Cuentos cortos latinoamericanos

He aquí una antología de los mejores cuentos enviados al «Concurso de Cuento Corto Latinoamericano» convocado cada año por la Agenda Latinoamericana. Son cuentos que tratan de iluminar la actual coyuntura espiritual de América Latina: sus utopías, dificultades, motivos para la esperanza, alternativas, la interpretación de esta hora histórica...

Los titanes del tiempo

Aroldo Moisés PESCADO TOMÁS

Se acercaba el tiempo de las luciérnagas en el aire, esas pequeñas luces que con las primeras lluvias dan la idea de ser chispas de fuego al extinguirse el incendio que quemaba la tierra en el verano.

La noche que no era noche delineaba figuras chinescas por el camino de tierra, de piedra, de polvo, de lodo. En el lento vaivén del alarido de un viento quejumbroso flotaba la frescura de un cielo estrellado, sin nubes, sin sombras. Cuando pasaba por el camino de pedregales el sonido se hizo grande, que cubría todo, que lo envolvía todo y el firmamento se movía como si viajara en barco. De pronto se sintió caer en un profundo abismo, sintió volar hacia atrás, de espaldas por un segundo sin fin.

El ladrido de un perro negro que dormía en el camino lo vino a despertar, era como alma de diablo que mostraba sus dientes blancos mientras pasaban Lila, una vieja mula acanelada, y él montado sobre ella casi dormido en el sueño del amanecer eterno.

¡Guau!, ¡guau!, ¡guau!, ¡guau!, guauuuu… ladraba el perro en tanto corría y regresaba como queriendo jugar a espaldas de la bestia, Lila seguía con su andar tranquilo como si también durmiera de tanto caminar. Don Encarnación se tocó la cintura para revisar si seguía ahí el machete que colocó con mucho cuidado al salir de su casa. Y tubo que sostenerse también el sombrero ancho para no caerse porque la mula despertó asustada, ya que se sintió caer de espaldas frente a la fuerza del ladrido de un lebrel pinto que se oponía a su camino.

-¡ShÍÍtT!, ¡chucho! –dijo, para apartar al animal del pasaje-. Silencio. Atrás quedó la granja de los frailes y sus fieros guardianes caninos.

-¡Mercado central!, ¡mercado central!, ¡vamos madre!, ¡llega, llega! Con las primeras luces sonaban las bocinas como reses para el matadero, docenas de canastos y sacos con plumas, frutos, verduras y hortalizas eran cargados al camión donde viajaría Ña Candelaria. Bajo la luz de las estrellas y luceros pálidos florecía un verdadero mercado terrestre, casi acuoso por el vapor de las tazas de café que servían unas mujeres prietas a los camioneros rechonchos y malhumorados. Cestos con gallinas, patos, pavos; limón, toronja, chile, tomate, cebolla; calabazas, porotos y maíz.

En la alforja fósforos, ocote, pixtones, sal, chile, agua. La oscuridad palidecía como hombre que se asusta y que dormido enflaquece y despierto muere. La aurora aparecía tímida y ligera detrás de cerros con dioses seculares. El canto del cenzontle lloraba agua, y el hombre con su mula llegaba al monte, para trabajar la tierra sagrada y benévola, que generosa da a su tiempo la espiga que es la madre del pan, y el maíz, padre del hombre americano. El sol pintaba el horizonte con sus rayos de luz, mula y hombre eran como sombras en ese paisaje de oro. Los brazos y piernas reumáticos de tanto labrar la tierra comenzaron su larga faena. Olía a tierra seca.

Doña Candelaria, mujer vieja y paciente como su esposo, llevó a vender miltomates verdes, gallinas amarillas y conejos blancos a la plaza de la ciudad.

-¡Hoy no hay venta!, ¡aquí nadie vende más! –gritaron unos gendarmes. Y hubo que correr para salvar la vida, y dejar la venta para no ir al calabozo, y llorar para destruir el badajo de plomo en la garganta. Los miserables no tienen derecho a ganarse la vida honradamente porque causan desorden y afean las horribles ciudades. Y causan enojos a los grandes estadistas idiotas, burgueses que creen ver todo y no ven nada.

