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Radiografía descarnada del populismo

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Radiografía descarnada del populismo


por Marcos Aguinis



Forma sublime de la mediocridad política, el populismo alcanzó durante el siglo xx el rango de paradigma, y según parece, su legado entra con buen pie en el siglo xxi. Argentina sirve de punto de partida a Marcos Aguinis para repensar su pasado, examinar su presente, y proponerlo como una alternativa interpretativa a la intervención extranjera.

Para no navegar en abstracciones, comienzo con una referencia muy concreta, que me duele: mi país. La Argentina bate récords en materia de hegemonía populista. Al populismo lo tenemos metido en la sangre desde principios del siglo xx, y se nutre de tradiciones que se remontan al tiempo colonial. Hubo interregnos, lo reconozco, y meritorios esfuerzos de superación. Pero siempre retorna, para colmo, remozado. Y oculto.

Hace apenas un par de años los cacerolazos tumbaron un gobierno legítimamente elegido y rutilaron las expectativas de cambios profundos que nos sacarían de la ciénaga. Íbamos a dejar atrás la decadencia (creíamos). Se especuló con la democracia directa como si entre nosotros hubiese resucitado Atenas; se decía que las enardecidas asambleas populares parirían una nueva dirigencia, más honesta, más eficaz. La gente buscó y atacó culpables a mansalva, de manera feroz, como en los tiempos del gorro frigio y la guillotina. Urgía hacer trizas del enemigo que nos había sometido a tanta desgracia. La persecución, sin embargo, resultó difícil: parecíamos el cazador inhábil que sólo consigue frustraciones: la verdadera presa no se dejaba atrapar y evitaba los golpes que llovían por doquier. A ese enemigo acérrimo -no se pensaba ni por asomo en el populismo- se lo identificó sucesivamente con otras cosas: los últimos gobiernos, los bancos, las empresas extranjeras, los políticos. El resultado fue que, en buena medida, "logramos" expulsar a varios chupasangre que eran ciertos bancos, empresas extranjeras, inversores, pero no a muchos políticos que, por ser patrimonio de nuestra sociedad, continúan como si tal cosa y en su mayoría acaban de ser reelectos, pese a la sonora consigna que dio vuelta al mundo: "¡Que se vayan todos!" ¿La recuerdan? Después esa consigna se convirtió en un papelón, ciertamente... o en una muestra del miedo que tenemos a un cambio de verdad. Se quedaron casi todos, en especial los peores.

Vuelvo a la pregunta inicial: ¿conseguimos identificar y librarnos del cáncer? No: el populismo y sus múltiples trampas, continúa.

También -desde hace rato- relacionamos la etiología de nuestra creciente miseria con los intereses externos. Pero el cómico argentino Enrique Pinti lanzó una iracunda réplica: "¿Intereses foráneos? ¿Qué intereses foráneos? Estoy harto de escuchar las mismas palabras desde que era chico: los intereses foráneos. Desde la izquierda y desde la derecha. Tengo los huevos por el piso con eso de los intereses foráneos, el capitalismo salvaje, el Tío Sam... Ya estoy podrido de esa explicación, porque otros países, que también tienen al Tío Sam encima, y a cuantos intereses foráneos se te ocurra, funcionan bien. Nosotros no."

Si tampoco el peor de los enemigos son los intereses foráneos, es obvio que uno de esos endriagos malditos se encuentra bien agazapado dentro de nuestro país. Nos cuesta reconocerlo porque ha penetrado en la sangre como un virus. Recorre arterias y capilares, impregna cada célula, influye en el pensar cotidiano. Es un pilar de la identidad colectiva de Argentina, de América latina y de casi todos los países de África y Asia. Pero escabulle su responsabilidad.

En efecto, la otrora próspera Argentina es un país donde el populismo nos muestra cuánto daño puede generar. Confunde patología con salud y distorsiones con el camino recto. Hasta su nombre es engañoso. Deriva de la palabra pueblo, pero populismo no significa interés dominante por el bienestar de ningún pueblo. Tampoco que se gobierne en su favor. Significa que se manipula el pueblo para satisfacer al caudillo de turno o a su círculo de fieles. El pueblo no es servido, sino enajenado. Cae bajo la hipnosis de quien simula amarlo y sacrificarse por su felicidad. El pueblo en este caso no es sujeto, sino rebaño que se conduce, alimenta y carnea.

