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Fundamento de doctrina económica

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Algunas reflexiones sobre el liberalismo y el cristianismo*

POR ALBERTO BENEGAS LYNCH (H)
* Presentado en el Congreso que patrocinó el Institute for American Relations en mayo de 1981, publicado en Buenos Aires por la Fundación Carlos Pellegrini y reproducido en México por el Instituto de la Integración Iberoamericana.


Uno de los caminos más efectivos a que ha recurrido el totalitarismo en su batalla ideológica frente a los espíritus libres ha sido el de tergiversar el significado de las palabras a los efectos de dejar incomunicado al adversario. Ejemplo claro de este procedimiento son las confusiones deliberadamente creadas en torno al significado del liberalismo. También, por otra parte, en muchos casos de buena fe, se le han atribuido connotaciones equívocas al liberalismo apartándose de su significado original en la tradición anglo-sajona.

Podemos resumir dichas acepciones equívocas en cinco grupos. Primero: como sinónimo de libertino afirmando, por ejemplo, que tales o cuales personas "son muy liberales" en sus costumbres.

Segundo: como sinónimo de izquierdista como sucede, por ejemplo, actualmente en los Estados Unidos. Es interesante detenerse un instante en este caso pues considero que ilustra magníficamente lo que señalamos al comienzo respecto de la incomunicación a través de la tergiversación del lenguaje. Los genuinos liberales del país del norte renunciaron a utilizar el término "liberal" pues consideraron que debido a las muchas acepciones de la palabra resultaba mejor recurrir a otra. Así es que se decidieron por el término "libertario" para referirse al liberalismo tradicional y entregaron el uso de "liberal" a los izquierdistas mal llamados "progresistas" norteamericanos. Hace poco, en Londres, se fundó la Unión de Libertarios Marxistas, movimiento que sorprendió sobremanera a los nuevos libertarios de Estados Unidos, quienes probablemente deberán escoger otro término para poder comunicarse. Con este procedimiento es posible que estos fenómenos se repitan sin percibir que, ni bien se arraigue la nueva denominación, también ésta será distorsionada a los efectos de prolongar y acentuar la confusión. El uso correcto de los vocablos no responde a un capricho sino a la necesidad de expresar ideas con la mayor precisión posible.

En tercer término, se recurre al término liberalismo como sinónimo de rousseauniano que, precisamente, resulta ser la antítesis del espíritu liberal. En Rousseau está la semilla del populismo moderno al pretender que todo debe ser decidido acatando siempre la "voluntad general". He aquí el origen de la corrupción de la democracia que hace posible expresiones como las del profesor de Harvard, German Finer, quien dice que "en una democracia la mayoría decide que es lo que está bien'' (1).
Cristo fue precisamente el mayor mártir de esta versión degradada de la democracia puesto que su inmolación fue decidida por una mayoría sin límite alguno. La influencia rousseauniana ha penetrado de tal manera en el pensamiento contemporáneo que se llega a admitir que el aspecto mecánico y formal de la democracia --como es la mayoría o la primera minoría-- puede eliminar su aspecto principal como es el de la obligación de los gobernantes de respetar y garantizar los derechos de los gobernados.(2)

En cuarto lugar, se ha usado la expresión liberal como sinónimo de libertinaje al hacer manifestaciones del tipo de "la libertad no es absoluta, no hay libertad para cualquier cosa", etc. Al no hacer la debida separación entre libertad y libertinaje se incurre en graves errores como cuando se hace referencia al "abuso de derecho"' lo cual constituye una logomaquía como bien han señalado los juristas Planiol y Ripert, puesto que no es posible que una acción sea al mismo tiempo conforme y contraria al derecho. La función de gobierno en un Estado de Derecho consiste en maximizar el campo de la libertad y eliminar el libertinaje protegiendo y garantizando los derechos individuales.

En quinto lugar, se hace referencia al liberalismo en el sentido que establece la Proposición Ochenta del Syllabus, es decir, libre pensador en materia de dogma, posición desde luego condenada por la Iglesia.

