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Cuentos de Poldy Bird II

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Esa No Era Mi Mamá:
Andrés se escondió detrás del tronco del laurel, Martín se agachó tras el barril que estaba lleno de mezcla para hacer el piso del gallinero. Yo contaba, apoyada en la mesa que Eugenia había sacado para que comiéramos en el jardín. Contaba, con la cabeza colocada sobre los brazos cruzados y espiaba a través de mi flequillo.
El flequillo siempre me protegía de la gente. Cuando iban visitas a casa, yo ba¬jaba un poco la cabeza y, mientras decían todas esas gansadas de ¡ qué grande!, ¡ qué cambiada!, ¡qué linda!, ¡ya pronto va a ser una señorita!, ¡debe ser una buena compañía para vos, Clelia!, yo miraba los arabescos de las alfombras, sacaba cuen¬tas de las flores marrones y las verdes, o pensaba en cualquier otra cosa sin que nadie advirtiera que no estaba prestando atención.
Dije treinta, bien fuerte, y caminando unos pasos hacia adelante —para disimular—, grité: "¡ Piedra libre para Martín que está detrás del barril! ¡ Piedra libre para An¬drés que está detrás del laurel!" Los dos salieron de sus escondites con cara de ra¬bia, y justo cuando me iba a tocar escon¬derme a mí —ya tenía pensado hacerlo de¬bajo de la mesa, sin hacer ruido para to¬car piedra libre sin que mi primo se avi¬vara—, Eugenia me llamó desde la puerta de la casa.
—Vení en seguida, Virginia. Vení a cam¬biarte, que dentro de un rato te vienen a buscar.
Cosa rara en ella, Eugenia me tomó de la mano cariñosamente y me llevó hacia adentro. Era la primera vez que me habla¬ba despacito, como en secreto, y que no re¬zongaba por las marcas de barro de mis pisadas.
—Lávate las manos, la cara y las piernas y pónete el vestido celeste. Yo te voy a peinar.
Me llamó la atención su cara pálida, y los ojos brillantes, como si quisiera llorar.
—¿Qué pasa? —le pregunté. Ella se secó una lágrima con la punta del delantal y sacudió la cabeza hacia uno y otro cos¬tado. —Nada, mi niña, nada.
El tío Alfonso tocó la bocina para avisar que había llegado y yo me tiré en el asien¬to de adelante, a su lado. No me dijo: "Pa¬reces un potro, no una chica". Arrancó en silencio y noté que su cara también estaba rara.
Mientras cruzábamos la barrera, carras¬peó y abrió la boca para decir algo. Des¬pués la cerró. Recién cuando pasamos fren¬te a la quinta de los Márquez volvió a abrir la boca y, con una voz que no le conocía me dijo:
—Virginia, nena, vos sabías que mamita estaba enferma, que te trajimos a casa a pasar unos días para que ella pudiera es¬tar tranquila. —Sí, tío.
—Bueno, ella..., se agravó, se puso cada vez peor... y esta mañana..., esta ma¬ñana se murió. Ahora su alma está en el cielo.
No sé qué más siguió diciendo. Debajo de mi flequillo, mis ojos se pusieron a llorar copiosamente; oí algunas palabras sueltas como "estrella"', "te mirará", "seas bue¬na". Las lágrimas me mojaban el vestido celeste; me temblaban las manos y las ro¬dillas. Mi madre estaba muerta. Eso era lo que ellos decían. A lo mejor estaba dor¬mida y ellos creían que estaba muerta.
Sí, seguramente estaba dormida. Resolví que estaba dormida y me limpié los mocos con el brazo, pero a pesar de ello no podía dejar de llorar.
Llegamos a mi casa. No parecía mi casa. Había gente en la vereda, enormes coronas de flores, gente en el pasillo. Todos se da¬ban vuelta para mirarme, y algunos me pasaban la mano por las mejillas. En la sala, más flores y más gente. Mis tías me apretaron entre sus brazos. El olor de las flores me mareaba y me daba asco. Dema¬siado olor, demasiadas flores. Papá, más flaco, con una corbata negra y peinado sin gomina, me alzó y me besó. Al¬guien dijo "pobrecita", otras voces repi¬tieron lo mismo.
Una señora gorda qué yo no conocía, me tomó de la mano y me condujo a la habita¬ción de mis padres.
—Pobrecita... vaya a ver a su mamita, queridita.
Yo esperaba encontrar a mi madre acos¬tada en su cama, pero la cama no estaba y en su lugar había un gran cajón oscuro alumbrado por velones emergidos de enor¬mes candelabros plateados. Me acerqué al cajón, sorprendida. Ahí den¬tro había una mujer joven, rubia, con los ojos cerrados, envuelta en una túnica rara y con un ramo de flores color lila, entre las manos.
La cara y las manos parecían de madera blanca.
