Tango y Bolero

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Aqui les dejo un texto sobre las diferencias y similitudes entre el Tango y el Bolero...de forma metaforica.

Tango y Bolero


El tango es de la noche. Tiende hacia la madrugada como si buscara la luz tras una vigilia de sombras. Es masculino o, en cualquier caso, concita la solidaridad viril. Evoca el paso del tiempo, el destino, la deslealtad amorosa. Su lenguaje es expositivo, sumarial, como si su autor quisiera resarcirse, con la palabra exacta, a sabiendas de que si no lo salva el lenguaje no lo salva nada. Ni siquiera el amor, “que es eterno mientras dura”, según Vinicius, poeta de la samba, ese ritmo con la tersura cadenciosa del bolero y la tristeza narrativa del tango, de la que él mismo decía: “la samba sin tristeza es como la mujer que sólo es bella”. El tango filosofa, es pedagógico, deja una enseñanza. Como en la ópera, dice la última palabra, esa suave venganza de la inteligencia frente a las devastadoras derrotas de la vida. Aun en pleno autoflagelo y al hacer ostentación de debilidad, no oculta el orgullo de su lucidez. Trasmuta el dolor en música con razonables palabras como preludiando la afición argentina por el psicoanálisis. Busca solidaridad de género y tiende al esbozo ligeramente sociológico; en él caben el juez, la amistad, el barrio, la lucha de clases, la policía. Es un compendio de cultura para quienes no tienen otros compendios. Y necesita oyentes cómplices al recapitular con efectismo algo que ya trazó su parábola vital.
En cambio el bolero suele estar antes del hecho amoroso, del cual es instigador. Busca la penumbra. Es un idilio al que no le urgen terceros para existir. Utiliza arteramente susurros de seducción y tiene agendas secretas para ese propósito: la dama es una diosa a la que nunca se “ha dejado de adorar” como en “Perfidia”, o es “cosas como tú son para quererlas”. “Cosas” ¡y ni las feministas se enfadan! Difícil hallar en él a la mujer intermedia entre cosa y divinidad como sí lo hace el tango “Malena”, en el que un hombre confiesa su admiración por Malena como persona sin más.

El bolero menos descriptivo logra que un ripio como “calcomanías en mitad del alma” —cual improbable fantasma con tatuaje— también pase con impunidad la aduana racional en rítmico elogio, debido a lo que en Colombia llamamos estar “tragado” del otro. Otras culturas le suelen robar la música pero no pueden trasvasar bien su letra ni las del tango. Así una despedida trágica como el “Adiós muchachos”, al traducirse, se minimiza en piropo sedoso para la pareja de baile en la voz profunda de Louis Armstrong. El melodrama del bolero “Sombras” —“quisiera abrir lentamente mis venas, mi sangre toda verterla a tus pies...”— se siente como un charco de hospital en cualquier otro idioma.

El bolero cultiva la calidez del entresueño. Afín a las penumbras, su momento propicio es el atardecer y la noche, no tolera el innecesario sol de las madrugadas. Es femenino sin que eso le impida ser machista. Posee la tesitura del momento mágico anterior a la seducción. Promete con generosidad lo imposible. Apela no tanto a la lucidez de la lógica despierta, como a la resonancia afectiva de la persona amada. Pretende ignorar que amar es practicar una religión cuyo dios es falible, como decía el tanguista Borges. No le preocupa la enormidad de lo que promete, cielo y tierra, pues incumplir en ese momento de entresueño es imposible y además ni la realidad ni el futuro importan porque no existen. Solo existe su propia embriaguez maravillosa, mientras el tango amanecido insiste en la sobriedad expositiva de la comprensión y en el ascetismo de la inútil coherencia.

En el bolero predomina la melodía sobre la letra cuyas metáforas son puentes al ensueño. Su tono ha moldeado estilos en Estados Unidos, como el de Cole Porter.

El tango es una alegoría musicali­zada que presiente que lo bello es el primer eslabón de lo terrible aun si su música ya cosmopolita omite la letra que le dio vida. Pero igual influye así en el patetismo de la Piaf, esa bolero tanguista francesa, cuya voz como una blasfemia azota la indiferencia de los ángeles.

El bolero desconfía de la vigilia, tiene la sensualidad de su carácter latino y caribe, mientras el tango divide sus penas compartiéndolas como un sujeto escarmentado. Mira con el rabillo de la memoria hacia atrás. Es narrativo. Es bailable y escenificable para beneficio de terceros. El bolero por contraste aborrece la escenificación y se baila mejor en un rincón, en donde exalta el dolor como táctica, como ardid de seducción en su perpetuo ánimo conquistador. El uno es un preámbulo, el otro una recapitulación.

Como no tenemos que elegir entre la noche y el día, entre el momento amoroso y la prosa de su desenlace, superamos el dolor de estar vivos amparados por el sentimiento que reconstruye al mundo en su canto, y el sueño que equivoca su vigilia.

Fuente

Y aqui unos boleros y tangos:







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