Liberal es el partidario de la libertad, entendida ésta en el contexto de las relaciones sociales y donde hay ausencia de coacción humana. Carece de significado, en este aspecto, referirnos a la libertad para hacer alusión a restricciones físicas o biológicas del hombre. Afirmar que no se es libre porque no podemos ir volando por nuestros propios medios a la luna y porque no se puede ingerir arsénico o dejar de alimentarnos sin sufrir las consecuencias o afirmar que se es "esclavo" de tal o cual vicio implica utilizar los términos libertad y esclavitud en un contexto que se encuentra fuera de las relaciones sociales. Libertinaje, en cambio, necesariamente implica una lesión al derecho. La filosofía liberal está basada en principios morales básicos como es la dignidad de la persona que necesariamente implica libertad, puesto que sólo el ser libre es responsable de sus actos.

Cuando se hace referencia a Occidente no se está haciendo alusión a un lugar geográfico sino a una forma de vida cuyos antecedentes se encuentran en Grecia, en Roma, en la grandiosa revolución moral del Cristianismo y todo ello consustanciado en el espíritu de la libertad indivisible sobre el que se construye el liberalismo. Los cimientos del liberalismo entonces están basados en un trípode inseparable de principios morales, jurídicos y económicos. En la medida en que se ha adoptado el liberalismo se han obtenido frutos de extraordinario valor en cuanto al respeto por el derecho, la dignidad del hombre, el bienestar social y la libertad como medio para la consecución de la felicidad, de la perfección, es decir, de Dios. El hombre, ente finito, posee una estructura acto-potencial. Enriquece su ser al actualizar sus potencialidades naturales en busca del bien moral, lo cual resulta posible si existe libertad. Difundir esta concepción de la vida fue la preocupación principal de liberales de la talla de Acton, Toqueville y Mercier de la Riviere. En este sentido, vale la pena transcribir una cita de aquel eminente profesor de Filosofía Moral, que fue uno de los precursores del liberalismo. Me refiero a Adam Smith que en su primera obra, La Teoría de los Sentimientos Morales, dice que "Cuando al seguir los principios naturales somos conducidos hacia aquellos fines que un adecuado razonamiento nos recomienda, generalmente nos inclinamos a sostener que es la razón la causa eficiente de tales conclusiones y tendemos a imaginarnos que es la sabiduría del hombre la que permite tales conclusiones cuando en realidad se debe a la sabiduría de Dios [...] Los principios que gobiernan a la naturaleza humana son las reglas y las leyes de Dios. Generalmente todas las reglas las denominamos leyes: por ejemplo las reglas generales relativas a los cuerpos en conexión con el movimiento se denominan leyes del movimiento. Pero aquellas reglas generales vinculadas con nuestras facultades morales en el sentido de aprobar y condenar determinadas acciones deben ser consideradas con mucha mayor razón como leyes. Estas últimas tienen una semejanza mucho mayor a lo que habitualmente llamamos leyes [...] Estas leyes son promulgadas por un Ser Superior y su sanción está vinculada al premio y al castigo [...] La felicidad del hombre aparece como la meta original que se propuso el Autor de la Naturaleza. No otro parece ser el fin de esta Suprema Sabiduría; esta opinión la deducimos de consideraciones abstractas de su Perfección Infinita, y está confirmada por la observación de la misma naturaleza que aparece dirigida a la promoción de la felicidad y a eludir la miseria. Al actuar de acuerdo a los dictados de nuestras facultades morales, necesariamente estamos promoviendo los medios más efectivos para promover la felicidad de otros y en este sentido podemos decir que estamos cooperando con Dios. Por el contrario, estamos obstruyendo en alguna medida el esquema del Autor de la Naturaleza, de la felicidad y la perfección del mundo y nos estamos declarando, si me permiten la expresión, enemigos de Dios si actuamos en un sentido contrario a lo que nos dictan las facultades morales".(3)

Como se ha señalado en diversas oportunidades,(4) muchos de los escolásticos fueron los precursores de la Escuela Austríaca, en verdad uno de los movimientos intelectuales más prolíficos del liberalismo.