—Dale un beso —ordenó la mujer gorda, alzándome para que pudiera alcanzar la cara blanca. Mis labios tropezaron con una mejilla fría, rígida. Me eché hacia atrás, asustada, y empecé a llorar fuerte para que alguien fuera a sacarme de allí. Esa no era mamá. Mamá tenía las meji¬llas rosadas y tibias. Cuando yo la besaba sonreía y me apretaba contra su pecho. Esa mujer blanca y dura me daba miedo. No quería tocarla. No quería seguir mirán¬dola. Se parecía a los muertos de los ce¬menterios que se escapaban por las noches para ir a bailar y regresaban al amanecer apurados por meterse en sus bóvedas. Lloraba a los gritos y la mujer gorda me dejó en el suelo. Tía Marcela me sacó de allí y me llevó a mi cuarto. —No te desesperes, querida, mamita no te abandonará nunca, ella estará junto a vos aunque no la veas..., te cuidará, te protegerá, y de noche brillará en una es¬trella para que puedas mirarla y rezarle. Me ayudó a recostarme en mi cama y lue¬go me acarició. —Quédate aquí, vas a estar más tranquila.
Allí no había tanto olor a flores, ése era el único lugar de mi casa que se parecía a mi casa: con las muñecas sentadas sobre la cómoda, la mesita para hacer los debe¬res, la valija de la escuela sobre la silla. Al rato me llevaron un plato de sopa. Tía Tita, la menor de mis tías. Me sacó los zapatos y el vestido y me hizo acostar bajo las sábanas. —Dormí un poco, tesoro. Yo me quedaré con vos hasta que te duermas. Estuve unos minutos mirando el techo y luego cerré los ojos haciéndome la dormida para que se marchara. No sé en qué momento me dormí de veras. Cuando desperté era de mañana y papá estaba sentado en la cama, junto a mí. —Papá —me abracé a él llorando. Sus ma¬nos eran blandas, su cara también. Eso me dio un gran alivio. —Vamos a llevar a mamita al cemente¬rio..., si querés podes quedarte con algu¬na de tus tías.
—No. Quiero ir.
—Entonces es mejor que te vistas. Papá salió, me vestí y me quedé en mi pie¬za, mirando por la ventana entreabierta los grandes autos negros y en uno de ellos, en letras doradas, las iniciales de mamá. Tenía miedo de que la señora gorda me
llevara otra vez a besar la cara de made¬ra blanca. O no, de piedra blanca, porque la piedra es más fría. Me espantaba la sola idea de que ello ocurriera. Pero me tran¬quilicé al ver unos hombres subiendo el cajón al auto con las iniciales. Salí de mi cuarto y me agarré de la mano de papá, que lloraba.
Subimos a uno de los autos negros. A nues¬tro paso la gente se persignaba, los hom¬bres se quitaban las gorras, algunos los sombreros. Los vehículos nos cedían el pa¬so. Entonces... no era solamente yo la que tenía miedo de esa muerta blanca, eran todos: los que se persignaban, los que se quitaban las gorras o los sombreros, los que se detenían para dejarla pasar... Na¬die se animaba a enfrentarla, a contra¬riarla con una falta de respeto, con un gesto inconveniente.
En el cementerio había mucho sol y yo te¬nía calor. Me dolían los zapatos y me ha¬bía entrado una piedrita que me lasti¬maba un pie. Nadie me prestaba atención, todos estaban pendientes del cajón que ba¬jaba lentamente hacia el fondo de la fosa. Todos querían verlo desaparecer allí, to¬dos querían estar seguros de que la mujer blanca estuviera, por fin, en el sitio que le correspondía.
Papá arrojó un puñado de tierra, mis tías también lo hicieron, por turno, y dos hom¬bres llenaron el hueco con rápidas paladas. Sobre la tierra removida colocaron las flo¬res y luego cada cual se marchó a su casa. Fue un largo día, un día interminable.
Entre papá y tío pusieron la cama en la pieza de mamá. Tía Tita dejó las persia¬nas bajas y abrió las ventanas para ven¬tilar, pero el olor a flores había impreg¬nado las paredes, los muebles, las cortinas. A la noche todavía había olor a flores —o sería yo, que lo tenía pegado a la nariz. Felisa, la muchacha, nos preparó la cena. Todos se habían marchado, papá y yo co¬mimos solos. La silla de mamá estaba va¬cía y yo no podía tragar, imaginando que en cualquier momento podía abrirse la puerta y entraría la mujer blanca. Papá me acompañó a acostarme; hubiera queri¬do pedirle que me dejara dormir con él, pero no me animé.
Me pasé la noche despierta con los ojos cerrados, encogida bajo las cobijas, tapa¬da hasta las orejas, alerta a los ruidos de la casa. Temía oír los pasos de ella regre¬sando, temía abrir los ojos y verla de pie junto a mi cama, con su larga túnica su¬cia en los bordes por la tierra del cemen¬terio.
—Mamá —murmuré llorando—. Mami¬ta..., ¿dónde estás? ¿Por qué pusiste en tu lugar a esa mujer que no conozco y me da tanto miedo? ¿Por qué todos dijeron que esa muerta eras vos? ¿Por qué me de¬jaste tan sola?
Durante muchas noches dormí sobresalta¬da, tuve horribles pesadillas, me sentí per¬seguida por la mujer blanca, rozada por sus manos duras y frías. Porque ésa no era mamá. Esa no. A mamá, tibia, sonriente, blanda, levemen¬te rosada, la sigo buscando entre la gente que camina por las calles, entre la gente que viaja en los colectivos, los trenes, los autos, los subterráneos.