El instrumento de elección para engrillar los tobillos y el cerebro de una sociedad populista es el asistencialismo clientelista. No es nuevo: lo inventó Luis Napoleón III en el tercer cuarto del siglo xix. Conmovió a las multitudes pobres hasta enamorarlas, y de esa forma desvió la energía de su rebelión hacia el sometimiento político. No lo aplicó para mejorar la vida de los franceses, sino para que los franceses lo siguiesen respaldando a él y a su corte. De ahí proviene la palabra bonapartismo. La exitosa técnica fue luego imitada por Bismarck y, en el siglo xx, por Mussolini, Hitler y otros personajes, que la perfeccionaron con la movilización de masas y una ficción (sólo ficción) revolucionaria. Observemos que, hoy en día, los fundamentalismos religiosos enajenan a cientos de millones con esas mismas técnicas.

El asistencialismo clientelista suele defenderse con argumentos que parecen racionales. Pero su uso, a la larga, no es provechoso para una sociedad. El asistencialismo es un recurso extremo, no el de elección, como sucede en los sistemas populistas. Es inevitable que produzca una involución social de graves consecuencias, aunque satisfaga en lo inmediato urgencias básicas que nadie podría negar. Genera un retroceso hacia la dependencia, la dádiva, y arrastra vastos sectores de la sociedad hacia una postura infantil, demandante y acrítica. Los jefes que utilizan el asistencialismo no están interesados en que los ciudadanos maduren hacia la autonomía y el bienestar. No quieren que se desprendan de su protección. Por eso regalan pescado, nunca cañas de pescar. No se afanan para que prosperen de veras, sino para que subsistan como un dócil ejército que jamás se insubordinará. El populismo quiere que el pueblo sea mediocre y cómplice; lo quiere fanáticamente agradecido, irracional, miserable. Y tiene éxito: veamos un mapamundi y suframos ante las extensas regiones sometidas a su ponzoña.
Una de sus técnicas predilectas es aumentar la burocracia, llenar las dependencias de "ñoquis" (como decimos en mi país), convertir el sector público en una vizcachera de quioscos que alimentan a los punteros políticos, encargados de mantener una clientela miope y adicta. En consecuencia, el asistencialismo excede su tarea de estricto y honesto salvataje, porque en realidad busca obscenas retribuciones políticas, y no va acompañado de iniciativas vigorosas que estimulen el progreso.

A poco de restablecerse la democracia viajé a la ciudad de Tucumán en calidad de secretario de Cultura de la nación. Cuando fui a la casa de gobierno me encontré que a su alrededor se habían establecido numerosos bares y terrazas que estaban llenas de gente. Le dije al gobernador que estaba sorprendido por el progreso que eso revelaba y él me contestó que en realidad quienes llenaban las mesitas tomando café y gaseosas eran empleados públicos que había designado recientemente y aún no tenían lugar donde trabajar. Ante mi asombro, el gobernador, que era peronista (es decir populista), me disparó esta frase: "El cargo público es ahora la mejor expresión de la justicia social." Quedé atónito. Por supuesto que no le preocupaba saber de dónde vendría el dinero para esos sueldos ni la irracionalidad de contratar gente innecesaria. Los efectos letales serían soportados en un futuro que no le interesaba. No voy a detenerme en la enardecida discusión que se produjo en su despacho, pero les aseguro que no nos dejó amigos.


El populismo es siempre estatista
¿Cómo no lo va a ser, si el Estado es convertido en el instrumento más poderoso para sobornar a la población y mantenerla enajenada? No le importa construir un Estado ágil, eficiente, económico y justo, sino hipertrófico, lleno de punteros políticos y votantes en cautiverio, un Estado que canalice la corrupción que engorda a los jefes y funcionarios leales; que hace regalos con los impuestos del sector productivo y controla que la oposición no levante demasiado la cabeza. En síntesis, un Estado funcional a los caudillos, no a la sociedad infantilizada.

El populismo pretende, además, una sociedad sin contradicciones, sin disenso, sin pluralidad. Todo debe confluir en el poder que está arriba, que anhela ser hegemónico, que odia la competencia y la crítica. Seamos francos: el populismo no ama la democracia; en el mejor de los casos la soporta y se esmera por sojuzgarla con imaginativos y tramposos recursos. Por eso es hipócrita; el doble discurso jamás le produce sonrojo. Todo vale para mantener el control. Nunca pierde de vista que el pueblo debe ser objeto de eterna seducción, de mareante propaganda, para que no se suelte de la mano que se dice paternal.
El populismo no sólo hace regalos a los pobres, sino también a las demás franjas sociales. Los empresarios dejan de ser competitivos; en lugar de apostar a la excelencia, se instalan a la sombra del caudillo (o del Estado que él comanda), para obtener privilegios y ganancias fáciles a cambio de un inequívoco sometimiento. Los beneficios que obtienen son el resultado de la obsecuencia, la corrupción y la mentira, no de méritos ejemplares. En cambio el verdadero sector productivo languidece, porque no recibe los estímulos que sólo llegan a quienes besan los dedos del poder. El resultado es la caída económica, el atraso cultural, la pauperización.

