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Libro Montaña Adentro Escuela Andres Bello Yobilo Chile

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1
Un crujido seco y la máquina cortadora de trigo tumbóse a un lado. A pesar del empuje de los bueyes que inclinando la cerviz hundían en la tierra las patas tensas por el esfuerzo, la máquina quedó inmóvil.
--Parece que s'hubiera quebrao algo--dijo el que dirigía la yunta.
--Así no más parece --contestó Segundo Seguel desde lo alto de su asiento, al par que miraba afanoso por entre la complicada red de hierros. Luego bajó de un salto a tierra, se estiró, desentumeciendo los músculos, agregó:
--Güen dar con el asiento duro; tengo el cuerpo toíto molío.
Apoyado en la picana, el otro lo oía indiferente.
--Nos llegó, compañero. Es la ruea grande la que se quiebró. Veni'aguaitarla, me parece qu'esto no lleva remedio.
Tendidos de vientre sobre el suelo, los dos hombres examinaron largamente la avería. Ya en pie, se miraron perplejos.
--Hay qu'ir avisar--dijo Segundo Seguel.
--Mal trago.
--Y tan remalo.
--Mejor será que desenyuguemos y vamos los dos.
--Ya está.
Seguían el rastro: adelante los bueyes, atrás ellos, preocupados por el enojo del administrador, que estallaría bravo cuando supiera el percance. Ondulaba el trigal impulsado por el puelche. Abajo, en la hondonada, el río Quillen regañaba en constante pugna con las piedras. El agua no se veía oculta entre los matorrales y eran éstos a lo largo del trigal como una cinta verde que aprisionara su oro. De roble a roble las cachañas se contaban sus chismes interminables, riendo luego con carcajadas estridentes terminadas en i. En la vega que se extendía más allá del río roncaba jadeante el motor, lanzando al cielo su respiración grisácea. Se detallaban ya los trabajadores que silenciosamente hacían la faena. Ni un canto ni una risa, ni una frase chacotera salía de sus labios. Harapientos, sucios, sudorosos, iban y venían con cierto mecanismo en los movimientos que les daba aspecto de autómatas: hasta el mirar angustiaba por la falta de espíritu. Autómatas y nada más eran aquellos hombres que el administrador vigilaba desde una ramada. Que alguno perdiera el equilibrio de su mecanismo y la frase cruel lo flagelaba:
--¡Así no, pedazo de bruto!
Lo temían. Seguro de su omnipotencia, irascible, cualquier falta lo hacía despedir al trabajador. Y era eso lo que más temían, prefiriendo acatar todas sus arbitrariedades antes que perder el puesto. En los tiempos difíciles que corrían costaba encontrar trabajo y más aún conseguir puebla en algún fundo.
En viendo a los dos hombres, don Zacarías se alzó amenazador.
--¿Qué les pasó?
--Na, patrón--contestó con voz insegura Segundo Seguel.
--¡Cómo que nada!... Y entonces, ¿por qué se vinieron?
--Es que la ruea grande e la máquina se quiebró por el eje--explicó con voz entera Juan Oses, mirando bien de frente al administrador.
--Se quebró... Se quebró... La quebrarían ustedes, rotos de miéchica... Apostaría que echaron la máquina por las piedras. ¿Es que no tenís ojos vos pa' mirar por onde echái los güeyes?
En su ira, para mejor darse a entender, acudía a los modismos de ellos.
--La máquina queó onde mesmo se averió. Vaiga a verla y se convencerá de que no ha chocado con nenguna pieira.
--Entonces seríai vos, que manejaste mal las palancas--hablaba ahora a Segundo, que entontecido por su mirada roja de ira, con movimiento de péndulo movía acompasadamente el cuerpo.
--No ha sío na tampoco él; la rotura es en la ruea, por el lao del eje --contestó Juan Oses viendo que el otro se callaba.
--Vos cerrái tu hocico, fuerino sinvergüenza. Vamos al alto y pobre de ustedes como hayan piedras... Sinvergüenzas...