Los primeros aguaceros agujerearon las viejas láminas de cinc. Don Encarnación regresó a casa y se quitó las botas de hule, ahora llenas de agua limpia y llovida. Entró a la cocina y vio a su esposa con las pupilas llenas de granizos calientes, tan calientes como lágrimas. Doña Candelaria narró con la voz quebrada cómo perdió todo y quedó ella sola, sin dinero, sin gallinas, ni conejos, ni nada. Los toscos brazos envolvieron a su esposa, los dos viejos lloraban. Menos mal que a ella no le había pasado nada. El agua sonaba como piedras en la lámina roja de tan oxidada, pero eran piedras tan duras como diamantes, gotas de esperanza. Un colibrí hecho con cabellos de luna volaba entre las gotas de lluvia y de sus alas se desprendían fracciones de tiempo color del arco iris en el crisol de la tierra seca y sedienta. Los trabajadores con su trabajo honrado y noble son los verdaderos héroes de la historia, de la patria, de esta tierra milagrosa y legendaria.

El futuro de este pasado...

Manuel Eugenio GÁNDARA CARBALLIDO


Primer premio del «Concurso de Cuento Corto Latinoamericano» convocado por la Agenda Latinoamericana'2005, otorgado y publicado en la Agenda Latinoamericana'2006



Aquel lunes, una calma chicha se respiraba en el aire; cierta sensación de vacío pesaba sobre toda la parroquia. Ya desde temprano la soledad en las calles había hecho notar la diferencia. Curiosamente, ninguna de las mujeres había asistido a la misa tempranera. Al Padre Tomás, cura párroco desde hacía 12 años, le tocó recordar aquellas eucaristías que se celebraban antes del Concilio, misas sin pueblo.

Cuando, llegada la tarde, ninguna de las fieles asiduas se hizo presente, la cosa se empezó a tornar preocupante: «todas no pueden estar enfermas», se decía el cura con más enojo que curiosidad, mascullando ya el llamado de atención que les haría por su «falta de compromiso». Pero la situación se repitió al día siguiente, y al siguiente… En realidad lo que más le incomodó al principio fue que no hubiese quien limpiara la capilla, y no contar con la ayuda de Carmen para saber qué difuntos nombrar. Ni siquiera Marta había ido a cantar, por lo que tuvo que improvisar algunos cantos para animarse un poco y no sentirse tan solo.

Un movimiento raro se había venido sintiendo en los últimos tiempos durante las reuniones; pero ese secreteo fue tomado como chismorreo, como cosas de mujeres, un asunto sin importancia.

El sábado, la catequesis tuvo que ser suspendida. Ninguna de las catequistas había asistido. La cosa parecía llegar al colmo. Pero la situación se volvió insoportable el domingo: sólo el señor Pablo y el señor José, los dos miembros de la Cofradía del Santísimo desde su fundación hace 26 años, asistieron a la misa de 7. En la de 10, los tres hombres que respondían como pueblo, luego de cruzarse algunas miradas nerviosas, como buscando respuesta, decidieron sentarse juntos. En la tarde, simplemente no hubo nadie.

Fue entonces cuando el Padre Tomás decidió ir y hablar con Ana, encargada de las catequistas mucho antes de que él llegara a la parroquia, a ver qué estaba pasando. La encontró reunida con otras mujeres en el frente de su casa; se notaban nerviosas, pero había algo en sus miradas que daba cuenta de cierta satisfacción. Su respuesta ante el reclamo del cura no pudo dejarlo más confundido: «estamos de huelga, Padre, las mujeres de la parroquia hemos decidido hacer valer nuestros derechos».