El Hilo Que Conecta Todo:
Eres el hilo que lo conecta todo, me hilvana a la música, al color, a las palabras, a los sentimientos, a la naturaleza, al pensamiento, al deseo, al espíritu.

Antes de encontrarte, yo era un ramo de cosas entremezcladas, ahora soy una luz única en la que todo está fundido, aglutinado, amasado sin grumos, procesado, unificado en el sentido literal del término. Diste vuelta el cielo para volcarme las estrellas. Ovillaste el canto para atármelo al alma. Aunque me quede quieta pongo en movimiento todo lo que construye al mundo: ternura, alegría, amor. Y lo que lo transforma: mareas, huracanes, hielos, fuegos, sequías...

Me voy abriendo. Y al abrirme, me expando, crezco, llego a los confines, vuelvo y entro en mí. En todas partes estás, precediéndome o esperándome. Eso es lo que más amo en ti: tu puntualidad para vencer mi soledad. Tu perseverancia para pulverizar mi pena y echarla al aire. Tu fuerza para ocupar los espacios ambiguos que existen en un ser: el espacio de la duda, el de la indecisión el de la inquietud, el del desgano... Los transformaste en depósitos de vida, latidos de reserva, semillas de tumbergias rosadas (que ya no sé si existen estas flores cuyo nombre me enseñó Silvina Ocampo). No te voy a decir que es la primera vez que me enamoro, porque no es verdad. Pero sí es la primera vez que "me enamoran". Que no elegí, que no ejercí el control desde el principio. Que sucedió sin que me diera cuenta. Que cuando supe, ya lo habías resuelto. Y empecé, entonces, a desatarme.

A abrir todas las puertas. A deshacer los nudos. A tirar las piedras a los costados del camino. A respirar llenando los pulmones. A desprenderme culpas y dolores, resentimientos y rencores y dejarlos en papeleros amarillos. Me gusta tu nombre estereofónico, tu voz vibrante y áspera... ¡bah, todo me gustas!

De pe a pa. Tu risa un poco tímida. Tus manos sensitivas. La forma en que entornas los ojos con un movimiento casi infantil, como si los párpados pudieran defender todo lo que se lee en ellos. Y tu mirada rápida, directa, que se adelanta siempre a tus palabras, como si les fuera abriendo paso. Me gusta que te importe lo que digo, lo que pienso, lo que siento. Que tengas curiosidad por todo lo que tiene que ver conmigo. Que estés constantemente tratando de asomarte a mi corazón. Para que puedas espiarlo, lo dejo descubierto. Quiero que sepas de mí más de lo que yo misma sé. Que por una vez en mi vida alguien me explique por qué hago o digo..., alguien me dé un consejo acertado, me haga razonar, me brinde un poco de par..., alguien me saque del torbellino cotidiano, de la envidia de los inútiles, del orgullo de los ínfimos y del desagradecimiento de los mendicantes. Alguien que puede mirar de frente el rostro de los ángeles y que hasta los conoce por sus nombres. Alguien que guarde boletos capicúa, programas de cine, servilletas con el nombre de las confiterías, cajitas de fósforos, sobrecitos de azúcar de todos los lugares por donde viaja. Alguien que conoce el nombre de las estrellas y puede señalar las constelaciones. El hilo que lo conecta todo: cuerpo, mente y espíritu, con la fuerza del cosmos y la vitalidad de la naturaleza. Un hilo que me envuelve, que me hilvana al diamante y a la flor, a la espuma del mar, al granizo, al vuelo del cóndor, al aletear mágico del colibrí, a tu voz, a tu abrazo, a las esquirlas de tu amor cayéndome en él.