Montó rápido a caballo, partiendo al galope. Se perdió entre las quilas que festoneaban el río, apareciendo en la subida fronteriza como un móvil punto obscuro que alejándose se empequeñecía. Los hombres lo siguieron por un atajo.
Lo encontraron gateando bajo la máquina al par que lanzaba sordas exclamaciones de amenaza. Convencido de que la rotura no llevaba remedio, se puso de pie haciendo jugar las palancas: funcionaban todas. Buscó entonces bajo las ruedas y en el rastro la piedra que pudiera haber motivado el percance: no había ninguna. Volvióse entonces a los hombres con la mirada más negra aún:
--El tonto soy yo, que busco las piedras, como si antes de avisarme no las hubieran sacado. Den gracias a que tenemos que cortar a mano, si no los despedía al tiro. Toma mi caballo, Juan, y ándate al galope a Radalco a decir que mañana de alba manden la otra máquina, y tú, Segundo, anda llamar a los medieros que están en el potrero quince y diles que se vengan para acá a cortar. Hay que terminar hoy con este potrero, no nos vaya a llover.
--Quea hartazo trigo parao entoavía --se atrevió a observar Segundo.
--Se trabaja hasta tarde. Si no fueran una tropa de flojos a las ocho podrían terminar. Ya está. Váyanse...
En distintas direcciones partieron los hombres. Quedó solo el administrador mirando con ojos torvos la máquina inservible. Una fila de carretas emparvadoras lo sacó de su abstracción. Avanzaban lentas, balanceando el alto rombo de gavillas; sentado sobre ellas, el emparvador dirigía la yunta con gritos guturales. Un quiltro de raza indefinible seguía el convoy: era un perrillo joven con cierta gracia ingenua en los movimientos y una luz de alegría en los ojillos redondos. Dando saltos que torcían de lado su cuarto trasero, llegóse al administrador olfateándole los zapatos. Con un formidable puntapié lo envió el hombre lejos, dolorido y aullando. Largo rato aún, entre los tumbos de las carretas y las voces de los emparvadores, se oyó el llorar del perro que se alejaba cojeando.
Una bandada de cachañas se posó en un roble.
--¡Aquí! ¡Aquí! --gritaban, contestándole otra bandada desde el monte.
--¡Sí! ¡Sí!
--¡Allí! ¡Allí! --y ya todas unidas bajaron a tierra en busca de los granitos de trigo que tras ellas dejaran las carretas.
Oleaba el trigal rumoroso y sobre su oro dos mariposas de púrpura se perseguían, para luego no ser más que una, temblorosa y flameante.
Por ser noche de luna, pudo trabajarse hasta las nueve; a esa hora tocó descanso el motor y los peones se alejaron en grupos camino de la rancha. Iban silenciosos y de prisa, impelidos por el hambre que arañaba sus estómagos. Nueve horas de rudo trabajo habían desgastado sus energías y necesitaban reponerlas con alimento y reposo.
El camino polvoriento, blanco de luna, tenía a cada lado una barrera de palos, troncos de árboles enterrados uno junto a otro, grises, negros, estriados. Dejando atrás el trigal, bajaron dos quebradas atravesando dos veces el Quillen, que se complace en serpentear por los potreros entrebolados. Los grupos de árboles formaban macizos obscuros sobre la alfombra muelle y bienoliente, y en el perfil de las lomas, los robles, maitenes y raulíes tomaban aspectos fantásticos de animales prehistóricos, enormes y aterrorizantes. En la paz de la noche el reclamo de un toro en el monte se enroscaba frenético y obstinado al silencio. Una fogata encendió su haz de llamas en la lejanía: porque allí había algo que remedaba grotescamente el hogar, los hombres apresuraron el paso. Una última repechada y llegaban.