A pesar de lo que hemos señalado, los hechos históricos, especialmente los referidos a la revolución industrial, han sido tergiversados y las posturas liberales muchas veces falseadas para inducir al público, consciente o inconscientemente, a que suscriba el sistema socialista muchas veces oculto tras los más diversos rótulos y denominaciones. Tal vez el intento más fecundo para demoler el liberalismo ha sido realizado por la Sociedad Fabiana a través de los centros académicos de mayor renombre de Occidente.(5)

Resulta frecuente que se recurra al término capitalismo en lugar de emplear el de liberalismo. A mi juicio, esto involucra un error puesto que el término "capitalismo" constituye una parcialización ya que hace referencia al aspecto material de la cuestión. El liberalismo, en cambio, como hemos dicho, se refiere a una forma de vida que trasciende en mucho lo meramente material. Además de ello --y en este sentido es posible que haya un prejuicio de mi parte-- fue Marx el que bautizó el régimen de libertad con el apelativo el capitalista (6). Con estas reflexiones en modo alguno estoy insinuando que carece de importancia el bienestar material. Estoy simplemente apuntando al orden prioritario de los valores del espíritu sobre lo material. Vinculado a este tema, muchos autores cristianos han incurrido también en importantes malinterpretaciones respecto del concepto de pobreza y riqueza en la Biblia al pretender que Jesús fue un patrocinador de la pobreza y, por ende, del hambre y la miseria general (7). Nada más equivocado, Jesús se refiere permanentemente a los pobres en el espíritu ("Bienaventurados los pobres de espíritu porque de ellos es el reino de los cielos" Mateo V - 3), fustigando al que anteponga lo material al amor de Dios, en otras palabras al que "no es rico a los ojos de Dios" (Lucas XII - 21), y llamando la atención a los que carecen la humildad, aquella virtud que tiene lugar cuando el hombre tiene conciencia de sus propias bajezas y actúa en concordancia. En la Enciclopedia de la Biblia (8) al hacer referencia a las enseñanzas de Mateo leemos que "fuerzan a interpretar la bienaventuranza de los pobres de espíritu, en sentido moral de renuncia y desprendimiento interior de las riquezas" y más adelante en la misma obra (Tomo VI, pág. 240/241) se insiste que "la clara fórmula de Mateo --bienaventurados los pobres de espíritu-- da a entender que ricos o pobres, lo que han de hacer es despojarse interiormente de toda riqueza mediante la omnipotente ayuda de Dios y según los deseos de Cristo y, convencidos de la propia debilidad, confiar únicamente en El". En el Apocalipsis (9), se dice "conozco tu tribulación y tu pobreza --aunque eres rico-- y las calumnias de los que se llaman judíos sin serlo y son en realidad una sinagoga de Satanás" y en Proverbios (10): "quien confía en su riqueza ese caerá". En Salmos (11) se afirma: "a las riquezas, cuando aumenten, no apeguéis el corazón". En la Biblia con el concepto de pobreza "se recalca entonces la actitud del alma y la disposición interior"(12). En el Deuteronomio(13), leemos la advertencia: "acuérdate que Javeh, tu Dios, es quien te da la fuerza para que te proveas de la riqueza". También en la Biblia se señala que "si alguno no provee para los que son suyos, y especialmente para los que son miembro de su casa, ha repudiado la fe y es peor que una persona sin fe"(14). En la parábola del joven rico se muestra como ese rico optó por lo material en lugar de Dios(15) ya que "nadie puede servir a dos señores''(16). En la parábola del joven rico, tantas veces tergiversada, conviene destacar que para aclararle la idea a sus discípulos Jesús dice: "'¡cuan difícil es para los que confían en las riquezas entrar en el reino de Dios!(17) También resulta de gran importancia señalar que Jesús a continuación dijo: "más fácil es pasar un camello por el ojo de una aguja que no entrar un rico semejante en el reino de Dios"(18). Por último con respecto a este tema, la Enciclopedia de la Biblia enseña que "la propiedad, concepto jurídico derivado del legitimo dominio, aparece en la Biblia como inherente al hombre''(19) y que "los Hechos de los Apóstoles refieren en la que los fieles vendían sus haciendas para provecho de todos, pero no hacen de tal conducta --que en sus consecuencias fue catastrófica, ya que hizo de la Iglesia Madre una carga para las demás iglesias-- una norma, ni menos pretende condenar la propiedad particular"(20). Santo Tomás de Aquino, con claridad, explicó que: "No es el caso que allí donde hay menos pobreza haya también menos perfección. Antes bien, puede haber suma perfección con gran opulencia". También Clemente de Alejandría apunta en su The rich man's salvation que "no contar con riquezas y andar por los caminos en la más absoluta pobreza no garantiza en modo alguno la bendición de Dios". La caridad de que tanto nos hablan las Sagradas Escrituras implica, necesariamente, un acto libre y voluntario realizado con recursos propios. La caridad, en lo que se refiere a la entrega de bienes materiales, indudablemente implica la propiedad a que, por otra parte, se hace referencia en dos de los Mandamientos: no robar y no codiciar los bienes ajenos. En su Motu Propio del 18 de diciembre de 1903 S.S. Pío X refiriéndose a las desigualdades patrimoniales decía que los "escritores católicos deben guardarse de inspirar al pueblo aversión por las cosas superiores y hablar de justicia allí donde no se trata sino de caridad".
A pesar de lo expuesto los llamados "sacerdotes para el tercer mundo", muchos de ellos fariseos, recomiendan la redistribución coactiva de los ingresos al tiempo que suscriben los errores antes apuntados sobre el concepto de pobreza y riqueza. Como se sabe re-distribuir ingresos implica volver a distribuir coactivamente lo que el mercado ya distribuyó voluntariamente, según los criterios de mayor productividad. Dejando de lado los efectos nocivos de la redistribución de ingresos, en cuanto a que, a la postre, conducen a menores ingresos y salarios en términos reales, debemos señalar la contradicción implícita en la postura de esos "sacerdotes para el tercer mundo". No es posible afirmar que la pobreza material es una virtud per se y, al mismo tiempo, sostener que deben re-distribuirse ingresos. Si lo que se busca es una mayor pobreza habría que destruir la mayor cantidad de bienes económicos posible pero no entregarlos a otros puesto que esos otros quedarían "contaminados".

