Podemos comenzar a romper el cerco, como en la respuesta que dimos a las mentiras del Gobierno Aznar ante el atentado del 11-M, como los correos electrónicos y las web alternativas que pudieron convocar manifestaciones contra la carestía de la vivienda y forzaron a que el gobierno moviera ficha. Pero esto es solo el principio.

Desde luego la industria cultural burguesa se defenderá como lo hizo la Iglesia, ya sea obligando al Estado a que le conceda excepciones fiscales u obligándole a que le compre los periódicos como ha hecho en la Francia de Sarkozy; ya sea atacando a los creadores de tecnología P2P, o aplicando un canon injustificable como se hace en España, pero a la larga tienen la batalla perdida. La industria cultural que ya somos nosotros, va a golpear desde cada web, creando organizaciones como los partidos piratas, o haciendo que los tradicionales que estaban contra la propiedad privada de los grandes medios de producción asuman nuestras reivindicaciones. Se verán desprestigiadas las instituciones del viejo mundo. Las SGAE y los autores que no estén de acuerdo con el cambio de época pasarán a la historia en el bando de los malos, de los reaccionarios, de los que querían que la cultura estuviese controlada por cuatro, y al alcance de unos pocos, irán al basurero de la historia, como la Iglesia.


La Vanguardia, 27 de julio de 2007.
Para los objetivos de nuestro análisis es indiferente la distinción entre técnica y tecnología que podemos encontrar en algunos autores.
Tecnologías de la Información y la Comunicación.

Loïc Caballero es profesor de Filosofía y miembro del Colectivo de profesores de Trabajadores y Jóvenes por la República (España)


Fuente: http://www.rebelion.org/noticia.php?id=89274

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