--Linda l'hora e llegar--regañó una voz de vieja en los tranqueros--. Güenazas estarán las pancutras.
--No rezongue tanto, veterana. Con l'hambre que traímos un diaulo asao que nos dé encontramos rico --contestó alegremente Chano Almendras.
La vieja alta y magra se hizo a un lado. A la luz de la luna y en el fondo rojo de la hoguera, parecía una bruja camino del aquelarre. Otra figura femenina, juvenil y agraciada, se destacó en la puerta de la sórdida casucha.
--Abreviar, niños, que las pancutras estarán como engrudo --exclamó con una voz áspera y desafinada que azotaba los nervios.
--Ya estamos listos. Güenas noches, Catita--contestaron los hombres.
2
Desde la muerte de su marido, que fuera mayordomo de la hacienda, doña Clara y su hija Cata ocupaban el puesto de cocineras de los trabajadores. Bravas para el trabajo, se daban maña para amasar, cocinar, tostar y moler el trigo, dejando aún tiempo libre para hilar lana y tejer pintorescos choapinos que luego vendían a buen precio en la ciudad.
Felices en su despreocupación, lo único que por muchos años atormentó a doña Clara fue aquella afición desmedida de la muchacha por "chacotear con los guainas".
--A vos te va a pasar una mano bien pesá--solía advertir, al verla charlar coqueta con algún peón.
A ella que había sido "honrá", la sacaba aún de quicio el recuerdo del día en que Cata -el otoño anterior- le había dicho tranquilamente:
--¿Sabe iñora que voy a tener guagua?
Y a sus alaridos de indignación, con la misma tranquila indiferencia, había contestado narrando "su mal paso".
Fue su aventura rápida y vulgar. Un asedio que despertó todos sus instintos, noches de placer bajo el toldo cobijante de las quilas, y luego, al anuncio ruboroso del embarazo, el retroceso brutal y abierto del hombre que no quiere trabas ni responsabilidades.
--¿Estáis segura siquiera de qu'es mío?
La mujer no tembló bajo la injuria.
--Tú bien sabís...
--Yo no sé na...
--Tampoco te pío na yo. M'hijo es mío. Con su maire pa´ mantenerlo tendrá de un too-- tomaba camino de la rancha, vibrante de desprecio.
--Aguardá, mujer, no seáis tan arrebatá...
No quiso oír nada. Pasó la noche sorbiendo silenciosas lágrimas de fuego y haciendo esfuerzos sobrehumanos para no dejar estallar los sollozos. Con el clarear de día clareó también en su espíritu la conducta que debía seguir en lo futuro. Ante todo contarle "su fatalidá" a doña Clara.
La vieja la oía aniquilada.
--¿Y por qué no conseguís que se case con vos? -- preguntó.
--¡Bah! Era lo que me faltaba. Tener por marío a ese canalla.
--¡Vos sí que sois canalla! Sinvergüenza no más... Aguardáte, cochina, que habís venío a manchar mis canas-- se irguió amenazadoramente esgrimiendo la tranca.
La muchacha pudo esquivar el golpe, y con aquel su mirar relampagueante fijo en la madre:
--¿Es que quere matar a m'hijo? -- preguntó.
Abatióse la vieja murmurando amenazas y maldiciones.
Durante semanas de semanas no dirigió palabra ni mirada a Cata. Se pasaba los días acurrucada junto al brasero, rezando rosario tras rosario, probando apenas los alimentos, sorda a preguntas, llegando su estado de estupor a inquietar a Cata.
--Ya está, mamita, no sea ideosa, coma no más. ¿No ve que se está debilitando con tanta lesera?... Lo hecho ya no tiene güelta... Hay que tener conformiá. Ya está, coma, no sea lesa pué... Hay que conformarse con el destino...
No salió de su hurañez hasta que nació el niño. Indiferente al sufrimiento de Cata, los primeros vagidos del nieto la hicieron alzarse rápida, acudiendo junto a aquella carne de su carne que envuelta en pañales por las torpes manos de la "iñora curiosa" que en los contornos oficiaba de partera, parecía llamarla desde su cajoncito arreglado a modo de cuna. Reconciliada con Cata, volvió a sus antiguos hábitos de trabajadora, cuidando al niño con verdadera pasión.