Es importante señalar que la pobreza y riqueza son términos relativos. No es posible definir al pobre y al rico en términos absolutos, por lo tanto siempre habrá pobres y ricos desde el momento en que existen diferencias de rentas y patrimonios. Sin embargo, cuando los "sacerdotes del tercer mundo" hacen la apología de la pobreza, lo hacen en el sentido de los que llaman "desposeídos".
Desde el punto de vista económico, strictu sensu, de lo que se trata es que exista el mayor bienestar material posible. Para ello es menester lograr la optimización del ritmo de capitalización, ya que el capital --instalaciones, equipos, maquinarias y herramientas-- hace de apoyo logístico al trabajo para aumentar su rendimiento, lo cual implica mayores ingresos y salarios en términos reales. Para lograr este resultado es necesario que existan las debidas garantías a la propiedad y que no se establezcan disposiciones como la del salario mínimo que inexorablemente se traduce en el desempleo de la gente que más necesita trabajar(21). Al respecto, considero oportuno poner de relieve el absurdo de hacer referencia a "las relaciones entre el capital y el trabajo" puesto que mal puede contratar el capital que está formado por instrumentos de producción. La contratación tiene lugar pues entre distintas formas de trabajo. Este error proviene de creer que existe una "clase trabajadora" y, además, circunscripta al trabajo manual, sin percibir que el factor trabajo incluye el intelectual. En este sentido, adoptar la expresión "clase trabajadora" implica, de hecho, avalar la teoría de la explotación marxista puesto que, en este supuesto, habría una "clase" que trabaja y otra que la explota.

Lamentablemente, muchos autores cristianos han incurrido en los errores apuntados a los cuales, como ya he dicho, muchas veces se agregan otras erróneas concepciones que obstaculizan la adecuada comprensión de los fenómenos económicos por parte de lectores desprevenidos.