Poldy Bird



Aquí No Es:
La casa no parecía la misma desde el día en que la madre se había enfermado, y Pablito ya se había acostumbrado, casi, a no hacer ruido con el tambor y a conversar bajito con su regimiento de soldaditos de plomo.

El padre, cada tanto, como acordándose de que existía, le daba una palmada en la mejilla y, guiñándole el ojo, le decía igual que antes:
-Y, amigo...Como marchan los negocios?

Y Pablito reía, porque esas palabras que parecían huecas, querían decir muchas
cosas en su corazón de caramelo.

A la madre la veía pocas veces, un ratito, a la tarde. La miraba con sus ojitos asombrados, se acercaba a su cuerpo cálido y perfumado, y la besaba mucho, como picoteándole la ternura que ya mamá no le daba, tan quieta en su lecho impecable, tapada con las sábanas que bordó la abuela. “Que suerte tiene mamá...dormir con sábanas bordadas con florcitas de colores...”

Después lo mandaban afuera, y hasta le permitían algo que hasta hacía poco le tenían terminantemente prohibido: salir a la calle a correr con los demás niños de la cuadra.

Una mañana llegó la abuela de su lejano pueblo provinciano, y tambien llegaron las dos hermanas del padre.

La abuela le trajo dulces regionales, unos libros de cuentos con figuras en rojo y en azul, y un perro blanco con las orejas marrones y los ojos de vidrio celeste.

Las tías le trajeron un pulóver grande “pero el año que viene le andará”, lo estrujaban y a cada momento movían la cabeza balbuceando “pobrecito, pobrecito”. Todos estaban raros, nadie se reía ya. Ni siquiera el doctor Funes, que siempre le hacía chistes y le llevaba caramelos que no comía porque tenían olor a remedio.

Cada día lo dejaban estar menos tiempo en la habitación de la madre, y a él le parecía que los ojos de ella le pedían que se quedara allí, junto a la cama, hablándole de la escuela, de los chicos de al lado...

Esa tarde todos estaban mas raros todavía, y a través de las puertas y las paredes oyó una palabra que no entendía muy bien.

- Papá...que es la muerte?
- Vos lo sabes, Pablito..., te acordás del patito que te regalé... ese que una mañana se quedó dormido para siempre?
- Si...el patito...como para olvidarlo!..., era chiquito y amarillo, un pedacito de sol gritón que corría por el patio y se metía en la casa sin pedir permiso...
- Bueno..., todos un día nos quedaremos dormidos para siempre..., para descansar de nuestras fatigas... Eso es la muerte: entra en silencio, sin llamar a la puerta... y luego se marcha sin hacer ruido...
- Los juguetes también se mueren?
- No, los juguetes no.
- Entonces mi oso no morirá nunca.

Siguió jugando en su pequeño mundo, y de pronto sintió una angustia enorme creciéndole en el cuerpo pequeño.
- Mamita! – dijo para si.

Se paró junto a la ventana, mirando hacia fuera, buscando en los árboles de la calle, en la gente, en el cielo recortado por los edificios, una solución... una solución...

- Entra sin llamar – se repitió. Y una lucecita se encendió en el fondo de sus ojos.

Corrió a su cuarto, revolvió su valija de la escuela, arrancó una hoja del cuaderno y con una letra redonda, panzona y despareja de primer grado escribió, bien grande, bien fuerte: “AQUI NO ES”. Contempló su obra con satisfacción. Se parecía al cartel que estuvo un mes en la vidriera del almacén y decía: “SE NECESITA MUCHACHO”. Sigilosamente salió a la calle y, pinchándolo con una chinche, colgó el letrerito en la puerta cancel, alta y oscura.