Después de su aventura creyó doña Clara curada a Cata del mal de amores. Por mucho tiempo pareció que la maternidad había embotado en ella todo otro sentimiento. Mas, con la llegada de los fuerinos que acudían a los trabajos de las cosechas, la vieja sintió renacer sus recelos viendo cómo Cata aceptaba las atenciones de Juan Oses.
--¿Es que entoavía no estáis curá e leseras? --preguntaba agriamente.
--Este no es como l'otro, mamita.
--Toos son lo mesmo...
--No, mamita, éste no es como toos...
--Toítos son lo mesmo... te lo güelvo a'icir.
Y por eso aquella noche, a la llegada de los trabajadores, Cata sonrió largamente a Juan Oses al contestar a su habitual pregunta:
--¿Cómo le va, Catita?
--Muy bien, Juan, ¿y usted?
3
Con las polleras arrolladas en torno a las piernas, en cuclillas junto al canal, doña Clara lavaba afanosa. A fuerza de años y de disgustos tenía ciertas inocentes manías, como ser: hablar sola, ofrecer en sus angustias padres nuestros y rosarios a toda la Corte Celestial, no reír en viernes porque en caso contrario había de llorar en domingo, dejar los zapatos cruzados al acostarse para ahuyentar al Malo... Hablaba sola esa mañana, aprovechando los momentos de indignación para apalear con furia la ropa.
--Era lo que faltaba no más... Y si'hace la lesa conmí, pero agora no le valen tretas. El año pasao estaba muy ciega yo... Pero lo qu'es agora le va salir bien caro conmí... Aguárdate, no más, que te güelva a pillar dándole conversa a Juan Oses... Na sacái con icirme qu'éste no es como 1'otro... Toítos son lo mesmo, palabrería vana... Te muelo a palos si te güelvo a encontrar con él... Así... Benaiga m'hijita y lo coltra que mi'ha salío... Pero me la vis a pagar toas juntas por cochina... ¡Ah!
Se puso bruscamente en pie, equilibrándose sobre las grandes piedras lisas. Un momento, con el cuello tenso y la boca abierta para mejor oír, escuchó los rumores que el viento traía.
--Está llorando el mocoso. ¡Ya voy!... ¡Ya voy!... -- agregó alzando la voz, como si la criatura pudiese oír y comprenderla.
Hizo un atado con la ropa y a grandes pasos, que parecían desarticular las caderas enjutas, tomó el camino de la puebla.
Era ésta un edificio miserable, en que las tejuelas ralas por la vejez dejaban rendijas tapadas malamente con tablas sujetas por grandes piedras. La puerta, amarrada al quicio con alambres, había que levantarla en peso para hacerla girar. El interior lo formaba una sola habitación, sin más luz que la proveniente de la puerta abierta y la escasa que filtraba por las innumerables rendijas laterales. Sólo el costado norte estaba protegido de las lluvias por trocitos de listones, clavados pacientemente uno junto a otro a lo largo de las rendijas. No había cielo raso ni piso y amoblaban el tugurio: un catre, un camastro, una caja guarda-ropa, varios cajones, otros tantos pisos, una mesa enana, un brasero y una tabla-sujeta a la pared a modo de vasar.
Diez metros más allá alzábase la cocina: otro edificio análogo, pero aún más miserable. Detrás, protegido por tablas y ramas, quedaba el horno. Enfrente, una ramada servía de comedor a los peones cuando el tiempo lo permitía: lloviendo se comía en la cocina, sentados en la tierra endurecida y negruzca, rodeando el montón de leña que ardía en el centro. Olletas, tarros de parafina vacíos, una batea de amasar y, sobre una zaranda, tarritos de conserva arreglados mañosamente con un alambre a modo de asa para servir de vasos. Platos, fuentes, y cucharas de latón: todo ello misérrimo, pero limpio.