El cristianismo no sólo no opone per se barreras al desarrollo de las energías creadoras del individuo sino que facilita grandemente su desarrollo. Han sido los "falsos profetas" y malos representantes del cristianismo los que han incurrido e incurren en errores que conducen a un achatamiento de lo cultural y material (recordemos el lamentable caso de Galileo y de prohibiciones eclesiásticas para estudiar algunos trabajos de Santo Tomás de Aquino. Para información relativa a este último caso, véase La Filosofía de la Edad Media de Etienne Gilson). Sin embargo, el espíritu cristiano, en gran medida hizo posible la aplicación del liberalismo, es decir, de los frutos de la sociedad libre. No es una casualidad que el liberalismo haya podido expresarse principalmente en naciones y pueblos cristianos.
Como explica el profesor L. Rougier en su monumental obra The genious of the West, otras religiones, en cambio, aún sin ser factores determinantes, constituyen per se serias trabas para la aplicación y los resultados del sistema de la libertad. Tal es el caso, por ejemplo, del taoísmo, del hinduismo y de los musulmanes.

En China, se vieron los usos del carbón, se inventaron los relojes mecánicos, se recurrió a la pólvora antes que en Occidente. Asimismo, expresaron principios importantes sobre meteorología e ingeniería hidráulica y descubrieron los usos del papel, la imprenta y la seda muy tempranamente. Sin embargo, no le dieron uso industrial a su inventiva. Ello se debe, en gran parte, a que el taoísmo aconsejaba la evasión del mundo. Lao-tsé atribuía los problemas del hombre a que se apartaba del estado natural e intentaba dominar su destino y las fuerzas de la naturaleza.

Similar es el caso de la India luego del budismo. Este país cuenta con cuantiosos recursos naturales en un extenso territorio. También fueron pioneros en muchos aspectos de las matemáticas, las posibilidades de trabajo en metales y textiles. Sin embargo, el hinduismo predica también la evasión que sería inherente a la idea de Brahama, además de establecer rígidos sistemas de castas (el paria debe resignarse a su condición, puesto que se debe a los malos actos cometidos en su existencia pasada, los cuales se purificarían en el presente para permitir una mejor existencia luego de la reencarnación).

Con el Islamismo ocurre también algo similar. Para el musulmán todo el conocimiento está contenido en el Corán. El profeta Mahoma enseñaba que todo lo que sucede es la voluntad de Alá y, por ende, no debe intentar cambiarse.

Por otra parte, el cristianismo ha sido un pilar fundamental de moralidad y espiritualidad que permitió la existencia de los frutos de una sociedad libre. Entre estos frutos desde luego, se cuenta el notable bienestar material que tiene lugar en la medida en que se adoptan los postulados del liberalismo. El aludido mayor bienestar social no significa en modo alguno igualdad económica. Al respecto resulta sumamente ilustrativa una reflexión de S.S. León XIII (22) "Quede, pues, sentado que cuando se busca el modo de aliviar a los pueblos, lo que principalmente y como fundamento de todo se ha de tener es esto: que se debe guardar intacta la propiedad privada", y sigue diciendo el Santo Padre "Sea, pues, el primer principio y como la base de todo que no hay más remedio que acomodarse a la condición humana, que en la sociedad civil no pueden todos ser iguales, los altos, y los bajos. Afánanse, en verdad, los socialistas; pero vano es ese afán y contra la naturaleza misma de las cosas. Porque ha puesto en los hombres la naturaleza misma grandísimas y muchísimas desigualdades. No son iguales los talentos de todos, ni igual el ingenio, ni la salud, ni la fuerza; y a la necesaria desigualdad de estas cosas sigue espontáneamente la desigualdad en la fortuna. Lo cual es por cierto conveniente a la utilidad, así de los particulares como de la comunidad; porque necesita para su gobierno la vida común de facultades diversas y oficios diversos; y lo que a ejercitar otros oficios diversos principalmente mueve a los hombres, es la diversidad de fortuna de cada uno".
En algunas oportunidades, al afirmar la verdad de que el crecimiento económico y el progreso material son medios para fines de orden espiritual y moral, se ha incurrido, a mi juicio, en otra equivocación conceptual al condenar la "sociedad de consumo". Hablar de sociedad de consumo es una redundancia, puesto que la sociedad, o más bien el individuo, que no consume se muere por inanición. Sería lo mismo que hablar de la "sociedad que respira"[/b]. Distinta es la referencia que a veces se hace al "consumismo" en el sentido de señalar los peligros de anteponer lo material a los valores del espíritu.