El populismo simula ser revolucionario, y lo simula muy bien. De ese modo atrapa la pasión de jóvenes, intelectuales y gente solidaria, que cae bajo sus hipnóticos malabarismos ideológicos, siempre ambiguos, siempre cambiables. Pero es conservador, reaccionario, amante del statu quo. Como la pretendida revolución nunca llega, la patea para más adelante. En Argentina abundaron los grafitis que llamaban a "completar" la revolución inacabada de Perón, o se sucedieron las tendencias peronistas que se llaman "auténticas", en contraste con la anterior, cuyo inevitable fracaso hundió otro poco más al país.
Utiliza el concepto pueblo como si fuese una esencia supraindividual, una unidad perfecta. Pretenden que el líder, su partido y la nación constituyan un todo sin fisuras (su expresión culminante fue el nazismo). La lealtad se debe ejercer de abajo hacia arriba, nunca en forma recíproca. El pueblo se debe al líder y el líder "dice" (sólo dice) que se debe al pueblo. En el populismo siempre molesta la división de poderes, la alternancia política, la independencia de la justicia, aunque las simulen respetar (violándola sin escrúpulo ni respiro).

El populismo creció sobre teorías irracionales como el Volkgeist de Herder, que luego encantó a los nazis. También sobre el Narod, palabra equivalente en ruso, tomada por la derecha paneslavista. El fenómeno de las masas -potente manifestación del pueblo- fue desmenuzado críticamente por Gabriel Tarde y Gustave Le Bon, luego por Sigmund Freud.
Señalo ahora algo más grave aún: el populismo inyecta pereza en el pensamiento. Y esto es letal. Desaparece la capacidad crítica, se atrofia la lógica, se oscurece la visión. Como el populismo insiste que la culpa de todo está siempre en otro lugar ("los intereses foráneos"...), lo único que cabe hacer a los ciudadanos -enseña- es quejarse, protestar (con quejas y protestas que no llevan a nada, que sólo hacen descargar energía). Inhibe la crítica de fondo y, en consecuencia, aleja la posibilidad de hacer buenos diagnósticos y aplicar tratamientos eficientes, racionales. El problema siempre son "los otros". Por lo tanto, de los otros vendrá la solución. Hay que pedir, exigir y hasta extorsionar. En la Argentina las cosas fueron espantosas por culpa del FMI, del Banco Mundial, el G 7, las empresas extranjeras, el imperialismo, la oligarquía, la globalización, la envidia que nos tienen, el calentamiento del planeta y así en adelante. Todavía no incluimos a los marcianos. En cuanto a nosotros mismos, somos ángeles, somos víctimas, y nada podemos hacer dentro de nuestra misma sociedad para superar la tragedia que nos asfixia. (Esto que acabo de expresar es común, por desgracia, a casi todos los países atrasados del mundo.)

Como el pueblo y su líder son la misma cosa para el populismo y sus derivaciones, el líder hace lo que el pueblo quiere (dice) y el pueblo se lo cree a pies juntillas. No hay más ley que la del pueblo (dice) y, por lo tanto, puede cambiarla o violarla cuantas veces se le ocurra, porque lo hace por deseo o pedido del pueblo (dice). En verdad, la ajusta a sus egoístas intereses. Esto es calamitoso, porque genera una terrible inestabilidad jurídica que, sin embargo, no se percibe ni repudia como tal. La inestabilidad jurídica que prevalece en el populismo genera miedo a la inversión y afecta al aparato productivo. Los países con inestabilidad jurídica son fatalmente pobres. Pero el populismo se las arregla para construir sofismas a partir de una curiosa hipótesis: que la estabilidad sólo beneficia a unos más que a otros. Lo cual puede ser cierto en el corto plazo, pero a la larga rinde altos dividendos a la sociedad en su conjunto.

Juan José Sebrelli, en su libro Crítica de las ideas políticas argentinas, demuestra que en mi país hubo populismo conservador, radical y peronista. El populismo peronista llegó más lejos que los otros y hasta ahora, con su líder y fundador muerto hace un cuarto de siglo, continúa atrapándonos en sus redes, con la excusa de que siempre anda a la busca de la versión "auténtica" o "renovadora". Mantiene viva la ilusión del paraíso perdido, cuando el asistencialismo era frenético y de arriba
llovían todos los bienes, en especial para los que juraban y demostraban lealtad.

¿Habrá rebelión contra las iniquidades del populismo?

¿Las sociedades encadenadas a la miseria terminarán por abrir los ojos y repudiar tan arraigada perversidad?

¿Conseguirán sacársela de encima, ya que es uno de los factores que no sólo les ha envilecido la economía, sino el alma?

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