Más allá aún estaba ese horror que en los campos sureños se llama la rancha: tablas apoyadas en un extremo unas contra otras, formando con el suelo un triángulo y todas ellas una especie de tienda de campaña donde duermen hacinados los peones fuerinos, es decir: aquellos que están de paso en la hacienda trabajando a jornal o a tarea durante los meses de excesivo trabajo. Treinta o más hombres duermen en esas condiciones bajo la rancha que se agranda a voluntad con sólo agregarle más tablas. Duermen vestidos sobre un poco de pasto seco, y en esa región montañosa, en que aún se usa la ojota, ni siquiera la molestia de descalzarse tienen... Hay peones que optan por dormir bajo los árboles, mas, en lloviendo, tienen que guarecerse forzosamente en la rancha nauseabunda poblada de parásitos: germen de roñas físicas y morales.
--A la rurrupata..., que viene la gata... --Lloraba el niño y la voz de doña Clara desafinaba en vano por calmarlo--: Cállese, mi lindo; cállese, mi guachito di'oro... Mire que ya viene su maire a darle la papa. A la rurrupata... Tutito, mi lindo..., y una garrapata... ¡Chus!..., ¡ah, pollo! Tutito, tutito... No sé por qué se me le imagina qu'este angelito está afiebrao... Ayer estuvo lloronazo tamién... Que viene la zorra... Tutito, mi, lindo... Ehi está la Cata... Tutito, mi precioso... ¡Hasta el cabo llegaste!
--He tenío que dar la güelta del choco. El llavero estaba en el molino y allá tuve qu'ir a buscarlo y golver después pa' la boega. Vengo como macho e cansá.
Llegaba Cata acompañada del chiquillo que durante las cosechas la ayudaba en sus quehaceres. Arreaban una mula cargada con las raciones.
--Mete too en la cocina --agregó, dirigiéndose al chiquillo-- y te ponis al tiro a cerner l'harina p'amasar lueguito.
Vestía un traje de percala clara cortado sin arte ni gracia alguna, pero que no lograba quitar su armoniosa proporción al cuerpo. Toda la belleza del rostro estaba en los ojos emboscados entre tupidas pestañas negras: eran verdes y un polvo de oro danzaba en ellos. El resto de la cara era vulgar. Frente estrecha, cejas pobladas que se enarcaban sobre la cuenca del ojo, nariz respingona, boca grande que al reir ahondaba un hoyuelo en cada mejilla, dejando ver los dientes de nívea blancura. Una cabellera crespa, negra y lustrosa, se arrollaba en un moño sobre la nuca ambarina. Muy moreno el cutis, dos placas rojo obscuro arrebolaban las mejillas.
--Parece qu'el niño estuviera enfermo --observó la vieja, preocupada.
--¿Por qué?
--No ha querío dormir. Desde que te juiste casi no ha parao e llorar. --Tráigalo p'acá, es hambre no más la que tiene.
Prendió la boquita al seno, mas luego lo soltó, prosiguiendo en,su- monótono lloro.
--¿Sabe que no está descaminá, mamita? ¿Qué será lo que tiene?
--Falta qui l'haya hecho mal el piacito e sandilla que le di antiayer --dijo la abuela, vacilando a cada palabra.
--¿Hasta cuándo le voy a'icir que no me le dé na al niño? --Bailaba el polvo de oro sobre las esmeraldas que se obscurecían.
--Si jue pa' que no se le juera a romper la hiel. Apenitas si le- unté la boquita...
--No me venga con esculpas; usté hasta que no me mate al niño no va'parar.
--Eso sí que no... ¡M'hijito lindo! Yo lo hice con güen fin y si no me creís, ehi está la mamita Virgen por testigo... ¡Ay, Señor!-... ¡Ayayay!...
Sabía doña Clara deshacer los enojos de Cata; empezó. a lloriquear secando con fuerza unas lágrimas imaginarias.
--Ya está,. pue, no llore. No llore, 1'igo, y vaya'sentar la tetera pa' darle'Aladino una poquit'agua e manzanilla.
--¡Ay, mamita Virgen! Era lo que me faltaba agora... Mamita quería, te ofrezco un rosario si mejorái al niño.