La diferencia entre el sistema social de la libertad o el liberal y el totalitario radica en que en el primer caso es el individuo el que manifiesta sus preferencias a través de sus compras o abstenciones de comprar en el mercado, mientras que en el segundo, son los gobernantes de turno quienes deciden acerca de los destinos que debe de tener el fruto del trabajo de los gobernados. En esto no caben terceras posiciones. La libertad es un don de Dios, en ningún pasaje de la Biblia se encuentra consejo alguno en el sentido de que es lícito lesionar la libertad. En la Biblia, también las terceras posiciones están condenadas: "el que no está por mí, contra mí está; el que conmigo no recoge desparrama"(23). El profesor Claude Robinson explica en su obra Understanding Profits que el sistema de ganancias y pérdidas apunta a que se satisfagan las necesidades del prójimo como condición para satisfacer las propias. Robinson afirma que "podemos confiar en las implicancias éticas de un sistema que retribuye a quienes sirven a sus semejantes los cuales juzgan acerca del mérito del oferente. En cambio, cuando interviene el Estado necesariamente se modifican los resultados y se constituyen factores de presión a los efectos de apoderarse de riqueza sin tener en cuenta el referido mérito". (Este tema es también tratado en la colección de la Unión Editorial de Madrid en los libros La Moral del mercado de H. Acton, La ética de la sociedad competitiva de F.H. Knight y La libre empresa, imperativo moralde varios autores, especialmente, para nuestro propósito, véase la colaboración de W.J. Wessels).

En estas breves reflexiones en torno de algunos aspectos del liberalismo y el cristianismo pretendo señalar que en las propuestas políticas y económicas del liberalismo no sólo no hay ni puede haber contraposición alguna con las enseñanzas del cristianismo, sino que hay plena coincidencia, desde que ambos afirman que la libertad constituye requisito sine qua non para la responsabilidad individual y, por ende, para que tenga sentido el valor moral. Como se ha dicho, en ningún lugar de las Sagradas Escrituras se encuentran recomendaciones contrarias a la sociedad libre y este es, precisamente, el medio a que recurre el liberalismo para que cada uno pueda desarrollar su capacidad creadora y encaminarse hacia el Fin Ultimo. Como también se ha dicho, la naturaleza del hombre implica libertad, por ello toda lesión al Estado de Derecho --la quintaesencia del liberalismo-- necesariamente significa negar parte de dicha naturaleza, como bien ha apuntado el profesor Louis Rougier(24). Demás está decir que el liberalismo y el cristianismo tienen puesta su atención principal en dos órdenes sustancialmente distintos: el temporal y el espiritual. El liberalismo no garantiza la moral individual, sólo se ocupa de reprender las acciones que lesionan derechos de terceros. De ahí es que el célebre jurista Jellinek afirmó que el Derecho --la Ley-- es un "minimun de ética", la moral trasciende el aspecto legislativo y entra en la esfera de la conciencia individual. Es en esta esfera en la que principalmente actúan e iluminan los representantes de Cristo en la tierra; esta tarea espiritual constituye su área principal que es diluida y destruida en la medida en que se secularice y mucho más si sus posturas en lo temporal resultan ser incompatibles con la filosofía cristiana como son las de los mencionados "sacerdotes para el tercer mundo"(25)