¿Cómo podía ser aquello? ¿Huelga? Pero… ¿huelga de qué?, ¿por qué? El padre no alcanzaba a entender nada. «Simplemente, no vamos a asistir más hasta que se nos permita participar de verdad». Ciertamente, no era la primera vez que las mujeres expresaban su inconformidad con algunas cosas que pasaban en la Iglesia, pero una huelga, eso sí que era nuevo. Al cura le pareció una tontería típica de quien no entiende las cosas, y sin dejarlas siquiera terminar de hablar, trató en vano de convencerlas. Las respuestas que obtuvo no le parecieron ya tan tontas: «Claro que queremos a la Iglesia, pero la Iglesia no parece querernos ni respetarnos a nosotras, y si no, ¿por qué nos excluye?»… «Usted no hace más que repetir. Eso es lo mismo que dicen los obispos –que, de paso, son todos hombres- para justificarse»… «No Padre, con todo respeto, en eso San Pablo actuaba como todos los machistas de su tiempo… Jesús enseñaba otras cosas»… «Y, ¿por qué si decimos que somos una comunidad, no nos tratamos como iguales?». Después de un tiempo, viendo la imposibilidad de lograr su intención, decidió dejarlas a ver cuánto les duraba el cuento.

Pasó una semana, sin catequesis, con «misas sin pueblo», antes de que el párroco se decidiera a enfrentar la situación para que las mujeres «se dejaran ya de tonterías». Una y otra vez se repetía lo mismo: «en la Iglesia no hay huelgas»… «Eso es cosa de política, no de religión»… «¿Quién les habrá estado llenando la cabeza con semejantes ideas?». Pero cada vez que él o alguno de los hombres que intentaron ayudarlo a «hacerlas entrar en razón» les decían algo para convencerlas, las mujeres se mostraban firmes como piedras de construcción. Habían pasado horas discutiendo el asunto entre ellas, afinando sus argumentos y convirtiendo la inconformidad en propuesta. La alegría de quien recupera algo perdido había tomado cuerpo a lo largo de aquellos diálogos. Ciertamente, no se iban a dejar vencer sin que se les convenciera: «Nos cansamos… nos cansamos de ser parte de la Iglesia sólo a la hora de limpiar, pero no en el momento de tomar decisiones. De recoger la limosna sin poder decidir en qué se va a gastar. De hacer bulto, de ser siempre sólo ovejas…».

El asunto se había convertido en el tema de discusión preferido de todo el barrio. Había quienes aseguraban que aquello era una falta de respeto, que hasta pecado sería; pero tampoco faltaron quienes apoyaran la protesta. Las mujeres consideraron como buen signo el que algunos hombres decidieran sumárseles, y que se permitieran también decir aquello con lo que no estaban de acuerdo: «¿Por qué siempre los curas tienen la última palabra?»… «Si vieran las cosas desde nuestra perspectiva, otro gallo cantaría»… «Sí, siempre terminamos pareciendo un cura sin sotana»… Pensaban que si ellos entendían esta lucha y la hacían suya, entonces también los que dirigen la Iglesia podrían hacerlo. Pensaban. Las propuestas y argumentos de unas y otros fueron enriqueciéndose mutuamente y convirtiéndose en una sola palabra, un mismo sueño que les permitió experimentar un entusiasmo desconocido.

Después de 2 semanas, en la soledad vacía de la casa parroquial, tras el tiempo ocioso invertido en tratar de entender el origen de todo, el cura empezó a angustiarse. Lo cierto es que desde el día en que arrancó la huelga la vida de la parroquia no era la misma. No lograba comprender cuál era el problema en dejar las cosas como estaban, como antes, como siempre habían sido y debían seguir siendo, como Dios manda. Preocupado por quedarse sin oficio, le había comunicado la situación al Obispo, pero éste no hizo más que reclamarle su falta de autoridad pastoral, pidiéndole que le mantuviera informado de la situación a través de su secretaria. Pero al párroco la cosa no le parecía tan simple; empezaba a entender que de seguir así, hasta las hostias se le iban a podrir en el sagrario por falta de uso… y decidió llamar a una reunión.

El cura lo tenía todo planificado, había preparado sus respuestas, buscado las citas, incluso estaba dispuesto a hacer algunas pequeñas reformas. Pero la comunidad salió al paso a sus argumentos sobre la «incorrecta formación teológica» y el problema de las ideas «demasiado abiertas». Después de haber escuchado lo que el párroco tenía para decir (una interminable lista de artículos del derecho canónico y algunas citas bíblicas), según lo acordado, ellas tomaron la palabra. Una por una le fueron presentando sus quejas y propuestas. El planteamiento lo expusieron las catequistas más veteranas y las jóvenes mejor formadas, lo que no dejó de sorprender al cura; las señoras mayores subrayaban con ejemplos lo que las otras describían en detalle.