Era la de doña Clara una religión -muy singular. De Dios tenía una idea muy vaga y si guardaba los mandamientos divinos no era por amor a Dios; sino por miedo al infierno. Pero tenía una verdadera pasión por la mamita Virgen, con la cual siempre andaba en tratos, ofreciéndole rosarios y rosarios en cambio de tal o cual cosa.
--Este rosario pa' que mi librís del infierno --murmuraba--, estotro pa' que a las, gallinas no les dé el achaque y éste pa' que m'encuentre un nial e perdiz.
Sucedía a veces que la mamita Virgen no se prestaba a estas negociaciones; entonces doña Clara iba al despacho de Rari-Ruca en busca de uua vela que devotamente encendía en el alto del Quillen, en el promontorio que marcaba el sitio donde años antes fuera asesinado el compadre Juan Anabalón. Pero.el compadre también solía hacerse el sordo...
Siendo joven doña Clara hubo en la hacienda unas misiones, pero aquellas enseñanzas poco recordaba. Años después llegó para una cosecha un fuerino que era "canuto" y el cual, en las noches, predicaba sus doctrinas a los peones, que ningún caso le hacían. Sólo doña Clara le oía encantada narrar las parábolas, que eran para ella cuentos maravillosos. Fuera de estas historias y de aquello de no confesarse, la demás doctrina del "canuto" le era odiosa. ¡Bah! ¡ Cómo que no! ¡ La mamita Virgen era la mamita Virgen!... Tomando un poco de aquí- y otro de allá, hizo una religión para su uso particular.
--Mi Diosito --solía decir por las noches al acostarse--. Tú que too lo vis y sabís, sabrás cuáles son mis pecaos y me los habrís ya perdonao. Amén.
La religión de Cata era más difusa aún. Muy pequeña en la época de las misiones, fue entonces bautizada; su instrucción religiosa le venía de doña Clara. La muchacha reía oyéndola: ella no creía en "esas leseras". A su hijo no lo había siquiera bautizado. Le llamaba Aladino en recuerdo de la historia que un segador contara una noche, en cosechas anteriores.
4
Tres días habían pasado y Aladino no llevaba trazas de mejorar; antes por el contrario, parecía quemado por la fiebre, y esa noche, ya muy tarde, velaban madre y abuela junto al cajoncito que servía de cuna. Doña Clara rezaba. Caían a veces sus párpados y así cerrados parecían los ojos pesar en la cabeza que lentamente se iba inclinando hacia adelante. Luego despertaba sobresaltada, prosiguiendo en su atropellado musitar oraciones.
Un golpe discreto en la puerta. Cata fue a abrir extrañada.
--¿Quién es? --preguntó antes de quitar la tranca.
--Yo, Juan Oses.
--¿Qué quería?
--¿Cómo sigue el niño?
--Lo mesmo no más...
--Le traigo un remedio... Abra.
Forcejeó Cata y ya abierta la puerta, la alta figura del hombre se perfiló a la incierta luz del chonchón.
--Güenas noches, Juan Oses.
--Güenas noches. ¿Cómo le va, doña Clara?
--¿Cómo quere que me vaiga? ... --contestó la vieja con mal modo--. Mal, pue...
--¿Qu'es lo que trae pa'l niño? --preguntó Cata ansiosamente.
--Yo quería icirle que cuando estuve empleao onde don Casimiro Catalán, en Temuco, s'enfermó la guagua mesmamente como Aladino. Yo vide muy bien los remedios que l'hicieron, ¿no ve qu'era mozo e la casa? Si ustedes son gustaoras, los mesmos podían hacerle'Aladino.
--¿Estaría con fiebre la guagua esa?
--Sí, le vino porque l'ama le dio a probar harina.
--¿Y qué remedios l'hicieron?
--Aceite lo primero y na más que agüitas e anís pa' darle a pasto. Y pa' bajarle la fiebre lo bañaban- en agua bien calientita y l'arropaban después bien arropao pa' que suara harto. Y lueguito se refrescaba.
--¿Y mejoró? --indagó recelosa la abuela.
--Clarito, pue.
--¿Y lo bañaban?
--Sí, iñora, en agua bien tibiona.
--¿Qué te parece, a vos, Cata?