Como sabiamente ha sostenido San Agustín, la diferencia del hombre con el resto de los animales es su "capacidad para trascender". Como hemos dicho más arriba, el hombre actúa en busca de la felicidad, esta es la esencia del socratismo en la ética, de Aristóteles cuando señalaba que "se ve, pues, que la felicidad, por sí suficiente es el fin real de todas las acciones", se encuentra en el Sermón de la Montaña, en la frase que cita Santo Tomás de Aquino de San Agustín: "ser felices, esto no podemos no quererlo", San Gregorio de Nisa por su parte escribió: "la felicidad, tal es el fin [...] Todo lo que se obra seria y deliberadamente tiene en mira la felicidad". El doctor Manuel Río define la cuestión con gran claridad al sostener que "la felicidad denomina con la mayor propiedad al estado a cuya concepción se dirige, acertada o erróneamente, toda la acción del hombre"(26). El fin de la vida es entonces la felicidad, la perfección, es acercarse a Dios. Por ello es que como bien muestra el Rev. Edmund A. Opitz "hay una diferencia irreconciliable entre el ateo y el teísta, entre los que creen que el hombre ocurrió en un universo sin sentido y que será conducido a un punto sin significado ni trascendencia alguna y los que creen en la trascendencia del hombre y los propósitos de Dios" y continúa afirmando que "nos armamos militarmente para hacer frente a las amenazas comunistas, pero ¿para qué sirven los barcos, armas y bombas poderosas si nos encontramos espiritual e intelectualmente desarmados? [...] Nuestra sociedad en gran medida actúa aparte de Dios, Su dimensión parece haber dejado de existir en nuestra vida social y el hombre pretender ser su propia meta y su propio fin" para finalmente afirmar que "en el orden temporal la filosofía cristiana implica una sociedad libre, un gobierno con poderes limitados y un mercado libre"(27). Como bien enseña Mons. Fulton Sheen: "los comunistas carecen de libertad pero saben a que los conducirla la libertad; nosotros que todavía tenemos libertad, parecería que aún no sabemos para que sirve".

Apunta el profesor Daniel Villey (28) que el problema entre muchos teólogos y el liberalismo, especialmente en lo relativo a su aspecto económico, es que "muy pocos teólogos católicos saben verdaderamente lo que es el liberalismo y no conocen el funcionamiento de la economía de mercado".

En alguna medida, es por ello que la Santa Sede advierte que "De por sí, la teología es incapaz de deducir de sus principios específicos normas concretas de acción política; del mismo modo, el teólogo no está habilitado para resolver con sus propias luces los debates fundamentales en materia social [...] Las teorías sociológicas se reducen de hecho a simples conjeturas y no es raro que contengan elementos ideológicos, explícitos o implícitos, fundados sobre presupuestos filosóficos discutibles o sobre una errónea concepción antropológica. Tal es el caso, por ejemplo, de una notable parte de los análisis inspirados por el marxismo y el leninismo [...] Si se recurre a análisis de ese género, ellos no adquieren suplemento alguno de certeza por el hecho de que una teología los inserte en la trama de sus enunciados"(29)