Aunque algunos de los señores presentes para apoyar al cura no estaban de acuerdo con darles a las mujeres la oportunidad de expresarse, el Padre Carlos sintió que tenía que dejarlas hablar. Era claro que había que escucharlas si no quería que la cosa se alborotara todavía más: «Durante un tiempo creímos que esto iba a cambiar, pero desde hace unos años parece que vamos para atrás; ya ni al altar nos podemos acercar». «A mí lo que más me duele es que se use el nombre de Dios para justificar algo que no está para nada en los Evangelios». «Yo, la verdad, no me siento bien tratada. Es igual que en mi casa…». «Aunque se habla mucho de democracia, nadie puede ni chistar… No hay diálogo sino un monólogo entre varios con un guión escrito desde arriba». El tono sereno y fuerte de quien defiende su dignidad entre la rabia y el dolor acompañó cada palabra, cada gesto.

Pero el párroco, sin ser un hombre inteligente, no era tonto. A lo largo de la reunión se repetía para sus adentros los mismos pensamientos que le venían inquietando desde el principio del conflicto: «Aunque en algo pudieran tener razón, yo no tengo mayor cosa que ofrecer a sus exigencias». «¿Qué puedo hacer yo que soy sólo un cura?» No podía dejar de sentir que a él la vida se le había ido en mantenerse y mantener aquello que ahora estaba siendo puesto en duda. Todo esto era algo para lo que simplemente no tenía respuestas…

La reunión terminó sin llegar a nada. Ni ésa, ni la siguiente, ni la siguiente. Las mujeres y los hombres de la huelga esperaron, y esperaron, y esperaron. Poco a poco el tiempo y el silencio se encargaron de hacerles entender que nada pasaría.

La falta de alegría y compromiso delataba a quienes después de un tiempo decidieron regresar a la parroquia.

Algunos se sintieron reconfortados con la vuelta a la normalidad: «La Iglesia sabe lo que hace, por eso se ha mantenido en la historia». Pero la historia se encargó de decir otra cosa. La sensación de pesadez, el olor a guardado, los tonos grises se fueron apoderando del ambiente. Empezando por los más jóvenes, uno a uno se fueron retirando.

Pocos años después se decidió el cierre de la capilla. El informe de la diócesis que decretaba su clausura señalaba en letras rojas: «Por la crisis de fe que aqueja a nuestro pueblo, producto del avance de las sectas y de la falta de vocaciones sacerdotales y religiosas». Hoy sus muros sirven de sede a la casa de la comunidad. Curiosamente, a ella han vuelto mujeres y hombres. Algunos de los rostros ya conocidos y otros nuevos regalan sus risas y preocupaciones en los encuentros en que se comparte la vida, se sueña y hace posible el futuro del barrio, se construyen sentidos y se animan en la fe y en la esperanza. Curiosamente…

Almas con olor a cebolla

Cecilia COURTOISIE NIN

Esta mujer tiene algo especial en las manos. Sus dedos gruesos hablan. Sus uñas negras, los nudillos apenas deformados. La resequedad de la piel.

Aprieta el cuchillo entre los dedos y corta la zanahoria casi sin esfuerzo. Pedazos chiquitos para la sopa. Calabaza, puerro, cebolla. Bandejitas de verdura en juliana.

Buen día ¿me da una banana? ¿una sola? Sí. Dos pesos. ¿Dos pesos? Por unidad es más caro. Bueno. ¿Algo más va a llevar? No, nada más, gracias.

Detrás de la expresión seria, un dolor atrasado. El estómago oprimido se oculta bajo la redondez del cuerpo. Cuerpo cansado. Lento.

Lejos quedaron los días de críos en la espalda. De palabras crueles de gente igual, pero con otra vida. Lejos, pero más presente que nunca.