--Qui'algo hay qui'hacer. Pior es estarse con las manos cruzás. Podimos aprobar...
--Eso es --dijo Juan, contento al ver su éxito--; al tiro podimos bañarlo. Yo voy a sentar l'olleta grande con l'agua; en un rato más estará lista. Acomoden el tiesto pa' bañarlo y la ropa p'arroparlo qu'esté bien sequita.
Salió Juan Oses. Tenía el mozo un no sé qué de simpático y fino en las maneras y el mirar de sus ojazos negros atraía por la lealtad que emanaban. Grande y musculoso, había en él signos de otra clase afinada por la cultura; las manos y los pies proporcionados y aún no deformes por 1a rudeza del trabajo, la amplitud de la frente, la suavidad del pelo que se quebraba en ondas. Entre los peones corría el decir de queera "hijo de rico".
--¿No creís vos, Cata, que bañarlo será pior?
--Cuando Juan Oses asegura que l'otra guagua mejoró...
--¿Así es que si Juan Oses lo ice va'ser cierto?... --la vieja empezaba a sulfurarse.
--Pero, mamita...
--A vos te tiene hechizá este hombre y entoavía querís negar...
--Yo no niego na... L'único que le güelvo a icir es qu'éste no es como l'otro.
--Toos parecen muy güenos hasta que logran sus fines. La mujer que les da oíos está perdía... Ya vis vos las penas qu'estamos pasando por haberte creío del otro...
--Este no, mamita, éste no es como l'otro.
--Te igo yo que toítos son iguales. Palabrería vana... Promesas... Too son palabras que se lleva el viento...
--Este no... Este no... Este es distinto...
--Toos son güenos hasta qui'hacen una grande...
--No, mamita, no. Yo tengo mis motivos pa' creer qu'éste me quere con güen fin.
--Icemelos --y como la muchacha callara, la vieja agregó enfureciéndose gradualmente--: Güeno, ¿no? Lo que vos querís es engatusarme pa' que yo te dé larga... No me creái tan lerda... Pa' una vez estuvo güena mi ceguera.
--Benaiga, mamita... ¡Hasta cuándo va fregar!... Mejor será que se ponga a secar las mantillas.
Ahuyentando sus recelos, la idea del nieto enfermo obsesionó a doña Clara.
--Tres rosarios pa' que l'haga bien. el baño --empezó a murmurar, no llevando ya cuenta de lo que ofrecía y levantando la voz en medio de sus angustias--, un rosario pa' que se quee dormío. Otro rosario pa' que no se lamiente tanto.
--Ejese de tanto ofrecimento y de tanta lesera y veng'ayudarme.
Sobre un cajón colocaron el lavatorio y todo ello junto al catre. Luego arrollaron las ropas calientes, tapándolas con el plumón.
--Ya está too listo, voime agora a ver l'agua.
--Abrígate, niña, no te vayái. a cotipar.
Cata se arrebozó en el chalón. Salió. Había afuera negrura de noche opacada por enormes nubarrones. En las rendijas de la cocina, randas de luz. De la rancha llegaban los ronquidos en todos diapasones de los- trabajadores dormidos.
--¿Está ya l'agua? --preguntó desde la puerta.
--Creo que ya está güena --contestó Juan Oses, que en cuclillas junto a la lumbre la avivaba con un soplador.
--Allá está too listo.
--Llevémola, entonces. No, deje. ¿Cree que no me la pueo?
--No vaiga a trompezar.
--Si veo le más bien.
Ya en la habitación, volcaron el agua en la palangana. Estaba muy caliente y Juan Oses tuvo que salir por agua fría al estero. Desvistieron a la criatura, que no pareció sentir ninguna impresión al meterla en el agua.
--No, así no. Hay que ponerle la mano aquí, entre los hombros, pa' sujetarle la cabecita; a ver, yo lo sujetaré... -Juan; Oses se arremangó rápidamente las mangas de la camisa y con suavidad insospechable en sus manos de peón, mantuvo al niño a flote.
La madre lo dejaba hacer atenta a los movimientos del enfermito. Doña Clara mullía el colchón de la cuna, deshumedeciendo después el cuero de cordero que hacía más caliente el nido.