En alguna oportunidad se ha cometido el grave error de confundir al liberalismo con el racionalismo. Tal vez se contribuya a disipar este error citando, de los que viven, al mas destacado exponente del liberalismo: el profesor Friedrich A. von Hayek, quien señala que el individualismo (término por vez primera utilizado por los sansimonianos para oponerle el de socialismo a que también ellos recurrieron por vez primera) "estima más bien inferior el lugar que la razón tiene en los asuntos humanos y que sostiene que el hombre ha logrado lo que tiene, a pesar del hecho de que solo parcialmente es guiado por la razón, y que su razón individual es muy limitada e imperfecta, y otra concepción que presume que la Razón, con R mayúscula, está siempre a la disposición completa de todos los hombres y que todo lo que el hombre logra es el resultado directo de la razón individual y por consiguiente sujeto al control de la misma. Uno podría aún decir que la primera concepción es el producto de una aguda conciencia de las limitaciones de la mente humana, que determina una actitud de humildad hacia los procesos sociales anónimos e impersonales, por los cuales los individuos ayudan a crear cosas mas grandes que las que ellos saben, mientras la última es el producto de una fe exagerada en los poderes de la razón individual y, en consecuencia, del desprecio por todo lo que no ha sido conscientemente ideado por ella o no es completamente inteligible"(30) y más adelante continúa afirmando el profesor Hayek que la concepción racionalista "lleva directamente al socialismo" donde se concibe a "ingenieros sociales" (planificadores) que rigen los destinos de la humanidad. En el mismo trabajo, Hayek cita a Adam Ferguson (que junto con Adam Smith, Edmundo Burke, Alexis de Toqueville y lord Acton constituyen el punto de partida del liberalismo clásico): "las naciones descansan en instituciones que son, en efecto, el resultado de la acción humana, pero no el resultado del designio humano".
Para terminar con esta breve referencia al espíritu cristiano y liberal quisiera formular alguna reflexión sobre el llamado "principio de subsidiaridad". Si bien es cierto que muchos de los autores que han tratado el tema del "principio de subsidiaridad" lo han hecho con la mejor de las intenciones y a los efectos de circunscribir la actividad estatal a lo estrictamente necesario, dicho principio ha servido en muchos casos, en la práctica, para que el Estado amplíe su esfera de acción en lugar de restringirla y para justificar empresas comerciales del gobierno y permitir aventuras estatales e incursiones en el mercado a todas luces, antieconómicas y perjudiciales. Creo que no basta con tener conceptos claros sino que es necesario explicarlos en términos que no resulten equívocos. Las actividades del Estado en modo alguno son subsidiarias sino principales. Hay funciones que debe realizar el Estado y que no deben realizar los particulares, como así también hay áreas en las que el gobierno no debe inmiscuirse puesto que competen al llamado sector privado. Cuando se afirma que el sector público debe realizar sólo aquellas actividades que el sector privado no encara por falta de interés o de capitales, se está incurriendo en un manifiesto contrasentido. En primer lugar, porque, como hemos apuntado, el Estado debe cumplir con sus funciones específicas y; el sector privado no debe ni puede realizarlas con la necesaria efectividad. En segundo término, las áreas que se encuentran fuera de aquellas funciones gubernamentales son las que el Estado no debe ni puede atender eficientemente. El gobierno no ha sido concebido para hacer de comerciante, industrial, banquero o agricultor, sino para hacer Justicia. Si los particulares no encaran cierta actividad es porque consideran que existen otras prioridades y como los recursos son escasos no es posible atender todo en forma simultánea. En última instancia, el llamado sector privado siempre encara todas las actividades: unas veces las realiza voluntariamente a través de las operaciones en el mercado y otras en forma coactiva a través de impuestos o inflación, alterando las prioridades de la gente. El atender estas necesidades más urgentes permite una mayor rentabilidad, lo cual generará nuevos capitales para, recién entonces encarar otras cosas hasta el momento consideradas no viables. Si el gobierno altera las referidas prioridades, está comprometiendo el futuro económico del país en cuestión. No existe entonces subsidiaridad alguna en lo que se refiere al área específica del aparato político. Podríamos, eventualmente, referimos a la subsidiaridad o a la acción supletoria del gobierno al socorrer individuos en situación extrema como enfermos, ancianos o desvalidos siempre que no fueran atendidos por la beneficencia.[/b] Ahora bien, considero que este ejemplo no justifica que se recurra al "principio de subsidiariedad" como definición o plataforma general de gobierno, ya que por las razones señaladas dicho principio no ayuda a precisar una filosofía de gobierno sino más bien contribuye a hacerla ambigua (31).

Esta ambigüedad también aparece cuando se recurre a la [/b]"justicia social"[/b] que en el mejor de los casos es una expresión redundante y, en otras oportunidades, consciente o inconscientemente, implica, en última instancia,[/b] "sacarles a unos lo que les pertenece para darles a otros lo que no les pertenece"[/b] lo cual, demás está decir, contradice abiertamente el concepto de Justicia según la clásica definición de Ulpiano (32).

En resumidas cuentas, en este breve trabajo se pretende mostrar un bosquejo de la interrelación entre los principios del liberalismo y el cristianismo aunque se refieran a órdenes sustancialmente diferentes, como ya se ha puesto en evidencia. [/b]Un liberal puede o no tener la gracia de la Fe, puede o no ser religioso, pero los principios que postula en su esfera de acción están del todo consustanciados con los principios morales del cristianismo. El socialismo en sus diversas formas es, en cambio, la antítesis del cristianismo. Por ello es que S.S. Pío XI declara que "Socialismo religioso y socialismo cristiano son términos contradictorios; nadie puede al mismo tiempo ser buen católico y socialista verdadero"(33).[/b]

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2 comentarios - Fundamento de doctrina económica

Loleada
muy buen post,pero intenta destacar lo mas importante con negritas y separar los parrafos.
Por ultimo,añadi un titulo grande con letras en rojo.
Saludos!
Loleada
Increible,muy bueno che!
Segui asi!