Los anhelos se arrancan de los azotes recibidos, los sueños deformados por lágrimas imperceptibles. Inaceptables. El pecho que se incendia con la naturalidad del aire y trasmite en esa fuerza, generación tras generación, el sabio sigilo de la lucha imperecedera.

La victoria descalza deja huellas en la planta del pie.

La angustia en silencio. El silencio que asume la rabia del otro, la absurda intolerancia.

Los huesos sufren, pero se callan.

¡Deja las ciruelas quietas! Gabriel, vigila a tu hermano. ¿Qué le doy, señor? ¿un kilo? Los zapallitos dos kilos cinco pesos. Un kilo, tres. ¡Gabriel, vigila a tu hermano te he dicho! El brócoli se lo dejo dos con cincuenta porque no vino bueno. ¡Quita tu mano de allí te he dicho! ¡Gabriel! El tomate de oferta se ha acabado, tiene esos a cuatro pesos. ¡Gabriel!

Muchos siglos esperando la esperanza. Con la esperanza a cuestas se sueña distinto, se lucha distinto, la dignidad es posible.

El día empieza mucho antes si se hacen trámites.

Filas eternas de personas que acampan, en busca de un sueño deseado por obligación. Dejar de pertenecer para ser de otra parte. Colas inacabables por una identidad legal. Prueba indeleble del exilio.

Madrugadas enteras desperdiciadas en un papel. Punto de partida de una aparente vida nueva. Sudamérica, hermanos latinoamericanos. Buenos Aires, la utopía disfrazada de anhelos tangibles. Sábanas limpias, un trabajo digno. ¿Digno de quién? ¡Sudamérica! ¿hermanos latinoamericanos?

La Patria Grande.

Falta la partida de nacimiento. Pero yo he traído todo. Todo no, le falta la partida legalizada en su país de origen. Pero yo he traído todo lo que me han dicho ustedes. ¿No entiende lo que le digo, señora? Falta la partida legalizada. A ver, ¿de dónde es usted? ¿y tiene familia allá? Bueno, mándeles la partida para que le hagan el trámite y vuelva otro día. Ya vine cinco veces. ¡Le falta la partida, señora! Vuelva otro día, hoy no puedo hacer nada.

Otra vez el silencio.

Las manos de esta mujer tienen algo. Hablan. Cuentan su historia.

Llega a casa cuando la noche está avanzada, con sus hijos de las manos. El más pequeño quizás en brazos. Abierta al reencuentro que la espera puertas adentro, donde todo está en calma.

La familia unida, por el exilio, por la historia compartida, por el porvenir que están creando. La familia toda, completa, los que ya están, los que van llegando.

La esperanza contenida en los sabores que pasan de mano en mano, hombres y mujeres, núcleo inseparable, inquebrantable. El aroma de los otros que allá están, que son pero no son. Desconocidos de la misma raza, humanos, seres que explotan de vida, de angustia, de anécdotas que son distintas y tan iguales. Rituales que son de todos y que ellos se llevaron a otra parte. Rituales compartidos a la distancia con aquellos que aún luchan en la tierra que los trajo. Pacha al rojo vivo que guarda en frasquitos los vientos huracanados.

Puertas adentro el alma se reconstruye, se comprende. Puertas adentro de casa, y del país que una vez fue nuevo.


De cara al sol

José ARREOLA

“El amor, madre, a la Patria
No es el amor ridículo a la tierra,
Ni a la yerba que pisan nuestras plantas,
Es el odio invencible a quien la oprime
Es el rencor eterno a quien la ataca.”

José Martí.