De pronto Aladino movió de uno a otro lado la cabeza, los brazos se agitaron y por fin los ojillos se abrieron en una luz de beattud.

--Parece qu'está a gusto --observó Juan.

--¡M'hijito querío!...

Otro rato en que ambos siguieron anhelantes el bracear del niño.

--¿Ya estará güeno que lo saquemos? --preguntó Cata.

--Ya estará. L'agua s'está enfriando.

--Pase las mantillas, mamita. No se quee dormía.

--No m'estís levantando testimonios --abría los ojos fatigados, alzándose trabajosamente.

--Traiga .p'acá, iñora.

Bien arropada la guagua, la taparon una vez acostada con frazadas y chales. Un :largo rato se quedaron los tres en silencio. Doña Clara, hecha un ovillo junto al brasero, empezó a dormitar. Juan y Cata cambiaban largas miradas en que apuntaba una esperanza.

Cuando media hora después alzaron los cobertores buscando la carita del niño, vieron que dormía apaciblemente. Gotitas de transpiración perlaban la naricita afinada por los días de enfermedad.

--Se queó dormío-dijo apenas la madre.

--¿No ve como mi remedio era güeno?

--¿Cómo le voy a pagar estos servicios?

--El cariño se paga con cariño, Catita...

--Juan.

--¡M'hijita quería!...

Un silencio.

--Usté no sabe, Juan. Yo tengo qu'icirle... El niño...

--Na tiene qu'icirme --atajó el mozo--. Su hijo es m'hijo. Mi mama tamién tuvo su fatalidá, pero halló un hombre que la quiso de veras y se casó con ella. Y jue hasta que murió una mujer güena y-respetá y su marío me quiso mucho y supo,hacer de mí un hombre güeno y trabajaor.

--¡Ah! --doña Clara se despabilaba asustada--. ¡Ah! ¿Qué jue?

--Aladino se queó dormío --anunció Cata jubilosa, disimulando.

--Mañana le vamos a dar aceite --dijo Juan.

--Pero no tenimos na. Habría qu'ir a Selva a mercar.

--Eso es lo de menos. Mañana di'alba voy yo.

--Dios se lo pague --contestó Cata--. Pero --agregó con inquietud-- va a perder su mediodía. Enantes m'ijo el mayordomo que mañana domingo iban a trabajar. toíto el día.

--No importa, e toas maneras mañana di'alba voy.

--¡Benaiga tu vía, ñato! --exclamó doña Clara entusiasmada.

--Güenas noches, acuéstense al tiro, qu'están muy trasnochás.

--Aguárdate, niño, voy. a darte los cobres.

--Deje, doña Clara, despué arreglaremos. Güenas noches.

--Dios se lo pague, Juan.

--Güenas noches.

--Hasta mañana, Catita --y salió.
Parte1 ahora la dos otro post

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