Se alejó unos pasos y lo miró. Si, se podía leer desde lejos. Si la Muerte pasaba por allí, seguiría de largo al leer “AQUI NO ES”.

Entró con el corazón aturdido. Por primera vez hizo caprichos porque no quería salir de la habitación de su madre; tuvieron que sacarlo por la fuerza, y la abuela le contó tres cuentos para que se durmiera. Al día siguiente lo despertaron mas temprano que de costumbre y le dijeron que no iría a la escuela.

No lo dejaron ver a la madre muerta para que tuviera un recuerdo mas hermoso de ella: el recuerdo de sus ojos vivos, de su sonrisa lenta, de sus caricias tibias. Solo vio como se la llevaban en un cajón oscuro y como la seguían unos autos cargados de flores.

Lo dejaron con la mamá de Carlos, el chico de al lado. Y Pablito lloraba, lloraba sin entender porque pasaba todo eso. Y a cada rato se escapaba a la calle y corría hasta la puerta de su casa para leer el cartel bien claro, bien claro, y se preguntaba:

- Si se puede leer bien, porque no siguió de largo?




Cajitas:
Junto cajitas.
Cajitas esmaltadas, cajitas de madera pintada, cajitas de cristal, de porcelana, de metal, de cartón, de nácar, todas chiquitas.
En esas cajitas guardo los pedacitos de la felicidad.
Porque la felicidad no es un enorme friso en la pared, sino un rompecabezas de pieza diminutas que se arma de a poquito.
Y no tiene una figura fija, preconcebida, sino varias figuras, todas cambiantes, que pueden variar según los días, según las horas, según los lugares...
Vos me enseñaste eso.
Y muchas de esas cajitas tienen partes tuyas.
No... no lo aprendí enseguida... me llevó tiempo...
Cuando tu vida se apagó, el miedo y la soledad hicieron nudos con mis tripas.
Golpeaba todas las puertas con terror de no ser escuchada, de no ser recibida.
Y me juraba, cada día, golpear otras puertas y otras y otras, sin importarme quién las abriera, quién sería capaz de oír el sonido de campana al viento que emitía mi corazón... una campana de barco en medio del océano, una campana de catedral en medio del desierto, una campana quejumbrosa con sonido de pena y manantial al mismo tiempo...
Hasta que empecé a abrir las cajitas.
En una encontré un fósforo, uno de esos fósforos con los que encendías mis cigarrillos, y aunque casi no fumo, prendí uno y traté de hacer espirales con el humo, como hacías
VOS.
En otra encontré unas tierritas de colores, de Purmamarca, y el norte le trajo paz y color al sur de mi inquietud, con su placita de vendedores de pesebres, su aire de celeste transparencia, sus montañas redondas...
En la de porcelana, una rosa seca y un papel dobladito: "quinto aniversario".
En la de plata, una medalla bendecida de la Virgen de Luján.
Arena de la playa mansa, monedita de austral, un coralito africano, una entrada de cine, un boleto capicúa, un anillito que perdió la piedra, un cuarzo casi dorado, una plumita de colibrí...
Todos itinerarios de caminos que recorrimos juntos y yo vuelvo a caminarlos llevando tus pasos encima de los míos, ahora que tus pasos no pesan nada porque son de apenas airecito, de apenas aleteo de mariposa, de apenas una lágrima...
Ya ves, ya no golpeo puertas, sólo abro cajitas para no estar tan sola.
Pero, eso sí, al mismo tiempo, abro también mi corazón...

Poldy Bird

http://ca.geocities.com/el_rincon_de_nora/indice_cuentos.htm


Espero que les haya gustado...

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5 comentarios - Cuentos de Poldy Bird II

@Supergirl
Aguanten las TaringuerAs chee



+10
@pichicha
por ser mujer, aunq no me regalaban puntos asi de facil...pero apoyo para q seamos mas...
@k-len
Seeeeee aguanten! para que vean que el unico lecheer es Iory y Orishas

+10 por el laburo .
@iory
bien princesita, indirectamente me diste la razon



saludos!
@Taio80
Uf... tremenda la manera de escribir de esta GRAN escritora, directo al centro del alma! Hace MUCHO estoy buscando un texto de ella que se llama "Nada apaga este fuego", del libro "cartas debajo de la almohada"... de casualidad, lo tendrás, o algún link donde leerlo? Gracias!!