Cabalgarás a contra orden en primera línea. Te llamará el peligro, la osadía, los deseos, la luz eterna. Caerás del caballo, por un golpe extraño, desconocido hasta ahora. Quedarás boca arriba, de cara al sol. Te sentirás convertido en otros pero siendo siempre tú. Cuando repares en el sol, cuando sientas sus rayos en el rostro, intentarás regalarle una sonrisa. Sentirás un breve dolor, un agudo dolor, un sonoro dolor, penetrando como ráfaga en tu carne. Sabrás que eres tú ese mismo que asalta el cuartel Moncada; que eres tú ese que reprime el grito cuando le arrancan los ojos. Te verás viajando a otro país, en casas de seguridad, buscando armas, haciendo preparativos para la libertad. Sentirás el necesario temor cuando desembarcando en tu patria los reciban las balas del tirano deshaciendo casi por completo la expedición, será, apenas, tu sentido de la orientación el que te salve. El calor y la humead de la sierra no te dejarán en paz, las botas estarán pesadas, el fango te llegará hasta el pecho. La sed, la maldita sed, te secará la boca pero no te impedirá saborear la victoria con los tuyos cuando declares que se han ganado el derecho de empezar. Te llenarás de heroísmo los pulmones en Girón. Aunque la disnea te impida respirar y sientas esas contracciones en el torso, tus sueños te llevarán hasta Bolivia. Sentirás lo quemante de una bala en tu pierna, escupirás a un oficial que querrá humillarte, quedarás, después, inmóvil, como en un sueño, sin sentir pero sintiendo, con tu rostro angelical. Llorarás cuando la muerte te bese las barbas y el asma. Te ahogara el calor, ni siquiera las palmas frescas te aliviarán. Todo es un segundo, todo te parecerá una eternidad. Acostado, mirando el cielo, descubrirás verdades en él y en las hojas de los árboles. Escucharás, a la distancia, la entrada de los tanques en Moneda, los disparos, las injurias, el último mensaje de un buen hombre; te llenarán de escupitajos, serás muerto nuevamente en el estadio, junto a otros miles. El sudor recorrerá tu frente, querrás gritar y levantarte, andar en el caballo, cabalgar al infinito, ahogar las penas y la angustia, terminar con la tortura, querrás matar para poder vivir. Serás desaparecido, te buscarán las abuelas, las Madres de Plaza de Mayo, reirás de tan feliz cuando te encuentren. Llorarás inexorablemente. La vista se te irá nublando, poco a poco, sin oportunidad de nada más. Se extinguirá el aire por más que intentes aspirarlo. Todos los dolores de tu tierra se posarán en tu pecho, en tu pierna, en tus brazos, en tus ojos, en tu angustia, en tu ausencia. Sentirás como las fauces de la bestia en que viviste casi se tragan a ese pedazo del mundo, a esa isla hermosa. Sentirás que vuelves a nacer, a vivir, a pelear, a ganar, aunque ya casi no respires, aunque la vista se te nuble.

El calor, la sed, el cansancio, se extinguirán, no tendrás más dolor, ni nada. Tus músculos quedarán relajados debajo del uniforme guerrillero que con tanto ahínco y sacrificio te ganaste; quedarán la levita y las antiparras en tu mochila inseparable junto a tu confidente diario de campaña. La sangre brotará de ese orificio hecho por la bala, regará la tierra, le dará vida. Todo se oscurecerá. Caerá el fusil acompañándote, dormirá a tu costado izquierdo. Sabrás que el mundo se te acaba. Que la oscuridad te irá bebiendo. Que la tierra te reclama para ser semilla. Mirarás al infinito, en él observarás lo que soñaste, lo que peleaste. Verás a los tuyos rompiendo las cadenas. Escucharás a Venezuela gritando “yanquis de mierda”; a la indígena Bolivia levantarse, llenarse de júbilo y verdad; a Ecuador decidiendo su destino. Tus ojos mirarán a la América mestiza siendo ella, libre, independiente, soberana.

Nadie, José, nadie entenderá porque ahora que la bala te está matando, se te dibuja una sonrisa. Nadie, Martí, nadie, entenderá porque te vas alegre, pese a todo. Nadie, José, nadie, entenderá porque te vas sereno, hermoso. Nadie entenderá que mueres para empezar a vivir eternamente con los pobres de la tierra. Nadie entenderá que te vas contento porque desde Dos Ríos, a instantes de la muerte, tú José, tú Martí, sabías que seríamos para siempre libres. Por eso, tú, José Martí, exhalas, este 19 de mayo de 1895, el último y contento aliento, de cara al sol como soñaste.

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4 comentarios - Cuentos cortos latinoamericanos

@suisyydaterrazas
soy bictor jajajjajajjajjajaajjjajajajajajajajajajajajaj